LMC España

Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


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Peregrinación con el testimonio de la Hna. Sandra y la carta del P. Ezequiel

En estos 35 años del martirio del Siervo de Dios, el Padre Ezequiel Ramin, la Hermana Sandra Amado, misionera comboniana, comparte su testimonio de vida y vocación y Andressa lee una de las cartas del P. Ezequiel.

Junto con la iglesia en Brasil y en el mundo, recordamos las causas que movieron al misionero y Siervo de Dios. Hoy en día las mismas causas continúan moviendo a la sociedad y a la Iglesia, especialmente a través de la acción del Papa Francisco. Tanto la Laudato Si como en el Sínodo para la Amazonia, o en la reunión de jóvenes economistas, convocada en Asís, son ejemplos de la actual y urgente lucha por la justicia. La vida es un derecho de todos, pero una vida digna exige grandes cambios en el sistema al que, por desgracia, acabamos acostumbrándonos.

Que el Padre Ezequiel sea un ejemplo y una inspiración para nosotros en este difícil momento de la vida: pandemia, confinamiento, desmantelamiento de derechos y políticas públicas. La vocación misionera es una dedicación al servicio de la vida, de la persona humana y de la naturaleza. La solidaridad es una llamada para todos, pero al entregarse a la misión se fortalece y se convierte en un sueño y un proyecto de vida. Ezequiel Ramin, la hermana Creusa, la hermana Dorothy, Chico Mendes, el padre Josimo, con tantos mártires que quedaron en el camino, ayudan a nuestro pueblo a levantarse para defender sus derechos y sus vidas.

Familia Comboniana en Misión


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Encuentro LMC Europeo online

El encuentro organizado por el comité europeo para todos los LMC de los diferentes países tuvo como tema central “Los desafíos de vivir nuestra vocación misionera como Laicos en Europa

Tuvimos la oportunidad de exponer cada país su realidad.  Muchas de las aportaciones nos ayudaron a entrar en la realidad de la Iglesia en Europa, las dificultades que vamos encontrando al compartir nuestra fe, el retroceso de la religiosidad y de la cultura religiosa entre los jóvenes y la falta de vocaciones.

El componente geográfico de la misión es algo que poco a poco vamos superando y entre todos descubrimos las necesidades misioneras que encontramos en Europa. El viejo continente necesita de nuestra presencia misionera, de la esperanza del evangelio y de la solidaridad, que es expresión de nuestra fe, entre los grupos más vulnerables.

Tuvimos la oportunidad de compartir cómo estamos realizando nuestro servicio misionero en Europa y también compartimos los difíciles momentos que hemos atravesado con la pandemia del coronavirus y cómo ésta nos ha animado a ser creativos.

Las experiencias de cada uno de los cinco grupos nos dan nuevas ideas para estar presentes en estos momentos donde la gente necesita de una presencia esperanzadora.

Redescubrir las video llamadas como manera de permanecer unidos, de rezar juntos, de continuar nuestra formación y de realizar acciones solidarias. Hemos redescubierto la Iglesia doméstica, responsable y protagonista de su fe.

El confinamiento que en un primer momento nos desconcertó fue dando paso a numerosas iniciativas que nos permitían permanecer unidos y en oración y a la vez iniciativas que íbamos abriendo a otros que también buscaban compartir y seguir creciendo en esos momentos.

También compartimos las dificultades de movilidad de estos momentos y de cómo esto ha afectado a nuestras compañeras y compañeros que ya estaban prontos para salir del país a servir en América o África.

Son momentos donde ser solidarios con todos aquellos que lo están pasando mal. Las dificultades se agudizan para muchos, en especial para aquellos que ya estaban en el escalón más bajo como la población inmigrante y otros sectores precarizados. Por otro lado, debemos permanecer atentos a las necesidades de los demás hermanos de otros continentes. La pandemia está azotando a casi todos los países e incluso aquellos que no sufren un gran número de casos se están viendo castigados económicamente por la necesidad de recluir a su población. Ahora más que nunca entendemos lo pequeña y necesitada que es nuestra casa común y la necesidad de solidaridad entre todos.

Debemos ser partícipes de un cambio de prioridades en el mundo de hoy, seguir comprometidos con la educación de los más jóvenes para que crezcan conociendo esta necesidad, pero a la vez continuar luchando por un mundo más justo desde donde estemos.

Europa es lugar de presencia misionera, de una presencia misionera que se hace cercana y signo de esperanza entre los más necesitados del continente (material y espiritualmente pues no podemos olvidar que alimentar este espíritu y los valores que hacen posible una sociedad más solidaria es fundamental). Pero a la vez una presencia misionera que continúe abriendo Europa al mundo, motivando hacia la responsabilidad por un mundo mejor, más humano, más fraterno. Que acabe con las desigualdades que el sistema económico impone en tantos países, colocando a la persona en el centro y donde la economía y las estructuras se pongan al servicio de la sociedad.

La misión sigue siendo más necesaria que nunca. Anunciar que todos somos hermanos y hermanas, que debemos solidarizarnos los unos con los otros, construyendo un mundo mejor para todos, cuidando la naturaleza que es un préstamo de las generaciones venideras y permitiendo una vida digna para todos los pueblos de la tierra.

Nuestro encuentro terminó con una oración donde cada uno, en su propia lengua, puedo compartir esperanzas, peticiones y dar las gracias poniendo todo en las manos del Padre que nos cuida y acompaña.

Comboni dijo que si tuviera mil vidas las daría todas por la misión. Nosotros queremos ofrecer la nuestra y queremos animar a todos los que compartáis estas inquietudes para que os unáis en esta gran labor tan necesaria.

Un saludo

Alberto de la Portilla


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Domingo 14 T.O. (A) 5 de julio 2020

Mateo 11,25-30
En aquel tiempo, exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”

Jesús no tuvo problemas con las gentes sencillas del pueblo. Sabía que le entendían. Lo que le preocupaba era si algún día llegarían a captar su mensaje los líderes religiosos, los especialistas de la ley, los grandes maestros de Israel. Cada día era más evidente: lo que al pueblo sencillo le llenaba de alegría, a ellos los dejaba indiferentes.

Aquellos campesinos que vivían defendiéndose del hambre y de los grandes terratenientes le entendían muy bien: Dios los quería ver felices, sin hambre ni opresores. Los enfermos se fiaban de él y, animados por su fe, volvían a creer en el Dios de la vida. Las mujeres que se atrevían a salir de su casa para escucharle intuían que Dios tenía que amar como decía Jesús: con entrañas de madre. La gente sencilla del pueblo sintonizaba con él. El Dios que les anunciaba era el que anhelaban y necesitaban.

La actitud de los «entendidos» era diferente. Caifás y los sacerdotes de Jerusalén lo veían como un peligro. Los maestros de la ley no entendían que se preocupara tanto del sufrimiento de la gente y se olvidara de las exigencias de la religión. Por eso, entre los seguidores más cercanos de Jesús no hubo sacerdotes, escribas o maestros de la ley.

Un día, Jesús descubrió a todos lo que sentía en su corazón. Lleno de alegría le rezó así a Dios: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Siempre es igual. La mirada de la gente sencilla es, de ordinario, más limpia. No hay en su corazón tanto interés torcido. Van a lo esencial. Saben lo que es sufrir, sentirse mal y vivir sin seguridad. Son los primeros que entienden el evangelio.

Esta gente sencilla es lo mejor que tenemos en la Iglesia. De ellos tenemos que aprender obispos, teólogos, moralistas y entendidos en religión. A ellos les descubre Dios algo que a nosotros se nos escapa. Los eclesiásticos tenemos el riesgo de racionalizar, teorizar y «complicar» demasiado la fe. Solo dos preguntas: ¿por qué hay tanta distancia entre nuestra palabra y la vida de la gente? ¿Por qué nuestro mensaje resulta casi siempre más oscuro y complicado que el de Jesús?

José Antonio Pagola


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BEATIFICACIÓN DEL PADRE GIUSEPPE AMBROSOLI, MISIONERO COMBONIANO EN UGANDA

Será el segundo misionero comboniano en llegar a los altares después de nuestro fundador. Con alegría compartimos con ustedes esta bendición de Dios.

La beatificación del P. Giuseppe Ambrosoli está prevista para el 22 de noviembre en Kalongo, Uganda, siempre y cuando lo permita la pandemia del Coronavirus que está asolando el planeta.

Está la disponibilidad del Cardenal Giovanni Angelo Becciu, representante del Papa Francisco, para asistir a la celebración de la ceremonia de la Beatificación.

Invitamos a todos nuestros lectores y amigos a acoger el profundo significado misionero de esta beatificación como última expresión de la misionariedad: el intercambio de dones entre Iglesias hermanas y la total identificación de un misionero, en nuestro caso el próximo beato Ambrosoli, con “los suyos” de Kalongo.

Por tanto, no cesamos de invocarlo en este momento de preocupación de la humanidad ante el coronavirus, él que hizo frente a la enfermedad con una tenaz determinación y sobre todo con fe y caridad sobrenaturales.

Más adelante compartiremos una pequeña biografía suya.


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Mensaje con motivo de la Fiesta del Corazón de Jesús

“¿Cuál es tu nombre?… Ve a tu casa y cuéntale a tu gente lo que el Señor ha hecho por ti, y como te ha tenido compasión” (Marcos 5:9ss).

“En el misterio del Corazón de Cristo, el comboniano contempla en su expresión más plena las actitudes interiores de Cristo y las asume: su entrega incondicional al Padre, la universalidad de su amor al mundo y su participación en el dolor y en la pobreza de los hombres” (RV 3.2).

“La formación debe actuar prioritariamente sobre las motivaciones interiores, debe educar a confrontar con creatividad, competencia y maleabilidad los desafíos que surgen de las nuevas situaciones” (Ratio Fundamentalis 113).

Queridos hermanos,

En comunión con toda la humanidad, este año celebramos la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús en un contexto especial marcado por la pandemia COVID-19 que sigue causando tanta tragedia y tanto dolor en todo el mundo. Con confianza en Dios, invitamos a todo el Instituto a contemplar el Corazón de Jesús abriendo nuestros corazones al misterio de su amor para que este misterio nos toque profundamente, nos libere de todas las fuerzas que nos mantienen encerrados o aislados y nos ayude a ser fieles a nuestra consagración y misión.

Como discípulos misioneros entramos en la escuela del Corazón de Jesús que en su humanidad nos revela el Corazón de Dios – el Corazón del Buen Pastor que sale, se acerca a los pobres, a los que sufren y a los marginados, invitándolos a salir de su aislamiento, de su incomunicabilidad, capacitándolos para una comunicación de calidad y un encuentro con Dios, con los demás y con la creación. Se trata de participar en el amor que siempre se comunica, siempre comunica y que, si es recibido por el amado, siempre da vida, hace crecer y educa en el sentido del latín educere que significa sacar lo mejor del ser humano.

Es importante señalar que este encuentro con Cristo pone en marcha un proceso de conversión, de formación y de transformación a lo largo de toda la vida o, mejor aún, de “Cristificación” que debe tocar el corazón. El contenido de nuestra formación inicial y permanente es la santidad y la transformación de la persona en Jesucristo a través de la doble orientación complementaria de seguimiento imitatio Christi. Por lo tanto, convertirse en otro Cristo es para nosotros un privilegio de la misericordia y la gracia de Dios y, al mismo tiempo, una responsabilidad que nos compromete a la coherencia de vida con la pregunta apremiante e incesante: “¿Qué habrían hecho Cristo y Comboni en esta misma situación histórica mía?”.

Es Cristo con su corazón misericordioso quien toma la iniciativa y viene a nosotros preguntándonos a cada uno de nosotros “¿Cuál es tu nombre?”, como lo hizo con el hombre demonizado en el pasaje mencionado anteriormente. Conocer el nombre de alguien, según la mentalidad judía, significa entrar en las profundidades de su realidad personal. Esta pregunta muestra su interés por nosotros como personas amadas por Dios y nos ayuda, por un lado, a hacer una relectura de lo que hay dentro y alrededor de nosotros para descubrir lo que nos importa, quiénes somos realmente y, por otro lado, nos muestra el Corazón de Cristo lleno de amor, compasión, aceptación y ternura.

Como Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús, tanto en el camino de la formación de base como en el de la formación permanente, cultivar, profundizar, contextualizar nuestra espiritualidad del Corazón de Jesús sigue siendo el compromiso personal del Instituto, para que toda nuestra vida se adhiera cada vez más al “programa” contenido en nuestro nombre.

Es Cristo quien, con su corazón acogedor, muestra plena confianza en el otro, en cualquier situación en la que se encuentre, lo valora y lo devuelve a la comunidad, a su hogar, símbolo del lugar de la esperanza, la cordialidad y el calor humano. La vida está hecha de comunicación y relaciones de calidad. San Daniel Comboni habla del Instituto “como el Cenáculo de Apóstoles, un punto luminoso que envía tantos rayos que brillan, calientan y revelan juntos la naturaleza del Centro del que emanan” (cf. Escritos 2648). La esperanza es que el Corazón de Jesús sea verdaderamente el centro de comunicación entre todos los hermanos y que podamos hacer de la comunicación fraterna un instrumento para construir puentes, para unir y compartir la belleza de ser hermanos en misión en un momento marcado por los contrastes, la división y la indiferencia.

Por último, reflexionando este año sobre el tema de la ministerialidad en el Instituto, oremos para que la contemplación del Corazón de Jesús nos ayude a vivir la misión no superficialmente como un papel a desempeñar, sino como un servicio al Reino de Dios y como expresión de un proceso de kénosis y descentralización. ¡Feliz solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús para todos vosotros!

El Secretario General de la Formación y el Consejo General MCCJ