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Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


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Mis primeras experiencias en RCA

Me siento uno de los herederos de la Visión profética de San Daniel Comboni de «Salvar a África a través de África», cuya visión se ha intensificado hoy en día con un África que salva al mundo.El Señor nos dice: «Como el Padre me envió, así os envío yo» (Jn 20,21).

Era una mañana de domingo que prometía uno de esos hermosos días del 15 de marzo, cuando llegué con mi equipaje a esta tierra de misión, las tierras de la República Centroafricana, no tendría palabras adecuadas para expresar lo que sentía en lo más profundo de mi ser en esos momentos. Llegué a Bangui, después de un largo período de formación incluyendo la experiencia comunitaria en Kinshasa. Fue para mí un momento de emoción en el corazón, por un lado la alegría de la misión, por otro el dolor de la separación porque detrás de mí dejé el país que me vio nacer, la tierra de mis antepasados, mi familia, mi trabajo, mi comunidad, mis amigos, etc… Todavía podía recordar el último cara a cara con mi padre en la víspera de mi viaje y esa mañana en el aeropuerto con mi madre que me acompañó junto con el capellán de los LMC en Congo, el Padre Celestine Ngore y nuestro coordinador LMC de Kinshasa el Sr. Gerald Kambaji.

Ahora sabía que pertenecía a una nueva familia, una nueva tierra me había adoptado y estaba feliz de saber que el Señor me esperaba, aquí en la RCA, y que tendría nuevos hermanos y hermanas.

Inicio de la aventura

Tan pronto como llegué a Bangui, fui bien recibido por el Padre Claude-Bernard mccj, que había venido a recogerme y llevarme a la comunidad donde iba a vivir. Al llegar a la comunidad me presentó el lugar y me informó que tenía que pasar 14 días en cuarentena para observar si tenía signos del coronavirus. Fue entonces cuando me di cuenta de que había llegado a Bangui en un momento marcado por la pandemia de covid-19. Ha sido un momento especialmente difícil para la delegación comboniana de la RCA porque el primer caso de covid-19 en el país fue el de un padre misionero comboniano que dio positivo tras su regreso de Italia y todos los cohermanos que estuvieron en contacto físico con él cuando regresó a Bangui fueron puestos en cuarentena durante 15 días para ver si también ellos habían sido infectados.

En este contexto, el Estado había adoptado medidas preventivas para limitar los riesgos de contagio en un país en el que existen pocas estructuras sanitarias equipadas capaces de gestionar esta pandemia a gran escala. Así que cada persona que llega a la República Centroafricana, tiene que pasar dos semanas en cuarentena como tiempo de observación. Fue en este contexto que pasé mis primeros 15 días en cuarentena. Al principio fueron tiempos difíciles para mí, momentos de soledad en una habitación que apenas conocía. Aunque estaba físicamente solo, me sentía junto a miles de personas confinadas en el mundo, presos detenidos injustamente en sus celdas, enfermos sin apoyo, marginados obligados a vivir en soledad, y recibía mensajes de apoyo y aliento a través de las redes sociales de todas partes.  Me sentí fortalecido por las palabras de nuestro patrón «las obras de Dios nacen y crecen al pie de la Cruz» y, como esto fue durante Cuaresma, aproveché la oportunidad para entrar en la profundidad de este misterio y presentar mi misión al Señor y pasar un tiempo escuchándolo, y finalmente, como Comboni, di gracias a Jesús por las cruces.

El descubrimiento de Centroáfrica

Después de mi cuarentena no mostré ningún signo de covid-19, finalmente pude salir y entrar en contacto con otros, pero de acuerdo con las reglas de un distanciamiento apropiado. Así que junto con los padres comenzamos los pasos legales para estar en orden con los papeles. Por fin pude descubrir la ciudad de Bangui, pude ver los monumentos en cada rotonda de la ciudad, como el monumento de los Mártires, de la paz, de Bartolomé Boganda y el de Oumar Bongo Odima, por nombrar sólo algunos. Una ciudad rica en cultura. Los árboles estaban cubiertos de polvo porque aquí es la estación seca que dura seis meses. Pude ver y escuchar a los centroafricanos, lo hermoso que fue escuchar este nuevo idioma, hablar con suavidad y belleza un idioma del que también se usan algunas palabras en lingala que hablamos en Kinshasa en casa. A pesar de estas pocas palabras que también se utilizan aquí, me resultó complicado porque no entendía nada de esta lengua que en mi país se llama sango, sango significa sacerdote religioso, mientras que aquí es el nombre de un idioma, así que entendí que tengo que aprenderlo todo, ya que pensé que las cosas iban a ser similares porque la RDC y la RCA son países vecinos y compartimos otras tribus. Llegué a la conclusión de que debía aprender todo sin excepción y que África es una sola, pero que difiere según la cultura de cada país.

En un momento en que el mundo entero está afectado por el coronavirus, las autoridades centroafricanas han decretado una emergencia sanitaria y han invitado a la población a confinarse y han prohibido estrictamente la reunión de más de 15 personas, por lo tanto, han cerrado escuelas, iglesias, bares y cualquier reunión deportiva o de otro tipo. Pero aquí la mayoría de la población no respeta el confinamiento decretado por las autoridades, me doy cuenta de que es difícil para una mayoría de población pobre que vive en la madrugada como decimos aquí. Así que se ven obligados a salir a vender y buscar algo para alimentar a sus familias. Es aquí donde me di cuenta de la gracia del Señor y la protección divina.

En este momento todavía estoy en Bangui para seguir aprendiendo el idioma y cosas útiles para mi misión en Mongoumba. Nuestro Fundador, San Daniel Comboni, pide la formación de personas santas y capaces. En este período de aprendizaje, sigo siendo paciente, abierto y con escucha atenta adopto la actitud de un niño. Les pido que recen por mí, no me olvidaré de hacer lo mismo.

Enoch, LMC


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¡FELIZ ESPERANZA DE RESURRECCIÓN! desde Etiopía

Desde lo más profundo de mí, os deseo que esta Semana, tan diferente, pero plena de oportunidades, os haya ayudado a transformar con esperanza esta realidad que estamos viviendo.

Os preguntaréis por qué os hago esta felicitación una semana más tarde. Tranquilidad, llego a tiempo. En la mayor parte del mundo, el cristianismo se rige por el Calendario Gregoriano, con las fechas que todos conocemos; en Etiopía (junto varios países más) se rigen por el Calendario Juliano, por lo que justo hoy estamos llegando al cénit, al culmen de la Semana Santa: el Domingo de Resurrección. Mientras en el resto de la cristiandad, las mujeres y los hombres se regocijaban con la esperanza que trae la resurrección, en Etiopía seguíamos en recogimiento, pero con la vista puesta en vuestro gozo, y repitiéndonos a nosotros mismos, muy bajito: llegará, confianza que llegará.

Como en el resto del mundo, ha sido una celebración “diferente”: sin presencia del pueblo, a puerta cerrada, pero llevando en nuestra mente y en nuestro corazón a todas y cada una de las personas que debían estar ahí junto a nosotros. Etiopía no se salva de este enemigo invisible que es el virus, así como no se salva del ya conocido también enemigo invisible que es la deshumanización.

 

Por un lado, quería compartir cómo está viviendo este multicultural país las consecuencias de la pandemia. Por una parte, con mucho desconocimiento, puesto que gran parte de la población no tiene acceso real a la información completa que puede venir del exterior, sino más bien, sesgada y parcial. Esto está provocando mucho miedo en la población, ya que nuestra naturaleza humana nos lleva a elegir lo peor y que más dolor puede ocasionar a la gente cuando parcializamos algo. Por supuesto, la situación en el mundo actualmente no es nada halagüeña; pero, si a eso le sumamos la desinformación sobre cómo se propaga, quién lo propaga, cómo empezó, qué medidas hay que tomar, etc., al final la gente vive con miedo. Miedo a la falta absoluta de test, miedo a la falta de recursos médicos en la mayoría del país (que vive en zonas rurales), miedo al extranjero (ya que nos consideran los portadores naturales del virus, aunque llevemos años en Etiopía, lo que está provocando incluso muchas situaciones de racismo contra los no africanos [curioso como la realidad nos sorprende de maneras que ni imaginábamos, verdad?]), miedo a los hospitales y al personal sanitario, miedo a la información y a la desinformación, miedo a la muerte, miedo a que eso sea el final…

Como el dolor de la Madre que ha presenciado la ejecución de su hijo, como el miedo de los discípulos y discípulas de Jesús en Sábado Santo…

Pero la muerte no es el final, y la ESPERANZA (con mayúsculas) viene a recordárnoslo una vez más, a traer luz donde sólo había oscuridad, a ser el ejemplo de que el AMOR y la VERDAD siempre, siempre, siempre triunfan.

Realmente, no quiero dejar pasar esta ocasión sin reflexionar sobre los tiempos que nos están tocando vivir (reflexión que he ido compartiendo ya con algunas personas, pero que traigo aquí de manera más pública, con toda la humildad).

Una de las cosas que han hecho quebrar mi corazón de todo lo que he ido viendo en la lejanía ha sido el hecho de que los entierros se hagan a puerta cerrada, con sólo dos o tres familiares, mientras el resto deben llorar su muerte en una intimidad espiritual que no sana realmente el dolor. Como muchos sabrán, hace menos de dos años perdí a una de las personas que más quería (y quiero) en este mundo; no puedo ni quiero imaginarme el dolor que sentiría si en vez de despedirlo en ese acto tan cercano tuviera que hacerlo en la lejanía, en la soledad de mi habitación, sin poder verlo por última vez y prometerle no olvidarlo nunca. Este hecho será algo que tendremos que analizar en el futuro, si realmente era necesaria tal restricción (mientras se permitieron otra serie de cosas), y sumar más dolor (y en esa cantidad) al ya existente por la muerte. Pero, mientras tanto, no olvidemos nuestra humanidad, y acompañemos con cariño a todo aquel que se haya encontrado en esa situación. Y, cuando esta pesadilla haya terminado, salgamos a darle la dignidad que se merecen estos hijos e hijas de Dios, y el abrazo que necesitan sus familiares o todo aquel que haya llorado por estas pérdidas.

Sin embargo, este hecho tan doloroso también trae a mi mente tantas madres que ni han podido llorar la muerte de sus hijos e hijas, ni jamás lo podrán hacer. Tantas vidas arrebatadas en los pasos fronterizos, en los viajes migratorios, en los conflictos armados, en los enfrentamientos injustificados (es decir, todos).

No sólo traigo a mi corazón estos deseos de forma general, sino particular. Porque, precisamente donde estoy viviendo ahora mismo, los enfrentamiento étnicos se han llevado por delante muchas vidas humanas; la sinrazón ha arrebatado de los brazos de los padres muchas criaturas.

Ahora que, por desgracia, hemos sido testigos de esta doliente situación, tiremos de empatía y traigamos a nuestros corazones las situaciones que arriba os comentaba; no lo analicemos como un número o una foto, sino como un hermano que hemos perdido, una hermana que ya no volverá. Lloremos estas pérdidas, y, lo que es más importante, pongamos todos los medios que tengamos para evitar que se repita.

 

Otra de las realidades que quería traer en esta reflexión es el miedo, como antes mencionaba. A diario vemos situaciones que nos superan, que rebasan nuestra posibilidad de controlarlo todo, y que, por tanto, nos revuelve nuestro mundo entero. Hablo del miedo al virus en si mismo, a la falta de vacuna, a la falta de un tratamiento confirmado; el miedo a no poder defenderse completamente de la infección; el miedo a salir a diario y a contagiarse, o a contagiar a los nuestros; el miedo a cualquier síntoma que nos pueda poner sobre aviso; el miedo a que este virus puede ser incontrolable, ya que no conoce de género, edad, raza o condición.

Seamos fuertes, y tengamos confianza; confianza en Dios, en el ser humano, en nuestro trabajo hacia la cura y la detención, en nuestros profesionales y en nuestro solidaridad como hermanos y hermanas. Que el miedo no nos haga perder el norte, puesto que todos los casos de temor que enumeraba antes pueden no darse, y deben no darse, pero el miedo nos puedo provocar más sufrimiento que el propio virus. El final de la tormenta llegará, y de nosotros y nosotras depende el acelerar el proceso; pero también, en humanizar el proceso. Tras la tormenta, os aseguro que vendrá la calma…

Al menos, tras esta tormenta. Porque hay otras tormentas que provocan el mismo miedo, y que, sin embargo, no parecen tener fin. La “tormenta” del conflicto, que no conoce la calma, y no distingue a la hora de arrasar en su proceso aniquilador: niños, ancianos, … todos caen por igual.

Os hablo desde mi humilde y escasa experiencia, en función de lo que voy viviendo este tiempo aquí.

Cuando el odio se apodera del corazón de las personas, la “tormenta” del conflicto azota con gran fuerza. La gente vive con miedo, con pánico: a salir, a moverse, a ser asaltado por las noches, a trabajar, a no trabajar (y morirse de hambre). Algunos se resisten, y quieren huir del lugar. Y, de nuevo, el miedo; el miedo a no encontrar transporte; a que sea demasiado tarde; a caer en el intento.

¿Cómo se puede vivir con el miedo continuo? A todo se aprende en esta vida, aunque nos destroce por dentro. Y esta gente, y mucha gente, parece no tener más opción que vivir con ese miedo. Hay momentos en los que la tormenta amaina un poco, y el sol se deja entrever; pero no es nunca un cielo despejado, y las nubes siempre están sobrevolando encima de nuestras cabezas, preparadas para descargar en cualquier momento.

Ya que hemos podido dar fe de lo que es vivir con miedo, y este virus ha hecho, sobre todo a una parte de la población, llegar al límite y sentir verdadera angustia, os vuelvo a pedir tirar una vez más de empatía, y recordar que hay gente que vive bajo una “tormenta” continua. Recemos por ellos, tengámoslos presentes; pero también, evitemos que eso se pueda repetir, y pongamos los medios que estén a nuestro alcance para buscar entre todos una solución.

No lo digo de manera abstracta y poética; todos sabemos qué podemos hacer para combatir muchos miedos. Seamos constructores de puentes de esperanza, y en el día a día, optemos siempre por dar esos pequeños pasos que nos acercan, no que nos dividen. No necesito concretar, cada uno, mirándose con sinceridad, y con la ayuda de la Luz de EL que todo lo ilumina, sabe discernir cómo puede contribuir.

 

Celebramos en Etiopía la Resurrección del Señor; al que decimos Señor porque realmente queremos que sea nuestro Camino, nuestra Verdad, nuestra Vida.

Tras la Resurrección, las mujeres que presenciaron este momento, no pudieron quedarse calladas, y su corazón ardía como nunca. La Resurrección lo cambió todo. Y así lo supieron transmitir al resto de discípulos, que también fueron testigos, y gozaron de esa renovación.

Tras la “muerte” y “desolación” del virus vendrá la Resurrección (progresiva, pero vendrá). Tenemos dos opciones, hacer como las personas que se dejaron desbordar por la esperanza y optaron por transformar el mundo (Venga a nosotros y nosotras tu Reino), o dejar pasar este acontecimiento como si nada. Me refiero a la Resurrección de nuestro Señor, pero también me refiero a la Resurrección de nuestra sociedad tras este virus…

¿Por qué opción vas a optar? ¿Por fin seremos capaces de tirar de empatía y construir esa sociedad fraterna, no como una utopía, sino como una “lucha” diaria?

“A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron (…) Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”

[Los discípulos de Emaús, del Evangelio de San Lucas 24, 31-33]

 ¡FELIZ ESPERANZA DE RESURRECCIÓN!

David Aguilera López

Laico Misionero Comboniano


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Verano 2020: Experiencia Misionera en Uganda

¿Te preguntas cómo es la misión en otras realidades? ¿Te sientes llamado a sentirla en tu propia vida?
Este verano puedes vivir una experiencia de misión en Uganda junto a otros jóvenes con tus mismas inquietudes.
🌍🤝👣
No dudes en escribirnos para pedir más información o preguntar cualquier duda.


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Misión en Etiopía:GILGEL-BELES

Muy querida familia (para todos los que así nos consideramos).
Resulta providencial que, precisamente cuando nuestro gran Papa Francisco quiere hacer presente más que nunca nuestro ser misioneros como parte fundamental de nuestro ser cristianos, a través del Mes Misionero Extraordinario, yo me encuentre en Etiopía, poniendo todo lo que soy al servicio de este proyecto. Y que el día que comienzo este blog para abriros el corazón desde estas tierras, sea el primer día de este mes tan especial. ¿Casualidad, o Diosalidad?
Precisamente por eso, hoy quería compartir con vosotros esta reflexión, que llevo tiempo orando, pensando y escribiendo…
 Desde la cuna prácticamente he creído en la necesidad de ser testigos del Evangelio en aquellos lugares donde la presencia parece estar difuminada por muchas injusticias, ya sea en el barrio de al lado, ya sea cruzando el océano. Sin embargo, la progresiva experiencia personal en distintos lugares me ha llevado a estar convencido de ello desde lo más profundo de mi ser.
Estamos caminando hacia una sociedad que parece tenerlo todo por sí sola, en la que el motor es el interés personal y la apetencia de cada momento, sin mirar las consecuencias personales y sociales más allá de cada día. Puesto que el compromiso de cada uno es con cada uno, el otro me sobra, o incluso es un obstáculo para alcanzar mis metas personales. No parece que queramos a propósito olvidar al prójimo; simplemente, no pensamos en él, vivimos ajenos a lo que nos rodea, y no sólo lo más lejano, sino también lo que nos podemos encontrar en nuestra propia calle.
En este proceso de deshumanización, el Dios que Jesucristo nos presentó con sus palabras y obras, hasta la última consecuencia, el Dios del amor, la fraternidad, el perdón y la misericordia, parece ser para algunos (o para muchos) realmente el mayor obstáculo. Esto es así porque la experiencia personal de Dios nos toca profundamente, no nos deja nunca indiferentes, y, sobre todo, nos lleva a comprometernos con los demás; y cuanto más crece esa experiencia, mayor compromiso necesito tener (porque nace de los más profundo de lo que cada uno somos, y por tanto, llega a ser una necesidad, pero no una necesidad que nos agobia, sino una necesidad que nos empuja con mucha alegría y positivismo a poner nuestro día a día al servicio de los hermanos y de las hermanas).
Este compromiso en el mundo nos haría vivir en él como casa común: sin embargo, en muchas ocasiones parece que prefiera verse como lugar de explotación privada y de enriquecimiento personal. Es este sistema alienante de la esencia de humanidad, el egoísmo nos convierte en herramientas a su servicio, por lo que éste necesita que aparquemos el compromiso por los demás, y por ende, que nos alejemos de la propia experiencia de Dios.
Este prescindir de Dios acaba vaciándonos por dentro, y vaciando de significado la palabra fraternidad. Fruto de todo ello, surge un mundo fragmentado, con mucho sufrimiento, y cada vez más exclusión. La vida sencilla y humilde se va transformando en pobreza material, marginación y falta total de oportunidades. Por supuesto, son los más débiles los que sufren con mayor crudeza estas consecuencias. De esta manera, he podido ver cómo crece a diario el número de niños y niñas que no tienen más recurso que vivir en las sucias y muy peligrosas calles, a merced de todo tipo de explotación; ancianos y enfermos viviendo de la mendicidad (de un modo tal que en nuestros países no se desearía ni a los animales), olvidados realmente por una sociedad que, bajo la excusa de no tener recursos para acogerlos, esconde la realidad de que son un estorbo para la producción y la mal llamada “creación de riqueza”. Millones de personas condenadas a sufrir permanentemente, generación tras generación, el ciclo de la más absoluta pobreza, por no poder formar parte del sistema imperante, y por tanto, estar totalmente excluidas de las oportunidades a las que supuestamente todos tenemos acceso.
Por esa razón, más que nunca es vital buscar incesantemente al Dios que nos hace recuperar la confianza en nosotros y en la humanidad (como Jesús nos enseñó a orar en el Padre Nuestro, buscando a diario que “venga a nosotros su Reino”, pero no como una promesa de futuro, sino como un propósito de cada día). Ese Dios que nunca se ha ido, y que de hecho, ha estado sufriendo al lado de sus hijos; pero al que nosotros le hemos dado la espalda, o, incluso, lo hemos querido sustituir por otros valores que no han traído más que sufrimiento a toda la humanidad, en uno o en otro sentido. Porque el reconocerse Hijos e Hijas de Dios (y por ende, completamente amados) restaura la dignidad arrebatada, cura las heridas que las diferentes situaciones van haciendo en nuestro interior, y le quita la razón a la desesperanza, al egoísmo, al materialismo y a los enfrentamientos de cualquier tipo. De esta manera, las relaciones se vuelven más fraternales, y comienza a nacer un compromiso con las situaciones que nos rodean, fruto de dejar de reconocernos rivales o instrumentos al servicio de diversos intereses, para sabernos Hermanos y Hermanas.
Es esa alegría del Evangelio, de sentirnos plenamente Hijos de Dios y Hermanos de todos, la que los misioneros pretenden llevar por todo el mundo. Bien sea para provocar cambios que ayuden a paliar las injusticias, caminando hombro con hombro con las personas de los lugares a donde van; bien para atender urgencias que reclaman una mayor sensibilidad por parte de todos; bien para reconstruir vidas truncadas por diversas injusticias, o bien para evitar que vidas que están en severo riesgo acaben truncándose. Pero, sobre todo, para aprender a vivir en comunidad, donde todos seamos responsables y cuidadores de todos.
 Jesucristo caminaba por los pueblos y ciudades de su época anunciando la BUENA NUEVA de que Dios nos ama de manera perfecta, y por tanto, nuestro ser Hijos e Hijas de Dios tiene que llevarnos a imitar su ejemplo. Pero no de una manera cómoda y relajada, sino con un compromiso verdadero de vida. Porque siguiendo ese ejemplo, construiremos paso a paso el Reino de Dios y estaremos acercándonos a la alegría del Evangelio, la plenitud personal y social.
Por tanto, estés donde estés, y sea cual sea tu situación, Jesús te invita a diario a buscar a Dios en lo más profundo de tu ser, a saberte amado; y desde ahí, a comprometerte con tus Hermanos, empezando por tu prójimo (aquellos que te rodean en tus círculos diarios).
Los misioneros recibieron (y reciben cada día) una llamada para llevar esa Buena Nueva y trabajar por el Reino de Dios a los lugares donde más falta hace, algunos muy lejanos. Seguro que tú, desde la cercanía, también conoces muchas circunstancias que precisan de esa alegría y acompañamiento.
Yo te animo a que seas también misionero: si tu vocación es a salir de tu tierra, hazlo sin miedo; si tu vocación está en tu tierra, ponla también en práctica. Dios nos llama a todos a diario a construir, aquí y allí, cerca y lejos, en lo grande y en lo pequeño.
El Papa Francisco nos anima de manera muy especial este mes de octubre, el Mes Misionero Extraordinario, a pararnos, a detener el incesante ritmo de nuestras agitadas vidas, y en profunda y sincera oración, buscarnos. Sí, buscarnos; porque al acercarnos a nuestro verdadero ser, porque al poner lo que somos con humildad ante Dios, nos encontramos a nosotros y lo encontramos a Él, recibiéndonos con los brazos abiertos, como el Padre Bueno al Hijo Pródigo.
Es en este contexto, sintiendo el caluroso abrazo de Padre y de Madre, podemos revisar nuestra vida, y preguntarnos si estamos siendo testigos de la alegría del Evangelio, y si estamos poniéndolo en práctica, desde las pequeñas decisiones a las decisiones más trascendentales.
El Papa nos invita a revisar sinceramente si estamos abriendo el corazón al Prójimo, si somos Misión donde cada uno estamos, y misioneros de su ejemplo.
Además, y de manera más especial, nos anima a reflexionar sobre nuestra vocación. La vocación entendida como esa llamada que Dios nos hace a la felicidad, y, por tanto, a llevar a cabo eso que Él ha puesto en nuestros corazones, y que cada uno de nosotros conoce mejor que nadie. Vocaciones hay múltiples; todas requieren valentía para seguirlas y perseverar en ellas: vocación profesional, vocación sacerdotal, vocación laical, vocación matrimonial y familiar, etc. Y, entre ellas, la vocación misionera.
La vocación misionera, en el sentido más estricto, puede venir acompañada por otras llamadas especiales o vocaciones (vocación sacerdotal, vocación religiosa, vocación laical, vocación de familia, vocación a una profesión concreta, etc.). Pero todas ellas pueden estar al servicio de dicha vocación misionera.
Tengamos siempre una actitud de oración y reflexión sincera, humilde, muy cercana y constante para discernir aquello que nos hace plenamente felices. Y este mes, de manera muy especial, nuestra vocación misionera. ¿A qué te sientes llamado?
Dios nos llama a ser luz, especialmente donde las sombras están ganando terreno; a ser sal, donde la vida y el amor no se conserva; y a ser esperanza, allí donde las distintas situaciones la anulan.
Os deseo que este mes os acerque más a tantas misioneras y tantos misioneros que en el mundo han dejado sus casas, a sus familias y amigos, sus seguridades temporales, para aventurarse de la mano del Dios de la confianza a lugares insospechados. Ellos y ellas se levantan cada día procurando ser reflejo del Amor de Dios, principalmente donde Dios sufre con sus Hijos e Hijas. Que nunca dejemos de tenerlos presentes, de incluirlos en nuestras oraciones, y de hacernos sensibles (con la sensibilidad no del que da limosna, sino del que comparte con el Hermano) a las necesidades del mundo.
Feliz y dichoso Mes Misionero Extraordinario.
DAVID AGUILERA PÉREZ,
Laico Misionero Comboniano en Gumuz, Etiopía.