Mensaje del Papa para el Día Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación

«Convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en podaderas.»
(Isaías 2:4)

Queridos hermanos y hermanas,
nuestro Señor Jesucristo vino al mundo para que tuviéramos vida, y vida en abundancia (cf.  Jn  10,10). Este don es la esencia misma de nuestra misión como discípulos y de nuestra vocación común de construir una civilización del amor. Al celebrar esta  Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación , se nos invita una vez más a contemplar el don de la vida y a cuidar la tierra que la sustenta, dando así una alabanza concreta a nuestro Creador.

Hoy presenciamos diversas crisis y un inmenso sufrimiento humano. Al mismo tiempo, la destrucción del equilibrio armonioso de la creación parece acelerarse. Estos fenómenos no están aislados; constituyen un clamor unificado por sanación y paz que surge de un mundo herido.

El Dios de la vida, que se reveló en Jesucristo, ofrece una paz que el mundo no puede dar: «La paz os dejo; mi paz os doy» ( Jn 14:27). No es superficial ni efímera; brota del amor y el cuidado constantes de Cristo por cada ser humano.

Sin embargo, esta promesa de paz contrasta fuertemente con la realidad que observamos en diversas partes del mundo. El profeta Isaías habló de un tiempo en que las naciones «convertirían sus espadas en arados» ( Isaías 2:4), transformando lo que destruye la vida en algo que la sustenta. Hoy, sin embargo, vemos con demasiada frecuencia que ocurre exactamente lo contrario, ya que los esfuerzos siguen encaminados hacia la violencia y la guerra.

La guerra inflige heridas que trascienden el campo de batalla. Cobra víctimas, destroza familias y obliga a millones a huir de sus hogares, alimentando el miedo, la injusticia y la división (cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Pastoral  Gaudium et Spes , 77-82); deja tras de sí una destrucción social y ecológica que perdura por generaciones. Además, la interacción entre el conflicto armado y la degradación ambiental suele crear un círculo vicioso que destruye los ecosistemas, contamina recursos esenciales como el aire y el agua, y socava la seguridad alimentaria. Esto alimenta la pobreza, la desigualdad y nuevas tensiones sociales, que a su vez pueden contribuir al surgimiento de nuevos conflictos.

Además, la guerra inflige heridas que dañan la esencia misma de la vida, afectando no solo a individuos y comunidades, sino también a su red de relaciones con toda la humanidad y a su armonía con la creación. Revela una profunda falta de respeto a la vida y al cuidado de la tierra que se nos ha confiado, a la imagen y semejanza de Dios. No se trata solo de un fracaso político, sino también moral y espiritual. Enraizada en deseos perversos y en el abuso de la libertad y el poder humanos, la guerra se erige como un testimonio contrario al Evangelio de la paz.

Las crisis mencionadas requieren, además de responsabilidad, una conversión del corazón, que dé fruto en una fidelidad más profunda a Dios, en el amor mutuo y en el respeto por el don de la creación. En efecto, las desarmonías que observamos en el mundo, como la violencia, la injusticia y la degradación ecológica, no son simplemente el resultado de sistemas o estructuras imperfectas; están «conectadas a ese desequilibrio más profundo arraigado en el corazón humano» ( ibíd . , 10). De hecho, el corazón humano es el lugar donde se despliegan las luchas más profundas y donde se revela nuestra condición caída. No es solo la sede de las emociones, sino también el centro de la persona, donde convergen la razón, el deseo, la voluntad y la conciencia. Es allí donde luchamos con los deseos contradictorios que habitan en nosotros: amor e indiferencia, verdad e ilusión, justicia e injusticia (cf.  Santiago  1:14-15). Las heridas de la guerra y la degradación de la tierra, por lo tanto, están profundamente ligadas a la condición del corazón humano. Los conflictos que atormentan a la humanidad son, en muchos sentidos, la expresión externa de conflictos y divisiones internas. Cuando el corazón se desorienta, las relaciones se resienten y las estructuras que construimos comienzan a reflejar este desorden.

El Papa Benedicto XVI  nos recordó que «los desiertos externos se multiplican en el mundo porque los desiertos internos se han vuelto inmensos» ( Homilía para la inauguración del Ministerio Petrino , 24 de abril de 2005). Esto nos invita a reconocer que, de alguna manera, lo que está roto a nuestro alrededor también está roto en nuestro interior. Por lo tanto, para construir una sociedad pacífica, no solo debemos reformar las estructuras, sino también renovar nuestros corazones. Las causas más radicales del conflicto y la explotación de la creación son consecuencia de una crisis ética y cultural que incluye la pérdida del sentido de los límites, el deseo de dominación, la búsqueda del beneficio inmediato y la incapacidad de reconocer la dignidad que Dios ha otorgado a cada persona.

El llamado profético a «convertir las espadas en arados» (cf.  Is  2,4) no es, por tanto, solo un sueño para las naciones, sino un llamado a cada persona. Nos invita a transformar el mal en vida. Sin embargo, esta transformación no se logra únicamente mediante cambios externos. Requiere, en cooperación con la gracia de Dios, una conversión más profunda, tanto personal como colectiva: un retorno al Señor, quien restaurará el orden en nuestros deseos, sanará nuestras heridas y nos ayudará a crecer en virtud.

Sin esta transformación interior, la paz sigue siendo frágil y efímera. Pero donde los corazones se renuevan, se abren nuevas posibilidades. Lo que se ha usado para la destrucción puede redirigirse hacia la vida, para cuidar a los pobres, alimentar a los hambrientos y proteger la creación. Este es el camino de una auténtica conversión ecológica, en la que los efectos del encuentro con Jesucristo se manifiestan claramente en nuestra relación con el mundo que nos rodea (cf. Francisco, Carta Encíclica  Laudato Si’ , 217). La paz, por lo tanto, comienza en el corazón y se refleja externamente en nuestras relaciones, en nuestras comunidades y, en un sentido más amplio, en el mundo.

Aunque los desafíos que nos aguardan son enormes, el Señor no nos deja sin los medios para sanar y transformar. En lugar de armas de guerra, el Dios de paz nos da la fuerza para sanar, reconciliar y construir una civilización de amor. De esta manera, estamos llamados a proteger los numerosos ecosistemas que se nos han confiado: la creación, las relaciones humanas y la esencia misma de la humanidad.

Imaginemos un mundo donde las energías que actualmente se invierten en la guerra se dirijan hacia el desarrollo humano integral, la superación de la pobreza, la defensa de la dignidad humana y la reconciliación entre pueblos divididos. Esta visión refleja la fe en la llegada del Reino de Dios.

Las verdaderas herramientas para construir la paz no son las armas de destrucción, sino la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor. Estas cualidades brotan de corazones transformados por el Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios. Solo estas cualidades tienen el poder de transformar a las personas, renovar las comunidades y sanar las heridas de nuestro mundo.

Queridos hermanos y hermanas, el camino que tenemos por delante es claro, aunque no fácil. Estamos llamados a renovar nuestros corazones para que podamos buscar la paz y cuidar de la creación. La Escritura nos recomienda que cuidemos nuestros corazones, pues de ellos mana la vida (cf.  Proverbios  4:23).

Si emprendemos esta tarea con humildad y fe, nos convertiremos en colaboradores de la obra de renovación de Dios. Avanzaremos, lenta pero inexorablemente, del desierto al jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz.

Que el Señor nos dé el valor para seguir este camino, para que en nuestro tiempo las “espadas” sean verdaderamente “convertidas en arados”, la promesa del Evangelio eche raíces más profundas en nuestro mundo y la paz de Cristo reine sobre toda la creación.

Buenas noticias. Domingo 22 T.O. 30/08/2026

Mateo 16,21-27

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.» Entonces dijo a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

APRENDER DE JESÚS LA ACTITUD ANTE EL SUFRIMIENTO

Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas bastante confusas sobre la actitud cristiana ante el sufrimiento. Recordemos algunos datos que no hemos de ignorar, si queremos seguir al Crucificado con mayor fidelidad.

En Jesús no encontramos ese sufrimiento que hay tantas veces en nosotros, generado por nuestro propio pecado o nuestra manera desacertada de vivir. Jesús no ha conocido los sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, el vacío interior o el apego egoísta a las cosas y a las personas. Hay, por tanto, en nuestra vida un sufrimiento (según los expertos, puede llegar en algunas personas al 90% de lo que sufren) que hemos de ir eliminando precisamente si queremos seguir a Jesús.

Por otra parte, Jesús no ama ni busca arbitrariamente el sufrimiento ni para él ni para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a Dios. Es un error creer que uno sigue más de cerca a Cristo porque busca sufrir arbitrariamente y sin necesidad alguna. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en seguimiento fiel a Cristo.

Jesús, además, se compromete con todas sus fuerzas para hacer desaparecer en el mundo el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese padecimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado o la muerte.

El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. Al contrario, su primera tarea será quitar sufrimiento de la vida de los hombres. Como ha dicho un teólogo, «no hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás» (Ignacio Larrañeta).

Por último, cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se oponen a su misión, no lo rehúye, sino que lo asume en actitud de fidelidad total al Padre y de servicio incondicional a los hombres.

Antes que nada, «tomar la cruz» es seguir fielmente a Jesús y aceptar las consecuencias dolorosas que se seguirán, sin duda, de este seguimiento. Hay rechazos, padecimientos y daños que el cristiano ha de asumir siempre. Es el sufrimiento que solo podríamos hacer desaparecer de nuestra vida, dejando de seguir a Cristo. Ahí está para cada uno de nosotros la cruz que hemos de llevar siguiendo sus pasos.

José Antonio Pagola

Abiertas las inscripciones para la XXXV edición de la Escuela de Formación Misionera

La Escuela de Formación Misionera ha abierto el plazo de matrícula para su XXXV edición, que se celebrará del 14 de septiembre al 13 de diciembre de 2026.

Un año más, la Escuela se consolida como un espacio privilegiado de encuentro y crecimiento, contando con la participación de más de 30 misioneros expertos en sus respectivas áreas. A lo largo de cuatro bloques formativos, acompañarán a los alumnos en un itinerario que profundiza en los fundamentos de la misión, sus retos y desafíos actuales, el marco global de la acción misionera y la riqueza de los distintos contextos culturales donde se hace presente el Evangelio.

La Escuela de Formación Misionera nace con el deseo de ofrecer un espacio de reflexión, discernimiento y formación para quienes se preparan para salir la misión ad gentes, para quienes llegan a España como territorio de misión, y para todos aquellos que desean renovar y fortalecer su compromiso con la animación misionera.

Una invitación a caminar juntos, en clave de Iglesia, al servicio de la misión universal

Fiel a su identidad, la Escuela sigue apostando por la formación presencial como experiencia privilegiada de encuentro y comunión. Al mismo tiempo, para quienes la presencialidad sea inviable, se ofrece la posibilidad de seguir el curso en modalidad online (asincrónica) a través del Campus Virtual, facilitando así el acceso a quienes se encuentran fuera de España o ya hayan partido a su destino de misión.

En la web de la Escuela se puede consultar el programa completo y acceder al formulario de inscripción para el curso 2026. Para ampliar información y resolver dudas se ha organizado una jornada de puertas abiertas online a la que se puede participar previa inscripción.

Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación

Del 1 de septiembre al 4 de octubre, cristianos de todo el mundo nos unimos en oración y acción para renovar nuestro compromiso con el cuidado de nuestra Casa Común.

Este tiempo de celebración, conversión y compromiso comenzará el próximo 1 de septiembre con la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación y culminará el 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís.

Te invitamos a unirte al servicio ecuménico de oración por la Creación, que se celebrará en línea el 1 de septiembre, junto a líderes religiosos de todo el mundo.

Horarios:
🇺🇸 6:00 h Los Ángeles
🇲🇽 7:00 h Ciudad de México
🇨🇴🇪🇨 8:00 h Bogotá/Quito
🇪🇸 15:00 h Madrid

Inscríbete y Participa

¡Celebremos juntos el inicio del Tiempo de la Creación y renovemos nuestro compromiso con nuestra Casa Común!

Buenas Noticias. Domingo 21 T.O. 23/08/2026

Mateo 16,13-20

Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

UNA PREGUNTA DECISIVA

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Esta pregunta de Jesús no está dirigida solo a sus primeros seguidores. Es la cuestión fundamental a la que hemos de responder siempre los que nos confesamos cristianos.

Nuestra primera reacción puede ser encontrar rápidamente una respuesta doctrinal y confesar de manera rutinaria que Jesús es el «Hijo de Dios encarnado», el «Redentor» del mundo, el «Salvador» de la humanidad. Títulos todos ellos muy solemnes y ortodoxos, sin duda, pero que pueden ser pronunciados sin contenido vital alguno.

La pregunta de Jesús no nos pide simplemente nuestra opinión. Nos interpela, sobre todo, acerca de nuestra actitud ante él. Y esta no se refleja solo en nuestras palabras, sino sobre todo en nuestro seguimiento concreto a él. Como ha escrito algún teólogo: «La breve proposición: “Yo creo que Jesús es el Hijo de Dios”, significa algo completamente distinto si la pronuncia Francisco de Asís o la pronuncia uno de los actuales dictadores sudamericanos. El Dios de estos hombres no es el mismo, o, al menos, el Dios al que cada uno invoca para dirigir su conducta».

Las palabras de Jesús piden una opción radical. O bien Jesús es para nosotros un personaje más, junto a otros muchos de la historia, o bien es la Persona decisiva que nos proporciona la comprensión última de la existencia, da la orientación decisiva a nuestra vida y nos ofrece la esperanza definitiva.

La pregunta «¿quién decís que soy yo?» cobra entonces un contenido nuevo. No es ya una cuestión sobre Jesús, sino sobre nosotros mismos. ¿Quién soy yo? ¿En quién creo? ¿Desde dónde oriento mi existencia? ¿A qué se reduce mi fe?

Todos hemos de recordar una y otra vez que la fe no se identifica con las fórmulas que pronunciamos. Para comprender mejor el alcance de «lo que yo creo» es necesario verificar cómo vivo, a qué aspiro, en qué me comprometo.

Por eso, la pregunta de Jesús, más que un examen sobre nuestra ortodoxia, debería ser la llamada a un estilo de vida cristiano. Evidentemente no se trata de decir o creer cualquier cosa acerca de Cristo. Pero tampoco de hacer solemnes profesiones de fe ortodoxa para vivir luego muy lejos del espíritu que esa misma proclamación de fe exige y lleva consigo.

José Antonio Pagola