La lucha contra la corrupción en África: un imperativo ético, moral y cristiano

En África, la corrupción agrava la pobreza, acentúa la desigualdad y limita el acceso de la población a bienes y servicios esenciales, impidiendo la mejora de las condiciones de vida de la mayoría. Este fenómeno debe entenderse como una crisis estructural, ética y espiritual que exige una profunda transformación de las personas, las instituciones y la cultura social. El autor, el padre Endjegandeyo-Yepoussa Fugain Dreyfus [ en el centro de la foto ], misionero comboniano de la República Centroafricana, resume aquí su tesis de maestría en Teología Moral sobre este tema, defendida en la Universidad Loyola de Granada, España.

La corrupción es uno de los principales obstáculos para el desarrollo humano, social, político e institucional en África. No se trata simplemente de un problema legal o administrativo, sino de una realidad estructural que impacta directamente la vida cotidiana de millones de personas. Sus efectos se manifiestan en el deterioro de los servicios públicos, la desigualdad en el acceso a la educación, la salud, la justicia y el empleo, así como en el aumento de la pobreza y la exclusión social. Además, debilita la confianza en las instituciones y erosiona la cohesión de la vida comunitaria.

La gravedad del fenómeno radica también en su normalización. En muchos contextos africanos, la corrupción ha dejado de percibirse como una desviación excepcional y se ha convertido en una práctica común, incluso útil, para resolver problemas cotidianos. Esta aceptación social es particularmente preocupante, ya que reduce la sensibilidad moral ante la injusticia y socava el ideal del bien común. Cuando la corrupción se arraiga en las costumbres y los mecanismos informales de relación, deja de ser vista como una amenaza y comienza a reproducirse como parte del funcionamiento ordinario de la sociedad.

Desde esta perspectiva, la corrupción no puede entenderse simplemente como la suma de actos individuales. Se manifiesta como un fenómeno complejo y multidimensional. En el ámbito político, surge cuando quienes detentan el poder lo utilizan para favorecer intereses particulares, manipular procesos democráticos o consolidar redes clientelistas. En el plano económico y administrativo, se manifiesta a través de la malversación de fondos, los sobornos, la venta de cargos y el uso indebido de recursos públicos. En la vida social, adopta formas más cotidianas, como pagos no declarados o favores solicitados para acceder a derechos fundamentales. A esto se suma una dimensión moral y espiritual, visible cuando se socavan valores como la honestidad, la justicia y la responsabilidad, e incluso cuando estas prácticas penetran en instituciones que supuestamente promueven la integridad.

Las causas de esta situación son diversas y están profundamente interrelacionadas. La pobreza es un factor importante, ya que en contextos de extrema pobreza, algunas personas recurren a prácticas corruptas como estrategia de supervivencia. A esto se suman la debilidad de las instituciones judiciales y políticas, la falta de transparencia, la insuficiencia de los mecanismos de supervisión y la persistencia de lealtades particularistas que anteponen los intereses del clan, la familia o el grupo a las exigencias de la justicia. Sin embargo, uno de los factores más cruciales es la trivialización moral de la corrupción. Cuando una sociedad deja de percibirla como un mal, resulta mucho más difícil combatirla eficazmente.

Las consecuencias de este fenómeno son profundas. Social y económicamente, la corrupción agrava la pobreza, acentúa la desigualdad y limita el acceso de la población a bienes y servicios esenciales. Recursos que deberían destinarse al bienestar colectivo son confiscados ilegalmente, impidiendo así la mejora de las condiciones de vida de la mayoría. Esta situación afecta particularmente a los sectores más vulnerables y perpetúa una lógica de exclusión que se transmite de generación en generación. En algunos casos, también fomenta la apropiación injusta de tierras y recursos naturales, provocando conflictos sociales y desplazamientos de población.

En los ámbitos político e institucional, la corrupción genera una crisis de legitimidad. Los ciudadanos pierden la fe en el Estado, en la justicia y en los procedimientos democráticos, al percibir que las instituciones no sirven al interés general. Esto consolida redes de impunidad, fortalece prácticas autoritarias y debilita la participación ciudadana. Cuando la gente cree que denunciar asuntos no sirve para nada o que votar no cambia nada, la democracia se va desprovista progresivamente de sentido. La corrupción no solo distorsiona el funcionamiento institucional, sino que desfigura la idea misma de la política como servicio.

En el plano moral y cultural, las consecuencias son igualmente graves. La constante repetición de prácticas corruptas termina por alterar el conjunto de valores de la sociedad. La honestidad puede percibirse como ingenuidad, mientras que el engaño o el beneficio personal se consideran signos de habilidad. Esta inversión moral erosiona la confianza entre las personas, debilita la solidaridad y destruye el sentido de comunidad. La corrupción deja entonces de ser simplemente una cuestión de normas y sanciones para convertirse en una profunda crisis de conciencia.

Ante esta realidad, la respuesta no puede limitarse a reformas legales o mecanismos de supervisión externa. Si bien estas medidas son necesarias, resultan insuficientes si no van acompañadas de una transformación ética y espiritual. La lucha contra la corrupción exige recuperar los valores de justicia, bien común, responsabilidad y dignidad humana. En este sentido, la renovación de las estructuras debe ir de la mano de la renovación de las conciencias. Sin una sólida formación moral, las leyes pueden existir, pero su eficacia siempre será frágil y limitada.

La reflexión bíblica y teológica ofrece un fundamento importante para esta renovación. La corrupción se presenta como una grave ofensa contra la justicia y la dignidad de las personas, especialmente de las más pobres. La tradición profética denuncia enérgicamente toda forma de manipulación de la ley y explotación de los débiles. Asimismo, el mensaje de Jesús rechaza la hipocresía, el abuso religioso y la explotación del poder. La fe es inseparable de la exigencia de justicia. Desde esta perspectiva, la corrupción no es solo una falla administrativa, sino también un pecado social que perjudica a toda la comunidad y compromete el futuro colectivo.

En este contexto, la Iglesia está llamada a desempeñar un papel profético y pedagógico. Su misión consiste no solo en denunciar públicamente las injusticias, sino también en formar conciencias responsables, promover una cultura de integridad y colaborar con la sociedad civil en la defensa del bien común. Sin embargo, esta tarea requiere coherencia interna. La promoción de la transparencia, la honestidad y la rendición de cuentas debe comenzar en las propias estructuras eclesiales, para que su testimonio sea creíble y eficaz.

Por lo tanto, superar la corrupción requiere una acción conjunta y constante. Es fundamental educar a los niños en valores éticos desde temprana edad, fortalecer la formación moral de los líderes políticos y religiosos, consolidar instituciones transparentes y promover una ciudadanía activa que se niegue a resignarse ante la injusticia. Solo mediante esta convergencia de educación, compromiso moral, reforma institucional y responsabilidad social será posible construir sociedades más justas, más solidarias y más respetuosas.

En conclusión, la corrupción en África debe entenderse como una crisis estructural, ética y espiritual que no puede resolverse únicamente mediante controles externos o reformas legales. Su erradicación exige una profunda transformación de las personas, las instituciones y la cultura social. Recuperar el sentido de la justicia, el bien común y la responsabilidad colectiva es, por tanto, un requisito indispensable para abrir un horizonte de desarrollo auténtico, coexistencia democrática y esperanza para el continente africano.

Padre Endjegandeyo-Yepoussa Fugain Dreyfus, MCCJ

Buenas noticias Domingo 16º T.O. 19/07/2026

Mateo 13,24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho.» Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: ‘Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.'»»

[Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»

Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.»

Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.» Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.» Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»]

FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA

Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerles en guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.

A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa. El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.

Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos, animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las mezquindades más inconfesables.

A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya actuando, pero al modo de un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que germina con humildad, o como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.

Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.

El reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad más digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.

José Antonio Pagola

A la escucha de Comboni. Julio/Agosto 2026

Hay motores que no hacen ruido, pero lo mueven todo. Así es el amor de Dios: sencillo, profundo, incansable. Un amor que nos invita a mirar a los más pobres no desde la distancia, sino desde el corazón.

Comboni dejó que ese amor lo impulsara a cruzar fronteras, a empezar de nuevo mil veces, a creer en las personas cuando nadie más lo hacía.

Ese es su legado: una misión que no se sostiene en fuerzas humanas, sino en un amor que transforma.

Como LMC, dejemos que el amor de Dios sea también nuestro motor, nuestra brújula y nuestro impulso para acercarnos a quienes más lo necesitan.

Ponencias 78 Semana de Misionología de Burgos 2026

Si no pudiste participar en , o si quieres volver a escuchar alguna de las intervenciones, ahora tienes la oportunidad de hacerlo.

Compartimos los vídeos de las ponencias de la 78.ª Semana Española de Misionología celebrada en Burgos del 6 al 9 de julio. Han sido unos días de encuentro, reflexión y diálogo en torno a la misión y a los retos que la Iglesia afronta en el mundo de hoy.

Cada una de las intervenciones ofrece una mirada enriquecedora desde la experiencia, la reflexión teológica y el compromiso misionero.

Te invitamos a ver las ponencias, compartirlas con otras personas y dejarte interpelar por las reflexiones que nos regalaron sus ponentes. Ojalá este material nos ayude a seguir creciendo juntos en nuestro compromiso con la misión y a mantener vivo el impulso misionero en nuestras comunidades.

Ponencia I – BIBLIA, VOCACIÓN Y MISIÓN

Ponencia II: Contextos de vocación y misión – SILENCIO, COMUNIDAD Y ALABANZA

Ponencia III: FOMENTAR LA VOCACIÓN PARA LA MISIÓN EN Y DESDE LA FAMILIA

Ponencia IV: PROMOVER LA VOCACIÓN MISIONERA HOY

Ponencia V: EL SCAM, UN DON PARA LA IGLESIA
Ponencia VI: MISIÓN “AD GENTES”: HERENCIA VIVA Y HORIZONTES NUEVOS.

Mesa redonda; Familias Misioneras de CSF y OCASHA

Leer el verano en clave misionera

El verano suele regalarnos algo que escasea el resto del año: tiempo. Tiempo para descansar, desconectar de la rutina y recuperar el aliento. Pero también puede ser un tiempo privilegiado para abrir la mente y ensanchar el corazón.

¿Por qué no aprovechar estas semanas para leer en clave misionera? Un buen libro puede convertirse en una ventana a otros pueblos, culturas y formas de vivir la fe. Puede acercarnos a las periferias del mundo, despertar preguntas, alimentar nuestro compromiso y recordarnos que la misión comienza cuando nos dejamos interpelar por la realidad de los demás.

Las lecturas que te proponemos a continuación son una invitación a salir de nuestras fronteras habituales, descubrir historias de encuentro y esperanza, y profundizar en el verdadero sentido de la misión en el mundo de hoy. Porque también durante el verano podemos seguir dejándonos transformar por el Evangelio y renovar nuestra mirada sobre el mundo.

¡Feliz verano y felices lecturas!