Mensaje de pascua: «Hombres y mujeres del amanecer»
Queridos hermanos y hermanas,
en la mañana de Pascua, el Evangelio de Juan nos conduce ante el sepulcro vacío de Jesús. María Magdalena corre. Pedro y el discípulo amado corren. Todos están llenos de una inquietud y una esperanza que aún no pueden nombrar. El sepulcro está abierto. Pero es precisamente en este signo de ausencia donde comienza el nacimiento de la fe, un nacimiento narrado con la sobriedad del amanecer: una «piedra quitada del sepulcro», unas «vestiduras allí tendidas», un «sábano… puesto en un lugar aparte» (cf. Jn 20,5-7), un sepulcro vacío. Todo parece frágil, casi insuficiente. Sin embargo, es precisamente en esta discreción, casi tímida, de quienes evitan ser el centro de atención, donde Dios elige revelar su victoria. La resurrección siempre florece en los corazones de quienes están dispuestos a dejarse sorprender, sin exigir explicaciones inmediatas, sino deteniéndose a observar y a ser interpelados por los signos.
Esta es la experiencia del discípulo amado que entra en la tumba. No ve al Resucitado, pero algo se ilumina en su interior: una intuición silenciosa, una luz que no deslumbra, sino que ilumina desde dentro. «Vio y creyó» ( Jn 20:8c).
Para nosotros también, la fe pascual comienza como una chispa en nuestra conciencia, como una suave brisa que acaricia nuestra alma. No hace ruido, pero transforma nuestra perspectiva. De repente, lo que parecía un final se convierte en un comienzo; lo que parecía una pérdida se abre a una promesa. El corazón asombrado percibe que la vida de Dios ya está obrando en los pliegues de la historia.
Por esta razón, la resurrección es siempre un acontecimiento interior. No es algo que solo le sucedió a Jesús, sino algo que también ocurre en quienes aceptan su presencia. Es el momento en que la esperanza, casi imperceptiblemente, echa raíces en nuestro interior y transforma el miedo en confianza.
La resurrección no vence por la fuerza: seduce con su luz. No coacciona: invita. No abruma: abre lentamente el espacio de la fe. Y cuando un corazón se deja sorprender por esta discreta presencia, comienza verdaderamente la mañana de Pascua.
Incluso nuestras vidas hoy en día a menudo se asemejan a esa carrera a través de una mañana aún incierta. El mundo en que vivimos está plagado de miedo, guerra, desigualdad y una profunda soledad. Muchos hombres y mujeres se sienten como si estuvieran ante una tumba: buscan señales de vida, mientras todo parece hablar solo de pérdida o fin. Sin embargo, precisamente donde parece reinar el vacío, el Señor continúa preparando el amanecer.
La Pascua nos recuerda que Dios no siempre actúa con señales espectaculares, sino con la discreción de una vida que renace. Como Pedro y el discípulo amado, también nosotros estamos llamados a adentrarnos en los recovecos de la historia, a observar con atención, a reconocer los pequeños signos de resurrección que ya brotan en las comunidades, en las familias, en los corazones heridos que redescubren la esperanza.
El Evangelio subraya un gesto sencillo: correr juntos. No se trata solo de la ansiosa carrera de dos discípulos, sino de la imagen de una Iglesia que camina en fraternidad, que comparte la búsqueda, que nunca se cansa de creer, incluso cuando la comprensión aún es incompleta. En este camino, dispersos por muchos rincones del mundo, nos une una vocación común: dar testimonio de que la vida es más fuerte que la muerte.
Nuestra misión hoy abarca una amplia gama de contextos: ciudades bulliciosas y suburbios olvidados, espacios para el diálogo y lugares de conflicto, comunidades vibrantes y territorios marcados por el cansancio espiritual. Pero dondequiera que estemos, la Pascua nos invita a ser hombres y mujeres del amanecer: personas que no se resignan a la noche y valoran la certeza de que el Señor ya está obrando.
Quizás nosotros también, como los discípulos, no siempre lo entendemos todo. El Evangelio dice: «Aún no comprendían la Escritura» ( Jn 20,9). Sin embargo, la fe comienza precisamente ahí: confiando en lo que Dios hace más allá de lo que podemos ver. Entonces, cada gesto de servicio, cada palabra de consuelo, cada elección de fraternidad se convierte en una pequeña señal de la tumba vacía.
En esta Pascua, queremos dirigirnos a todos ustedes, dondequiera que se encuentren, con un mensaje de gratitud y comunión. Nuestros caminos son diferentes, pero la fuente de nuestro movimiento es la misma: Cristo resucitado, que continúa llamándonos y enviándonos. Que la mañana de Pascua renueve en todos nosotros la alegría de nuestra vocación y nuestra confianza en el Evangelio.
Al igual que el discípulo amado, también nosotros estamos invitados a «ver y creer»: a ver la presencia de Dios en la historia y a creer que su promesa nunca falla. De esta fe nacen nuestra esperanza y nuestro testimonio.
Nuestros saludos fraternos les son enviados a todos. Que la luz de la Pascua ilumine nuestro camino, fortalezca nuestra fraternidad y haga fructífero nuestro servicio.
Cristo ha resucitado, y con él cada noche puede convertirse verdaderamente en amanecer.
Consejo General MCCJ





