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Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


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Misión en Etiopía:GILGEL-BELES

Muy querida familia (para todos los que así nos consideramos).
Resulta providencial que, precisamente cuando nuestro gran Papa Francisco quiere hacer presente más que nunca nuestro ser misioneros como parte fundamental de nuestro ser cristianos, a través del Mes Misionero Extraordinario, yo me encuentre en Etiopía, poniendo todo lo que soy al servicio de este proyecto. Y que el día que comienzo este blog para abriros el corazón desde estas tierras, sea el primer día de este mes tan especial. ¿Casualidad, o Diosalidad?
Precisamente por eso, hoy quería compartir con vosotros esta reflexión, que llevo tiempo orando, pensando y escribiendo…
 Desde la cuna prácticamente he creído en la necesidad de ser testigos del Evangelio en aquellos lugares donde la presencia parece estar difuminada por muchas injusticias, ya sea en el barrio de al lado, ya sea cruzando el océano. Sin embargo, la progresiva experiencia personal en distintos lugares me ha llevado a estar convencido de ello desde lo más profundo de mi ser.
Estamos caminando hacia una sociedad que parece tenerlo todo por sí sola, en la que el motor es el interés personal y la apetencia de cada momento, sin mirar las consecuencias personales y sociales más allá de cada día. Puesto que el compromiso de cada uno es con cada uno, el otro me sobra, o incluso es un obstáculo para alcanzar mis metas personales. No parece que queramos a propósito olvidar al prójimo; simplemente, no pensamos en él, vivimos ajenos a lo que nos rodea, y no sólo lo más lejano, sino también lo que nos podemos encontrar en nuestra propia calle.
En este proceso de deshumanización, el Dios que Jesucristo nos presentó con sus palabras y obras, hasta la última consecuencia, el Dios del amor, la fraternidad, el perdón y la misericordia, parece ser para algunos (o para muchos) realmente el mayor obstáculo. Esto es así porque la experiencia personal de Dios nos toca profundamente, no nos deja nunca indiferentes, y, sobre todo, nos lleva a comprometernos con los demás; y cuanto más crece esa experiencia, mayor compromiso necesito tener (porque nace de los más profundo de lo que cada uno somos, y por tanto, llega a ser una necesidad, pero no una necesidad que nos agobia, sino una necesidad que nos empuja con mucha alegría y positivismo a poner nuestro día a día al servicio de los hermanos y de las hermanas).
Este compromiso en el mundo nos haría vivir en él como casa común: sin embargo, en muchas ocasiones parece que prefiera verse como lugar de explotación privada y de enriquecimiento personal. Es este sistema alienante de la esencia de humanidad, el egoísmo nos convierte en herramientas a su servicio, por lo que éste necesita que aparquemos el compromiso por los demás, y por ende, que nos alejemos de la propia experiencia de Dios.
Este prescindir de Dios acaba vaciándonos por dentro, y vaciando de significado la palabra fraternidad. Fruto de todo ello, surge un mundo fragmentado, con mucho sufrimiento, y cada vez más exclusión. La vida sencilla y humilde se va transformando en pobreza material, marginación y falta total de oportunidades. Por supuesto, son los más débiles los que sufren con mayor crudeza estas consecuencias. De esta manera, he podido ver cómo crece a diario el número de niños y niñas que no tienen más recurso que vivir en las sucias y muy peligrosas calles, a merced de todo tipo de explotación; ancianos y enfermos viviendo de la mendicidad (de un modo tal que en nuestros países no se desearía ni a los animales), olvidados realmente por una sociedad que, bajo la excusa de no tener recursos para acogerlos, esconde la realidad de que son un estorbo para la producción y la mal llamada “creación de riqueza”. Millones de personas condenadas a sufrir permanentemente, generación tras generación, el ciclo de la más absoluta pobreza, por no poder formar parte del sistema imperante, y por tanto, estar totalmente excluidas de las oportunidades a las que supuestamente todos tenemos acceso.
Por esa razón, más que nunca es vital buscar incesantemente al Dios que nos hace recuperar la confianza en nosotros y en la humanidad (como Jesús nos enseñó a orar en el Padre Nuestro, buscando a diario que “venga a nosotros su Reino”, pero no como una promesa de futuro, sino como un propósito de cada día). Ese Dios que nunca se ha ido, y que de hecho, ha estado sufriendo al lado de sus hijos; pero al que nosotros le hemos dado la espalda, o, incluso, lo hemos querido sustituir por otros valores que no han traído más que sufrimiento a toda la humanidad, en uno o en otro sentido. Porque el reconocerse Hijos e Hijas de Dios (y por ende, completamente amados) restaura la dignidad arrebatada, cura las heridas que las diferentes situaciones van haciendo en nuestro interior, y le quita la razón a la desesperanza, al egoísmo, al materialismo y a los enfrentamientos de cualquier tipo. De esta manera, las relaciones se vuelven más fraternales, y comienza a nacer un compromiso con las situaciones que nos rodean, fruto de dejar de reconocernos rivales o instrumentos al servicio de diversos intereses, para sabernos Hermanos y Hermanas.
Es esa alegría del Evangelio, de sentirnos plenamente Hijos de Dios y Hermanos de todos, la que los misioneros pretenden llevar por todo el mundo. Bien sea para provocar cambios que ayuden a paliar las injusticias, caminando hombro con hombro con las personas de los lugares a donde van; bien para atender urgencias que reclaman una mayor sensibilidad por parte de todos; bien para reconstruir vidas truncadas por diversas injusticias, o bien para evitar que vidas que están en severo riesgo acaben truncándose. Pero, sobre todo, para aprender a vivir en comunidad, donde todos seamos responsables y cuidadores de todos.
 Jesucristo caminaba por los pueblos y ciudades de su época anunciando la BUENA NUEVA de que Dios nos ama de manera perfecta, y por tanto, nuestro ser Hijos e Hijas de Dios tiene que llevarnos a imitar su ejemplo. Pero no de una manera cómoda y relajada, sino con un compromiso verdadero de vida. Porque siguiendo ese ejemplo, construiremos paso a paso el Reino de Dios y estaremos acercándonos a la alegría del Evangelio, la plenitud personal y social.
Por tanto, estés donde estés, y sea cual sea tu situación, Jesús te invita a diario a buscar a Dios en lo más profundo de tu ser, a saberte amado; y desde ahí, a comprometerte con tus Hermanos, empezando por tu prójimo (aquellos que te rodean en tus círculos diarios).
Los misioneros recibieron (y reciben cada día) una llamada para llevar esa Buena Nueva y trabajar por el Reino de Dios a los lugares donde más falta hace, algunos muy lejanos. Seguro que tú, desde la cercanía, también conoces muchas circunstancias que precisan de esa alegría y acompañamiento.
Yo te animo a que seas también misionero: si tu vocación es a salir de tu tierra, hazlo sin miedo; si tu vocación está en tu tierra, ponla también en práctica. Dios nos llama a todos a diario a construir, aquí y allí, cerca y lejos, en lo grande y en lo pequeño.
El Papa Francisco nos anima de manera muy especial este mes de octubre, el Mes Misionero Extraordinario, a pararnos, a detener el incesante ritmo de nuestras agitadas vidas, y en profunda y sincera oración, buscarnos. Sí, buscarnos; porque al acercarnos a nuestro verdadero ser, porque al poner lo que somos con humildad ante Dios, nos encontramos a nosotros y lo encontramos a Él, recibiéndonos con los brazos abiertos, como el Padre Bueno al Hijo Pródigo.
Es en este contexto, sintiendo el caluroso abrazo de Padre y de Madre, podemos revisar nuestra vida, y preguntarnos si estamos siendo testigos de la alegría del Evangelio, y si estamos poniéndolo en práctica, desde las pequeñas decisiones a las decisiones más trascendentales.
El Papa nos invita a revisar sinceramente si estamos abriendo el corazón al Prójimo, si somos Misión donde cada uno estamos, y misioneros de su ejemplo.
Además, y de manera más especial, nos anima a reflexionar sobre nuestra vocación. La vocación entendida como esa llamada que Dios nos hace a la felicidad, y, por tanto, a llevar a cabo eso que Él ha puesto en nuestros corazones, y que cada uno de nosotros conoce mejor que nadie. Vocaciones hay múltiples; todas requieren valentía para seguirlas y perseverar en ellas: vocación profesional, vocación sacerdotal, vocación laical, vocación matrimonial y familiar, etc. Y, entre ellas, la vocación misionera.
La vocación misionera, en el sentido más estricto, puede venir acompañada por otras llamadas especiales o vocaciones (vocación sacerdotal, vocación religiosa, vocación laical, vocación de familia, vocación a una profesión concreta, etc.). Pero todas ellas pueden estar al servicio de dicha vocación misionera.
Tengamos siempre una actitud de oración y reflexión sincera, humilde, muy cercana y constante para discernir aquello que nos hace plenamente felices. Y este mes, de manera muy especial, nuestra vocación misionera. ¿A qué te sientes llamado?
Dios nos llama a ser luz, especialmente donde las sombras están ganando terreno; a ser sal, donde la vida y el amor no se conserva; y a ser esperanza, allí donde las distintas situaciones la anulan.
Os deseo que este mes os acerque más a tantas misioneras y tantos misioneros que en el mundo han dejado sus casas, a sus familias y amigos, sus seguridades temporales, para aventurarse de la mano del Dios de la confianza a lugares insospechados. Ellos y ellas se levantan cada día procurando ser reflejo del Amor de Dios, principalmente donde Dios sufre con sus Hijos e Hijas. Que nunca dejemos de tenerlos presentes, de incluirlos en nuestras oraciones, y de hacernos sensibles (con la sensibilidad no del que da limosna, sino del que comparte con el Hermano) a las necesidades del mundo.
Feliz y dichoso Mes Misionero Extraordinario.
DAVID AGUILERA PÉREZ,
Laico Misionero Comboniano en Gumuz, Etiopía.


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JÓVENES Y MISIÓN

El verano es tiempo de vacaciones, un tiempo especialmente apreciado por los más pequeños para disfrutar y participar en actividades diferentes que no pueden llevar a cabo durante los largos meses del año escolar. Los Misioneros Combonianos lo sabemos y desde hace muchos años organizamos en julio y agosto campamentos y encuentros en clave misionera para niños, adolescentes y jóvenes.

Este verano 2019 las principales actividades de este tipo han sido cuatro:


Del 7 al 14 de julio tuvo lugar en la localidad granadina de Huétor-Santillán el campamento de Aguiluchos. Bajo el lema “Misioneros al abordaje”, 44 niños, 16 monitores, 3 cocineros y 2 combonianos disfrutaron de lo lindo hasta encontrar el tesoro escondido. Al abrirlo descubrieron un cofre con un espejo en el fondo. Al verse reflejados en el espejo que contenía el cofre del tesoro, enseguida se dieron cuenta de que el mayor de los tesoros son ellos mismos, cada uno de ellos. Es un tesoro que no hay que buscarlo fuera porque lo llevamos siempre con nosotros

 

Del 24 al 31 de julio los chicos y chicas adolescentes de Nkembo realizaron una travesía por las Alpujarras granadinas. Participaron 16 adolescentes, 5 monitores, 3 cocineros y personal de apoyo, además de dos combonianos. Fueron varias etapas para recorrer el camino que separa la localidad de Lanjarón de la de Juviles. Además de vivir la espiritualidad del camino, hubo tiempo para encuentros de reflexión y para compartir experiencias de vida que enriquecieron a todos. Los adolescentes participantes salieron encantados por este tiempo vivido como grupo de amigos.

Durante el mes de julio, varios miembros del grupo de jóvenes Combojoven viajaron a Kenia para vivir una interesante experiencia misionera entre el pueblo Turkana. Fueron acompañados por el padre Daniel Villaverde que vivió su misión en esta región de Kenia entre 1989 y 1995. Algunos de los jóvenes viajaban por primera vez a África y a juzgar por sus testimonios, pudieron descubrir nuevas realidades humanas que les marcaron profundamente.
Otros jóvenes, también pertenecientes al grupo Combojoven, realizaron una peregrinación comboniana en Italia junto a jóvenes de otros países europeos donde los Misioneros Combonianos estamos presentes. Del 4 al 11 de agosto, recorrieron la distancia que separa Verona (donde San Daniel Comboni fundó los institutos misioneros de las Combonianas y los Combonianos) de Limone sul Garda (pequeña localidad junto al lago Garda donde Comboni nació el 15 de marzo de 1831). Hubo tiempo para cansarse en el camino, pero también para orar y reflexionar juntos, siempre en clave misionera.
Para nosotros, acompañar a los jóvenes ha sido y es un desafío, no siempre fácil, pero muy enriquecedor. Se trata de estar ahí, cercano y abierto al diálogo pero sobre todo dejando que el Señor haga su trabajo en la vida de cada uno de los jóvenes y niños que participan.


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De regreso a Arequipa

Han sido 3 semanas intensas de vuelta a la querida tierra arequipeña. Queríamos volver no solo por Isabel y por mí, sino por que nuestros hijos se reencontraran y pusieran en su sitio esos recuerdos que seguro estaban en su corazón.

Ahí hemos disfrutado mucho viendo cómo se reenganchaban desde el primer día. Se han sentido a gusto y con libertad para hablar y jugar con sus amigas y amigos como si estos cinco años en España no hubieran transcurrido. Ha sido un salto también en su madurez al insertarse conscientemente a una realidad muy exigente, en la que la pobreza salta a la vista. Y lo han vivido con naturalidad. No quieren regresarse a casa. Porque se sienten en casa.

Volver a nuestra parroquia, a la comunidad de Villa Ecológica, pero también a las de Buen Pastor y Cristo Rey, en las que también dejamos amigos y mucho cariño. Experimentar la generosidad del pueblo, su alegría sincera… y la falta de tiempo para llegar a todos los que nos hubiera gustado.

¿Hemos venido en misión? Porque pensábamos que veníamos de vacaciones, pero es  difícil buscar el límite. Hemos vivido la misión en el encuentro, aunque esta vez no teníamos el rigor de las planificaciones, actividades, ritmos… Pero tampoco teníamos el cuerpo y el corazón entrenado, así que hemos tenido que ir a otro ritmo. Lo que más hemos disfrutado ha sido encontrarnos con las familias amigas, compartir como familia cómo han sido estos años de distancia para ellos y para nosotros, sentirnos familia entre familias, con unas claves comunes como padres y madres, a pesar de las diferencias de nuestros contextos. Cómo han progresado algunas, cómo han sufrido otras, las ilusiones por el ingreso en la universidad de los chicos, los sueños de una nueva generación peruana de profesionales, honestos, que pasen la página de la corrupción política que sigue ahogando al país, abocado a un nuevo proceso electoral anticipado. Un misterio: la alegría sostenida e inocente de las familias que se mantienen fieles en su pobreza, fieles en su matrimonio y en la parroquia, frente a la frialdad en las que han conseguido una casa hermosa y una economía mejor… pero su convivencia  familiar se ha deteriorado, aun sin violencia explícita.

De la situación social, me sorprendió la fuerte presencia de inmigrantes venezolanos, y los mismos clichés de siempre: que no trabajan bien, que son flojos, que se aprovechan de los peruanos, que no se les debería abrir sin más la puerta… Es un nuevo reto para esta sociedad, convertirse en sociedad de acogida, en el que la Iglesia todavía no parece dar un paso al frente. Debe ser complicado ser a la vez una sociedad en formación y acoger a los que vienen de mundos peores que el tuyo.

En Villa Ecológica, la comunidad Ayllu de Neuza Andrea y Paula es un motor de alegría. Son dos terremotos de sonrisas para los abuelitos, para las familias. Vienen muy bien, son tan jóvenes… conectan con los jovencitos y con los mayores, y son una chispa en la comunidad de los padres combonianos.

Los mejores recuerdos: Volver a ver a Maricarmen Fonseca, niña especial que fue desahuciada por los doctores (no de la ley, sino médicos) al año de vida: “Cualquier catarro se la llevará” Ni los cirujanos de la campaña norteamericana la quisieron operar por la complejidad de su caso. Ahora estudia en su cole, va solita en el bus escolar, es cuidada por su familia como una princesa. En España los serivcios sociales habrían retirado a todos los 6 hijitos, pero es el milagro de la vida, de la pobreza. Maricarmen es el ojo derecho del Sr. Teo, músico y albañil. “No se enferma, hermanito, es fuerte. Los otros caen en la gripe, pero ella no”.  Y la visita a Matías, el otro niño especial que ya cumplió 9 años, en su casita, ya mejorada después de que su papá tenga un contrato estable en una empresa. La alegría espontánea de estos hijitos, cómo se entendieron Carmen y Ángel con Matías y su hermano Christofer de 1 año.  El brindis con Inka Cola en su azotea, junto a los vecinos de al lado, que un día estuvieron enemistados pero pudieron reencontrarse. Y al final bailando las dos familias la música arequipeña… ¡Hagamos 3 tiendas…! Un anticipo del banquete que nos espera si queremos compartirlo con los extranjeros, las prostitutas y los descartados que nos llevan la delantera.

Gonzalo Violero, LMC


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Un mes en familia en Etiopía y Kenia

Hace ya un mes que mis ojos se llenan de un sinfín de imágenes, y mi corazón las va almacenando, no como desvencijados libros sobre una estantería, sino como cuadros en una pinacoteca, donde cada uno tiene su sitio, y llena de belleza el espacio.

Son infinitas las sensaciones que voy experimentando: a veces sorpresa, alegría, o confusión; muchas indignación, y otras tantas esperanza. Me enamora el ver los ojos de todas las personas con las que me cruzo: los ilusionados niños que se ríen al verte pasar, y con toda la ternura nos saludan bajo el apelativo de “Farengi” o “China”; los entusiastas jóvenes, que sueñan con compartir su vida, y se acercan tímidamente a chocarte las manos; los sacrificados padres y las aún más sacrificadas madres, que tras un durísimo día de trabajo, sin embargo siempre tienen tiempo para sacar a su familia adelante; o los cansados ancianos, que sin embargo, guardan en su mirada la belleza de la experiencia. Etiopía es sin duda un lugar de contrastes, de radiante alegría e intensa tristeza. En nosotros está el llenar nuestra vida de una u otra cosa, aunque seamos testigos de ambas.

Son muchísimas las anécdotas que podría contar, unas muy buenas, otras bastante desalentadoras, y que me llevan a la denuncia más férrea de tantas injustísimas situaciones. Sin embargo, esta vez quiero centrarme en algo que ha ido llenando mi corazón a diario, gota tras gota: la vivencia de familia.

Al llegar a Etiopía, lo primero que sentí, aparte del gran choque cultural y personal con la realidad, fue la acogida de los Combonianos en su casa provincial de Addis, casa que desde el primer día sentimos como nuestra; el Abba Nicola y el Abba Sisto, cada uno con su personal forma de ser, tan complementarios y tan acogedores, se han convertido en unos verdaderos padres en estas tierras abisinias. Siempre dispuestos para lo que necesitemos, ya sea procurarnos algo, indicarnos, enseñarnos o simplemente darnos un consejo. Y como olvidarnos del Abba Seum, el más veterano de la casa, el primer Comboniano etíope, con ese cariño, ese estar encima de todos nosotros, especialmente de quien él ve que más lo necesita (y no se equivoca); con sus historias, sus recomendaciones sobre la vida y su entrañable afabilidad, se ha ganado el corazón de todos nosotros. Por supuesto, hace perfectamente las veces del “abuelito” de la casa (dicho con todo el respeto).

Las Combonianas de Addis, por su parte, y como sólo ellas saben hacerlo, nos acogieron con los brazos abiertos. Con ese don maternal, la primera que conocimos fue precisamente a la provincial, Sister Veronica, la alegría personificada, una hermana impresionante. Con ellas podemos compartir oración, desayuno, un café agradable, o incluso reuniones importantes, como el primer encuentro de los “Comboni Friends” (amigos de Comboni), un grupo de laicos afines a los Combonianos, que se reúnen mensualmente para compartir su fe y su vocación, y para el que sister Veronica hizo de anfitriona y nos regaló su experiencia vital, cargada de ternura. El resto de la comunidad, con sólo vernos aparecer por la puerta, nos saluda con una sonrisa y una amabilidad propia de aquellas mujeres que viven en la entrega personal, y una cercanía que hay que conocer. Destaco, como no podía ser menos, a Sister Laura, Comboniana madrileña, que por eso del idioma, me ha permitido compartir más de cerca la realidad de Etiopía, de Addis y de la familia Comboniana aquí.

A los pocos días de llegar, y aprovechando que Pedro tenía vacaciones en la escuela de Amárico (por lo que Carolina y yo aún no habíamos empezado), nos dieron la oportunidad de conocer las misiones del sur de Etiopía. Una vez más, un regalo para el corazón, con esa acogida que tuvimos en cada sitio donde pudimos ir. En Hawassa, capital del pueblo Sidamo, fuimos acogidos en la casa de nuestros hermanos LMC de Polonia Tobías y Adela, que finalizaban su periodo, y que nos legaron un gran número de buenos recuerdos de antiguos LMC, de actuales LMC y de cosas útiles para aprender Amárico, para reforzar nuestro conocimiento sobre el movimiento en Etiopía (estatutos, programas, formación, etc.). Pudimos compartir muchas anécdotas e impresiones, y realmente nos hemos sentido herederos de su misión en este país, aunque no vayamos a estar en el mismo lugar en el que ellos estuvieron, pero el espíritu continúa. A lo que sumamos a Magda, también LMC de Polonia, y que un poco en la distancia, pero en el mismo camino de compromiso que todos nosotros.

Además, la comunidad de Combonianos, con Abba Corrado (y su enorme simpatía y humildad) y Abba Jaime, que estaba allí circunstancialmente (con su cercanía, y su capacidad de hacer reír) nos acogió de nuevo como una verdadera familia. De las hermanas en esa ciudad sólo pude encontrarme con Sister Dolores, de mi ciudad, y de la que además había oído hablar a mis padres, por lo que fue un momento precioso.

En Quilenso, Abba Miguel nos acogió con una entrega y una disponibilidad dignas de encomio, siempre dispuesto a llevarnos, a traernos, a enseñarnos, a hablar y a compartir momentos. Y en Daye, la comunidad de Combonianos, con toda una vida a las espaldas, y los brazos más que abiertos, nos hicieron sentir que éramos parte del mismo cuerpo. De hecho, allí celebramos Shambalala, el año nuevo Sidamo, un momento de festividad importante para ellos, y que nos permitió compartirlo con el pueblo (tanto en casa de los catequistas como en un acto público, sentados con las autoridades, totalmente integrados). Nos mostraron la parte más humana de la misión (las capillas, la implicación de las personas, los amigos y los más cercanos), y nos reconocieron siempre como parte de la misma comunidad comboniana. Y en todo este periplo, conocimos también Adola y Teticha (esta última, una de las grandes misiones combonianas en Etiopía, donde estuvo por ejemplo nuestro Julio Ocaña, y que sin embargo ahora está cedida a la diócesis, y llevada por los Capuchinos).

Sin olvidarnos de tres grandes, Abba Juan Núñez, con quien he podido conocer a parte de la comunidad española en Addis, respetado y querido por todos; Abba Marco, el responsable para los LMC en Etiopía, y que con su apertura y su cercanía nos demuestra que nos aprecia realmente, y va a estar con nosotros codo con codo; y Abba Quin, que termina su estancia en este país, pero que apuesta también por este ser familia. Abba Cavallini, a quien ya conocía, no pudo compartir más que un saludo de bienvenida con nosotros, pero en un solo momento nos mostró la afabilidad propia de quien se quiere.

No me quiero olvidar de nadie: Abba Isaias, con su sonrisa permanente y su cariño; Abba Elvis, con su humildad y cercanía; y Abba John, todo un ejemplo para mí, que a pesar de estar en un momento vital realmente duro, nos dio un abrazo difícil de olvidar y no dejó de bromear y reír el poco tiempo que pudimos estar con él. Y por supuesto, los escolásticos, en especial, Gurmesa e Hipolite, que son uno más con nosotros, y realmente así lo vivimos y lo disfrutamos.

La misión a veces tiene sus dificultades, y una de ellas es el problema con la burocracia: el visado está dando más problemas de la que querríamos (aunque el Brother Desu esté desviviéndose porque los trámites estén a tiempo, dándonos ese toque de positivismo y de confianza que le caracteriza). Ello me ha obligado a ir a Kenia, a Nairobi, durante una semana, para recomenzar el proceso. Pero toda circunstancia, vivida como una bendición, en ello se transforma, y así ha sido para mí. La razón, principalmente (y una vez más) por la acogida de la familia Comboniana: la comunidad de la “Provincial House” de Nairobi me ha permitido disfrutar de esa gran ciudad, y sentirme de nuevo como en casa. El Father Santiago, español, me ha hecho el camino totalmente fácil; la alegría y el entusiasmo del Father Giusseppe, y la disponibilidad del Father Paolo han completado. Y la guinda, el Father Andrew, director de “New People” (el equivalente a “Mundo Negro” en España), que me enseñó las instalaciones de la redacción y me acercó a todas las misiones de Nairobi; en ellas pude conocer a los Combonianos y Combonianas implicados, e incluso comer en una de ellas. Por supuesto, la presentación para que me conocieran fue siempre como Laico Comboniano, con todo el orgullo que supone presentarte a alguien apreciado. Y, más aún, en un momento dado, recuerdo que estábamos el padre, una hermana y yo, e hicieron el comentario de “Ya está la familia al completo”. Para mí, fue un verdadero gozo sentirme uno más, compartiendo vocación y misión, como Comboni en sus inicios. No me puedo olvidar en este caso de las Combonianas de Nairobi, con quien compartí misa y mesa, y que me recibieron con tanta alegría que parecía que me conocieran de años. Además, me presentaron a Laicas Combonianas de la propia Kenia que estaban trabajando en los proyectos que ellas tenían, por lo que coincidir supuso una complicidad satisfactoria.

“¡Mil vidas para la misión!”, vivido en familia Comboniana, creo que es parte de la revelación que Comboni tuvo en su plan para la regeneración de África (y del mundo entero, podríamos añadir). Animo desde esta reflexión a todos los que formamos parte que en oración y en trabajo sepamos estar en consonancia con el Espíritu Santo, y no buscar la individualidad de nuestra rama, sino saber querernos y valorarnos como parte de la misma misión. La vocación concreta es diferente, pero desde nuestro ser en la Iglesia podemos caminar juntos; a distintos ritmos, seguramente, pero sabiéndonos acompañados desde la proximidad que da el ser familia espiritual.

Nuestras dudas, nuestros miedos y nuestras inseguridades, sean puestas ante Dios, para poder llevar precisamente a Dios a los demás.

Yo, por mi parte, doy muchas gracias a Dios por mi comunidad LMC (Pedro y Carolina), pero también por mi comunidad extensa, y la dicha de ser capaces de entendernos diferentes pero sabernos hermanos y hermanas.

Un abrazo fraterno para todos.

David Aguilera Pérez, Laico, Misionero y Comboniano.

 


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bichinho de Deus…

Bichinho de Deus… Isaías

                En esta misión todos los martes –terças- vamos al banco de alimentos. Una vez al mes además vamos por el “mensual” que se repartirá al día siguiente. En el banco nos dan una guía con los alimentos y el peso total de lo que nos llevamos. Esta última vez fueron casi dos toneladas. Dos mil kilos que subimos y bajamos de la furgoneta entre tres personas. Así leído no parece mucho, pero puedo asegurar que sí, lo es. Al día siguiente hay que repartir toda esa comida entre los usuarios del banco de alimentos de la parroquia. Aunque las puertas se abren a las 12.30, desde primera hora de la mañana hay una veintena de personas ya esperando. Ayer las volví a ver desde mi privilegiada terraza. Son todas personas mayores –con pocas excepciones-. Muchas viven solas. Otras están a cargo de hijos desempleados y nietos. Y no solo los vi, sino que me paré a pensar en cómo serían sus vidas, en el pasado y en el presente. ¿Tuvieron sueños y esperanzas? ¿Cuáles fueron? ¿Se cumplió todo aquello que desearon alguna vez? ¿Qué sería? Seguro que no estar viejas y cansadas desde tan temprano a la espera por horas de que se abra ese lugar donde cada semana les dan un poco de comida. Tampoco estar solas en esta vida aunque tuvieron hijos e hijas. Ni vivir en malas condiciones, en casas con humedades, electrodomésticos de segunda mano y medio sin funcionar, muebles viejos y, eso sí, muchas fotos del pasado. Deslucidas pero enmarcadas en buenos recuerdos, que es lo más importante. Algunas con sus  piernas hinchadas por la mala circulación, o los caminos recorridos muchas veces sin salida. Con tensión alta o con diabetes; con muchas batallas a sus espaldas y cara de haber ganado pocas. Cara de estar enfrentadas aun con el mundo y con la vida. Algunas de seguir batallando, otras de haberlo perdido todo. TODO.

Fue un día bastante conflictivo para un espíritu inquieto o incluso para uno no tanto. Una de nuestras abuelas, las que vienen a recoger su cesta mensual de alimentos, había perdido su número –se le da el primero porque es diabética y así no tiene que esperar- y estuvo durante horas en la puerta. No se atrevió decirlo. A nadie. Esperó y esperó hasta que alguien de dentro se dio cuenta y la hizo entrar. Se le riñó y ella, entre lágrimas, nos explicó… TODO. Otra había perdido el bus y llegó tarde. La misma situación de zozobra, nerviosismo y miedo, “¿Me darán mi cesta? He llegado tarde…” TODO. Y las –y los, pocos- que entraban se sentaban pacientemente a esperar su cesta. – “¿Cómo va? – Todo bien gracias a Dios…” Pero se veía bien que no todo está bien en sus vidas. Comenzando por el hecho de tener que venir a pedir ayuda alimentaria. TODO. Este día vi a aquellas que Isaías llama “bichitos, gusanitos” de Dios. Mujeres, algún hombre, ancianas, cansadas, pequeñas y tímidas. Sin atreverse a reclamar, sin protestar, sin levantar la voz… Como un gusano en manos de un sistema cruel, no en manos de un Padre amoroso como nos dice el profeta. Un sistema que las empobrece, las denigra, las relega por su ancianidad, pobreza, arrugas… Sistema apoyado por una sociedad, nosotros, educada en unos antivalores humanos, éticos y cristianos. TODO. Nada tienen. Solo el miedo de un día morir aplastadas por el sistema y que a nadie le importe. ¿A quién importa la muerte de un gusano?

Y por si esto no fuera suficiente aun nos quedaba el final. Nuestra última abuela llega ya ahogada en un mar de lágrimas. También ha llegado tarde. De mañana había muerto su hijo. Bueno, su nieto. Y con esas cosas del hospital, la policía, y la funeraria. Pues eso. Que no pudo ir a tiempo. Ha muerto su hijo. Su hijo porque su madre lo abandonó. Lo abandonó con dos años cuando su novio le pegó una soberana paliza al crio y lo dejó con graves deficiencias. Y desde entonces ella lo había criado “como Dios le había dado a entender”. Dios, gracias a Dios, se lo había llevado doce años después. Después de un continuo sufrimiento para el niño. Continuo sufrimiento para su madre abuela. Pobre mujer, mujer pobre, fuera del sistema, fuera de nuestra sociedad, fuera de todo por haberlo perdido todo y haberlo dado todo por ese hijo. Si Isaías hubiera presenciado la escena no nos hablaría de un gusano. Nos pondría el nombre de esta mujer. No hay imagen más clara de desolación, pobreza, abandono que esta  anciana. Si Jesús hubiera estado la habría curado con su sola palabra. Si nosotros hubiéramos tenido un espíritu suficientemente inquieto… ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué revolución tenemos que comenzar? ¿Por dónde comenzar a prender fuego a “esta tierra”? Prender fuego a este sistema. Prender fuego a esta sociedad. Dios soporta, aguanta y perdona todos los pecados de la humanidad, pero la humanidad, nosotros ¿Podemos soportar y perdonar nuestros propios pecados?

Después de tantas misiones vividas, de tanto sufrimiento compartido, de tantas ilusiones realizadas, o no. Y personas, hermanas, repartidas por el mundo. Después de unos meses de esta última misión. A punto de echar la persiana de mi terraza desde donde veo un primer mundo de progreso y bienestar, aunque no para todas y recoger las muchas cosas que todavía arrastro por el mundo. Podría ser lo mismo. Pero después de ver a los gusanos de Dios que nos presenta Isaías, de ver sus lágrimas, lamentos y suspiros, penas y pocas alegrías, sé que ya nada volverá a ser como antes. Nada puede ser como antes cuando experimentas en el pobre el grito de Jesús en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? Cierro las puertas, cargo mis cosas y me pongo de nuevo en camino. Solo Él sabe la dirección concreta. Pero seguro que me lleva a encontrarme de nuevo con sus “bichinhos” y gusanos.

Demos gracias a Dios.