Palabras para Semana Santa

Ya que no consigo tiempo para escribir algo decente, prefiero enviar lo que otros más inspirados dejan, al inicio de esta que es la semana más importante de nuestro año. “Abraços!” y ¡buena Semana Santa! Xoáncar Sánchez, LMC, desde Brasil:

Por P. Claudio Bombieri, Provincial comboniano de Brasil Nordeste.
«Los indios Ka’apor, que acompaño desde hace muchos años en sus vicisitudes, cuando me visitaron en el lejano 1984, en Santa Luzia do Paruá (Maranhão), llegaron durante una celebración eucarística. Yo los descubrí atentos y atónitos, del lado de fuera de la iglesia. Apoyados en las ventanas observaban todo. Después de la misa, me preguntaron quién era “aquel hombre estirado en un palo, y con clavos en las manos y los piés”, colgado en la pared principal del templo. ¡Les dije que era Jesús crucificado! Me cortaron de inmediato, sin esperar que añadiese nada más: “¡Que mal gusto que los cristianos tienen. Un muerto no debería ser exhibido de aquella manera!”. Quedé sin palabras, pero ensayé a decir algo. Les dije que Jesús, como María, -el héroe cultural de ellos, y de los Tupí en general-, después de la muerte, volvió a vivir. Inmediatamente, uno de ellos me miró con intensidad, y dijo: “¿Por qué entonces ustedes no sacan los clavos de él y lo muestran con los ojos abiertos, como alguien que vive?”. Enmudecí. No insistí. La conversación se había terminado.
Jesús crucificado: ¡escándalo para griegos, judíos, romanos y… para los indios Ka’apor! En efecto, es un escándalo exponer el cuerpo de un derrotado, de un fracasado. Es un escándalo para los posmodernos, cristianos o no. Éstos parecen educados para “vencer siempre, a cualquier precio”. Saborear la amargura de la derrota, de la quiebra, de la fragilidad es poner en jaque el objetivo de sus modelos culturales. Más escandaloso, a pesar de todo, es exponer públicamente el símbolo de la derrota y del fracaso humano. E identificarse con Él. Reconocer, en fin, que la muerte, la humillación, la condena injusta, la brutalidad humana, la maldad forman parte de la vida cotidiana de los humanos. De aquellos que no son y no pueden ser “superhombres”.
Más seductor, y más alienante, sería presentar y dar culto a un “todopoderoso” invencible que, aunque temporalmente dominado, resurge permanentemente con poder y gloria. Tal vez hasta para eliminar a sus verdugos.
Escándalo de los escándalos, a pesar de todo, es afirmar que ¡en “aquellos crucificados” Dios también es crucificado! Es como decir a alguien que busca a Dios con insistencia que Él está allí donde hay alguien siendo crucificado, torturado, eliminado. Espantosamente, la presencia de Dios se manifiesta cuando aquellos que Él llamó a la vida son injusta y bárbaramente eliminados. Dios no estaría siendo indiferente o ausente delante de tan trágico destino. Al contrario, Él mismo estaría siendo humillado y muerto en los crucificados/as de la historia.
Esto, sin embargo, no pasaría de herejía, o quién sabe, hasta de idilio bíblico-teológico, si no hubiese una aclaración esencial. Dios no está presente en el crucificado porque aprueba tal práctica. Menos aún porque ésta sería una especie de expiación necesaria para merecer su perdón, o para ganar una hipotética salvación. O, peor, porque Dios, al final es, por su naturaleza, un ser sediento de sangre y de sacrificios, y se identifica más con la muerte que con la vida plena de sus criaturas.
Dios muere “en los” crucificados/as como señal radical y profética de su absoluta no conformación con la violencia, la injusticia, la tortura y la eliminación de sus hijos e hijas nacidas para vivir la vida en plenitud. Al morir con ellos, Dios se revela. Se vuelve una presencia que contesta y protesta contra toda muerte violenta, planeada, anunciada, insinuada, dulce o atroz. Una presencia que apunta hacia su radical y necesaria superación. Hacia un compromiso intransigente a favor de la vida,  de los derechos, de la integridad física y moral de los amenazados de la sociedad planetaria.
Al final, convengamos: ¡escándalo de verdad es exponer un crucifijo en un edificio público, tal vez en un tribunal de justicia, o en una iglesia, o en el propio pecho, y utilizarlo para camuflar la propia falta de compasión, la indiferencia, o incluso la complicidad con un número siempre mayor de Pilatos, Herodes, Césares, Sumos Sacerdotes y masas populares manipulables que condenan y conducen todos los días al Calvario de la exclusión, del racismo, del hambre, de la arrogancia y de la hipocresía institucionalizada a un número sin fin de hombres y mujeres que habían sido llamados a la vida!»


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