República Centroafricana: el “paraíso” negado


Diez años después de que el Papa Francisco abriera la Puerta Santa en Bangui, la República Centroafricana ha vuelto a quedar relegada a un segundo plano en la atención internacional. Sin embargo, a la sombra de sus bosques y sabanas yacen oro, diamantes, uranio y potenciales reservas de petróleo: una inmensa riqueza que contrasta con la pobreza de gran parte de su población.

Retrocedamos en el tiempo. Como recordarán nuestros lectores, el 29 de noviembre de 2015, el Papa Francisco realizó un gesto en Bangui que, al menos por un día, pareció trastocar el panorama mundial. En la catedral de la capital, abrió la Puerta Santa del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, anticipándose a la inauguración prevista en Roma. «Hoy Bangui se convierte en la capital espiritual del mundo», dijo en una ciudad marcada por barricadas, enfrentamientos sectarios y temor. No fue solo una frase, sino la decisión de situar una periferia olvidada en el centro de la Iglesia universal.

Durante un tiempo, la atención mundial se centró en Bangui. La televisión informó sobre la guerra civil, los enfrentamientos entre las milicias Seleka y anti-Balaka, los barrios divididos y los refugiados acampados cerca del aeropuerto. Luego, la atención se desvaneció y el país volvió a sumirse en la sombra de crisis que se prolongan demasiado como para seguir acaparando titulares.

Más de una década después de aquella visita, la República Centroafricana sigue siendo una de las grandes paradojas de África. Abarca una superficie de casi 623.000 kilómetros cuadrados, algo más del doble del tamaño de Italia, y tiene una población de aproximadamente 5,5 millones de habitantes. Es un territorio vasto y escasamente poblado, surcado por ríos, cubierto de sabana y bosques tropicales, con tierras cultivables y recursos naturales que podrían garantizar una vida digna.

El oro y los diamantes se encuentran bajo tierra. En Bakouma, al sureste del país, se conoce desde hace décadas un importante yacimiento de uranio. Varias cuencas sedimentarias ofrecen potencial petrolífero, aunque el país aún no cuenta con una producción comercial real de petróleo crudo. Los diamantes se extraen a menudo de forma artesanal en las regiones occidental y suroccidental; gran parte del oro proviene de minas a pequeña escala y de redes difíciles de controlar.

Luego está la industria maderera. Aproximadamente 23 millones de hectáreas, casi el 37% del territorio del país, están cubiertas de bosques. Las maderas tropicales, muy demandadas en el mercado internacional, crecen en el sur y suroeste. Pero incluso en este sector, el valor de las exportaciones del país suele superar con creces lo que queda para las comunidades locales en forma de salarios, infraestructura y servicios públicos.

La República Centroafricana no carece de riqueza. Es un país donde la riqueza se encuentra bajo los pies de la gente, pero casi nunca es compartida por ellos.

Se prevé que para 2025 la economía crezca un 4,5 %, principalmente gracias al aumento de las exportaciones de oro y a una mayor disponibilidad de combustible. Considerada de forma aislada, esta cifra podría indicar una recuperación. Sin embargo, el Banco Mundial señala que el crecimiento no ha reducido significativamente la pobreza: la actividad minera genera escasos beneficios para el resto de la economía y sigue estando poco integrada en la vida cotidiana. Además, el actual contexto económico internacional perjudica aún más al país.

El ingreso real per cápita se mantiene en torno a los 394 dólares anuales, incluso por debajo de los niveles de la década de 1960. En 2025, aproximadamente el 67,5 % de la población vivía con menos de 3 dólares al día; en las zonas rurales, este porcentaje superaba el 78 %. Lo cierto es que las aldeas carecen de dispensarios, escuelas, agua potable y mercados que funcionen durante todo el año.

En 2023, apenas el 17,6 % de los residentes tenía acceso a la electricidad; en las zonas rurales, la cifra descendió a alrededor del 2 %. De una red vial principal de aproximadamente 25.600 kilómetros, solo 893 estaban pavimentados. En estas condiciones, la distancia entre una mina y una escuela, entre un bosque y un hospital, no es meramente geográfica: es política y social.

La riqueza está abandonando el país. Sin embargo, los servicios esenciales tienen dificultades para entrar.

La debilidad institucional, las concesiones opacas, el contrabando y la presencia de grupos armados han transformado los recursos naturales en instrumentos de poder. La Iniciativa para la Transparencia en las Industrias Extractivas ha detectado deficiencias en la publicación de contratos, los registros de licencias y la identificación de los verdaderos beneficiarios de las empresas. El Estado recibe poco, y las comunidades aún menos, mientras que parte del oro y los diamantes llegan a los mercados extranjeros a través de canales informales.

El resultado es una crisis humanitaria prácticamente estructural. Al momento de redactar este informe, aproximadamente 2,3 millones de personas necesitan asistencia, y casi uno de cada tres residentes padece inseguridad alimentaria grave, a pesar del potencial agrícola, la disponibilidad de agua y la baja densidad de población.

El Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas sitúa al país en el puesto 191 de 193. La esperanza de vida es de aproximadamente 57 años, y el promedio de años de escolarización es de tan solo cuatro. Estas cifras reflejan no solo la pobreza material del país, sino también la pérdida de oportunidades, talento y futuro para generaciones enteras.

En los últimos años, la situación militar ha mejorado en algunas regiones. Los acuerdos con grupos rebeldes y los programas de desarme han permitido al Estado recuperar el control de varias ciudades. Sin embargo, la estabilidad sigue siendo frágil y depende en gran medida del apoyo de fuerzas extranjeras, especialmente rusas y ruandesas. Fuera de los principales centros urbanos, persisten la violencia, el desplazamiento de población y los abusos contra civiles.

Desde 2018, el gobierno de Bangui ha dependido del Grupo Wagner. Moscú desea integrar gradualmente esta presencia al Cuerpo Africano, una estructura más directamente vinculada al Ministerio de Defensa ruso, pero la transición en África Central aún no parece haberse completado. Los rusos han participado en operaciones contra los rebeldes y en la protección del aparato presidencial, combinando la asistencia militar con intereses económicos, especialmente en la minería.

La presencia ruandesa es más compleja y a menudo se malinterpreta. Dos contingentes distintos operan en el país. El primero está formado por cascos azules adscritos a la MINUSCA, la misión de las Naciones Unidas establecida en el país en 2014. Dependen de la cadena de mando de la ONU y priorizan la protección de la población civil: patrullan ciudades y carreteras, vigilan zonas sensibles, facilitan la ayuda humanitaria y apoyan los procesos de desarme, el restablecimiento de la gobernabilidad y la seguridad electoral.

Junto a ellos se encuentran soldados ruandeses desplegados en virtud de un acuerdo bilateral entre Kigali y Bangui. Estos soldados son independientes de la MINUSCA y actúan como aliados directos del gobierno centroafricano. Llegaron en gran número durante la crisis electoral de 2020 y ayudaron a defender la capital del avance rebelde. Posteriormente, prestaron servicio como oficiales de guarnición, apoyo operativo e instrucción para el ejército local: en 2023, instructores ruandeses entrenaron a 512 nuevos soldados centroafricanos.

La diferencia es sustancial. Soldados de la misma nacionalidad, presentes en el mismo país, responden ante distintas autoridades: algunos operan bajo un mandato internacional, otros bajo un acuerdo entre gobiernos. Se supone que los primeros deben mantener una posición imparcial y proteger a la población; los segundos apoyan directamente al poder en Bangui. Esta superposición, sumada a la presencia rusa, ha contribuido a evitar el colapso del Estado, pero dificulta determinar quién toma las decisiones y quién es responsable de los abusos.

El panorama político también plantea interrogantes. Las elecciones del 28 de diciembre de 2025 otorgaron al presidente Faustin-Archange Touadéra un tercer mandato, que posteriormente fue ratificado por el Tribunal Constitucional. Su candidatura fue posible gracias a la reforma constitucional de 2023, que abolió el límite de dos mandatos y amplió la duración del mandato presidencial a siete años. La oposición impugnó el resultado y alegó irregularidades.

En este infierno de dolor, donde la población civil exhausta paga el precio más alto, la Iglesia Católica sigue desempeñando un papel vital. Parroquias, misiones y diócesis mantienen escuelas, centros de salud y redes de asistencia, a menudo en regiones donde el Estado está prácticamente ausente. En el sureste, donde la violencia renovada ha desplazado a decenas de miles de personas, las comunidades eclesiales se han mantenido cerca de la población, procurando garantizar protección, atención y diálogo.

La República Centroafricana podría considerarse un paraíso terrenal, pero solo si esta expresión no se reduce a una mera imagen idílica. Un posible paraíso no consiste en diamantes, uranio o petróleo ocultos bajo tierra. Consiste en la posibilidad de que una tierra tan vasta, fértil y rica pueda alimentar, educar y cuidar a sus hijos.

La pobreza en África Central no es una consecuencia natural. Es el resultado de décadas de inestabilidad, administraciones débiles, intereses extranjeros, explotación inescrupulosa de recursos y abandono internacional. El verdadero escándalo no radica en la escasez, sino en la abundancia que posee y en que casi nada de esa riqueza se destina al bien común. África Central, por lo tanto, no es un paraíso perdido, sino un paraíso negado. Una cosa es segura: cuando el Papa Francisco abrió la Puerta Santa en Bangui, quiso recordarnos que ninguna periferia está lejos de la mirada de Dios. Y la presencia de misioneros en este país es una contundente confirmación de ello.

Padre Giulio Albanese – L’Osservatore Romano

Buenas noticias. Domingo 19º T.O. 09/08/2026

Mateo 14,22-33

Mándame ir hacia ti andando sobre el agua

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: «Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.» En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»

La vida es misión

Queridos amigos laicos misioneros combonianos y todo el pueblo de Dios.

¡La misión continúa! Llevo tres meses en misión en Piquiá, Açailândia, en el estado de Maranhão, donde trabajo en la Casa Familiar Rural (CFR), que acoge a alumnos de primero, segundo y tercer curso de Bachillerato, en su mayoría hijos de agricultores que, además de la teoría, aprenden en la práctica los trabajos agrícolas, el cultivo de hortalizas, la fruticultura, la piscicultura, la cría de animales y la apicultura.

Considero que es una labor muy importante y necesaria para que nuestros jóvenes sigan viviendo en el campo y puedan sacar de él el sustento para sus familias.

Los fines de semana estoy acompañando la andadura de la parroquia de Santa Luzia, en Piquiá, para empezar pronto a integrarme en las labores pastorales.

Cuento siempre con las oraciones de cada uno de vosotros para tener fuerzas para continuar en este camino.

Un fuerte abrazo a todos.

Tito, laico misionero comboniano.

Misión en Auraca

Con el lema “Hagamos de la Esmeralda tierra de la Virgen“, empieza una peregrinación por las diferentes veredas que conforman la Esmeralda.

Desde el 17 de mayo hasta el 15 de julio, se apoya en estas veredas, con el rezo del rosario, catequesis Marianas, lectio divina donde hay oraciones y reflexión.

Se realizan visitas a las familias y enfermos de los diferentes sectores, llevando un mensaje de esperanza, fe y amor, desde el carisma Comboniano. Esto permite que las veredas, mantengan viva los lazos de hermandad, fraternidad y que aviven su fe.

Para nosotros como misioneras es un proceso de aprendizaje, crecimiento humano y espiritual constante en cada actividad.

Del 12 al 15 de junio de 2026 vivimos una experiencia de fe, encuentro y renovación durante el Retiro Espiritual Nacional de los Laicos Misioneros Combonianos en Arauca.

Fueron días para detenernos, escuchar la voz de Dios, fortalecer nuestra espiritualidad y compartir como familia misionera el llamado a servir con amor y compromiso.

Cada momento vivido, cada reflexión compartida y cada encuentro fraterno nos recordó que la misión nace de un corazón que se deja transformar por Dios.

En nuestro taller con los adultos-mayores reflexionamos sobre “El tesoro de nuestra vida“, reconociendo que cada experiencia, cada enseñanza y cada historia vivida son un regalo de Dios que enriquece a nuestras familias y comunidades.

Más que recordar el pasado, fue un momento para agradecer el camino recorrido, fortalecer la fe y descubrir que el verdadero tesoro está en el amor compartido, la esperanza que permanece y la presencia de Dios en cada etapa de la vida.

Janet y Jenny, LMC Colombia

«Como las luciérnagas»: voces de mujeres que iluminan el camino de la Iglesia

Comenzamos el mes de agosto compartiendo una lectura que invita a detenerse, escuchar y dejarse iluminar.

En medio del ritmo más pausado del verano, Como las luciérnagas (Editorial Claret) es una de esas lecturas que refrescan el alma, como un vaso de agua fresca en los días de más calor, y nos ayudan a mirar la Iglesia con esperanza y profundidad.

En este libro, mujeres de distintos lugares, vocaciones y experiencias reflexionan sobre el presente y el futuro de la Iglesia. Sus testimonios dibujan el horizonte de una comunidad que quiere caminar de una manera más sinodal, abierta a la escucha, corresponsable y fiel al Evangelio.

Sus páginas nacen de la vida compartida, de la fe vivida en comunidad, de la misión cotidiana y del servicio a los demás. Son mujeres que acompañan personas y procesos, sostienen comunidades, hacen teología, anuncian la Palabra y contribuyen, con discreción y perseverancia, a iluminar el camino de la Iglesia.

Porque, como las luciérnagas, también las luces más pequeñas son capaces de iluminar la noche y señalar caminos de esperanza.