Queridos amigos laicos misioneros combonianos y todo el pueblo de Dios.
¡La misión continúa! Llevo tres meses en misión en Piquiá, Açailândia, en el estado de Maranhão, donde trabajo en la Casa Familiar Rural (CFR), que acoge a alumnos de primero, segundo y tercer curso de Bachillerato, en su mayoría hijos de agricultores que, además de la teoría, aprenden en la práctica los trabajos agrícolas, el cultivo de hortalizas, la fruticultura, la piscicultura, la cría de animales y la apicultura.
Considero que es una labor muy importante y necesaria para que nuestros jóvenes sigan viviendo en el campo y puedan sacar de él el sustento para sus familias.
Los fines de semana estoy acompañando la andadura de la parroquia de Santa Luzia, en Piquiá, para empezar pronto a integrarme en las labores pastorales.
Cuento siempre con las oraciones de cada uno de vosotros para tener fuerzas para continuar en este camino.
Con el lema “Hagamos de la Esmeralda tierra de la Virgen“, empieza una peregrinación por las diferentes veredas que conforman la Esmeralda.
Desde el 17 de mayo hasta el 15 de julio, se apoya en estas veredas, con el rezo del rosario, catequesis Marianas, lectio divina donde hay oraciones y reflexión.
Se realizan visitas a las familias y enfermos de los diferentes sectores, llevando un mensaje de esperanza, fe y amor, desde el carisma Comboniano. Esto permite que las veredas, mantengan viva los lazos de hermandad, fraternidad y que aviven su fe.
Para nosotros como misioneras es un proceso de aprendizaje, crecimiento humano y espiritual constante en cada actividad.
Del 12 al 15 de junio de 2026 vivimos una experiencia de fe, encuentro y renovación durante el Retiro Espiritual Nacional de los Laicos Misioneros Combonianos en Arauca.
Fueron días para detenernos, escuchar la voz de Dios, fortalecer nuestra espiritualidad y compartir como familia misionera el llamado a servir con amor y compromiso.
Cada momento vivido, cada reflexión compartida y cada encuentro fraterno nos recordó que la misión nace de un corazón que se deja transformar por Dios.
En nuestro taller con los adultos-mayores reflexionamos sobre “El tesoro de nuestra vida“, reconociendo que cada experiencia, cada enseñanza y cada historia vivida son un regalo de Dios que enriquece a nuestras familias y comunidades.
Más que recordar el pasado, fue un momento para agradecer el camino recorrido, fortalecer la fe y descubrir que el verdadero tesoro está en el amor compartido, la esperanza que permanece y la presencia de Dios en cada etapa de la vida.
Comenzamos el mes de agosto compartiendo una lectura que invita a detenerse, escuchar y dejarse iluminar.
En medio del ritmo más pausado del verano, Como las luciérnagas (Editorial Claret) es una de esas lecturas que refrescan el alma, como un vaso de agua fresca en los días de más calor, y nos ayudan a mirar la Iglesia con esperanza y profundidad.
En este libro, mujeres de distintos lugares, vocaciones y experiencias reflexionan sobre el presente y el futuro de la Iglesia. Sus testimonios dibujan el horizonte de una comunidad que quiere caminar de una manera más sinodal, abierta a la escucha, corresponsable y fiel al Evangelio.
Sus páginas nacen de la vida compartida, de la fe vivida en comunidad, de la misión cotidiana y del servicio a los demás. Son mujeres que acompañan personas y procesos, sostienen comunidades, hacen teología, anuncian la Palabra y contribuyen, con discreción y perseverancia, a iluminar el camino de la Iglesia.
Porque, como las luciérnagas, también las luces más pequeñas son capaces de iluminar la noche y señalar caminos de esperanza.
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.» Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.» Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.» Les dijo: «Traédmelos.» Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
¿CÓMO BENDECIR LA MESA?
Casi sin darnos cuenta y empujados por diversos factores, hemos ido deshumanizando poco a poco ese gesto tan entrañable y humano que es sentarse a la mesa a comer juntos.
La comida se ha convertido para muchos en algo puramente funcional que es necesario organizar de manera rápida y precisa dentro de la jornada laboral. Cada vez es más raro ese momento privilegiado de encuentro familiar en torno a la mesa. En muchos hogares, esa mesa hecha para ser rodeada ya no sirve para que padres e hijos se encuentren, compartan sus vidas, conversen y descansen juntos.
Otros se van habituando a «alimentar su organismo» en esas comidas impersonales de los restaurantes o en el rincón del self-service de turno. No pocos se ven obligados a participar en comidas protocolarias o de trabajo, donde el gesto amistoso del comer juntos es sustituido por el interés, el pragmatismo o la ostentación.
El gesto de Jesús invitando a las gentes a recostarse para compartir juntos una comida sencilla, bendiciendo a Dios por el pan que recibimos, puede ser una llamada para nosotros. Como expone jugosamente Xabier Basurko en su estudio Compartir el pan, comer es mucho más que «introducir una determinada ración de calorías en el organismo».
La necesidad de alimentarnos es, antes que nada, signo de nuestra indigencia radical. Oscuramente, los seres humanos percibimos que no nos fundamentamos a nosotros mismos. En realidad, vivimos recibiendo, nutriéndonos de una vida que, a través de la tierra, se nos regala día a día a cada uno. Por eso es un gesto profundamente humano recogerse antes de comer para agradecer a Dios esos alimentos, fruto del esfuerzo y trabajo del hombre, pero, al mismo tiempo, regalo originario del Dios creador que sustenta la vida.
Pero, además, comer no es solo un acto individualista de carácter biológico. El ser humano está hecho para comer con otros, compartiendo su mesa con familiares y amigos. Comer juntos es confraternizar, dialogar, crecer en amistad, compartir el regalo de la vida.
Por eso es tan difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que la que necesita mientras otros sufren miseria y hambre. Nos sentimos acusados por aquellas palabras de Gandhi: «Todo lo que comes sin necesidad lo estás robando al estómago de los pobres». Tal vez en los países del bienestar hemos de aprender a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero, al mismo tiempo, pidiendo perdón por nuestra insolidaridad y tomando conciencia de nuestra responsabilidad ante los hambrientos de la Tierra.
Llega el verano y con él un nuevo número de las revistas Mundo Negro y Aguiluchos.
En esta ocasión s verano y la revista esta vez es bimestral, correspondiendo a los meses de julio y agosto. Abrimos portada con Sudán del Sur, el país más joven del mundo que en 2026 alcanza los 15 años de independencia.
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