LMC España

Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


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Encuentro de obispos combonianos en Madrid

Del 14 al 19 de septiembre los obispos combonianos se han reunido en Madrid para su encuentro bianual. Son 19 prelados y vienen de todo el mundo. Once de ellos, la mayoría, trabajan en diferentes diócesis africanas, seis lo hacen en América, uno en Asia y uno en Europa. Siete son ya eméritos pero, aunque no asuman grandes responsabilidades, siguen activos en la medida de sus posibilidades porque saben que el misionero no tiene jubilación y mientras le quede un aliento de vida, siempre será un testigo del Resucitado. Se reúnen fraternalmente porque todos participan del mismo carisma misionero comboniano. Su encuentro no tiene otra finalidad que intercambiar sus experiencias pastorales, tan variadas y diferentes, de manera que puedan aprender unos de otros para mejor llevar a cabo su servicio episcopal. Les acompañan en este encuentro el Superior General de los Misioneros Combonianos, el P. Tesfaye Tadesse Gebresilasie y la Superiora General de las Misioneras Combonianas, Hermana Luigia Coccia.


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Misión en tierra roja (Subir al monte)

Entrar en la nueva cultura es un viaje que requiere dedicación, ir conociendo de todo un poco. No solo para ver el gris del panel, sino también, y sobre todo, para contemplar los diferentes colores del panel y pintar con más fuerza los rosas, los verdes, los azules, los amarillos, los rojos… Es saber apreciar, como un niño pequeño curioso por descubrir este mundo y el otro, embelesados ​​sobre cómo funcionan las cosas. Sin juicios. Siempre con nuevos ojos. Lo cual es muy difícil, especialmente cuando eres adulto, cuando tienes ya un bagaje, vicios, opiniones sobre todo y muchas otras cosas.

Entrar en la nueva cultura, la tan escuchada bendita inculturación, es también disfrutar de los momentos en que estamos en la escuela con los compañeros de clase de amárico y otros idiomas, las tardes con la comunidad MCCJ (Misioneros Combonianos del Sagrado Corazón de Jesús), las oraciones en comunidad, las visitas a museos, la comida (que es bastante diferente aquí y casi siempre con un toque de berber, una especia típica de aquí, que le da a todo su sabor picante), las salidas con la comunidad para comer helado o tomar una coca cola (¡sí, aquí también hay de esto!).

Entrar en la nueva cultura no es solo beber del choque cultural del que hablaba en el último artículo, un choque que nos lleva a bajar la montaña. También es sentir la sed de encontrar a Dios en medio de todo esto y subir la montaña. Escúchalo, reza cada dificultad que surja. Como hago ahora, subo al monte. Tuvimos unas dos semanas de descanso de las clases de amárico (mientras la escuela estaba de vacaciones), lo que nos dio la posibilidad de ir una semana a Benishangul-Gumuz, donde comenzaremos la misión en septiembre (si Dios quiere), y también para hacer una semana de ejercicios espirituales.

Es en los Ejercicios donde me encuentro ahora. Un tiempo que ha sido importante para mí, para renovarme, subir la montaña y hablar con Dios. Ha sido un momento de rezar todo lo que vi en Benishangul-Gumuz.

¿Y qué viste allí? Recuerdo como si fuera ahora el día que fuimos a los pueblos de esta región, donde solo viven los Gumuz, para celebrar la catequesis. Salimos de casa alrededor de las 4:30 pm. Viajé en la parte trasera del 4×4 al aire libre, aunque había un lugar para mí dentro, que era más seguro ya que en cualquier momento podía empezar a llover fuerte (lo cual es muy típico aquí en esta época del año, porque estamos en kremt gizê (traduciendo del amhárico, la estación lluviosa.) ¡Pero preferí la vista afuera porque siempre es más original! El viaje afuera también daría paso a poder convivir con los catequistas Gumuz con los que nos reuniríamos (no imaginé que la parte trasera se llenaría de ellos). Pero así fue: por el camino hacia una de las aldeas de Gumuz estuvimos reuniendo a muchos de los jóvenes catequistas. Contemplé que los jóvenes catequistas, hablaban y se reían mucho entre ellos, hablaban en su idioma, Gumuzinha (otro que tendré que aprender), ¡así que no entendía nada! En mi cabeza hice historias y frases en amárico para tratar de hablar. También hablan amárico, pero no todos los gumuz lo hacen. Estos son catequistas elegidos por los MCCJ porque pueden ser puente entre los misioneros y el pueblo Gumuz. Además de darles catequesis, también hacen la traducción amárico-gumuzinha, siendo intermediarios entre nosotros y el pueblo gumuz.

Allí gané coraje y comencé la conversación con uno de los catequistas. Intercambiamos media docena de frases. Sentí amistad y la mirada de que soy diferente. La gente Gumuz es una gente amigable. A diferencia de la reacción común de muchos otros etíopes, que a nuestro paso nos llaman Farengi (extranjeros), los Gumuz nos miran con una sonrisa. Ellos nos ven como amigos, como aquellos que han recordado a su pueblo y que los han estado protegiendo. Son muy negros, a diferencia del típico etíope que generalmente tiene un color de piel más marrón. Esta es también la razón por la cual son personas tan marginadas, ya que muchos no los consideran la verdadera «raza» de los etíopes.

En un cierto momento, los catequistas fueron distribuidos por diferentes casas. Con ellos salimos de la camioneta y estuvimos llamando a niños y jóvenes a participar en la catequesis. Un apretón de manos, una mirada a los ojos… ¡cómo me gustaba mirarlos a los ojos! Llamamos a muchos, pero no todos vinieron. Todavía tienen miedo de abandonar sus hogares, dado los acontecimientos que ocurrieron en junio (cuando fueron atacados por el pueblo amara). Aún así, puedo deciros que muchos fueron los catecúmenos que, en la oscuridad de esa noche, llenaron esa casa hecha de palos, donde celebramos las diversas catequesis.

Lo que vi y viví esa semana en Benishangul-Gumuz despertó en mí una doble sensación de emoción. Entre las ideas surgieron proyectos para comenzar, pero también vino el miedo, la sensación de incapacidad. Y aquí, durante esta semana de Ejercicios, fue un momento para renovar la confianza, lo mismo que me hizo decir SÍ, el día de mi envío, como María, “He aquí la sierva del Señor. Deja que tu palabra se cumpla en mí”. Al subir la montaña, me doy cuenta de que no soy capaz de realizar esta misión. No lo soy, y no lo somos. Pero no estamos solos. ¡Asumir nuestra incapacidad humana, nuestras debilidades y nuestra dependencia del Amor de Dios a veces es tan difícil! Ser humano es querer con tanta frecuencia tener el control de nuestra vida. Pero no nos equivoquemos. No te confundas Carolina, no eres dueña de tu vida. Ella es un regalo de Dios. Aquí, curiosamente durante los Ejercicios Espirituales, viví el día de la Transfiguración del Señor, encarnándola. Recé. Dejé (y dejo) que esta transfiguración del Señor se haga en mí. De hecho, solo tengo que «no temer». Porque aquí, en esta montaña, acepto nuevamente la invitación de Dios: “Levántate, mira, cruza, sígueme, tal como eres… con miedos, debilidades, errores, pero también dones. ¡Acéptate como te creé! ¡Sígueme! Y lo sigo.

Y es siguiéndolo que os dejo mi tierno abrazo. Os pido una oración especial por la misión que Dios quiere que construyamos allí. Que no sea el fruto de nuestras ideas de misioneros europeos, sino que sea la inspiración del Espíritu Santo, porque la misión nunca será nuestra. La misión es de Dios.

Vuestra amiga Laica Misionera Comboniana, Carolina Fiúza

En RED – Diócesis Leiria Digital Magazine – Fátima, No. 30, 25 de julio de 2019 (disponible en https://leiria-fatima.pt/noticias/subir-ao-monte/ )


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Domingo 24 T.O. (C) 15 de septiembre de 2019

Lucas 15, 1-32
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos.” Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.” Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.” Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.” También les dijo: “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.” Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.” El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

EL GESTO MÁS ESCANDALOSO

El gesto más provocativo y escandaloso de Jesús fue, sin duda, su forma de acoger con simpatía especial a pecadoras y pecadores, excluidos por los dirigentes religiosos y marcados socialmente por su conducta al margen de la Ley. Lo que más irritaba era la costumbre de Jesús de comer amistosamente con ellos.

De ordinario, olvidamos que Jesús creo una situación sorprendente en la sociedad de su tiempo. Los pecadores no huyen de él. Al contrario, se sienten atraídos por su persona y su mensaje. Lucas nos dice que «los pecadores y publicanos solían acercarse a Jesús para escucharle». Al parecer, encuentran en él una acogida y comprensión que no encuentran en ninguna otra parte.

Mientras tanto, los sectores fariseos y los doctores de la Ley, los hombres de mayor prestigio moral y religioso ante el pueblo, solo saben criticar escandalizados el comportamiento de Jesús: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». ¿Cómo puede un hombre de Dios comer en la misma mesa con aquella gente pecadora e indeseable?

Jesús nunca hizo caso de sus críticas. Sabía que Dios no es el Juez severo y riguroso del que hablaban con tanta seguridad aquellos maestros que ocupaban los primeros asientos en las sinagogas. Él conoce bien el corazón del Padre. Dios entiende a los pecadores; ofrece su perdón a todos; no excluye a nadie; lo perdona todo. Nadie ha de oscurecer y desfigurar su perdón insondable y gratuito.

Por eso, Jesús les ofrece su comprensión y su amistad. Aquellas prostitutas y recaudadores han de sentirse acogidos por Dios. Es lo primero. Nada tienen que temer. Pueden sentarse a su mesa, pueden beber vino y cantar cánticos junto a Jesús. Su acogida los va curando por dentro. Los libera de la vergüenza y la humillación. Les devuelve la alegría de vivir.

Jesús los acoge tal como son, sin exigirles previamente nada. Les va contagiando su paz y su confianza en Dios, sin estar seguro de que responderán cambiando de conducta. Lo hace confiando totalmente en la misericordia de Dios que ya los está esperando con los brazos abiertos, como un padre bueno que corre al encuentro de su hijo perdido.

La primera tarea de una Iglesia fiel a Jesús no es condenar a los pecadores sino comprenderlos y acogerlos amistosamente. En Roma pude comprobar hace unos meses que, siempre que el papa Francisco insistía en que Dios perdona siempre, perdona todo, perdona a todos…, la gente aplaudía con entusiasmo. Seguramente es lo que mucha gente de fe pequeña y vacilante necesita escuchar hoy con claridad de la Iglesia.

José Antonio Pagola


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Domingo 23 T.O.(C) 08 de septiembre de 2019

Lucas 14, 25-33
En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.  Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.” ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.”

NO DE CUALQUIER MANERA

Jesús va camino de Jerusalén. El evangelista nos dice que «le seguía mucha gente». Sin embargo, Jesús no se hace ilusiones. No se deja engañar por entusiasmos fáciles de las gentes. A algunos les preocupa hoy cómo va descendiendo el número de los cristianos. A Jesús le interesaba más la calidad de sus seguidores que su número.

De pronto se vuelve y comienza a hablar a aquella muchedumbre de las exigencias concretas que encierra el acompañarlo de manera lúcida y responsable. No quiere que la gente lo siga de cualquier manera. Ser discípulo de Jesús es una decisión que ha de marcar la vida entera de la persona.

Jesús les habla, en primer lugar, de la familia. Aquellas gentes tienen su propia familia: padres y madres, mujeres e hijos, hermanos y hermanas. Son sus seres más queridos y entrañables. Pero, si no dejan a un lado los intereses familiares para colaborar con él en promover una familia humana, no basada en lazos de sangre sino construida desde la justicia y la solidaridad fraterna, no podrán ser sus discípulos.

Jesús no está pensando en deshacer los hogares eliminando el cariño y la convivencia familiar. Pero, si alguien pone por encima de todo el honor de su familia, el patrimonio, la herencia o el bienestar familiar, no podrá ser su discípulo ni trabajar con él en el proyecto de un mundo más humano.

Más aún. Si alguien solo piensa en sí mismo y en sus cosas, si vive solo para disfrutar de su bienestar, si se preocupa únicamente de sus intereses, que no se engañe, no puede ser discípulo de Jesús. Le falta libertad interior, coherencia y responsabilidad para tomarlo en serio.

Jesús sigue hablando con crudeza: «El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo». Si uno vive evitando problemas y conflictos, si no sabe asumir riesgos y penalidades, si no está dispuesto a soportar sufrimientos por el reino de Dios y su justicia, no puede ser discípulo de Jesús.

Sorprende la libertad del papa Francisco para denunciar estilos de cristianos que tienen poco que ver con los discípulos de Jesús: «cristianos de buenos modales, pero malas costumbres», «creyentes de museo», «hipócritas de la casuística», «cristianos incapaces de vivir contra corriente», cristianos «corruptos» que solo piensan en sí mismos, «cristianos educados» que no anuncian el evangelio…

José Antonio Pagola


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La vida misionera: mezcla de dolor y gozo

El pasado fin de semana las redes sociales combonianas repetían hasta la saciedad dos eventos: la muerte repentina de un joven misionero comboniano de 48 años y la nominación cardenalicia de un obispo comboniano.

El sábado 31 de agosto un infarto terminaba con la vida del comboniano filipino Eutiquio Mula en Nairobi (Kenya). Llevaba trabajando en este país africano desde 2009 y a pesar de tener un ligero sobrepeso nunca había manifestado remarcables problemas de salud.

Al día siguiente, el domingo 1 de septiembre, el papa Francisco comunicaba la lista de 13 obispos que serán creados cardenales en el Consistorio del próximo 5 de octubre. Entre ellos, el comboniano español Mons. Miguel Ángel Ayuso, presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso. Es la primera vez en la historia de la Familia Comboniana que un misionero comboniano obtiene la dignidad cardenalicia.

Ante sentimientos tan contratados venían a nuestro recuerdo las palabras que escribió nuestro fundador San Daniel Comboni a su primo Eustaquio:

“Nuestra vida, la vida del misionero, es una mezcla de dolor y gozo, de preocupaciones y esperanzas, de sufrimientos y alivios. Se trabaja con las manos y con la cabeza, se viaja a pie y en piragua, se estudia, se suda, se sufre, se goza: esto es cuanto quiere de nosotros la Providencia”.