LMC España

Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


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Un mes en familia en Etiopía y Kenia

Hace ya un mes que mis ojos se llenan de un sinfín de imágenes, y mi corazón las va almacenando, no como desvencijados libros sobre una estantería, sino como cuadros en una pinacoteca, donde cada uno tiene su sitio, y llena de belleza el espacio.

Son infinitas las sensaciones que voy experimentando: a veces sorpresa, alegría, o confusión; muchas indignación, y otras tantas esperanza. Me enamora el ver los ojos de todas las personas con las que me cruzo: los ilusionados niños que se ríen al verte pasar, y con toda la ternura nos saludan bajo el apelativo de “Farengi” o “China”; los entusiastas jóvenes, que sueñan con compartir su vida, y se acercan tímidamente a chocarte las manos; los sacrificados padres y las aún más sacrificadas madres, que tras un durísimo día de trabajo, sin embargo siempre tienen tiempo para sacar a su familia adelante; o los cansados ancianos, que sin embargo, guardan en su mirada la belleza de la experiencia. Etiopía es sin duda un lugar de contrastes, de radiante alegría e intensa tristeza. En nosotros está el llenar nuestra vida de una u otra cosa, aunque seamos testigos de ambas.

Son muchísimas las anécdotas que podría contar, unas muy buenas, otras bastante desalentadoras, y que me llevan a la denuncia más férrea de tantas injustísimas situaciones. Sin embargo, esta vez quiero centrarme en algo que ha ido llenando mi corazón a diario, gota tras gota: la vivencia de familia.

Al llegar a Etiopía, lo primero que sentí, aparte del gran choque cultural y personal con la realidad, fue la acogida de los Combonianos en su casa provincial de Addis, casa que desde el primer día sentimos como nuestra; el Abba Nicola y el Abba Sisto, cada uno con su personal forma de ser, tan complementarios y tan acogedores, se han convertido en unos verdaderos padres en estas tierras abisinias. Siempre dispuestos para lo que necesitemos, ya sea procurarnos algo, indicarnos, enseñarnos o simplemente darnos un consejo. Y como olvidarnos del Abba Seum, el más veterano de la casa, el primer Comboniano etíope, con ese cariño, ese estar encima de todos nosotros, especialmente de quien él ve que más lo necesita (y no se equivoca); con sus historias, sus recomendaciones sobre la vida y su entrañable afabilidad, se ha ganado el corazón de todos nosotros. Por supuesto, hace perfectamente las veces del “abuelito” de la casa (dicho con todo el respeto).

Las Combonianas de Addis, por su parte, y como sólo ellas saben hacerlo, nos acogieron con los brazos abiertos. Con ese don maternal, la primera que conocimos fue precisamente a la provincial, Sister Veronica, la alegría personificada, una hermana impresionante. Con ellas podemos compartir oración, desayuno, un café agradable, o incluso reuniones importantes, como el primer encuentro de los “Comboni Friends” (amigos de Comboni), un grupo de laicos afines a los Combonianos, que se reúnen mensualmente para compartir su fe y su vocación, y para el que sister Veronica hizo de anfitriona y nos regaló su experiencia vital, cargada de ternura. El resto de la comunidad, con sólo vernos aparecer por la puerta, nos saluda con una sonrisa y una amabilidad propia de aquellas mujeres que viven en la entrega personal, y una cercanía que hay que conocer. Destaco, como no podía ser menos, a Sister Laura, Comboniana madrileña, que por eso del idioma, me ha permitido compartir más de cerca la realidad de Etiopía, de Addis y de la familia Comboniana aquí.

A los pocos días de llegar, y aprovechando que Pedro tenía vacaciones en la escuela de Amárico (por lo que Carolina y yo aún no habíamos empezado), nos dieron la oportunidad de conocer las misiones del sur de Etiopía. Una vez más, un regalo para el corazón, con esa acogida que tuvimos en cada sitio donde pudimos ir. En Hawassa, capital del pueblo Sidamo, fuimos acogidos en la casa de nuestros hermanos LMC de Polonia Tobías y Adela, que finalizaban su periodo, y que nos legaron un gran número de buenos recuerdos de antiguos LMC, de actuales LMC y de cosas útiles para aprender Amárico, para reforzar nuestro conocimiento sobre el movimiento en Etiopía (estatutos, programas, formación, etc.). Pudimos compartir muchas anécdotas e impresiones, y realmente nos hemos sentido herederos de su misión en este país, aunque no vayamos a estar en el mismo lugar en el que ellos estuvieron, pero el espíritu continúa. A lo que sumamos a Magda, también LMC de Polonia, y que un poco en la distancia, pero en el mismo camino de compromiso que todos nosotros.

Además, la comunidad de Combonianos, con Abba Corrado (y su enorme simpatía y humildad) y Abba Jaime, que estaba allí circunstancialmente (con su cercanía, y su capacidad de hacer reír) nos acogió de nuevo como una verdadera familia. De las hermanas en esa ciudad sólo pude encontrarme con Sister Dolores, de mi ciudad, y de la que además había oído hablar a mis padres, por lo que fue un momento precioso.

En Quilenso, Abba Miguel nos acogió con una entrega y una disponibilidad dignas de encomio, siempre dispuesto a llevarnos, a traernos, a enseñarnos, a hablar y a compartir momentos. Y en Daye, la comunidad de Combonianos, con toda una vida a las espaldas, y los brazos más que abiertos, nos hicieron sentir que éramos parte del mismo cuerpo. De hecho, allí celebramos Shambalala, el año nuevo Sidamo, un momento de festividad importante para ellos, y que nos permitió compartirlo con el pueblo (tanto en casa de los catequistas como en un acto público, sentados con las autoridades, totalmente integrados). Nos mostraron la parte más humana de la misión (las capillas, la implicación de las personas, los amigos y los más cercanos), y nos reconocieron siempre como parte de la misma comunidad comboniana. Y en todo este periplo, conocimos también Adola y Teticha (esta última, una de las grandes misiones combonianas en Etiopía, donde estuvo por ejemplo nuestro Julio Ocaña, y que sin embargo ahora está cedida a la diócesis, y llevada por los Capuchinos).

Sin olvidarnos de tres grandes, Abba Juan Núñez, con quien he podido conocer a parte de la comunidad española en Addis, respetado y querido por todos; Abba Marco, el responsable para los LMC en Etiopía, y que con su apertura y su cercanía nos demuestra que nos aprecia realmente, y va a estar con nosotros codo con codo; y Abba Quin, que termina su estancia en este país, pero que apuesta también por este ser familia. Abba Cavallini, a quien ya conocía, no pudo compartir más que un saludo de bienvenida con nosotros, pero en un solo momento nos mostró la afabilidad propia de quien se quiere.

No me quiero olvidar de nadie: Abba Isaias, con su sonrisa permanente y su cariño; Abba Elvis, con su humildad y cercanía; y Abba John, todo un ejemplo para mí, que a pesar de estar en un momento vital realmente duro, nos dio un abrazo difícil de olvidar y no dejó de bromear y reír el poco tiempo que pudimos estar con él. Y por supuesto, los escolásticos, en especial, Gurmesa e Hipolite, que son uno más con nosotros, y realmente así lo vivimos y lo disfrutamos.

La misión a veces tiene sus dificultades, y una de ellas es el problema con la burocracia: el visado está dando más problemas de la que querríamos (aunque el Brother Desu esté desviviéndose porque los trámites estén a tiempo, dándonos ese toque de positivismo y de confianza que le caracteriza). Ello me ha obligado a ir a Kenia, a Nairobi, durante una semana, para recomenzar el proceso. Pero toda circunstancia, vivida como una bendición, en ello se transforma, y así ha sido para mí. La razón, principalmente (y una vez más) por la acogida de la familia Comboniana: la comunidad de la “Provincial House” de Nairobi me ha permitido disfrutar de esa gran ciudad, y sentirme de nuevo como en casa. El Father Santiago, español, me ha hecho el camino totalmente fácil; la alegría y el entusiasmo del Father Giusseppe, y la disponibilidad del Father Paolo han completado. Y la guinda, el Father Andrew, director de “New People” (el equivalente a “Mundo Negro” en España), que me enseñó las instalaciones de la redacción y me acercó a todas las misiones de Nairobi; en ellas pude conocer a los Combonianos y Combonianas implicados, e incluso comer en una de ellas. Por supuesto, la presentación para que me conocieran fue siempre como Laico Comboniano, con todo el orgullo que supone presentarte a alguien apreciado. Y, más aún, en un momento dado, recuerdo que estábamos el padre, una hermana y yo, e hicieron el comentario de “Ya está la familia al completo”. Para mí, fue un verdadero gozo sentirme uno más, compartiendo vocación y misión, como Comboni en sus inicios. No me puedo olvidar en este caso de las Combonianas de Nairobi, con quien compartí misa y mesa, y que me recibieron con tanta alegría que parecía que me conocieran de años. Además, me presentaron a Laicas Combonianas de la propia Kenia que estaban trabajando en los proyectos que ellas tenían, por lo que coincidir supuso una complicidad satisfactoria.

“¡Mil vidas para la misión!”, vivido en familia Comboniana, creo que es parte de la revelación que Comboni tuvo en su plan para la regeneración de África (y del mundo entero, podríamos añadir). Animo desde esta reflexión a todos los que formamos parte que en oración y en trabajo sepamos estar en consonancia con el Espíritu Santo, y no buscar la individualidad de nuestra rama, sino saber querernos y valorarnos como parte de la misma misión. La vocación concreta es diferente, pero desde nuestro ser en la Iglesia podemos caminar juntos; a distintos ritmos, seguramente, pero sabiéndonos acompañados desde la proximidad que da el ser familia espiritual.

Nuestras dudas, nuestros miedos y nuestras inseguridades, sean puestas ante Dios, para poder llevar precisamente a Dios a los demás.

Yo, por mi parte, doy muchas gracias a Dios por mi comunidad LMC (Pedro y Carolina), pero también por mi comunidad extensa, y la dicha de ser capaces de entendernos diferentes pero sabernos hermanos y hermanas.

Un abrazo fraterno para todos.

David Aguilera Pérez, Laico, Misionero y Comboniano.

 


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bichinho de Deus…

Bichinho de Deus… Isaías

                En esta misión todos los martes –terças- vamos al banco de alimentos. Una vez al mes además vamos por el “mensual” que se repartirá al día siguiente. En el banco nos dan una guía con los alimentos y el peso total de lo que nos llevamos. Esta última vez fueron casi dos toneladas. Dos mil kilos que subimos y bajamos de la furgoneta entre tres personas. Así leído no parece mucho, pero puedo asegurar que sí, lo es. Al día siguiente hay que repartir toda esa comida entre los usuarios del banco de alimentos de la parroquia. Aunque las puertas se abren a las 12.30, desde primera hora de la mañana hay una veintena de personas ya esperando. Ayer las volví a ver desde mi privilegiada terraza. Son todas personas mayores –con pocas excepciones-. Muchas viven solas. Otras están a cargo de hijos desempleados y nietos. Y no solo los vi, sino que me paré a pensar en cómo serían sus vidas, en el pasado y en el presente. ¿Tuvieron sueños y esperanzas? ¿Cuáles fueron? ¿Se cumplió todo aquello que desearon alguna vez? ¿Qué sería? Seguro que no estar viejas y cansadas desde tan temprano a la espera por horas de que se abra ese lugar donde cada semana les dan un poco de comida. Tampoco estar solas en esta vida aunque tuvieron hijos e hijas. Ni vivir en malas condiciones, en casas con humedades, electrodomésticos de segunda mano y medio sin funcionar, muebles viejos y, eso sí, muchas fotos del pasado. Deslucidas pero enmarcadas en buenos recuerdos, que es lo más importante. Algunas con sus  piernas hinchadas por la mala circulación, o los caminos recorridos muchas veces sin salida. Con tensión alta o con diabetes; con muchas batallas a sus espaldas y cara de haber ganado pocas. Cara de estar enfrentadas aun con el mundo y con la vida. Algunas de seguir batallando, otras de haberlo perdido todo. TODO.

Fue un día bastante conflictivo para un espíritu inquieto o incluso para uno no tanto. Una de nuestras abuelas, las que vienen a recoger su cesta mensual de alimentos, había perdido su número –se le da el primero porque es diabética y así no tiene que esperar- y estuvo durante horas en la puerta. No se atrevió decirlo. A nadie. Esperó y esperó hasta que alguien de dentro se dio cuenta y la hizo entrar. Se le riñó y ella, entre lágrimas, nos explicó… TODO. Otra había perdido el bus y llegó tarde. La misma situación de zozobra, nerviosismo y miedo, “¿Me darán mi cesta? He llegado tarde…” TODO. Y las –y los, pocos- que entraban se sentaban pacientemente a esperar su cesta. – “¿Cómo va? – Todo bien gracias a Dios…” Pero se veía bien que no todo está bien en sus vidas. Comenzando por el hecho de tener que venir a pedir ayuda alimentaria. TODO. Este día vi a aquellas que Isaías llama “bichitos, gusanitos” de Dios. Mujeres, algún hombre, ancianas, cansadas, pequeñas y tímidas. Sin atreverse a reclamar, sin protestar, sin levantar la voz… Como un gusano en manos de un sistema cruel, no en manos de un Padre amoroso como nos dice el profeta. Un sistema que las empobrece, las denigra, las relega por su ancianidad, pobreza, arrugas… Sistema apoyado por una sociedad, nosotros, educada en unos antivalores humanos, éticos y cristianos. TODO. Nada tienen. Solo el miedo de un día morir aplastadas por el sistema y que a nadie le importe. ¿A quién importa la muerte de un gusano?

Y por si esto no fuera suficiente aun nos quedaba el final. Nuestra última abuela llega ya ahogada en un mar de lágrimas. También ha llegado tarde. De mañana había muerto su hijo. Bueno, su nieto. Y con esas cosas del hospital, la policía, y la funeraria. Pues eso. Que no pudo ir a tiempo. Ha muerto su hijo. Su hijo porque su madre lo abandonó. Lo abandonó con dos años cuando su novio le pegó una soberana paliza al crio y lo dejó con graves deficiencias. Y desde entonces ella lo había criado “como Dios le había dado a entender”. Dios, gracias a Dios, se lo había llevado doce años después. Después de un continuo sufrimiento para el niño. Continuo sufrimiento para su madre abuela. Pobre mujer, mujer pobre, fuera del sistema, fuera de nuestra sociedad, fuera de todo por haberlo perdido todo y haberlo dado todo por ese hijo. Si Isaías hubiera presenciado la escena no nos hablaría de un gusano. Nos pondría el nombre de esta mujer. No hay imagen más clara de desolación, pobreza, abandono que esta  anciana. Si Jesús hubiera estado la habría curado con su sola palabra. Si nosotros hubiéramos tenido un espíritu suficientemente inquieto… ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué revolución tenemos que comenzar? ¿Por dónde comenzar a prender fuego a “esta tierra”? Prender fuego a este sistema. Prender fuego a esta sociedad. Dios soporta, aguanta y perdona todos los pecados de la humanidad, pero la humanidad, nosotros ¿Podemos soportar y perdonar nuestros propios pecados?

Después de tantas misiones vividas, de tanto sufrimiento compartido, de tantas ilusiones realizadas, o no. Y personas, hermanas, repartidas por el mundo. Después de unos meses de esta última misión. A punto de echar la persiana de mi terraza desde donde veo un primer mundo de progreso y bienestar, aunque no para todas y recoger las muchas cosas que todavía arrastro por el mundo. Podría ser lo mismo. Pero después de ver a los gusanos de Dios que nos presenta Isaías, de ver sus lágrimas, lamentos y suspiros, penas y pocas alegrías, sé que ya nada volverá a ser como antes. Nada puede ser como antes cuando experimentas en el pobre el grito de Jesús en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? Cierro las puertas, cargo mis cosas y me pongo de nuevo en camino. Solo Él sabe la dirección concreta. Pero seguro que me lleva a encontrarme de nuevo con sus “bichinhos” y gusanos.

Demos gracias a Dios.


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En camino hacia la misión

David Aguilera, LMC (2º por la izquierda)

Mi nombre es David Aguilera, Laico Misionero Comboniano de Granada, España, con próximo destino a Etiopía.

En esta etapa, que se plantea dentro de mi preparación, he sido alumno de la Escuela de Formación Misionera de San Pio X.

Desde mi experiencia, ha sido una gracia y un regalo, puesto que supone un punto de inflexión este proceso encaminado a mi misión en Etiopía, o en cualquier lugar donde Dios me ponga.

El curso de Misionología está compuesto por multitud de módulos, que podemos agrupar en varios bloques temáticos: análisis de la realidad, fenómeno religioso y religiones, teología y misión, talleres prácticos de aspectos importantes en misión, conocimiento de la realidad en los distintos continentes y espiritualidad de misión e inculturación.

Pero más allá de recibir un compendio de conocimientos teórico-prácticos, muy útiles para un proceso de misión, este curso lo considero imprescindible para desestructurarnos de tanta carga sistémica y estructural, y poder recomenzar dicho proceso desde una óptica de apertura y comprensión.

La espiritualidad misionera debe partir de un proceso de reconversión, desde una experiencia de encuentro liberadora que nos permita caminar con el hermano; desde una espiritualidad de la fraternidad, una espiritualidad de la alegría por la experiencia de la misericordia; y desde la comprensión del Kerigma del “Amar a Dios y a los hermanos hasta el extremo y en todas las circunstancias”.

Este curso nos ayuda comprender que el misionero debe basar su evangelización en un mensaje que se transmite con la vida, que acompaña los procesos de los hermanos como una ligera lluvia que va empapando y calando suave, pero con intensidad.

Propuestas de vida, propuestas de encuentro, propuestas de afecto, propuestas que tengan su raíz en el AMOR vivido y compartido de Dios.

Agradezco desde aquí a los cuatro coordinadores, Isidoro, Felipe, Teresa y Benjamín; a tantos profesores y profesoras que han dedicado su tiempo, su espacio, su esfuerzo y su corazón para ser transmisores de la buena nueva, y de una experiencia de fe renovadora. Y, sobre todo, a mis compañeras y compañeros, con quienes he compartido este proceso de desestructuración y recomposición personal y espiritual, esta vivencia del Amor de Dios desde lo sencillo y lo cotidiano, y esta reafirmación de mi vocación. Sois parte de mí, haya donde vayamos, y así lo sentiré siempre.

A la Escuela de Formación Misionera, GRACIAS DE CORAZÓN.

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Apoyar lo local crea más riqueza que el discurso de las grandes empresas

La Voz de Galicia (Paco Rodríguez)

Compartimos un artículo que ha aparecido hoy en el diario “La vos de Galicia” en  el que se recoge el trabajo y experiencia misionera que nuestro compañero XoánCar  lleva realizando como LMC en Brasil desde hace 19 años.

 

Xoán Carlos Sánchez Couto, ingeniero agrónomo, dejó hace 19 años su barrio de San Pedro, y se fue «solo» a un pueblo del norte de Brasil, llamado Maranhao, para poner en marcha una escuela agrícola que «ofrece formación para sacar un mejor rendimiento a las explotaciones locales, sin abandonar el respeto a la naturaleza y al medio ambiente». Sus sueños fueron cumpliéndose y poco a poco, destaca, «se van consiguiendo pequeños éxitos, que ofrecen nuevas oportunidades a las personas». Su experiencia en Brasil, y sus conocimientos sobre las consecuencias de la implantación de grandes empresas mineras en la zona, fue objeto ayer de una conferencia en la Facultade de Filosofía, organizada por Enlázate por la Justicia y la USC, junto a otras entidades como Manos Unidas y Redes.

La primera vez que su familia gallega llegó a Maranhao «respiró tranquila», porque pensaban que era un sitio inhóspito y peligroso, pero encontraron «unas personas que están dispuestas a ayudar y a compartir lo que tienen. Son humildes y pobres, pero son gente agradecida y hospitalaria. Son buena gente, que se convirtió en mi familia». Explica Sánchez que ese pueblo «nada tiene que ver con la imagen que se tiene de Brasil en España. No tiene nada que ver con Copacabana», asegura. Cuando llegó, hace 19 años, «el 60 % de la población del rural se iba a la ciudad, y ahora el porcentaje se invierte. El 60 % se queda en el rural, y tiene unas explotaciones agrícolas más modernas, pero son respetuosas con el medio ambiente». Pese al avance, «queda mucho por hacer. Allí también tenemos una mina a cielo abierto, de hierro, que dicen que es la más grande del mundo, y que tiene un ferrocarril con 900 kilómetros de vía que saca el hierro para ser cargado hacia China». Subraya que el 95 % del hierro se exporta al gigante asiático. «El discurso de las grandes empresas sobre su creación de empleo sabemos bien allí que es falso. Cuando dicen que crearán 1.000 empleos, se quedan en 300, y luego alegan que eran indirectos, pero no es así. El apoyo a la economía local genera un empleo seguro y que deja la riqueza en la zona. La empresa de la mina, Vale, tiene su sede fiscal en un pequeño pueblo suizo de 1.200 habitantes». Sánchez sostiene que la situación tiene su paralelismo con «la mina de Touro. Y aunque no conozco en detalle el proyecto, deberían estar atentos. Todo está conectado en este mundo».

Sánchez Couto considera que para «plantarle cara a las grandes firmas es necesario trabajar con sumo cuidado y buscar los pequeños resquicios que hay en las leyes para proteger los intereses y derechos de las personas».

Xoán Carlos Sánchez tiene en marcha el proyecto «Justicia nos Trilhos (vías), con el que trabajamos en cuatro zonas afectadas por empresas mineras en Perú, Argentina, Colombia y Brasil, y con el que queremos plantarles cara y conseguir la garantía de derechos mínimos. Qué menos que el derecho a ir y venir, el derecho a acceder a sus propiedades con garantías de seguridad».

Este proyecto cuenta con financiación de la Unión Europea, lo que deja ver «las dos caras de Europa. Por un lado, ayudan a las economías locales y financian proyectos para avanzar en sus derechos; y por otro lado, se benefician de la explotación de esas regiones. Las grandes fortunas están en manos de europeos. Aunque también es cierto que aquí también hay grandes capitales de Brasil. Todo está conectado e interrelacionado».

MARGA MOSTEIRO 
SANTIAGO / LA VOZ