LMC España

Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


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bichinho de Deus…

Bichinho de Deus… Isaías

                En esta misión todos los martes –terças- vamos al banco de alimentos. Una vez al mes además vamos por el “mensual” que se repartirá al día siguiente. En el banco nos dan una guía con los alimentos y el peso total de lo que nos llevamos. Esta última vez fueron casi dos toneladas. Dos mil kilos que subimos y bajamos de la furgoneta entre tres personas. Así leído no parece mucho, pero puedo asegurar que sí, lo es. Al día siguiente hay que repartir toda esa comida entre los usuarios del banco de alimentos de la parroquia. Aunque las puertas se abren a las 12.30, desde primera hora de la mañana hay una veintena de personas ya esperando. Ayer las volví a ver desde mi privilegiada terraza. Son todas personas mayores –con pocas excepciones-. Muchas viven solas. Otras están a cargo de hijos desempleados y nietos. Y no solo los vi, sino que me paré a pensar en cómo serían sus vidas, en el pasado y en el presente. ¿Tuvieron sueños y esperanzas? ¿Cuáles fueron? ¿Se cumplió todo aquello que desearon alguna vez? ¿Qué sería? Seguro que no estar viejas y cansadas desde tan temprano a la espera por horas de que se abra ese lugar donde cada semana les dan un poco de comida. Tampoco estar solas en esta vida aunque tuvieron hijos e hijas. Ni vivir en malas condiciones, en casas con humedades, electrodomésticos de segunda mano y medio sin funcionar, muebles viejos y, eso sí, muchas fotos del pasado. Deslucidas pero enmarcadas en buenos recuerdos, que es lo más importante. Algunas con sus  piernas hinchadas por la mala circulación, o los caminos recorridos muchas veces sin salida. Con tensión alta o con diabetes; con muchas batallas a sus espaldas y cara de haber ganado pocas. Cara de estar enfrentadas aun con el mundo y con la vida. Algunas de seguir batallando, otras de haberlo perdido todo. TODO.

Fue un día bastante conflictivo para un espíritu inquieto o incluso para uno no tanto. Una de nuestras abuelas, las que vienen a recoger su cesta mensual de alimentos, había perdido su número –se le da el primero porque es diabética y así no tiene que esperar- y estuvo durante horas en la puerta. No se atrevió decirlo. A nadie. Esperó y esperó hasta que alguien de dentro se dio cuenta y la hizo entrar. Se le riñó y ella, entre lágrimas, nos explicó… TODO. Otra había perdido el bus y llegó tarde. La misma situación de zozobra, nerviosismo y miedo, “¿Me darán mi cesta? He llegado tarde…” TODO. Y las –y los, pocos- que entraban se sentaban pacientemente a esperar su cesta. – “¿Cómo va? – Todo bien gracias a Dios…” Pero se veía bien que no todo está bien en sus vidas. Comenzando por el hecho de tener que venir a pedir ayuda alimentaria. TODO. Este día vi a aquellas que Isaías llama “bichitos, gusanitos” de Dios. Mujeres, algún hombre, ancianas, cansadas, pequeñas y tímidas. Sin atreverse a reclamar, sin protestar, sin levantar la voz… Como un gusano en manos de un sistema cruel, no en manos de un Padre amoroso como nos dice el profeta. Un sistema que las empobrece, las denigra, las relega por su ancianidad, pobreza, arrugas… Sistema apoyado por una sociedad, nosotros, educada en unos antivalores humanos, éticos y cristianos. TODO. Nada tienen. Solo el miedo de un día morir aplastadas por el sistema y que a nadie le importe. ¿A quién importa la muerte de un gusano?

Y por si esto no fuera suficiente aun nos quedaba el final. Nuestra última abuela llega ya ahogada en un mar de lágrimas. También ha llegado tarde. De mañana había muerto su hijo. Bueno, su nieto. Y con esas cosas del hospital, la policía, y la funeraria. Pues eso. Que no pudo ir a tiempo. Ha muerto su hijo. Su hijo porque su madre lo abandonó. Lo abandonó con dos años cuando su novio le pegó una soberana paliza al crio y lo dejó con graves deficiencias. Y desde entonces ella lo había criado “como Dios le había dado a entender”. Dios, gracias a Dios, se lo había llevado doce años después. Después de un continuo sufrimiento para el niño. Continuo sufrimiento para su madre abuela. Pobre mujer, mujer pobre, fuera del sistema, fuera de nuestra sociedad, fuera de todo por haberlo perdido todo y haberlo dado todo por ese hijo. Si Isaías hubiera presenciado la escena no nos hablaría de un gusano. Nos pondría el nombre de esta mujer. No hay imagen más clara de desolación, pobreza, abandono que esta  anciana. Si Jesús hubiera estado la habría curado con su sola palabra. Si nosotros hubiéramos tenido un espíritu suficientemente inquieto… ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué revolución tenemos que comenzar? ¿Por dónde comenzar a prender fuego a “esta tierra”? Prender fuego a este sistema. Prender fuego a esta sociedad. Dios soporta, aguanta y perdona todos los pecados de la humanidad, pero la humanidad, nosotros ¿Podemos soportar y perdonar nuestros propios pecados?

Después de tantas misiones vividas, de tanto sufrimiento compartido, de tantas ilusiones realizadas, o no. Y personas, hermanas, repartidas por el mundo. Después de unos meses de esta última misión. A punto de echar la persiana de mi terraza desde donde veo un primer mundo de progreso y bienestar, aunque no para todas y recoger las muchas cosas que todavía arrastro por el mundo. Podría ser lo mismo. Pero después de ver a los gusanos de Dios que nos presenta Isaías, de ver sus lágrimas, lamentos y suspiros, penas y pocas alegrías, sé que ya nada volverá a ser como antes. Nada puede ser como antes cuando experimentas en el pobre el grito de Jesús en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? Cierro las puertas, cargo mis cosas y me pongo de nuevo en camino. Solo Él sabe la dirección concreta. Pero seguro que me lleva a encontrarme de nuevo con sus “bichinhos” y gusanos.

Demos gracias a Dios.


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En camino hacia la misión

David Aguilera, LMC (2º por la izquierda)

Mi nombre es David Aguilera, Laico Misionero Comboniano de Granada, España, con próximo destino a Etiopía.

En esta etapa, que se plantea dentro de mi preparación, he sido alumno de la Escuela de Formación Misionera de San Pio X.

Desde mi experiencia, ha sido una gracia y un regalo, puesto que supone un punto de inflexión este proceso encaminado a mi misión en Etiopía, o en cualquier lugar donde Dios me ponga.

El curso de Misionología está compuesto por multitud de módulos, que podemos agrupar en varios bloques temáticos: análisis de la realidad, fenómeno religioso y religiones, teología y misión, talleres prácticos de aspectos importantes en misión, conocimiento de la realidad en los distintos continentes y espiritualidad de misión e inculturación.

Pero más allá de recibir un compendio de conocimientos teórico-prácticos, muy útiles para un proceso de misión, este curso lo considero imprescindible para desestructurarnos de tanta carga sistémica y estructural, y poder recomenzar dicho proceso desde una óptica de apertura y comprensión.

La espiritualidad misionera debe partir de un proceso de reconversión, desde una experiencia de encuentro liberadora que nos permita caminar con el hermano; desde una espiritualidad de la fraternidad, una espiritualidad de la alegría por la experiencia de la misericordia; y desde la comprensión del Kerigma del “Amar a Dios y a los hermanos hasta el extremo y en todas las circunstancias”.

Este curso nos ayuda comprender que el misionero debe basar su evangelización en un mensaje que se transmite con la vida, que acompaña los procesos de los hermanos como una ligera lluvia que va empapando y calando suave, pero con intensidad.

Propuestas de vida, propuestas de encuentro, propuestas de afecto, propuestas que tengan su raíz en el AMOR vivido y compartido de Dios.

Agradezco desde aquí a los cuatro coordinadores, Isidoro, Felipe, Teresa y Benjamín; a tantos profesores y profesoras que han dedicado su tiempo, su espacio, su esfuerzo y su corazón para ser transmisores de la buena nueva, y de una experiencia de fe renovadora. Y, sobre todo, a mis compañeras y compañeros, con quienes he compartido este proceso de desestructuración y recomposición personal y espiritual, esta vivencia del Amor de Dios desde lo sencillo y lo cotidiano, y esta reafirmación de mi vocación. Sois parte de mí, haya donde vayamos, y así lo sentiré siempre.

A la Escuela de Formación Misionera, GRACIAS DE CORAZÓN.

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Apoyar lo local crea más riqueza que el discurso de las grandes empresas

La Voz de Galicia (Paco Rodríguez)

Compartimos un artículo que ha aparecido hoy en el diario “La vos de Galicia” en  el que se recoge el trabajo y experiencia misionera que nuestro compañero XoánCar  lleva realizando como LMC en Brasil desde hace 19 años.

 

Xoán Carlos Sánchez Couto, ingeniero agrónomo, dejó hace 19 años su barrio de San Pedro, y se fue «solo» a un pueblo del norte de Brasil, llamado Maranhao, para poner en marcha una escuela agrícola que «ofrece formación para sacar un mejor rendimiento a las explotaciones locales, sin abandonar el respeto a la naturaleza y al medio ambiente». Sus sueños fueron cumpliéndose y poco a poco, destaca, «se van consiguiendo pequeños éxitos, que ofrecen nuevas oportunidades a las personas». Su experiencia en Brasil, y sus conocimientos sobre las consecuencias de la implantación de grandes empresas mineras en la zona, fue objeto ayer de una conferencia en la Facultade de Filosofía, organizada por Enlázate por la Justicia y la USC, junto a otras entidades como Manos Unidas y Redes.

La primera vez que su familia gallega llegó a Maranhao «respiró tranquila», porque pensaban que era un sitio inhóspito y peligroso, pero encontraron «unas personas que están dispuestas a ayudar y a compartir lo que tienen. Son humildes y pobres, pero son gente agradecida y hospitalaria. Son buena gente, que se convirtió en mi familia». Explica Sánchez que ese pueblo «nada tiene que ver con la imagen que se tiene de Brasil en España. No tiene nada que ver con Copacabana», asegura. Cuando llegó, hace 19 años, «el 60 % de la población del rural se iba a la ciudad, y ahora el porcentaje se invierte. El 60 % se queda en el rural, y tiene unas explotaciones agrícolas más modernas, pero son respetuosas con el medio ambiente». Pese al avance, «queda mucho por hacer. Allí también tenemos una mina a cielo abierto, de hierro, que dicen que es la más grande del mundo, y que tiene un ferrocarril con 900 kilómetros de vía que saca el hierro para ser cargado hacia China». Subraya que el 95 % del hierro se exporta al gigante asiático. «El discurso de las grandes empresas sobre su creación de empleo sabemos bien allí que es falso. Cuando dicen que crearán 1.000 empleos, se quedan en 300, y luego alegan que eran indirectos, pero no es así. El apoyo a la economía local genera un empleo seguro y que deja la riqueza en la zona. La empresa de la mina, Vale, tiene su sede fiscal en un pequeño pueblo suizo de 1.200 habitantes». Sánchez sostiene que la situación tiene su paralelismo con «la mina de Touro. Y aunque no conozco en detalle el proyecto, deberían estar atentos. Todo está conectado en este mundo».

Sánchez Couto considera que para «plantarle cara a las grandes firmas es necesario trabajar con sumo cuidado y buscar los pequeños resquicios que hay en las leyes para proteger los intereses y derechos de las personas».

Xoán Carlos Sánchez tiene en marcha el proyecto «Justicia nos Trilhos (vías), con el que trabajamos en cuatro zonas afectadas por empresas mineras en Perú, Argentina, Colombia y Brasil, y con el que queremos plantarles cara y conseguir la garantía de derechos mínimos. Qué menos que el derecho a ir y venir, el derecho a acceder a sus propiedades con garantías de seguridad».

Este proyecto cuenta con financiación de la Unión Europea, lo que deja ver «las dos caras de Europa. Por un lado, ayudan a las economías locales y financian proyectos para avanzar en sus derechos; y por otro lado, se benefician de la explotación de esas regiones. Las grandes fortunas están en manos de europeos. Aunque también es cierto que aquí también hay grandes capitales de Brasil. Todo está conectado e interrelacionado».

MARGA MOSTEIRO 
SANTIAGO / LA VOZ 


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Abrazar toda humanidad, eso es Navidad

Cuando aún resuenan entre nosotros  los cantos de Navidad, compartimos con todos vosotros un fragmento del Diario de misión de Mons. Jesús Ruiz, obispo auxiliar de Bangassou en Rep. Centroafricana.

Desde este lugar olvidado de África, nos invita a vivir intensamente esta gran fiesta del Dios con nosotros que abraza abraza a toda la humanidad en su hijo Jesús.

Martes 25 de diciembre de 2018

Abrazar la ternura de un bebé sonriente que te hace carantoñas es un gusto y hasta te lo comerías a besos…; limpiar su caca, o aguantar sus berridos nocturnos sin parar es otra cosa… Esta Navidad mi oración y mi cabeza están invadidas por imágenes difíciles de digerir: Sandrina, los dos gemelos, la mamá de los mellizos. Cada día en mi oración, como suplicando un milagro, he interpelado a Dios.

Con el pasar del tiempo hemos edulcorado tanto la Navidad que la hemos desfigurado totalmente con un romanticismo de luces de colores en medio de la nieve y sentimientos ambiguos de fraternidad familiar… Nos hemos acostumbrado y hemos adulterado lo que fue Belen; muchos hasta han suprimido o escondido al niño. Es como si quisiéramos borrar del belén el frío de la noche, el sufrimiento del rechazo (no había sitio para ellos en la posada), el dolor de un parto, la persecución de un tirano, o la impotencia humana de José que no puede ofrecer nada mejor a su mujer y el niño que nace…

La verdadera Navidad me da que huele mal, como en todo establo de animales… y el frío come las carnes como en estos días en Obo donde el frío es insoportable pues la gente no tiene ropa de abrigo… Es esto lo que me ha ocurrido cuando el domingo me han traído a escondidas a Sandrine para que la administre el sacramento de la Confirmación pues por la mañana no se atrevió a venir con los 85 jóvenes que recibieron ese sacramento. Sandrine, tiene 18 años y medio pero parece que tuviera 14. Un ojo se le ha salido de orbita más de 10 centímetros y el miembro enfermo está podrido y supurando pus con un olor difícil de soportar. Así lleva cuatro años… Algunos doctores la han visitado pero no le han dado ninguna esperanza. Vive escondida en casa para que nadie la vea pues es un monstruo; todo el día sola, pensando no sé en qué, comiéndose su propio olor fétido y con unos dolores insoportables… ¡Cuánto me ha costado aceptar esa humanidad enferma que supura pus! He aguantado como he podido durante el sacramento de Confirmación que le he administrado, y he intentado torpemente comunicarle la predilección de Dios por la fragilidad humana… ¡Qué habrá comprendido! El pensamiento de Sandrine me persigue desde entonces.

Antes de llegar Sandrine, al salir de la Misa, veo acercarse a dos niños de unos doce años arrastrándose por el suelo como serpientes. Son dos gemelos que nacieron sin piernas. ¡Qué horror! Tristes se me acercan, les saludo, les bendigo y cuando les doy un caramelo se acerca una mujer de unos cincuenta años también arrastrándose por el suelo… ¿Pero en qué mundo vivimos?

Durante la Misa de Confirmaciones hemos bendecido a dos niños gemelos que acaban de nacer. En la comida me explican la historia de esta mama con apenas 16 años que frecuentaba la parroquia pero se quedó embarazada y el chico que la dejó en ese estado ha huido al Sudan como hacen todos los chicos aquí… Ha huido a la aventura dejando a esa chica sin futuro; la niña ha tenido que interrumpir la escuela para cargar con las dos criaturas… Una humanidad abandonada.

Fabrice, el párroco, me había preparado los casos especiales para la confesión. Toda la tarde del sábado la pasé confesando a la gente. ¡Cuántos abortos! Más de seis en una sola tarde. Una chica de apenas 20 años… tres abortos; una mujer con cara de bruja y que pertenece al grupo de santa Rita, se confiesa que ayuda a practicar el aborto a las jóvenes… Una humanidad que destruye y se destruye, una humanidad a abrazar.

Sí, creo que hemos edulcorado demasiado la Navidad. Navidad es ese Dios que abraza la humanidad, toda humanidad… Esa humanidad que se codea con la injusticia; esa humanidad donde los fuertes se ríen y pisotean a los pequeños… Esa humanidad desplazada como esos veinte seis mil refugiados en la catedral de Alindao que fueron agredidos, quemaron sus casas y todas sus posesiones y asesinaron a 82 personas… pero nadie les hará nunca justicia. Es esa la humanidad que Dios abraza en ese Niño de Navidad.

Abrazar la humanidad, toda humanidad: la bella, y la que repugna…, la humanidad que alaba al Criador y la que blasfema y destruye todo signo de vida…  Adorar al niño de Belén nos lleva a abrazar a Sandrine que no verá su sueño de ser querida por un hombre; abrazar a los dos gemelos sin piernas que tienen un futuro duro delante de ellos; abrazar a Eveline que se la llevaron como rehén sexual los tongo-tongo y cuánto habrá llorado estas Navidades; abrazar a esa otra joven que se ha quedado sola y con dos gemelos a cuestas…

Ayer noche celebré la Nochebuena en la capilla del Axe-Libua. En medio de la noche al finalizar la Misa me dediqué a repartir caramelos y globos a los niños. Donde hay niños hay Navidad les dije… No hagáis daño a los niños. Me dediqué en la noche a dar caramelos a los niños a pesar de que en este contexto esto se puede ser una actividad de alto riesgo, pues se agolpan cien, doscientos, trescientos niños y esto te desborda como nos desborda y nos desnorta un Dios bebé. Hoy he bautizado a 53 bebés. Aquí hay muchos niños, hay mucha Navidad… Dios sigue confiando en la humanidad a pesar de todo; nos ha dejado el volante para que hagamos participes a todos los hombres de su amor.  “… y paz a los hombres porque Dios les ama… Como signo encontrareis un niño acostado en un pesebre”

Id a buscar en un buen mapa de África dónde se encuentra esta localidad de Obo al este de la República Centroafricana haciendo frontera con el Sudán. Desde allí os digo con todos estos niños,

¡ FELIZ NAVIDAD DESDE OBO !

WENE FESTA NATALE FURIONI !