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Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


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Escuchar a los jóvenes y hacerlos protagonistas

La imagen puede contener: una persona, sonriendo, textoEste año, en el mes de octubre, se va a celebrar la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos; ha sido deseo del Papa Francisco que trate sobre el tema: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. El encuentro con los jóvenes y los mensajes que les ha dirigido han sido momento esenciales en su reciente visita apostólica a Chile y Perú.

En el Santuario Nacional de Santiago de Chile el Papa invitó a los jóvenes chilenos a ser “protagonistas del cambio” poniéndoles el ejemplo de “jóvenes como ustedes que se animaron a vivir la aventura de la fe. Porque la fe provoca en los jóvenes sentimientos de aventura”. Les invitó a “bajarse del sofá” y a movilizarse. Resaltó la inquietud de los jóvenes y el hecho que se mueven por ideales, a la vez que afirmó que el problema lo tienen los mayores que piensan que es fruto de la inmadurez.

Francisco dijo que: “Y por esta realidad de ustedes los jóvenes […] he convocado el sínodo de la fe y el discernimiento en ustedes, y además el encuentro de jóvenes”. La intención del Papa es escuchar a los jóvenes y hacerlos protagonistas: “quiero escuchar a los jóvenes y por eso se hace ese encuentro de jóvenes, encuentro donde ustedes van a ser los protagonistas: jóvenes católicos y no católicos, jóvenes cristianos y de otras religiones; y jóvenes que no saben si creen o no creen, todos; para escucharlos y para escucharnos, directamente, porque es importante que ustedes hablen, que no se dejen callar”.

Francisco está convencido que los jóvenes son muy necesarios en la Iglesia y en la sociedad; les decía a los jóvenes chilenos: “Y eso es que lo que nosotros, la Santa Madre Iglesia hoy necesita de ustedes: que nos interpelen. […] Que nos digan lo que sienten y lo que piensan”. Ya que los jóvenes con su inquietud y sus interpelaciones desinstalan a la Iglesia y la ponen en movimiento; de ahí la necesidad de escucharles: “¡Cuánto necesita de ustedes la Iglesia chilena y la Iglesia universal, que nos ‘muevan el piso’ y nos ayuden a estar más cerca de Jesús! Eso es lo que les pedimos: que nos muevan el piso si estamos instalados y nos ayuden a estar más cerca de Jesús”. Para que puedan cumplir con esta labor hay una condición que también Francisco les expuso con claridad: “Sin conexión, sin la conexión con Jesús, terminamos ahogando nuestras ideas, ahogando nuestros sueños, nuestra fe y claro nos llenamos de mal humor”.

El Papa ha transmitido un mensaje de confianza en los jóvenes: “Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie. Le haces falta a mucha gente, y esto piénsalo, cada uno de ustedes piénselo en el corazón, yo le hago falta a mucha gente”. Por eso les puso el ejemplo de los jóvenes que aparecen en el evangelio, que con su búsqueda inquieta llegaron a encontrar a Jesús y a conectar con él, a no perder la “señal” (en referencia a los teléfonos móviles y celulares): “Los jóvenes del Evangelio que escuchamos hoy querían esa ‘señal’ buscaban esa señal que los ayudara a mantener vivo el fuego en sus corazones”.

En Perú Francisco les puso el ejemplo de los múltiples santos de aquella región: “¡Queridos amigos, cuántos ejemplos tienen ustedes! Pienso en san Martín de Porres. Nada le impidió a ese joven cumplir sus sueños, nada le impidió gastar su vida por los demás, nada le impidió amar y lo hizo porque había experimentado que el Señor lo había amado primero”. Porque el Santo Padre les insistía en lanzar un mensaje de ánimo y de esperanza: “¡No se den por vencidos, no pierdan la esperanza! No se olviden de los santos que desde el cielo nos acompañan”. Les volvía a mostrar su confianza en que sean impulso para la Iglesia desde la fe en Jesús: “Jesús quiere verlos en movimiento. Él los llevará por el camino de las bienaventuranzas, un camino nada fácil pero apasionante”.

El Papa Francisco tiene una gran estima por estos encuentros espontáneos con los jóvenes, para peguntarles y escucharles directamente. Precisamente por eso, también ha convocado en Roma del 19 al 24 de marzo de 2018 una reunión pre-sinodal con jóvenes de todo el mundo, creyentes y no creyentes. “Me alegra poder reunirme con ustedes”-les dijo el Papa- estos encuentros para mí son muy importantes y más en este año en el cual nos preparamos para el Sínodo sobre los jóvenes. Sus rostros, sus  búsquedas, sus vidas, son importantes para la Iglesia y debemos darle la importancia que se merecen y tener la valentía que tuvieron muchos jóvenes de esta tierra que no se asustaron de amar y jugar su vida por Jesús”.

Las Obras Misionales Pontificias reciben del Santo Padre la tarea de la animación misionera de los jóvenes. Esto constituye uno de los puntos fuertes del trabajo del OMP España, para ello ofrece diferentes recursos pastorales que pueden ayudar a que los jóvenes se impliquen en la vida y en la misión universal de la Iglesia.


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“Creadores de Comunidad”. Jornada de los Catequistas Nativos .

“Creadores de comunidad”, con este lema se celebrará el próximo 6 de enero la Jornada de los catequistas Nativos y del IEME.

Cada año, en la Solemnidad de Epifanía, nos abre al año misionero con la Jornada dedicada a los Catequistas Nativos, es una jornada que tiene colecta pontificia, y en España está encargada de organizarla el Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME).

El Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME) es un cauce misionero del clero diocesano para llevar cabo la Misión de la Iglesia. Tiene encomendado animar a la Iglesia diocesana en la responsabilidad de todas las iglesias por la Misión ad gentes. En la Jornada de los Catequistas Nativos día tiene encomendado animar el sentido misionero de la Solemnidad y en orientar nuestra mirada en los misioneros laicos, insertos en comunidades misioneras, no autosuficientes. Se les llama por distinto nombre, delegados de la Palabra, catequistas o líderes de comunidades. Son grandes protagonistas de la Misión sin pretenderlo.

En este año los recordamos de nuevo, oramos por ellos y queremos colaborar con ellos en la tarea misionera que la Iglesia les tiene encomendado. En sus comunidades, la Palabra es proclamada, acogida y celebrada en el domingo que se verá desgranada en vida de Dios durante la semana: los ancianos y enfermos son visitados y se ora con ellos en sus casas, los niños y jóvenes tienen su catequesis, los responsables se reúnen para preparar la celebración siguiente y para dar seguimiento a las tareas de la comunidad. Son ellos (catequistas o delegados de la Palabra los que cuidan y garantizan día a día la marcha de la comunidad. Cuando hay ocasión de la presencia del sacerdote se tiene la eucaristía, los bautismos y las bodas, si las hay. Y el aire de fiesta es aún mayor ese día.

La iglesia en los lugares de misión gasta sus principales energías en formar responsables de las comunidades (catequistas o delegados de la Palabra); los reúne una o dos veces al año para capacitarlos en cursos y talleres y les acompaña en su vida de fe. Ellos son cristianos adultos y ejemplo de fe y de vida creyente son: ¡Creadores de Comunidad!

Toda la información y materiales para celebrar esta jornada están disponibles en: http://misionieme.blogspot.com.es/


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MENSAJE DEL PAPA PARA LA CELEBRACIÓN DE LA 51 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

Para apoyar el importante proceso de reflexión y discernimiento en curso, el Mensaje del Día Mundial de la Paz de este año nos invita a considerar a los migrantes y refugiados como hombres y mujeres que buscan, llevan y construyen la paz. El misterio es precisamente éste: lo que se les ha denegado en el país de origen, los migrantes ayudan a construirlo allí donde llegan. Ese misterio lo experimentan aquellas comunidades, cristianas o no cristianas que brindan acogida y construyen integración. Con palabras proféticas, el Papa Francisco nos recuerda en el Mensaje que tenemos la capacidad transformar en “ talleres de paz nuestras ciudades, a menudo divididas y polarizadas por conflictos que están relacionados precisamente con la presencia de migrantes y refugiados”.
El tema del Mensaje, es decir, migrantes y refugiados, es parte del cuidado de la casa común que el Papa Francisco ha propuesto con tanto vigor y eficacia en la Laudato si’. Los gobernantes tienen la responsabilidad de gestionar situaciones complejas y cambios rápidos, y de asignar recursos limitados. Como en una familia, necesitamos que sean tan compasivos como “prudentes”, capaces de atención y de cuidado.
Los gobernantes deberían tomar medidas prácticas para acoger, proteger, promover e integrar: es su deber hacerlo, dentro de los límites permitidos por el bien común rectamente entendido, así como favorecer la incorporación a la sociedad de los nuevos miembros[2]. Por eso deben tener ante sus ojos las necesidades de todos los miembros de la familia humana y el bienestar de cada persona. Al mismo tiempo, “los inmigrantes no deben olvidar que tienen el deber de respetar las leyes, la cultura y las tradiciones de los países que los acogen.”[3].
¿Con cuales medios puede una comunidad civil o religiosa acoger , proteger, promover e integrar a los nuevos miembros? Cualquier tipo de medida que se tome, tendrá que tener debidamente en cuenta a los que ya residen en el territorio. Esto podría llevar a solicitar  recursos provenientes del exterior. Por ejemplo, los países más ricos deberían ser más generosos en sus aportaciones a  los lugares donde muchos solicitantes de asilo buscan refugio, ya sea temporalmente o por períodos más largos.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
51 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2018

Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz

1. Un deseo de paz

Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra. La paz, que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad[1], es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y en mi oración. De entre ellos quisiera recordar a los más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Estos últimos, como afirmó mi querido predecesor Benedicto XVI, «son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz»[2]. Para encontrarlo, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino.

Con espíritu de misericordia, abrazamos a todos los que huyen de la guerra y del hambre, o que se ven obligados a abandonar su tierra a causa de la discriminación, la persecución, la pobreza y la degradación ambiental.

Somos conscientes de que no es suficiente sentir en nuestro corazón el sufrimiento de los demás. Habrá que trabajar mucho antes de que nuestros hermanos y hermanas puedan empezar de nuevo a vivir en paz, en un hogar seguro. Acoger al otro exige un compromiso concreto, una cadena de ayuda y de generosidad, una atención vigilante y comprensiva, la gestión responsable de nuevas y complejas situaciones que, en ocasiones, se añaden a los numerosos problemas ya existentes, así como a unos recursos que siempre son limitados. El ejercicio de la virtud de la prudencia es necesaria para que los gobernantes sepan acoger, promover, proteger e integrar, estableciendo medidas prácticas que, «respetando el recto orden de los valores, ofrezcan al ciudadano la prosperidad material y al mismo tiempo los bienes del espíritu»[3]. Tienen una responsabilidad concreta con respecto a sus comunidades, a las que deben garantizar los derechos que les corresponden en justicia y un desarrollo armónico, para no ser como el constructor necio que hizo mal sus cálculos y no consiguió terminar la torre que había comenzado a construir[4].

2. ¿Por qué hay tantos refugiados y migrantes?

Ante el Gran Jubileo por los 2000 años del anuncio de paz de los ángeles en Belén, san Juan Pablo II incluyó el número creciente de desplazados entre las consecuencias de «una interminable y horrenda serie de guerras, conflictos, genocidios, “limpiezas étnicas”»[5], que habían marcado el siglo XX. En el nuevo siglo no se ha producido aún un cambio profundo de sentido: los conflictos armados y otras formas de violencia organizada siguen provocando el desplazamiento de la población dentro y fuera de las fronteras nacionales.

Pero las personas también migran por otras razones, ante todo por «el anhelo de una vida mejor, a lo que se une en muchas ocasiones el deseo de querer dejar atrás la “desesperación” de un futuro imposible de construir»[6]. Se ponen en camino para reunirse con sus familias, para encontrar mejores oportunidades de trabajo o de educación: quien no puede disfrutar de estos derechos, no puede vivir en paz. Además, como he subrayado en la Encíclica Laudato si’, «es trágico el aumento de los migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental»[7].

La mayoría emigra siguiendo un procedimiento regulado, mientras que otros se ven forzados a tomar otras vías, sobre todo a causa de la desesperación, cuando su patria no les ofrece seguridad y oportunidades, y toda vía legal parece imposible, bloqueada o demasiado lenta.

En muchos países de destino se ha difundido ampliamente una retórica que enfatiza los riesgos para la seguridad nacional o el coste de la acogida de los que llegan, despreciando así la dignidad humana que se les ha de reconocer a todos, en cuanto que son hijos e hijas de Dios. Los que fomentan el miedo hacia los migrantes, en ocasiones con fines políticos, en lugar de construir la paz siembran violencia, discriminación racial y xenofobia, que son fuente de gran preocupación para todos aquellos que se toman en serio la protección de cada ser humano[8].

Todos los datos de que dispone la comunidad internacional indican que las migraciones globales seguirán marcando nuestro futuro. Algunos las consideran una amenaza. Os invito, al contrario, a contemplarlas con una mirada llena de confianza, como una oportunidad para construir un futuro de paz.

3. Una mirada contemplativa

La sabiduría de la fe alimenta esta mirada, capaz de reconocer que todos, «tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir»[9].

Estas palabras nos remiten a la imagen de la nueva Jerusalén. El libro del profeta Isaías (cap. 60) y el Apocalipsis (cap. 21) la describen como una ciudad con las puertas siempre abiertas, para dejar entrar a personas de todas las naciones, que la admiran y la colman de riquezas. La paz es el gobernante que la guía y la justicia el principio que rige la convivencia entre todos dentro de ella. Necesitamos ver también la ciudad donde vivimos con esta mirada contemplativa, «esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas [promoviendo] la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia»[10]; en otras palabras, realizando la promesa de la paz.

Observando a los migrantes y a los refugiados, esta mirada sabe descubrir que no llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen. Esta mirada sabe también descubrir la creatividad, la tenacidad y el espíritu de sacrificio de incontables personas, familias y comunidades que, en todos los rincones del mundo, abren sus puertas y sus corazones a los migrantes y refugiados, incluso cuando los recursos no son abundantes.

Por último, esta mirada contemplativa sabe guiar el discernimiento de los responsables del bien público, con el fin de impulsar las políticas de acogida al máximo de lo que «permita el verdadero bien de su comunidad»[11], es decir, teniendo en cuenta las exigencias de todos los miembros de la única familia humana y del bien de cada uno de ellos.

Quienes se dejan guiar por esta mirada serán capaces de reconocer los renuevos de paz que están ya brotando y de favorecer su crecimiento. Transformarán en talleres de paz nuestras ciudades, a menudo divididas y polarizadas por conflictos que están relacionados precisamente con la presencia de migrantes y refugiados.

4. Cuatro piedras angulares para la acción118770644--984x468

Para ofrecer a los solicitantes de asilo, a los refugiados, a los inmigrantes y a las víctimas de la trata de seres humanos una posibilidad de encontrar la paz que buscan, se requiere una estrategia que conjugue cuatro acciones: acoger, proteger, promover e integrar[12].

«Acoger» recuerda la exigencia de ampliar las posibilidades de entrada legal, no expulsar a los desplazados y a los inmigrantes a lugares donde les espera la persecución y la violencia, y equilibrar la preocupación por la seguridad nacional con la protección de los derechos humanos fundamentales. La Escritura nos recuerda: «No olvidéis la hospitalidad; por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles»[13].

«Proteger» nos recuerda el deber de reconocer y de garantizar la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad, evitando su explotación. En particular, pienso en las mujeres y en los niños expuestos a situaciones de riesgo y de abusos que llegan a convertirles en esclavos. Dios no hace discriminación: «El Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda»[14].

«Promover» tiene que ver con apoyar el desarrollo humano integral de los migrantes y refugiados. Entre los muchos instrumentos que pueden ayudar a esta tarea, deseo subrayar la importancia que tiene el garantizar a los niños y a los jóvenes el acceso a todos los niveles de educación: de esta manera, no sólo podrán cultivar y sacar el máximo provecho de sus capacidades, sino que también estarán más preparados para salir al encuentro del otro, cultivando un espíritu de diálogo en vez de clausura y enfrentamiento. La Biblia nos enseña que Dios «ama al emigrante, dándole pan y vestido»; por eso nos exhorta: «Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto»[15].

Por último, «integrar» significa trabajar para que los refugiados y los migrantes participen plenamente en la vida de la sociedad que les acoge, en una dinámica de enriquecimiento mutuo y de colaboración fecunda, promoviendo el desarrollo humano integral de las comunidades locales. Como escribe san Pablo: «Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios»[16].

5. Una propuesta para dos Pactos internacionales

Deseo de todo corazón que este espíritu anime el proceso que, durante todo el año 2018, llevará a la definición y aprobación por parte de las Naciones Unidas de dos pactos mundiales: uno, para una migración segura, ordenada y regulada, y otro, sobre refugiados. En cuanto acuerdos adoptados a nivel mundial, estos pactos constituirán un marco de referencia para desarrollar propuestas políticas y poner en práctica medidas concretas.

Por esta razón, es importante que estén inspirados por la compasión, la visión de futuro y la valentía, con el fin de aprovechar cualquier ocasión que permita avanzar en la construcción de la paz: sólo así el necesario realismo de la política internacional no se verá derrotado por el cinismo y la globalización de la indiferencia. El diálogo y la coordinación constituyen, en efecto, una necesidad y un deber específicos de la comunidad internacional. Más allá de las fronteras nacionales, es posible que países menos ricos puedan acoger a un mayor número de refugiados, o acogerles mejor, si la cooperación internacional les garantiza la disponibilidad de los fondos necesarios.

La Sección para los Migrantes y Refugiados del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral sugiere 20 puntos de acción[17] como pistas concretas para la aplicación de estos cuatro verbos en las políticas públicas, además de la actitud y la acción de las comunidades cristianas. Estas y otras aportaciones pretenden manifestar el interés de la Iglesia católica al proceso que llevará a la adopción de los pactos mundiales de las Naciones Unidas. Este interés confirma una solicitud pastoral más general, que nace con la Iglesia y continúa hasta nuestros días a través de sus múltiples actividades.

6. Por nuestra casa común

Las palabras de san Juan Pablo II nos alientan: «Si son muchos los que comparten el “sueño” de un mundo en paz, y si se valora la aportación de los migrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en “casa común”»[18]. A lo largo de la historia, muchos han creído en este «sueño» y los que lo han realizado dan testimonio de que no se trata de una utopía irrealizable.

Entre ellos, hay que mencionar a santa Francisca Javier Cabrini, cuyo centenario de nacimiento para el cielo celebramos este año 2017. Hoy, 13 de noviembre, numerosas comunidades eclesiales celebran su memoria. Esta pequeña gran mujer, que consagró su vida al servicio de los migrantes, convirtiéndose más tarde en su patrona celeste, nos enseña cómo debemos acoger, proteger, promover e integrar a nuestros hermanos y hermanas. Que por su intercesión, el Señor nos conceda a todos experimentar que los «frutos de justicia se siembran en la paz para quienes trabajan por la paz»[19].

Vaticano, 13 de noviembre de 2017.
Memoria de Santa Francisca Javier Cabrini, Patrona de los migrantes.

Francisco