San José en la vida de Comboni

La figura de san José ha tenido un pues­to relevante en la vida y espiritualidad de san Daniel Comboni, gran misionero y fundador de los institutos de las Misio­neras y los Misioneros Combonianos. A través de sus escritos, podemos percibir cómo el esposo de María y padre adopti­vo de Jesús fue siempre un referente en su vida y en su obra misionera. A él acu­dió siempre para confiarle, no sólo las necesidades materiales de su vicariato, sino sus preocupaciones y dificultades.

Es muy probable que la devoción de Comboni por san José comenzara en su infancia, viendo en su propio pa­dre, Luigi Comboni, un reflejo del esposo de María. Comboni nació en el seno de una familia humil­de de campesinos en Limone sul Garda, un pequeño pueblo a orillas del lago de Garda, al norte de Italia. Fue el único hijo sobreviviente de un total de ocho que tuvieron sus padres. Las dificultades económicas y los esfuer­zos de su padre por sacar a la familia adelante dejaron sin duda una huella profun­da en el que sería después el gran evangelizador de África Central.

Ahí descubre unas imágenes que don Mazza había colo­cado en la capilla dedicada a san Carlos con la intención de in­fundir en sus alumnos la devoción por la Sagrada Familia. Junto a una imagen del Sagrado Corazón de Je­sús y otra del Corazón Inmaculado de María, se encontraba la imagen de san José. Estas tres imágenes debieron quedar grabadas en su memoria, porque en muchas de las numerosas cartas que Comboni es­cribió a lo largo de su vida hizo re­ferencia a san José y a los Sagrados Corazones de Jesús y de María.

Cuando el 8 de diciembre de 1870 el papa Pío IX proclama a san José como Patrón de la Iglesia universal, Comboni ve reforzada su devoción por este santo y co­mienza a venerarlo también como «protector de la Iglesia católica y de la Nigrizia». Esto se puede ver claramente en una carta dirigida al padre Sem­bianti, el rector de sus seminarios en Verona, en la que hace referencia a dos pequeños opúsculos sobre el Sagrado Corazón y sobre san José, que quiere recomendar a todos sus misioneros y misioneras. En dicha carta afirma: «desearía que cada misionero y cada hermana de Áfri­ca Central tuviera estos dos estu­pendos libros y se familiarizara bien con ellos para conocer bien las riquezas del Corazón de Jesucristo y la poesía de las grandezas de san José. Estos dos tesoros, unidos a la fervorosa devoción a la gran Madre de Dios e inmaculada esposa del gran Patrón de la Iglesia universal y de la Nigrizia, son un talismán se­guro para quien, ocupado en los in­tereses de las almas en África Cen­tral, ha de relacionarse con gente de ambos sexos en estos países, pues dan el coraje y encienden la caridad de tratarlas familiarmente y con desenvoltura para convertir­las a Cristo y a la Virgen».

Por otra parte, la devoción de Comboni por san José siempre va unida a la de los Sagrados Cora­zones de Jesús y de María. Su fe y confianza en lo que él llama la «triada santísima» o «los tres obje­tos de nuestro amor», serán el prin­cipal sustento espiritual en el que se apoyará en todo momento. Así lo expresaba, por ejemplo, en otra carta al padre Sembianti: «Al niño Jesús (que nunca se hace viejo), a su madre, la Reina de la Nigrizia, y a mi querido ecónomo san José (que no muere nunca, ni jamás da en quiebra, sino que sabe adminis­trar bien y con mucho juicio, y es un perfecto cumplidor), a estos tres queridos objetos de nuestro amor les voy a hacer una novena, para obtener la gracia de que antes de la fiesta de los desposorios de la San­tísima Virgen, o para ese santo día, el querido padre Sembianti esté instalado en su importante cargo de rector de los Institutos Africanos de Verana. San José, que es el pa­radigma del hombre bueno, nunca me ha negado ninguna gracia tem­poral; pero unido a Jesús y María, forma una tríada santísima que sin duda habrá de conceder esta gracia espiritual que pido».

San José y la Providencia

En esta carta se puede percibir también otra de las características de la devoción de Comboni hacia san José, a quien considera como «su ecónomo» y al que no duda en acudir particularmente en lo que concierne las inmensas necesidades económicas de su obra. Debido a su origen humilde y a la formación recibida en el Instituto Mazza, Comboni tuvo siempre claro que estaba en manos de la Providencia divina. Incluso en los momentos de mayor dificultad, no dejó de po­nerse en manos de la que él define como «fuente de caridad para los desdichados y protectora siempre de la inocencia y la justicia».

En una carta dirigida al carde­nal Juan Simeoni, entonces prefec­to de la Congregación para la Pro­pagación de la Fe, se expresaba en estos términos: «Pero como siem­pre se debe confiar únicamente en Dios y en su gracia, pues quien con­fía en sí mismo, confía (con perdón) en el mayor asno de este mundo, y considerando que las obras de Dios nacen siempre al pie del Calvario y que deben ser marcadas con el adorable sello de la cruz, he pensado abandonarme en brazos de la divina Pro­videncia, que es fuente de caridad para los desdicha­dos y protectora siempre de la inocencia y la justicia».

Este convencimiento de que la Providencia nunca le abandona, unida a su devoción por san José, hacen que desde el principio de su misión haya declarado a san José como el ecónomo de su obra, no dudando nunca de él. Así de claro lo expresa al cardenal Alejandro Franchi en 1876: «¿Cómo se podrá dudar jamás de la Providencia divi­na, ni del solícito ecónomo san José, que en sólo ocho años y medio, y en tiempos tan calamitosos y difíciles, me ha mandado más de un millón de francos para fundar y poner en marcha la obra de la redención de la Nigrizia en Verona, en Egipto y en el África interior? Los medios económicos y materiales para sos­tener la misión son la última de mis preocupaciones. Basta con rogar».

Y en otra carta dirigida a mon­señor Jerónimo Verzieri, obispo de Brecia, dice: «Le aseguro, mon­señor, que el banco de san José es más sólido que todos los bancos de Rothschild. De este modo, sin en­contrarme con un sólo céntimo de deuda, este estupendo ecónomo mantiene para la Nigrizia dos casas en Verona, dos en El Cairo, dos en Jartum y dos en El-Obeid, la capital del Kordofán, que tiene más de cien mil habitantes, y donde por prime­ra vez se celebró misa y se adoró a Jesucristo en 1872».

De estas cartas y de otras mu­chas, se desprende también la familiaridad con la que Comboni se dirige a san José, una fami­liaridad que no quita un ápice la devoción y el respeto que siente por su santo protector, pero que es también muestra de la gran confianza que tiene puesta en él. Así hablaba de él en otra de sus cartas: «Además he llamado al orden a mi ecónomo san José, y amenazándolo con dirigirme a su mujer si él no me hace caso, le he exigido que en el plazo de un año, a contar desde el pasado 12 de mayo, equilibre mi presu­puesto; pero no al estilo de Lan­za, Sella y Minghetti, o del actual ministro de economía italiano, Semits Doda; sino el verdadero equilibrio presupuestario; de lo contrario voy a su mujer».

Particularmente, es en los mo­mentos de carestía y dificultad que Comboni muestra su mayor confianza en san José. Durante la hambruna que padeció Sudán en 1878, Daniel Comboni escribe al cardenal Juan Simeoni contándole lo caro que está todo, en particular el pan y el agua, y cómo confía en que san José le ayudará a salir ade­lante: «En las barbas de san José hay miles y millones; y yo lo tengo tan atosigado y he hecho some­terlo a tal acoso de oraciones, que estoy segurísimo de que la crítica situación actual de África Central se trocará dentro de no mucho en prosperidad. El tiempo y las desdi­chas pasan, nosotros nos hacemos viejos; pero san José es siempre jo­ven, tiene siempre buen corazón e intención recta, y ama siempre a su Jesús y los intereses de su gloria. Y la conversión de África Central re­presenta un interés grande y per­manente para la gloria de Jesús».

Aquí se ve otro aspecto de la de­voción de Comboni hacia san José. Según él, José «ama siempre a su Je­sús y los intereses de su gloria». José es ese padre que siente que su hijo es parte de él, los intereses y deseos de su hijo se convierten en sus pro­pios intereses y deseos; y si Jesús quiere la conversión de África Cen­tral, san José hará todo lo posible porque ese deseo se cumpla. No es una paternidad física, pero sí espi­ritual y de corazón. El amor de José por su hijo Jesús se convierte en un amor paternal de José hacia toda la humanidad, por la que Jesús dio su vida en un acto supremo de amor. Así lo ve y así lo vive Comboni.

Fiel hasta el final

Pero, ¿de dónde puede venirle a Comboni esta devoción tan mar­cada por san José? iES sólo una pía devoción espiritual que nació con aquella imagen en la capilla del instituto de Don Mazza o hay otra razón? Si nos fijamos en la persona­lidad de Comboni, en su carácter, en su frenética actividad en los pocos años que tuvo de vida, sus via­jes, sus cartas, o en su obsesión por la conversión de África, diríamos con razón que poco tiene en común con el esposo de María, un hombre sencillo, humilde, del que apenas se habla en los Evangelios. Tiene que haber algo más en san José que llamó la atención de Comboni: ese algo es, posiblemente, su humildad y su fidelidad a Dios.

José no fue un gran personaje en la aldea de Nazaret, no tuvo ningún rango importante en la sociedad judía de entonces; no fue profeta ni sacerdote, no destacó en nada; fue un simple car­pintero que aceptó con fe el proyecto que Dios le pro­puso, y lo hizo de manera humilde y sencilla, desde el silencio y la discreción, pero con una fidelidad absoluta y una enorme confian­za en Dios. ¿Cómo si no hubiera podido acoger en su casa a María cuando ya estaba encinta por obra del Espí­ritu Santo? Visto de esta manera, po­demos afirmar que las figuras de san José y Comboni se asemejan; en la fidelidad a ese proyecto de Dios para sus vidas, una fidelidad que va más allá de los miedos, de las posibles críticas, de cualquier dificultad. Una confianza que va hasta el final. Comboni aceptó la misión que Dios le había encomen­dado y nunca dudó de ella, ni si­quiera en los peores momentos de dificultad o de incomprensión. Fue siempre adelante. Es más, fue en esos momentos de dificultad cuan­do se encomendó de manera parti­cular a san José.

San José, modelo en la vocación del hermano misionero

No podemos dejar de hacer una referencia a san José como modelo en la vocación del hermano misionero. Comboni quiso tener entre sus misioneros a hombres consa­grados que, sin ser sacerdotes, reali­zaran tareas tan importantes como la construcción, la agricultura, la medicina, etcétera. De hecho, en sus escritos y en las reglas de su Ins­tituto, se contempla esta figura de misionero. En una carta dirigida al padre Amoldo Janssen, fundador de los Misioneros del Verbo Divino, Comboni llega incluso a admitir que los hermanos tienen más relevancia en el apostolado que los propios sa­cerdotes: «En África Central los her­manos artesanos bien preparados contribuyen a nuestro apostolado en mayor medida que los sacerdotes a la conversión, porque los alumnos negros y los neófitos (la mayor par­te de los cuales, ya sea para apren­der el oficio o para trabajar, han de permanecer un espacio de tiempo bastante largo con los «maestros» y los «expertos», quienes, con las pa­labras y con el ejemplo son verda­deros apóstoles para sus alumnos) están con los hermanos laicos, y los observan y escuchan más de lo que
pueden observar y escuchar a los sacerdotes».

La labor de los hermanos en la misión, centrada en el trabajo material y profesional, es fun­damental para el éxito de la evange­lización. Su presen­cia es más discreta que la del sacerdote, pero no menos eficaz. Quizás por eso y por ser el santo un carpintero, un hombre de trabajos prácti­cos, san José ha sido siem­pre un modelo para los hermanos, que ven en él un ejemplo de humildad, servi­cio y fidelidad.

Hoy en día, seminarios, escue­las, hospitales, centros de formación, parroquias, y un sinfín de centros asistenciales que la Iglesia católi­ca tiene por todo el mundo, llevan el nombre de san José, patrón de la Iglesia universal y padre y protector de toda la humanidad. La decisión del papa Francisco de dedicarle este año es una magnífica oportunidad que se nos presenta a los cristianos -y en particular a los misioneros ­para que descubramos la profundi­dad y la importancia de este hombre que, de manera humilde y fiel cam­bió el curso de nuestra historia.

P. Ismael Piñón, mccj

Fuente: Esquila Misional, marzo 2021

Primer viaje del Papa León XIV a África

El viaje del Papa León XIV a África tendrá lugar del 13 al 23 de abril de 2026. El pontífice aceptó la invitación de los gobiernos y líderes eclesiásticos de Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial para su primera visita papal al continente. El Papa ya conocía muy bien África, pues la había recorrido de norte a sur antes de su pontificado, cuando el Papa Francisco lo nombró Prefecto del Dicasterio para los Obispos.

Aunque aún no se conocen los detalles del viaje, el Vaticano ya ha anunciado que el Papa León visitará Argel y Annaba en Argelia (del 13 al 15 de abril); Yaundé, Bamenda y Douala en Camerún (del 15 al 18 de abril); Luanda, Muxima y Saurimo en Angola (del 18 al 21 de abril); Malabo, Mongomo y Bata en Guinea Ecuatorial (del 21 al 23 de abril).

Según los medios de comunicación del Vaticano, el viaje representa un acontecimiento de gran valor pastoral y simbólico, destinado a fortalecer los  lazos entre la Santa Sede y las Iglesias africanas , en un continente que hoy representa una de las realidades más dinámicas y en desarrollo del catolicismo mundial, donde el 20% de la población está bautizada.

Argelia  lo llevará  tras los pasos de San Agustín , fundador de la orden agustiniana , a la que pertenece el Papa Prevost. «Espero ir a Argelia para visitar los lugares de San Agustín, pero también para continuar el diálogo y tender puentes entre el mundo cristiano y el musulmán», declaró el Papa León XIII en una entrevista concedida durante el vuelo de regreso de su viaje al Líbano a principios de noviembre.

«Al visitar esta tierra como «apóstol de la paz»», dijeron los obispos de Argelia, «donde celebramos el trigésimo aniversario del martirio de los monjes de Tibhirine, el Papa trae, junto con el mensaje de Cristo, un estímulo para que, más allá de cualquier fricción pasada o presente, relaciones difíciles o malentendidos, podamos ante todo imbuirnos de un sincero deseo de vivir juntos en paz».

Tras el anuncio de la visita del Papa a  Angola , el presidente João Lourenço declaró: «Esperamos que la visita del Santo Padre sea una oportunidad para redescubrir los valores que han forjado al pueblo angoleño y compartirlos con las diferentes comunidades que viven y trabajan en todo el mundo».

Por su parte, el nuncio católico en  Camerún , monseñor Evelino Bettencourt, declaró: «En un contexto de constantes desafíos políticos y de seguridad, consideramos la visita del Papa a Camerún un signo de esperanza para la Iglesia y para los cameruneses». Añadió que el gobierno está trabajando para garantizar el éxito de esta visita, que «tendrá como objetivo fortalecer la fe de los católicos cameruneses, promover la paz y colaborar para abordar la crisis humanitaria del país».

Tras anunciar que la última visita papal a  Guinea Ecuatorial  tuvo lugar hace 44 años, cuando Juan Pablo II fue el único papa que pisó el país, Juan Domingo-Beka Esono Ayang, obispo de Mongomo y presidente de la Conferencia Episcopal, declaró que será una ocasión de gracia y alegría para todos.

Mientras tanto, el presidente Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, de 83 años y en el poder ininterrumpidamente desde 1979, comentó: «Guinea Ecuatorial está preparada para recibir al Santo Padre, garantizándole una bienvenida entusiasta como siempre lo hace con las grandes personalidades que visitan el país».

Nigrizia

La Familia Comboniana

Comenzamos hoy una serie de publicaciones muy especiales. Queremos que nos conozcáis un poco mejor como Familia Comboniana, descubriendo la riqueza y la identidad propia de cada una de nuestras ramas.

¡Acompáñanos en este recorrido por nuestro carisma y misión!

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La Familia Comboniana es una comunidad de personas que nace en torno a la figura de un misionero, San Daniel Comboni. Un hombre nacido hace casi dos siglos, el 15 de marzo de 1831, en un pequeño pueblecito a orillas del lago de Garda, Limone.

Desde Limone sul Garda, Daniel partió para estudiar en Verona, en el Instituto de Don Mazza, y para comprender, con una visión de futuro aún no apagada, cómo un continente lejano, como África, tenía la necesidad de emprender un camino que partiera de sí mismo, de su gente, desde entonces y aún hoy, saqueada de sus riquezas naturales y humanas.

Daniel invocaba entonces una misión y una Iglesia capaces de unir fuerzas para salvarse, con la salvación de África, de sus pueblos y, por tanto, de sí misma. El mismo anhelo que mueve hoy a la Familia Comboniana.

En ese Plan para la regeneración de África, que Comboni, por una intuición carismática, comienza a soñar a los pies de la tumba de San Pedro, el 15 de septiembre de 1864, se dibuja un mundo diferente, que se resume en un lema: «Salvar África con África». Un lema que sueña con convertir a las personas en protagonistas de su presente y su futuro, a partir de las realidades cotidianas en las que viven, de las esclavitudes antiguas y modernas que les son impuestas por una riqueza occidental cada vez más ávida y madrastra.

Comboni sabe que la primera herramienta para la salvación es la educación y se dedica ante todo a la formación de maestros y artesanos, así como de catequistas, religiosas y sacerdotes, para que cada persona, dentro de su propia comunidad, encuentre su manera de vivir el Evangelio, la cercanía y el compartir.

Así nace el embrión de un movimiento misionero que reúne a religiosos y laicos, hombres y mujeres, autóctonos y no autóctonos, capaces de compartir necesidades e intereses, en la complementariedad de un objetivo que parte de la conciencia de que cada persona se salva si todos se salvan, que cada persona puede llegar a ser lo que es si los demás tienen la misma posibilidad.

Un proyecto de humanidad que no se limita al continente africano, sino que extiende su huella a toda Europa, que debe conocer esa tierra entonces lejana y contribuir a la salvación. Comprendiendo la importancia no solo de la formación, sino también de la información, Comboni piensa en una revista: «Gli Annali del Buon Pastore» (Los Anales del Buen Pastor).

Es una época lejana, la de Daniel, una época de trata de esclavos, de grandes discriminaciones basadas en el color y en las diferencias religiosas. Por eso, Comboni comprendía la necesidad de unir los mundos del saber de entonces, el mundo civil, cultural y político, tendidos hacia una causa común. Su sueño transcendió el tiempo, su sueño sigue siendo actual, no solo porque se ha cumplido la frase que él mismo pronunció: «Yo muero, pero mi obra no morirá», sino porque aún hoy vivimos una época de esclavitud y de pensamientos de supremacía.

La obra de Daniel vio nacer los institutos religiosos de las Hermanas y los Misioneros Combonianos y, en tiempos más recientes, las Misioneras Seculares Combonianas y las Laicas y Laicos Misioneros Combonianos. Así, el anhelo «Si tuviera mil vidas, las daría todas por la misión» ha seguido manifestándose a lo largo del tiempo, en las vidas de quienes han elegido continuar el Plan, traducirlo en el camino de una familia, la Familia Comboniana.

Hombres y mujeres capaces de ampliar los horizontes geográficos de ese sueño, abriéndose a servir a los más pobres y abandonados que decía Comboni, presentes tanto en África como también en Europa, América y Asia; en esos lugares fronterizos, en las periferias de un mundo global que se declina como Casa común, esa Casa que la Familia Comboniana habita en cada lugar donde vive su cotidianidad.

Os presentamos, pues, nuestra Familia, una Familia que sigue las huellas de San Daniel Comboni, con la esperanza de que queráis formar parte de un conjunto de personas que va más allá de estar físicamente en el mismo lugar haciendo las mismas cosas, lo que significa compartir y acoger mutuamente la riqueza que reside en la singularidad de cada persona, donde la diversidad del otro se convierte en un don que nos ayuda a comprender mejor nuestra propia identidad…

Buenas noticias 4º Domingo de Cuaresma 15/03/2026

Juan 9,1-41

Fue, se lavó, y volvió con vista

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. [Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quien pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»

Dicho esto,] escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado.» Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es él, pero se le parece.» Él respondía: «Soy yo.»

[Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?» Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.» Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contestó: «No sé.»]

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.» Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta.»

[Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: «Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.» Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»

Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo: ¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?» Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.» Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»]

Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús les dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.» Él dijo: «Creo, señor.» Y se postró ante él.

[Jesús añadió: «Para un juicio he venido ya a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.» Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»]


TESTIGO DE LA VERDAD

Hay un rasgo que define a Jesús y configura toda su actuación: su voluntad de vivir en la verdad. Es sorprendente su decisión de vivir en la realidad, sin engañarse ni engañar a nadie. No es frecuente en la historia encontrarse con un hombre así. Jesús no solo dice la verdad. Cree en la verdad y la busca. Está convencido de que la verdad humaniza a todos.

Por eso no tolera la mentira o el encubrimiento. No soporta la tergiversación o las manipulaciones. No hay en él atisbos de disimular la verdad o de convertirla en propaganda. Su honradez con la realidad le hace libre para decir toda la verdad. Jesús se convertirá en «voz de los sin voz, y voz contra los que tienen demasiada voz» (Jon Sobrino).

Jesús va siempre al fondo de las cosas. Habla con autoridad porque habla desde la verdad. No necesita falsos autoritarismos. Habla con convicción, pero sin dogmatismos. No necesita presionar a nadie. Basta su verdad. No grita contra los ignorantes, sino contra los que falsean interesadamente la verdad para actuar de manera injusta.

Jesús invita a buscar la verdad. No habla como los fanáticos, que la imponen, ni como los funcionarios, que la «defienden» por obligación. Dice las cosas con absoluta sencillez y soberanía. Lo que dice y hace es diáfano y fácil de entender. La gente lo percibe enseguida. En contacto con Jesús, cada cual se encuentra consigo mismo y con lo mejor que hay en él. Jesús nos lleva a nuestra propia verdad.

Cuando este hombre habla de un Dios que quiere una vida digna para los más desgraciados e indefensos, se hace creíble. Su palabra no es la de un farsante interesado por su propia causa. Tampoco la de un religioso piadoso en busca de su bienestar espiritual. Es la palabra de quien trae la verdad de Dios para quienes la quieran acoger.

Según el cuarto evangelio, Jesús dice: «Yo he venido a este mundo para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Es así. Cuando reconocemos nuestra ceguera y acogemos su evangelio, comenzamos a ver la verdad.

José Antonio Pagola