El pasado sábado celebramos como familia comboniana la ordenación diaconal de Saúl y Etienne, dos de los escolásticos que en los últimos años han formado parte de la comunidad de misioneros combonianos de Granada. La celebración tuvo lugar el la parroquia Virgen de las Mercedes y fue presidida por el Sr. Arzobispo de Granada, D. José María Gil Tamayo.
Fue un día de fiesta, de encuentro y, sobre todo, de acción de gracias por la vida y la vocación que Dios sigue suscitando entre nosotros.
La celebración nos recordó que la vocación misionera no se vive en solitario. Caminamos juntos, acompañándonos, compartiendo la fe y celebrando como familia los pasos que cada hermano va dando en su camino.
D. José Mª en su homilía nos invitó a recordar a san Daniel Comboni, que soñó con una misión vivida desde la entrega, la confianza en Dios y el deseo de anunciar el Evangelio junto a otros. Su lema «Salvar África con África» sigue invitándonos hoy a ser una familia misionera abierta, disponible y comprometida con la realidad de nuestro mundo.
Terminamos la jornada con el corazón agradecido y con la certeza de que la misión continúa. Damos gracias por estos Saúl y Etienne y pedimos que el Señor siga acompañando sus pasos. Que, como Comboni, sepan poner su vida al servicio de la misión y de las personas, allí donde sean enviados.
No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete
En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
APOLOGÍA DEL PERDÓN
Casi siempre que he escrito sobre el perdón he recibido cartas, por lo general anónimas, en que se me acusaba de olvidar el sufrimiento de las víctimas del terrorismo, de no entender la humillación de quien ha sido traicionado por su cónyuge, de no «tener los pies sobre el suelo» y cosas semejantes.
No me resulta difícil comprender esta resistencia al perdón. ¿Cómo no voy a intuir la rabia, impotencia y dolor de quien ha sido víctima de la violencia, el desprecio o la traición? Pero, precisamente, el resentimiento y la agresividad que se advierten tras esas líneas me hacen ver con mayor claridad qué sería de un mundo en que se suprimiera el perdón.
Hay un mecanismo de defensa bien conocido por los psicólogos. En virtud de un «mimetismo misterioso», quien ha sido víctima de una agresión tiende a su vez a imitar de alguna manera a su agresor. Se trata de una reacción casi instintiva que se desata en el inconsciente individual o colectivo y puede incluso transmitirse de generación en generación.
Si, en algún momento, no se produce una reacción de signo contrario, el mal tiende a perpetuarse. Cuando la víctima no quiere o no puede perdonar, queda en ella una «herida mal curada» que le hace daño, pues la encadena negativamente al pasado. De la misma manera, el resentimiento instalado en una sociedad hace más difícil la lucidez para buscar caminos de convivencia, y puede bloquear todo esfuerzo por encontrar solución a los conflictos.
El deseo de revancha es, sin duda, la respuesta más instintiva ante la ofensa. La persona necesita defenderse de la herida recibida, pero, como advierte el conocido experto Jacques Pohier, quien pretenda curar su herida infligiendo sufrimiento al agresor, se equivoca. El sufrimiento no posee un poder mágico para curar de la humillación o la agresión recibidas. Puede producir una breve satisfacción, pero la persona necesita algo más para volver a vivir de forma sana. Lo decía hace mucho tiempo Henri Lacordaire: «¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».
A veces se olvida que el proceso del perdón a quien más bien hace es al ofendido, pues lo libera del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para recrear su vida, le permite iniciar nuevos proyectos. Cuando Jesús invita a perdonar «hasta setenta veces siete», está invitando a seguir el camino más sano y eficaz para erradicar de nuestra vida el mal. Sus palabras adquieren una hondura todavía mayor para quien cree en Dios como fuente última de perdón: «Perdonad y seréis perdonados».
Tu vida tiene una misión. Dios te llama por tu nombre y cuenta contigo para transformar el mundo desde aquello que eres y los dones que has recibido.
COMBOJOVEN es una invitación a parar, escuchar y discernir. Un espacio para descubrir qué quiere Dios de ti, cuál es tu vocación y cómo puedes poner tu vida al servicio de los demás.
Durante estos fines de semana podrás profundizar en tu fe, conocerte mejor, compartir con otros jóvenes y abrirte a la llamada de Dios. Porque descubrir tu vocación no es solo preguntarte «¿qué quiero hacer con mi vida?», sino también «Señor, ¿qué quieres hacer Tú con mi vida?».
Con el número de septiembre de la revista publicamos el Cuaderno Mundo Negro nº. 10, dedicado este año a MALAUI. Una edición especial que recorre la historia, la política, la economía, la sociedad, la cultura y los grandes desafíos de este país situado en el corazón del África austral.
Malaui es un país marcado por la riqueza de su diversidad, la importancia del lago que lleva su nombre y una historia de migraciones, colonización, independencia y transformación política.
El Cuaderno MN ofrece una radiografía completa del país, desde sus raíces históricas hasta la realidad que afronta hoy. Un recorrido por su sistema político y su evolución democrática, por una economía que busca nuevas oportunidades, por la agricultura y la minería, y por los problemas de pobreza, corrupción, infraestructuras y vulnerabilidad económica que todavía condicionan su desarrollo.
A través de sus reportajes y entrevistas conocemos a personas que están construyendo alternativas y abriendo caminos: impulsoras de proyectos empresariales y educativos, jóvenes que buscan nuevas oportunidades, una población comprometida con la protección de los bosques, iniciativas de justicia social y convivencia interreligiosa, y personas refugiadas que han convertido el campo de Dzaleka, al norte de la capital, Lilongwe, en un espacio lleno de vida y esperanza.
La cultura ocupa también un lugar destacado, con una mirada al Kungoni Centre, referente del diálogo cultural, mientras el fútbol femenino muestra cómo el deporte se convierte en una herramienta para derribar prejuicios y abrir nuevas oportunidades para las mujeres.
El medioambiente es otro de los grandes protagonistas. Cambio climático, sequías, ciclones, pérdida de bosques y minería ilegal dibujan algunos de los desafíos más urgentes de un país especialmente vulnerable.
Y todo ello acompañado de datos, cifras e hitos que permiten comprender de un vistazo la realidad demográfica, política, educativa, religiosa, económica y social de Malaui.
El Cuaderno MN nº 10 no se limita a contar cómo es Malaui: nos propone mirarlo desde dentro, conocer sus dificultades, descubrir sus fortalezas y acercarnos a las personas que están construyendo su futuro.
Un país que merece ser conocido para comprenderlo de verdad.
Todo esto mucho más, junto con las secciones habituales de la revista (Bajo el Mango, Diarios de Misión, Irreversibles, Punto y seguido…)
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Durante generaciones hemos aprendido a mirar el mundo a través de unos mapas que no siempre representan fielmente su realidad. Y quizá uno de los ejemplos más llamativos sea África.
El pasado viernes 4 de septiembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, por 164 votos a favor, 1 en contra y 6 abstenciones, una resolución que anima a utilizar representaciones cartográficas más fieles a las proporciones reales de los territorios.
Una decisión que abre también una nueva oportunidad para cambiar nuestra mirada sobre África.
La conocida proyección de Mercator, creada en 1569 y diseñada para facilitar la navegación, aumenta visualmente el tamaño de las regiones alejadas del ecuador. El resultado es una imagen en la que Groenlandia, Canadá o Rusia parecen descomunales, mientras que África aparece mucho más pequeña de lo que realmente es.
Pero la realidad es muy diferente: África es aproximadamente catorce veces más grande que Groenlandia. Es el segundo continente más extenso del planeta y alberga una enorme diversidad de países, paisajes, culturas, pueblos y realidades que a menudo quedan minimizadas también por la forma en que lo representamos.
Dar a África el espacio y el tamaño que realmente tiene no significa simplemente hacer un mapa más preciso. Significa darle visibilidad, reconocer su dimensión y contribuir a que las nuevas generaciones conozcan el mundo con una perspectiva más equilibrada.
Porque África siempre ha tenido ese tamaño. Lo que está cambiando es nuestra forma de verla.