Encuentro familiares y amigos de la Familia Comboniana

El pasado 1 de mayo celebramos en Granada el encuentro anual de familiares y amigos de la Familia Comboniana (Combonianos, Combonianas y Laicos Misioneros Combonianos) de Andalucía.

En la Eucaristía, 17 escolásticos de 13 países de África, Asia y América renovaron sus votos por un año más, reafirmando su entrega a la misión ad gentes.

Además, tuvimos la suerte de compartir el testimonio misionero del P. José Juan Valero, que tras una vida entregada a la misiónn en Uganda y Portugal, asume el servicio de superior de la comunidad de combonianos en Moncada (Valencia).

Terminamos la jornada de celebración compartiendo en familia, con la alegría sencilla de sabernos parte de una misma misión.

Asamblea Diocesana Delegación Misiones de Granada

Ayer sábado tuvimos la suerte de participar en un encuentro significativo para la Iglesia de Granada: la primera Asamblea Diocesana de la Delegación de Misiones. Fue un encuentro que reunió a diversos congregaciones misioneras y grupos misioneros de nuestra ciudad, entre los que nos encontramos los Laicos Misioneros Combonianos, para compartir camino, ilusión y compromiso misionero en nuestra diócesis.

La asamblea marcó el inicio de una nueva etapa para la Delegación de Misiones, un tiempo que se abre con esperanza, con deseos de escucha y con la voluntad de caminar juntos para renovar el impulso misionero en nuestra diócesis. Además, fue una oportunidad para conocernos mejor, diseñar líneas de trabajo comunes y soñar cómo seguir anunciando el Evangelio desde nuestra Iglesia local de Granada.

Pidamos al Espíritu que nos impulse a abrir nuevos senderos para la misión en nuestra diócesis, que nos dé creatividad, valentía y disponibilidad para responder a los desafíos de hoy.

Seguimos adelante, en comunión y con esperanza.

Mensaje de pascua: «Hombres y mujeres del amanecer»

Queridos hermanos y hermanas,
en la mañana de Pascua, el Evangelio de Juan nos conduce ante el sepulcro vacío de Jesús. María Magdalena corre. Pedro y el discípulo amado corren. Todos están llenos de una inquietud y una esperanza que aún no pueden nombrar. El sepulcro está abierto. Pero es precisamente en este signo de ausencia donde comienza el nacimiento de la fe, un nacimiento narrado con la sobriedad del amanecer: una «piedra quitada del sepulcro», unas «vestiduras allí tendidas», un «sábano… puesto en un lugar aparte» (cf. Jn 20,5-7), un sepulcro vacío. Todo parece frágil, casi insuficiente. Sin embargo, es precisamente en esta discreción, casi tímida, de quienes evitan ser el centro de atención, donde Dios elige revelar su victoria. La resurrección siempre florece en los corazones de quienes están dispuestos a dejarse sorprender, sin exigir explicaciones inmediatas, sino deteniéndose a observar y a ser interpelados por los signos.

Esta es la experiencia del discípulo amado que entra en la tumba. No ve al Resucitado, pero algo se ilumina en su interior: una intuición silenciosa, una luz que no deslumbra, sino que ilumina desde dentro. «Vio y creyó» ( Jn 20:8c).

Para nosotros también, la fe pascual comienza como una chispa en nuestra conciencia, como una suave brisa que acaricia nuestra alma. No hace ruido, pero transforma nuestra perspectiva. De repente, lo que parecía un final se convierte en un comienzo; lo que parecía una pérdida se abre a una promesa. El corazón asombrado percibe que la vida de Dios ya está obrando en los pliegues de la historia.

Por esta razón, la resurrección es siempre un acontecimiento interior. No es algo que solo le sucedió a Jesús, sino algo que también ocurre en quienes aceptan su presencia. Es el momento en que la esperanza, casi imperceptiblemente, echa raíces en nuestro interior y transforma el miedo en confianza.

La resurrección no vence por la fuerza: seduce con su luz. No coacciona: invita. No abruma: abre lentamente el espacio de la fe. Y cuando un corazón se deja sorprender por esta discreta presencia, comienza verdaderamente la mañana de Pascua.

Incluso nuestras vidas hoy en día a menudo se asemejan a esa carrera a través de una mañana aún incierta. El mundo en que vivimos está plagado de miedo, guerra, desigualdad y una profunda soledad. Muchos hombres y mujeres se sienten como si estuvieran ante una tumba: buscan señales de vida, mientras todo parece hablar solo de pérdida o fin. Sin embargo, precisamente donde parece reinar el vacío, el Señor continúa preparando el amanecer.

La Pascua nos recuerda que Dios no siempre actúa con señales espectaculares, sino con la discreción de una vida que renace. Como Pedro y el discípulo amado, también nosotros estamos llamados a adentrarnos en los recovecos de la historia, a observar con atención, a reconocer los pequeños signos de resurrección que ya brotan en las comunidades, en las familias, en los corazones heridos que redescubren la esperanza.

El Evangelio subraya un gesto sencillo: correr juntos. No se trata solo de la ansiosa carrera de dos discípulos, sino de la imagen de una Iglesia que camina en fraternidad, que comparte la búsqueda, que nunca se cansa de creer, incluso cuando la comprensión aún es incompleta. En este camino, dispersos por muchos rincones del mundo, nos une una vocación común: dar testimonio de que la vida es más fuerte que la muerte.

Nuestra misión hoy abarca una amplia gama de contextos: ciudades bulliciosas y suburbios olvidados, espacios para el diálogo y lugares de conflicto, comunidades vibrantes y territorios marcados por el cansancio espiritual. Pero dondequiera que estemos, la Pascua nos invita a ser hombres y mujeres del amanecer: personas que no se resignan a la noche y valoran la certeza de que el Señor ya está obrando.

Quizás nosotros también, como los discípulos, no siempre lo entendemos todo. El Evangelio dice: «Aún no comprendían la Escritura» ( Jn 20,9). Sin embargo, la fe comienza precisamente ahí: confiando en lo que Dios hace más allá de lo que podemos ver. Entonces, cada gesto de servicio, cada palabra de consuelo, cada elección de fraternidad se convierte en una pequeña señal de la tumba vacía.

En esta Pascua, queremos dirigirnos a todos ustedes, dondequiera que se encuentren, con un mensaje de gratitud y comunión. Nuestros caminos son diferentes, pero la fuente de nuestro movimiento es la misma: Cristo resucitado, que continúa llamándonos y enviándonos. Que la mañana de Pascua renueve en todos nosotros la alegría de nuestra vocación y nuestra confianza en el Evangelio.

Al igual que el discípulo amado, también nosotros estamos invitados a «ver y creer»: a ver la presencia de Dios en la historia y a creer que su promesa nunca falla. De esta fe nacen nuestra esperanza y nuestro testimonio.

Nuestros saludos fraternos les son enviados a todos. Que la luz de la Pascua ilumine nuestro camino, fortalezca nuestra fraternidad y haga fructífero nuestro servicio.

Cristo ha resucitado, y con él cada noche puede convertirse verdaderamente en amanecer.

Consejo General MCCJ

Familia Comboniana: Laicos Misioneros Combonianos

Desde los inicios de su misión, San Daniel Comboni llevó con él a laicos que pudieran colaborar en África, que pudieran compartir sus profesiones y así ayudar las comunidades necesitadas de desarrollo. Él decía que los misioneros laicos “contribuyen a nuestro apostolado más de lo que los sacerdotes participan en la conversión, porque los alumnos negros y los neófitos están con ellos durante un período de tiempo bastante largo. Éstos, con el ejemplo y la palabra son verdaderos apóstoles para los alumnos, quienes les observan y los escuchan más de lo que pueden observar y escuchar a los sacerdotes” (E 5831).

Y no solo los misioneros, sino que creía que la formación de los laicos y laicas constituía un elemento central de su manera de hacer misión, el insistía en Salvar África con África: “Todos mis esfuerzos están dirigidos a fortalecer estas dos misiones donde preparamos buenos individuos indígenas de las tribus centrales, para que ellos se conviertan en apóstoles de fe y de civilización en su patria” (E 3293); “he conseguido formar competentes maestros y catequistas negros, además de zapateros, albañiles, carpinteros, etc. y proveer las estaciones de Jartum y Cordofán. Indígenas así formados son indispensables para la existencia de una misión”. (E3409).

A la luz de este carisma muchos laicos y laicas que acompañaban a los religiosos en las animaciones misioneras de sus países pidieron también poder ser misioneros y misioneras e ir con esta vocación a otros países. Así, a finales de los años ochenta, surgieron los grupos de Laicos Misioneros Combonianos. Grupos de laicos dispuestos a poner sus competencias profesionales y su vida al servicio de la misión. Comboni nos quería Santos y Capaces, por ello nuestro empeño como cristianos es poder compartir nuestra vida de fe y nuestra experiencia profesional con las personas que más lo necesitan. 

Actualmente estamos presentes en 21 países de Europa, América y África colaboramos tanto en comunidades internacionales, donde LMC de diversos países nos unimos para tener una presencia misionera común y compartir nuestra vida con las comunidades que lo necesitan en las periferias de las ciudades o en las zonas rurales donde muchos son olvidados, como en nuestros países de origen donde, como laicas y laicos insertos en la sociedad, intentamos plantear un estilo de vida alternativa y solidario con los excluidos de este mundo.

A modo de ejemplo podríamos contaros lo importante de ofrecer formación en agricultura ecológica en el nordeste de Brasil para desde el acompañamiento y formación de las comunidades hacer frente a los grandes latifundios o a las empresas de minería extractivista.

Lo mismo ocurre en la República Centroafricana, donde acompañamos a la población Pigmea-Aka en sus campamentos, con escuelas de integración y procuramos que se les reconozcan sus derechos como ciudadanos de primera en una sociedad que trata de relegarlos.

En Mozambique también estamos empeñados en la formación profesional de los jóvenes de comunidades rurales, ofreciéndoles una cualificación que les permita acceder al mercado laboral, o acompañando a las innumerables comunidades de la parroquia que viven en el interior, donde casi nada llega.

O en las periferias de las grandes ciudades latinoamericanas (Perú, Brasil, Guatemala…) donde hay tantas personas que intentan sobrevivir y ganarse la vida, personas que migran desde el interior para procurar trabajo en la ciudad, pero que a menudo apenas sobreviven por la precariedad laboral que encuentran.

También en Europa encontramos muchas personas migrantes que acompañar, personas procedentes de los países donde estamos presentes y a las que también acompañamos desde nuestra experiencia misionera de vida en África o América, e intentamos que se sientan tan acogidos como nosotros nos sentimos en sus países; acompañándolas y apoyándolas en su integración en la nueva sociedad.

Y todo ello queremos vivirlo desde nuestras comunidades locales, porque sentimos que nuestra llamada misionera ha sido a vivir esta vocación desde la comunidad; por ello nos reunimos para formarnos, rezar, compartir nuestra vida, nuestros sueños y nuestro compromiso misionero.