Buenas noticias. Domingo 17 T.O. 26/07/2026

Mateo 13,44-52

Vende todo lo que tiene y compra el campo

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

[El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí.» Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»]

BUSCAR A DIOS

Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que, movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar «algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?

Sin duda, cada uno ha de partir de su propia experiencia. No hay que copiar a otros. No hay que hacer nada forzado ni postizo. Cada uno conoce sus propios deseos y miserias, sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su «necesidad» de Dios. Su voz no calla nunca. No grita con los labios, pero nos susurra al corazón.

Por eso precisamente no basta buscar a Dios por fuera: en los libros, las discusiones o el debate. Una cosa es «discutir de religión» y otra muy distinta buscar a Dios con sincero corazón. Uno mismo se da cuenta cuándo está huyendo de Dios y cuándo lo está buscando de verdad. San Agustín decía así: «No te desparrames. Concéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior».

Buscar a Dios exige esfuerzo, pero encontrarse con él no es nunca resultado de un voluntarismo fanático ni de una ascesis crispada. Dios es un regalo, y lo importante es acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la reflexión de la vieja priora en el Diálogo de carmelitas de Georges Bernanos: «Una vez salidos de la infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como solo después de una larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He vuelto yo a ser de nuevo niño?».

No es lo más acertado buscar a Dios apoyándonos solo en las propias intuiciones. Hay muchas formas de engañarse o de andar dando vueltas sobre uno mismo, sobre nuestros sentimientos e ideas. Por eso es mejor compartir y contrastar la propia experiencia con alguien que nos pueda guiar desde su vivencia de Dios. Ese mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para seguir buscándolo.

En su parábola del «tesoro escondido en el campo», Jesús habla del hombre que, «lleno de alegría», vende todo lo que tiene por hacerse con el tesoro. Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y paz, porque la persona comienza a descubrir dónde está la verdadera felicidad. Recordemos a san Agustín: «Solo lo que hace bueno al hombre puede hacerlo feliz».

José Antonio Pagola

A 41 años del martirio del P. Ezequiel Ramin: una vida entregada por la justicia y la paz

Cada 24 de julio la Familia Comboniana recordamos con gratitud y esperanza el testimonio del P. Ezequiel Ramin, misionero comboniano asesinado en Brasil en 1985 mientras acompañaba a los pueblos indígenas y a los pequeños agricultores en la defensa de su dignidad y de su derecho a la tierra. Su vida y su muerte siguen siendo un signo profético para la Iglesia y para todos los que creen que el Evangelio se hace visible cuando se camina junto a los más vulnerables.

San Juan Pablo II lo definió como un «mártir de la caridad», reconociendo que entregó su vida por amor a los más pobres. Hoy su causa de beatificación continúa su camino y su memoria permanece viva entre las comunidades amazónicas, especialmente entre los pueblos indígenas, los campesinos y quienes siguen trabajando por una sociedad más justa.

Más de cuatro décadas después, el testimonio del P. Ezequiel Ramin conserva una enorme actualidad. La Amazonía continúa enfrentándose a amenazas derivadas de la explotación intensiva de los recursos naturales, el acaparamiento de tierras y la vulneración de los derechos de los pueblos originarios. Su vida nos recuerda que la misión no puede separarse de la defensa de la dignidad humana, de la justicia, de la paz y del cuidado de la Casa Común.

Como Laicos Misioneros Combonianos, hacemos memoria agradecida de este hermano que supo vivir hasta las últimas consecuencias el carisma de san Daniel Comboni: estar al lado de los pueblos olvidados y anunciar el Reino con la propia vida.

Que el ejemplo del P. Ezequiel Ramin nos impulse a seguir construyendo comunidades comprometidas con la justicia, la reconciliación y la esperanza, convencidos de que el Evangelio sigue siendo una fuerza transformadora allí donde las personas son despojadas de sus derechos y de su dignidad.

CUADERNOS DE CRISTIANISMO Y JUSTICIA EN AUDIOLIBROS

Desde nuestro blog compartimos una interesante iniciativa de Cristianismo y Justicia que facilita el acceso a sus publicaciones desde nuevos formatos. Se trata de CJ en voz alta, un proyecto que pone a disposición de todas las personas sus cuadernos en formato audiolibro, disponibles tanto en Spotify como en YouTube.

CJ en voz alta en Spotify

CJ en Voz Alta en Youtube

Con esta propuesta, Cristianismo y Justicia busca acercar la reflexión, el pensamiento crítico y el compromiso social a quienes, por el ritmo del día a día, encuentran difícil dedicar tiempo a la lectura. Ahora es posible escuchar sus publicaciones mientras se camina, se viaja o se realizan otras actividades cotidianas, haciendo que sus contenidos sean más accesibles y fáciles de integrar en la vida diaria.

Además, el proyecto irá incorporando nuevos títulos de forma periódica, por lo que merece la pena seguir sus canales para estar al tanto de las próximas publicaciones.

Una iniciativa que amplía las formas de acercarse a unos materiales que invitan a profundizar en cuestiones sociales, éticas y de fe desde una mirada comprometida.

Si aún no los conoces, te animamos a descubrir CJ en voz alta y compartir esta propuesta con todas aquellas personas que puedan encontrar en ella una herramienta útil para seguir formándose y reflexionando.

La lucha contra la corrupción en África: un imperativo ético, moral y cristiano

En África, la corrupción agrava la pobreza, acentúa la desigualdad y limita el acceso de la población a bienes y servicios esenciales, impidiendo la mejora de las condiciones de vida de la mayoría. Este fenómeno debe entenderse como una crisis estructural, ética y espiritual que exige una profunda transformación de las personas, las instituciones y la cultura social. El autor, el padre Endjegandeyo-Yepoussa Fugain Dreyfus [ en el centro de la foto ], misionero comboniano de la República Centroafricana, resume aquí su tesis de maestría en Teología Moral sobre este tema, defendida en la Universidad Loyola de Granada, España.

La corrupción es uno de los principales obstáculos para el desarrollo humano, social, político e institucional en África. No se trata simplemente de un problema legal o administrativo, sino de una realidad estructural que impacta directamente la vida cotidiana de millones de personas. Sus efectos se manifiestan en el deterioro de los servicios públicos, la desigualdad en el acceso a la educación, la salud, la justicia y el empleo, así como en el aumento de la pobreza y la exclusión social. Además, debilita la confianza en las instituciones y erosiona la cohesión de la vida comunitaria.

La gravedad del fenómeno radica también en su normalización. En muchos contextos africanos, la corrupción ha dejado de percibirse como una desviación excepcional y se ha convertido en una práctica común, incluso útil, para resolver problemas cotidianos. Esta aceptación social es particularmente preocupante, ya que reduce la sensibilidad moral ante la injusticia y socava el ideal del bien común. Cuando la corrupción se arraiga en las costumbres y los mecanismos informales de relación, deja de ser vista como una amenaza y comienza a reproducirse como parte del funcionamiento ordinario de la sociedad.

Desde esta perspectiva, la corrupción no puede entenderse simplemente como la suma de actos individuales. Se manifiesta como un fenómeno complejo y multidimensional. En el ámbito político, surge cuando quienes detentan el poder lo utilizan para favorecer intereses particulares, manipular procesos democráticos o consolidar redes clientelistas. En el plano económico y administrativo, se manifiesta a través de la malversación de fondos, los sobornos, la venta de cargos y el uso indebido de recursos públicos. En la vida social, adopta formas más cotidianas, como pagos no declarados o favores solicitados para acceder a derechos fundamentales. A esto se suma una dimensión moral y espiritual, visible cuando se socavan valores como la honestidad, la justicia y la responsabilidad, e incluso cuando estas prácticas penetran en instituciones que supuestamente promueven la integridad.

Las causas de esta situación son diversas y están profundamente interrelacionadas. La pobreza es un factor importante, ya que en contextos de extrema pobreza, algunas personas recurren a prácticas corruptas como estrategia de supervivencia. A esto se suman la debilidad de las instituciones judiciales y políticas, la falta de transparencia, la insuficiencia de los mecanismos de supervisión y la persistencia de lealtades particularistas que anteponen los intereses del clan, la familia o el grupo a las exigencias de la justicia. Sin embargo, uno de los factores más cruciales es la trivialización moral de la corrupción. Cuando una sociedad deja de percibirla como un mal, resulta mucho más difícil combatirla eficazmente.

Las consecuencias de este fenómeno son profundas. Social y económicamente, la corrupción agrava la pobreza, acentúa la desigualdad y limita el acceso de la población a bienes y servicios esenciales. Recursos que deberían destinarse al bienestar colectivo son confiscados ilegalmente, impidiendo así la mejora de las condiciones de vida de la mayoría. Esta situación afecta particularmente a los sectores más vulnerables y perpetúa una lógica de exclusión que se transmite de generación en generación. En algunos casos, también fomenta la apropiación injusta de tierras y recursos naturales, provocando conflictos sociales y desplazamientos de población.

En los ámbitos político e institucional, la corrupción genera una crisis de legitimidad. Los ciudadanos pierden la fe en el Estado, en la justicia y en los procedimientos democráticos, al percibir que las instituciones no sirven al interés general. Esto consolida redes de impunidad, fortalece prácticas autoritarias y debilita la participación ciudadana. Cuando la gente cree que denunciar asuntos no sirve para nada o que votar no cambia nada, la democracia se va desprovista progresivamente de sentido. La corrupción no solo distorsiona el funcionamiento institucional, sino que desfigura la idea misma de la política como servicio.

En el plano moral y cultural, las consecuencias son igualmente graves. La constante repetición de prácticas corruptas termina por alterar el conjunto de valores de la sociedad. La honestidad puede percibirse como ingenuidad, mientras que el engaño o el beneficio personal se consideran signos de habilidad. Esta inversión moral erosiona la confianza entre las personas, debilita la solidaridad y destruye el sentido de comunidad. La corrupción deja entonces de ser simplemente una cuestión de normas y sanciones para convertirse en una profunda crisis de conciencia.

Ante esta realidad, la respuesta no puede limitarse a reformas legales o mecanismos de supervisión externa. Si bien estas medidas son necesarias, resultan insuficientes si no van acompañadas de una transformación ética y espiritual. La lucha contra la corrupción exige recuperar los valores de justicia, bien común, responsabilidad y dignidad humana. En este sentido, la renovación de las estructuras debe ir de la mano de la renovación de las conciencias. Sin una sólida formación moral, las leyes pueden existir, pero su eficacia siempre será frágil y limitada.

La reflexión bíblica y teológica ofrece un fundamento importante para esta renovación. La corrupción se presenta como una grave ofensa contra la justicia y la dignidad de las personas, especialmente de las más pobres. La tradición profética denuncia enérgicamente toda forma de manipulación de la ley y explotación de los débiles. Asimismo, el mensaje de Jesús rechaza la hipocresía, el abuso religioso y la explotación del poder. La fe es inseparable de la exigencia de justicia. Desde esta perspectiva, la corrupción no es solo una falla administrativa, sino también un pecado social que perjudica a toda la comunidad y compromete el futuro colectivo.

En este contexto, la Iglesia está llamada a desempeñar un papel profético y pedagógico. Su misión consiste no solo en denunciar públicamente las injusticias, sino también en formar conciencias responsables, promover una cultura de integridad y colaborar con la sociedad civil en la defensa del bien común. Sin embargo, esta tarea requiere coherencia interna. La promoción de la transparencia, la honestidad y la rendición de cuentas debe comenzar en las propias estructuras eclesiales, para que su testimonio sea creíble y eficaz.

Por lo tanto, superar la corrupción requiere una acción conjunta y constante. Es fundamental educar a los niños en valores éticos desde temprana edad, fortalecer la formación moral de los líderes políticos y religiosos, consolidar instituciones transparentes y promover una ciudadanía activa que se niegue a resignarse ante la injusticia. Solo mediante esta convergencia de educación, compromiso moral, reforma institucional y responsabilidad social será posible construir sociedades más justas, más solidarias y más respetuosas.

En conclusión, la corrupción en África debe entenderse como una crisis estructural, ética y espiritual que no puede resolverse únicamente mediante controles externos o reformas legales. Su erradicación exige una profunda transformación de las personas, las instituciones y la cultura social. Recuperar el sentido de la justicia, el bien común y la responsabilidad colectiva es, por tanto, un requisito indispensable para abrir un horizonte de desarrollo auténtico, coexistencia democrática y esperanza para el continente africano.

Padre Endjegandeyo-Yepoussa Fugain Dreyfus, MCCJ

Buenas noticias Domingo 16º T.O. 19/07/2026

Mateo 13,24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho.» Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: ‘Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.'»»

[Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»

Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.»

Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.» Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.» Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»]

FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA

Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerles en guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.

A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa. El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.

Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos, animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las mezquindades más inconfesables.

A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya actuando, pero al modo de un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que germina con humildad, o como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.

Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.

El reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad más digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.

José Antonio Pagola