Mensaje del Consejo General de los MCCJ con motivo de la celebración de la Fiesta del Corazón de Jesús

Queridos hermanos, en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, estamos invitados a regresar a la fuente de nuestra vocación y misión. Al contemplar el Corazón traspasado del Buen Pastor, reconocemos el amor infinito de Dios por la humanidad: un amor que se manifiesta en cercanía, compasión, misericordia y entrega total.

El Corazón de Jesús no es solo un símbolo de nuestra fe; es el lugar donde aprendemos sobre el amor de Dios y los criterios para discernir nuestra vida misionera. En él, descubrimos un amor que no excluye a nadie, que se deja herir por el dolor del mundo y que sigue buscando a los perdidos, olvidados o rechazados.

San Daniel Comboni encontró en el Corazón de Cristo el secreto de su pasión misionera. De esa contemplación nació su amor por los pueblos más abandonados y su capacidad de compartir su historia hasta sentirlos verdaderamente como hermanos. En nosotros también, «hijos» de tan gran apóstol de África, la misión encuentra su origen y renovación al dejarnos moldear por el Corazón de Jesús, de modo que nuestra mirada, nuestras decisiones y nuestras relaciones reflejen cada vez más sus sentimientos.

El Papa Francisco nos recordó que «el Corazón de Cristo, que simboliza su centro personal del que emana su amor por nosotros, es el núcleo vivo de la primera proclamación» ( Dilexit nos , 32). Solo permaneciendo unidos a este centro podemos evitar que la misión se reduzca a eficiencia, organización o simple actividad. Antes de ser obreros, somos discípulos; antes de hablar de Cristo, estamos llamados a dejarnos transformar por su amor.

Vivimos en un mundo marcado por profundas heridas. Guerras, violencia, desigualdad, migración forzada y pobreza, tanto antiguas como nuevas, siguen afectando a millones de personas. Muchos hombres y mujeres buscan esperanza, ser escuchados y tener dignidad; muchos jóvenes buscan un futuro; numerosas comunidades viven en situaciones de fragilidad e incertidumbre. Ante estas realidades, la tentación de la indiferencia o la resignación siempre está presente.

El Corazón de Cristo, sin embargo, nos llama a una cercanía valiente. Nos invita a no pasar de largo, a no encerrarnos en nuestra zona de confort, sino a compartir la vida de los pueblos a quienes somos enviados. La misión nace precisamente de este movimiento del corazón: salir de nosotros mismos para encontrarnos con los demás, reconociéndolos como hermanos y hermanas amados por Dios. Dando prioridad a los más pequeños, a los más marginados, a los más pobres, hasta el punto de desear, en palabras de Daniel Comboni, «abrazar y dar un beso de paz y amor a esos desafortunados hermanos nuestros» ( Escritos 2742). Sí, como Misioneros Combonianos, estamos llamados a ser signo de este amor que acoge y restaura, que crea fraternidad y genera esperanza en las periferias del mundo.

Nuestra presencia en las diversas Iglesias y pueblos del mundo cobra credibilidad cuando se convierte en testimonio de comunión, especialmente en nuestras comunidades internacionales e interculturales. La diversidad de nuestros orígenes no es un obstáculo para nuestra misión, sino uno de sus signos más elocuentes: el Evangelio es capaz de unir lo que el mundo a menudo divide.

En esta fiesta, pues, pedimos la gracia de un » corazón misionero «, capaz de compasión, escucha y cercanía; un corazón libre de toda forma de cerrazón y dispuesto a conmoverse ante el sufrimiento de los más pobres y abandonados; un corazón que sepa reconocer la presencia de Dios en las periferias humanas y existenciales de nuestro tiempo.

Encomendamos al Sagrado Corazón de Jesús nuestro Instituto, las comunidades en las que vivimos, las personas a las que servimos y a todos aquellos a quienes invitamos a la oración y al trabajo diario. Que este Corazón renueve en nosotros la alegría del Evangelio, reavive el fuego de la misión y nos convierta en testigos creíbles de su amor en el mundo.

Con afecto fraterno, les deseamos una fiesta santa y gozosa.

Consejo General Roma, 12 de junio de 2026 – Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Encuentro familiares y amigos de la Familia Comboniana

El pasado 1 de mayo celebramos en Granada el encuentro anual de familiares y amigos de la Familia Comboniana (Combonianos, Combonianas y Laicos Misioneros Combonianos) de Andalucía.

En la Eucaristía, 17 escolásticos de 13 países de África, Asia y América renovaron sus votos por un año más, reafirmando su entrega a la misión ad gentes.

Además, tuvimos la suerte de compartir el testimonio misionero del P. José Juan Valero, que tras una vida entregada a la misiónn en Uganda y Portugal, asume el servicio de superior de la comunidad de combonianos en Moncada (Valencia).

Terminamos la jornada de celebración compartiendo en familia, con la alegría sencilla de sabernos parte de una misma misión.

Asamblea Diocesana Delegación Misiones de Granada

Ayer sábado tuvimos la suerte de participar en un encuentro significativo para la Iglesia de Granada: la primera Asamblea Diocesana de la Delegación de Misiones. Fue un encuentro que reunió a diversos congregaciones misioneras y grupos misioneros de nuestra ciudad, entre los que nos encontramos los Laicos Misioneros Combonianos, para compartir camino, ilusión y compromiso misionero en nuestra diócesis.

La asamblea marcó el inicio de una nueva etapa para la Delegación de Misiones, un tiempo que se abre con esperanza, con deseos de escucha y con la voluntad de caminar juntos para renovar el impulso misionero en nuestra diócesis. Además, fue una oportunidad para conocernos mejor, diseñar líneas de trabajo comunes y soñar cómo seguir anunciando el Evangelio desde nuestra Iglesia local de Granada.

Pidamos al Espíritu que nos impulse a abrir nuevos senderos para la misión en nuestra diócesis, que nos dé creatividad, valentía y disponibilidad para responder a los desafíos de hoy.

Seguimos adelante, en comunión y con esperanza.

Mensaje de pascua: «Hombres y mujeres del amanecer»

Queridos hermanos y hermanas,
en la mañana de Pascua, el Evangelio de Juan nos conduce ante el sepulcro vacío de Jesús. María Magdalena corre. Pedro y el discípulo amado corren. Todos están llenos de una inquietud y una esperanza que aún no pueden nombrar. El sepulcro está abierto. Pero es precisamente en este signo de ausencia donde comienza el nacimiento de la fe, un nacimiento narrado con la sobriedad del amanecer: una «piedra quitada del sepulcro», unas «vestiduras allí tendidas», un «sábano… puesto en un lugar aparte» (cf. Jn 20,5-7), un sepulcro vacío. Todo parece frágil, casi insuficiente. Sin embargo, es precisamente en esta discreción, casi tímida, de quienes evitan ser el centro de atención, donde Dios elige revelar su victoria. La resurrección siempre florece en los corazones de quienes están dispuestos a dejarse sorprender, sin exigir explicaciones inmediatas, sino deteniéndose a observar y a ser interpelados por los signos.

Esta es la experiencia del discípulo amado que entra en la tumba. No ve al Resucitado, pero algo se ilumina en su interior: una intuición silenciosa, una luz que no deslumbra, sino que ilumina desde dentro. «Vio y creyó» ( Jn 20:8c).

Para nosotros también, la fe pascual comienza como una chispa en nuestra conciencia, como una suave brisa que acaricia nuestra alma. No hace ruido, pero transforma nuestra perspectiva. De repente, lo que parecía un final se convierte en un comienzo; lo que parecía una pérdida se abre a una promesa. El corazón asombrado percibe que la vida de Dios ya está obrando en los pliegues de la historia.

Por esta razón, la resurrección es siempre un acontecimiento interior. No es algo que solo le sucedió a Jesús, sino algo que también ocurre en quienes aceptan su presencia. Es el momento en que la esperanza, casi imperceptiblemente, echa raíces en nuestro interior y transforma el miedo en confianza.

La resurrección no vence por la fuerza: seduce con su luz. No coacciona: invita. No abruma: abre lentamente el espacio de la fe. Y cuando un corazón se deja sorprender por esta discreta presencia, comienza verdaderamente la mañana de Pascua.

Incluso nuestras vidas hoy en día a menudo se asemejan a esa carrera a través de una mañana aún incierta. El mundo en que vivimos está plagado de miedo, guerra, desigualdad y una profunda soledad. Muchos hombres y mujeres se sienten como si estuvieran ante una tumba: buscan señales de vida, mientras todo parece hablar solo de pérdida o fin. Sin embargo, precisamente donde parece reinar el vacío, el Señor continúa preparando el amanecer.

La Pascua nos recuerda que Dios no siempre actúa con señales espectaculares, sino con la discreción de una vida que renace. Como Pedro y el discípulo amado, también nosotros estamos llamados a adentrarnos en los recovecos de la historia, a observar con atención, a reconocer los pequeños signos de resurrección que ya brotan en las comunidades, en las familias, en los corazones heridos que redescubren la esperanza.

El Evangelio subraya un gesto sencillo: correr juntos. No se trata solo de la ansiosa carrera de dos discípulos, sino de la imagen de una Iglesia que camina en fraternidad, que comparte la búsqueda, que nunca se cansa de creer, incluso cuando la comprensión aún es incompleta. En este camino, dispersos por muchos rincones del mundo, nos une una vocación común: dar testimonio de que la vida es más fuerte que la muerte.

Nuestra misión hoy abarca una amplia gama de contextos: ciudades bulliciosas y suburbios olvidados, espacios para el diálogo y lugares de conflicto, comunidades vibrantes y territorios marcados por el cansancio espiritual. Pero dondequiera que estemos, la Pascua nos invita a ser hombres y mujeres del amanecer: personas que no se resignan a la noche y valoran la certeza de que el Señor ya está obrando.

Quizás nosotros también, como los discípulos, no siempre lo entendemos todo. El Evangelio dice: «Aún no comprendían la Escritura» ( Jn 20,9). Sin embargo, la fe comienza precisamente ahí: confiando en lo que Dios hace más allá de lo que podemos ver. Entonces, cada gesto de servicio, cada palabra de consuelo, cada elección de fraternidad se convierte en una pequeña señal de la tumba vacía.

En esta Pascua, queremos dirigirnos a todos ustedes, dondequiera que se encuentren, con un mensaje de gratitud y comunión. Nuestros caminos son diferentes, pero la fuente de nuestro movimiento es la misma: Cristo resucitado, que continúa llamándonos y enviándonos. Que la mañana de Pascua renueve en todos nosotros la alegría de nuestra vocación y nuestra confianza en el Evangelio.

Al igual que el discípulo amado, también nosotros estamos invitados a «ver y creer»: a ver la presencia de Dios en la historia y a creer que su promesa nunca falla. De esta fe nacen nuestra esperanza y nuestro testimonio.

Nuestros saludos fraternos les son enviados a todos. Que la luz de la Pascua ilumine nuestro camino, fortalezca nuestra fraternidad y haga fructífero nuestro servicio.

Cristo ha resucitado, y con él cada noche puede convertirse verdaderamente en amanecer.

Consejo General MCCJ