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Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


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Mis primeras experiencias en RCA

Me siento uno de los herederos de la Visión profética de San Daniel Comboni de «Salvar a África a través de África», cuya visión se ha intensificado hoy en día con un África que salva al mundo.El Señor nos dice: «Como el Padre me envió, así os envío yo» (Jn 20,21).

Era una mañana de domingo que prometía uno de esos hermosos días del 15 de marzo, cuando llegué con mi equipaje a esta tierra de misión, las tierras de la República Centroafricana, no tendría palabras adecuadas para expresar lo que sentía en lo más profundo de mi ser en esos momentos. Llegué a Bangui, después de un largo período de formación incluyendo la experiencia comunitaria en Kinshasa. Fue para mí un momento de emoción en el corazón, por un lado la alegría de la misión, por otro el dolor de la separación porque detrás de mí dejé el país que me vio nacer, la tierra de mis antepasados, mi familia, mi trabajo, mi comunidad, mis amigos, etc… Todavía podía recordar el último cara a cara con mi padre en la víspera de mi viaje y esa mañana en el aeropuerto con mi madre que me acompañó junto con el capellán de los LMC en Congo, el Padre Celestine Ngore y nuestro coordinador LMC de Kinshasa el Sr. Gerald Kambaji.

Ahora sabía que pertenecía a una nueva familia, una nueva tierra me había adoptado y estaba feliz de saber que el Señor me esperaba, aquí en la RCA, y que tendría nuevos hermanos y hermanas.

Inicio de la aventura

Tan pronto como llegué a Bangui, fui bien recibido por el Padre Claude-Bernard mccj, que había venido a recogerme y llevarme a la comunidad donde iba a vivir. Al llegar a la comunidad me presentó el lugar y me informó que tenía que pasar 14 días en cuarentena para observar si tenía signos del coronavirus. Fue entonces cuando me di cuenta de que había llegado a Bangui en un momento marcado por la pandemia de covid-19. Ha sido un momento especialmente difícil para la delegación comboniana de la RCA porque el primer caso de covid-19 en el país fue el de un padre misionero comboniano que dio positivo tras su regreso de Italia y todos los cohermanos que estuvieron en contacto físico con él cuando regresó a Bangui fueron puestos en cuarentena durante 15 días para ver si también ellos habían sido infectados.

En este contexto, el Estado había adoptado medidas preventivas para limitar los riesgos de contagio en un país en el que existen pocas estructuras sanitarias equipadas capaces de gestionar esta pandemia a gran escala. Así que cada persona que llega a la República Centroafricana, tiene que pasar dos semanas en cuarentena como tiempo de observación. Fue en este contexto que pasé mis primeros 15 días en cuarentena. Al principio fueron tiempos difíciles para mí, momentos de soledad en una habitación que apenas conocía. Aunque estaba físicamente solo, me sentía junto a miles de personas confinadas en el mundo, presos detenidos injustamente en sus celdas, enfermos sin apoyo, marginados obligados a vivir en soledad, y recibía mensajes de apoyo y aliento a través de las redes sociales de todas partes.  Me sentí fortalecido por las palabras de nuestro patrón «las obras de Dios nacen y crecen al pie de la Cruz» y, como esto fue durante Cuaresma, aproveché la oportunidad para entrar en la profundidad de este misterio y presentar mi misión al Señor y pasar un tiempo escuchándolo, y finalmente, como Comboni, di gracias a Jesús por las cruces.

El descubrimiento de Centroáfrica

Después de mi cuarentena no mostré ningún signo de covid-19, finalmente pude salir y entrar en contacto con otros, pero de acuerdo con las reglas de un distanciamiento apropiado. Así que junto con los padres comenzamos los pasos legales para estar en orden con los papeles. Por fin pude descubrir la ciudad de Bangui, pude ver los monumentos en cada rotonda de la ciudad, como el monumento de los Mártires, de la paz, de Bartolomé Boganda y el de Oumar Bongo Odima, por nombrar sólo algunos. Una ciudad rica en cultura. Los árboles estaban cubiertos de polvo porque aquí es la estación seca que dura seis meses. Pude ver y escuchar a los centroafricanos, lo hermoso que fue escuchar este nuevo idioma, hablar con suavidad y belleza un idioma del que también se usan algunas palabras en lingala que hablamos en Kinshasa en casa. A pesar de estas pocas palabras que también se utilizan aquí, me resultó complicado porque no entendía nada de esta lengua que en mi país se llama sango, sango significa sacerdote religioso, mientras que aquí es el nombre de un idioma, así que entendí que tengo que aprenderlo todo, ya que pensé que las cosas iban a ser similares porque la RDC y la RCA son países vecinos y compartimos otras tribus. Llegué a la conclusión de que debía aprender todo sin excepción y que África es una sola, pero que difiere según la cultura de cada país.

En un momento en que el mundo entero está afectado por el coronavirus, las autoridades centroafricanas han decretado una emergencia sanitaria y han invitado a la población a confinarse y han prohibido estrictamente la reunión de más de 15 personas, por lo tanto, han cerrado escuelas, iglesias, bares y cualquier reunión deportiva o de otro tipo. Pero aquí la mayoría de la población no respeta el confinamiento decretado por las autoridades, me doy cuenta de que es difícil para una mayoría de población pobre que vive en la madrugada como decimos aquí. Así que se ven obligados a salir a vender y buscar algo para alimentar a sus familias. Es aquí donde me di cuenta de la gracia del Señor y la protección divina.

En este momento todavía estoy en Bangui para seguir aprendiendo el idioma y cosas útiles para mi misión en Mongoumba. Nuestro Fundador, San Daniel Comboni, pide la formación de personas santas y capaces. En este período de aprendizaje, sigo siendo paciente, abierto y con escucha atenta adopto la actitud de un niño. Les pido que recen por mí, no me olvidaré de hacer lo mismo.

Enoch, LMC


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¡FELIZ ESPERANZA DE RESURRECCIÓN! desde Etiopía

Desde lo más profundo de mí, os deseo que esta Semana, tan diferente, pero plena de oportunidades, os haya ayudado a transformar con esperanza esta realidad que estamos viviendo.

Os preguntaréis por qué os hago esta felicitación una semana más tarde. Tranquilidad, llego a tiempo. En la mayor parte del mundo, el cristianismo se rige por el Calendario Gregoriano, con las fechas que todos conocemos; en Etiopía (junto varios países más) se rigen por el Calendario Juliano, por lo que justo hoy estamos llegando al cénit, al culmen de la Semana Santa: el Domingo de Resurrección. Mientras en el resto de la cristiandad, las mujeres y los hombres se regocijaban con la esperanza que trae la resurrección, en Etiopía seguíamos en recogimiento, pero con la vista puesta en vuestro gozo, y repitiéndonos a nosotros mismos, muy bajito: llegará, confianza que llegará.

Como en el resto del mundo, ha sido una celebración “diferente”: sin presencia del pueblo, a puerta cerrada, pero llevando en nuestra mente y en nuestro corazón a todas y cada una de las personas que debían estar ahí junto a nosotros. Etiopía no se salva de este enemigo invisible que es el virus, así como no se salva del ya conocido también enemigo invisible que es la deshumanización.

 

Por un lado, quería compartir cómo está viviendo este multicultural país las consecuencias de la pandemia. Por una parte, con mucho desconocimiento, puesto que gran parte de la población no tiene acceso real a la información completa que puede venir del exterior, sino más bien, sesgada y parcial. Esto está provocando mucho miedo en la población, ya que nuestra naturaleza humana nos lleva a elegir lo peor y que más dolor puede ocasionar a la gente cuando parcializamos algo. Por supuesto, la situación en el mundo actualmente no es nada halagüeña; pero, si a eso le sumamos la desinformación sobre cómo se propaga, quién lo propaga, cómo empezó, qué medidas hay que tomar, etc., al final la gente vive con miedo. Miedo a la falta absoluta de test, miedo a la falta de recursos médicos en la mayoría del país (que vive en zonas rurales), miedo al extranjero (ya que nos consideran los portadores naturales del virus, aunque llevemos años en Etiopía, lo que está provocando incluso muchas situaciones de racismo contra los no africanos [curioso como la realidad nos sorprende de maneras que ni imaginábamos, verdad?]), miedo a los hospitales y al personal sanitario, miedo a la información y a la desinformación, miedo a la muerte, miedo a que eso sea el final…

Como el dolor de la Madre que ha presenciado la ejecución de su hijo, como el miedo de los discípulos y discípulas de Jesús en Sábado Santo…

Pero la muerte no es el final, y la ESPERANZA (con mayúsculas) viene a recordárnoslo una vez más, a traer luz donde sólo había oscuridad, a ser el ejemplo de que el AMOR y la VERDAD siempre, siempre, siempre triunfan.

Realmente, no quiero dejar pasar esta ocasión sin reflexionar sobre los tiempos que nos están tocando vivir (reflexión que he ido compartiendo ya con algunas personas, pero que traigo aquí de manera más pública, con toda la humildad).

Una de las cosas que han hecho quebrar mi corazón de todo lo que he ido viendo en la lejanía ha sido el hecho de que los entierros se hagan a puerta cerrada, con sólo dos o tres familiares, mientras el resto deben llorar su muerte en una intimidad espiritual que no sana realmente el dolor. Como muchos sabrán, hace menos de dos años perdí a una de las personas que más quería (y quiero) en este mundo; no puedo ni quiero imaginarme el dolor que sentiría si en vez de despedirlo en ese acto tan cercano tuviera que hacerlo en la lejanía, en la soledad de mi habitación, sin poder verlo por última vez y prometerle no olvidarlo nunca. Este hecho será algo que tendremos que analizar en el futuro, si realmente era necesaria tal restricción (mientras se permitieron otra serie de cosas), y sumar más dolor (y en esa cantidad) al ya existente por la muerte. Pero, mientras tanto, no olvidemos nuestra humanidad, y acompañemos con cariño a todo aquel que se haya encontrado en esa situación. Y, cuando esta pesadilla haya terminado, salgamos a darle la dignidad que se merecen estos hijos e hijas de Dios, y el abrazo que necesitan sus familiares o todo aquel que haya llorado por estas pérdidas.

Sin embargo, este hecho tan doloroso también trae a mi mente tantas madres que ni han podido llorar la muerte de sus hijos e hijas, ni jamás lo podrán hacer. Tantas vidas arrebatadas en los pasos fronterizos, en los viajes migratorios, en los conflictos armados, en los enfrentamientos injustificados (es decir, todos).

No sólo traigo a mi corazón estos deseos de forma general, sino particular. Porque, precisamente donde estoy viviendo ahora mismo, los enfrentamiento étnicos se han llevado por delante muchas vidas humanas; la sinrazón ha arrebatado de los brazos de los padres muchas criaturas.

Ahora que, por desgracia, hemos sido testigos de esta doliente situación, tiremos de empatía y traigamos a nuestros corazones las situaciones que arriba os comentaba; no lo analicemos como un número o una foto, sino como un hermano que hemos perdido, una hermana que ya no volverá. Lloremos estas pérdidas, y, lo que es más importante, pongamos todos los medios que tengamos para evitar que se repita.

 

Otra de las realidades que quería traer en esta reflexión es el miedo, como antes mencionaba. A diario vemos situaciones que nos superan, que rebasan nuestra posibilidad de controlarlo todo, y que, por tanto, nos revuelve nuestro mundo entero. Hablo del miedo al virus en si mismo, a la falta de vacuna, a la falta de un tratamiento confirmado; el miedo a no poder defenderse completamente de la infección; el miedo a salir a diario y a contagiarse, o a contagiar a los nuestros; el miedo a cualquier síntoma que nos pueda poner sobre aviso; el miedo a que este virus puede ser incontrolable, ya que no conoce de género, edad, raza o condición.

Seamos fuertes, y tengamos confianza; confianza en Dios, en el ser humano, en nuestro trabajo hacia la cura y la detención, en nuestros profesionales y en nuestro solidaridad como hermanos y hermanas. Que el miedo no nos haga perder el norte, puesto que todos los casos de temor que enumeraba antes pueden no darse, y deben no darse, pero el miedo nos puedo provocar más sufrimiento que el propio virus. El final de la tormenta llegará, y de nosotros y nosotras depende el acelerar el proceso; pero también, en humanizar el proceso. Tras la tormenta, os aseguro que vendrá la calma…

Al menos, tras esta tormenta. Porque hay otras tormentas que provocan el mismo miedo, y que, sin embargo, no parecen tener fin. La “tormenta” del conflicto, que no conoce la calma, y no distingue a la hora de arrasar en su proceso aniquilador: niños, ancianos, … todos caen por igual.

Os hablo desde mi humilde y escasa experiencia, en función de lo que voy viviendo este tiempo aquí.

Cuando el odio se apodera del corazón de las personas, la “tormenta” del conflicto azota con gran fuerza. La gente vive con miedo, con pánico: a salir, a moverse, a ser asaltado por las noches, a trabajar, a no trabajar (y morirse de hambre). Algunos se resisten, y quieren huir del lugar. Y, de nuevo, el miedo; el miedo a no encontrar transporte; a que sea demasiado tarde; a caer en el intento.

¿Cómo se puede vivir con el miedo continuo? A todo se aprende en esta vida, aunque nos destroce por dentro. Y esta gente, y mucha gente, parece no tener más opción que vivir con ese miedo. Hay momentos en los que la tormenta amaina un poco, y el sol se deja entrever; pero no es nunca un cielo despejado, y las nubes siempre están sobrevolando encima de nuestras cabezas, preparadas para descargar en cualquier momento.

Ya que hemos podido dar fe de lo que es vivir con miedo, y este virus ha hecho, sobre todo a una parte de la población, llegar al límite y sentir verdadera angustia, os vuelvo a pedir tirar una vez más de empatía, y recordar que hay gente que vive bajo una “tormenta” continua. Recemos por ellos, tengámoslos presentes; pero también, evitemos que eso se pueda repetir, y pongamos los medios que estén a nuestro alcance para buscar entre todos una solución.

No lo digo de manera abstracta y poética; todos sabemos qué podemos hacer para combatir muchos miedos. Seamos constructores de puentes de esperanza, y en el día a día, optemos siempre por dar esos pequeños pasos que nos acercan, no que nos dividen. No necesito concretar, cada uno, mirándose con sinceridad, y con la ayuda de la Luz de EL que todo lo ilumina, sabe discernir cómo puede contribuir.

 

Celebramos en Etiopía la Resurrección del Señor; al que decimos Señor porque realmente queremos que sea nuestro Camino, nuestra Verdad, nuestra Vida.

Tras la Resurrección, las mujeres que presenciaron este momento, no pudieron quedarse calladas, y su corazón ardía como nunca. La Resurrección lo cambió todo. Y así lo supieron transmitir al resto de discípulos, que también fueron testigos, y gozaron de esa renovación.

Tras la “muerte” y “desolación” del virus vendrá la Resurrección (progresiva, pero vendrá). Tenemos dos opciones, hacer como las personas que se dejaron desbordar por la esperanza y optaron por transformar el mundo (Venga a nosotros y nosotras tu Reino), o dejar pasar este acontecimiento como si nada. Me refiero a la Resurrección de nuestro Señor, pero también me refiero a la Resurrección de nuestra sociedad tras este virus…

¿Por qué opción vas a optar? ¿Por fin seremos capaces de tirar de empatía y construir esa sociedad fraterna, no como una utopía, sino como una “lucha” diaria?

“A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron (…) Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”

[Los discípulos de Emaús, del Evangelio de San Lucas 24, 31-33]

 ¡FELIZ ESPERANZA DE RESURRECCIÓN!

David Aguilera López

Laico Misionero Comboniano


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Coronavirus o Hambre, la alternativa que tendrán muchos en África y América.

Aunque somos conscientes de que el confinamiento que estamos viviendo, si bien hay personas que por circunstancias particulares está siendo duro, no deja de ser una opción llevadera y pasajera que traerá beneficios a la comunidad. En la comparación con la situación en otros lugares del planeta quizá sea difícil alcanzar el abismo que nos separa. Mientras para nosotros la alternativa puede ser entre quedarse en casa o una multa, para otros es morir de coronavirus o de hambre.

A través de los ojos de dos compatriotas he querido acercarme a conocer cómo está afectando la pandemia en África y en América.

Jesús Ruiz, obispo auxiliar de Bagassou, Centroáfrica. La casualidad hizo que tenga que estar viviendo la pandemia de su gente en la distancia, confinado al sur de España pero en permanente contacto con ese rincón del corazón de África. Esto es lo que ha compartido para varios medios: “En Centroáfrica, el primer caso se detectó el 14 de marzo traído por un misionero que llegaba de Italia. Al día de hoy se conocen tan solo 8 casos positivos en la capital, casi todos importados de Europa; aunque los tres últimos han sido ya por transmisión local. El gobierno ha decretado las mismas medidas de protección que se están dando en todo el mundo cerrando las fronteras y el tráfico aéreo, aunque las fronteras terrestres (más de 3.000 km) son completamente permeables; se han cerrado escuelas, la universidad, iglesias, mezquitas, bares, discotecas; se ha prohibido reuniones de más de 15 personas y se ha decretado la cuarentena.”

Pero, se pregunta el mismo Jesús Ruiz. “¿cómo vivir la cuarentena en un país donde más del 85% no tienen agua corriente? En África se vive en la calle y a la casa se va solo para dormir, ¿cómo confinarse 8-10 personas en la misma habitación durante días y días? Tradicionalmente se come todos en el mismo plato, y se come con las manos, chupándose los dedos y volviendo a meter la mano en el plato común… ¿cómo guardar las normas de higiene? En la tradición, cada vez que te encuentras con alguien hay que saludarlo con un apretón de manos… Los transportes públicos acogen a decenas de pasajeros enlatados como sardinas… Los mercados son un hervidero de gente…”

La República Centroafricana es un país con escasamente 5 millones de habitantes, donde la esperanza de vida no llega a los 50 años; con casi un 20% de mortalidad infantil, y tan solo un 35% de gente alfabetizada. Donde la gente vive con menos de un euro al día.

Suficiente estado de alarma es el que vive la población de este país como para alarmarse por algo de lo que ni siquiera saben de qué se trata. “la gente vive ajena a esta pandemia pues la verdadera preocupación es sobrevivir cada día. La alarma internacional no ha sonado como en otros continentes pues el acceso a los medios de comunicación social son muy limitados y no se siente esta pandemia como una amenaza. La gente vive el día a día. Cada jornada hay que salir a buscar algo para comer; la gente no tiene agua corriente, ni luz, ni frigoríficos para conservar alimentos; no hay grandes supermercados… Si uno no sale de casa a buscar comida cada día se muere de hambre. O coronavirus o hambre.”

El gran “virus” que asola este país es el conflicto armado que viven desde hace 7 años. La situación sociopolítica: “el gobierno sólo controla el 20% del territorio nacional; el resto está en manos de los grupos guerrilleros… ¿Cómo llevar entonces a cabo con eficacia una cuarentena? Han cerrado los bares, sí, pero la gente está abarrotada en el interior. Un párroco de la capital me contaba cómo, a pesar de la cuarentena decretada por el gobierno, el domingo pasado eran cientos y cientos los que acudieron a la Misa dominical… Ante la insistencia del párroco que no se podía celebrar, ellos respondía, “a nosotros nos protege Dios”. Expresiones de quien sólo ve como salida agarrarse a un clavo ardiendo o acogerse a una fe ciega. “A pesar de las consignas de la Conferencia Episcopal de suprimir todo acto religioso, sensibilizar a la población y ayudar a las autoridades para evitar el contagio, la conciencia de la población está muy lejos de ver en esto una real amenaza para ellos. La real amenaza es el hambre, la pobreza, la miseria, y la violencia armada” insiste el obispo.

El posible colapso de nuestra sanidad pública ha hecho sonar las alarmas, las críticas, los reproches por políticas que hoy han demostrado ser un error, sí. Pero nada comparable a lo que se vive allí: “El sistema sanitario nacional, según el responsable de la OMS en Centroáfrica, es el más vulnerable del mundo, por ello nuestro gobierno ha pedido ayuda a Francia y China que han enviado algunos paquetes de mascarillas, guantes y test…;  y así, tememos que los ricos recursos nacionales mineros servirán para cubrir una hipoteca que empobrecerá aún más si cabe el país.”

El obispo de Bangassou ha vivido en primera persona esa precariedad, y relata su experiencia: “Hace unos cuatro años acudimos con un hermano misionero muy grave a todos los hospitales de la capital buscando oxígeno pues se ahogaba… No encontramos oxígeno en ningún sitio, ni en un hospital privado. Nuestro compañero falleció.”

En Centroáfrica no hay Seguridad social y el acceso a cuidados médicos es algo reservado a una pequeña elite. Caer enfermo de malaria, de fiebres tifoideas o de SIDA es la ruina de toda una familia. En estos últimos 7 años de guerra, las ONG han difundido un poco el sistema de salud, pero, señala Ruiz: “una gran parte de la población nunca, nunca, ha visto a un médico… La superstición y la medicina tradicional suplen el inexistente sistema sanitario.”

En todo caso se están haciendo esfuerzos para concienciar a la población de extremar medidas preventivas: “La higiene de lavarse las manos es una práctica que se ha incrementado estas semanas en la capital, pero fuera de la capital, y con casi un millón y medio de desplazados, muchas veces una bola de jabón es un bien preciado que no está al alcance de todos. Y no hablemos del agua corriente que es un lujo para más del 95% de la gente. El resto tienen que ir cada día al río o al pozo a sacar agua. La mayor parte de los sanitarios son letrinas excavadas en el suelo.”

Otro elemento importante a tener en cuenta es el contexto cultural de cada lugar, monseñor Ruiz  lo tiene muy claro: “No se puede cambiar de la noche a la mañana toda una tradición. En nuestra África se come con la mano, chupándose los dedos… en la mayor parte de las familias no hay ni cucharas ni tenedores…; se vive en la calle…; es una cultura del contacto.”

Monseñor Ruiz reconoce haberse hecho esta pregunta: ¿Y si esta amenaza del coronavirus fuera una oportunidad para la paz? y él mismo se responde: “En Centroáfrica el demonio vírico es una pandemia que se llama violencia, guerra, pobreza, muerte…”

Centroáfrica es un país donde están viviendo una convivencia ecuménica e interreligiosa que lleva años dando sus frutos: “A raíz de la pandemia, la Plataforma interreligiosa (católicos, protestantes y musulmanes) que lleva 7 años batiéndose por conseguir la paz, ha lanzado una jornada de oración y ayuno. Incluso el gobierno ha invitado oficialmente a que toda la población participe en esta expresión religiosa, cada uno desde su credo.  Quizás – confiesa el obispo -esta actitud de los pobres inspire algo a nuestra sociedad donde queremos desplazar a Dios de nuestras vidas, de nuestras instituciones, de nuestra vida política, y muchas veces, pareciera como que Dios es enemigo del hombre o al menos sospechoso. Somos animales espirituales… y el coronavirus, como toda prueba, se afronta mejor desde nuestro ser espiritual, y más si partimos de un Dios que nos ama y que nos urge al amor: dar de comer, vestir, curar, liberar…”

Non solum sed etiam

Es impresionante la ventana al mundo que podemos abrir desde nuestra habitación de casa. Y desde ahí cada cual sabe luego hasta dónde puede llegar.

Vicente Luis García Corres (Txenti). Religión Digital.


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Visita al nuevo grupo LMC de Kenia

¡Hola a todos y todas!

Siguiendo con la crónica de mi viaje a Kenia quiero compartir como ha sido la visita al nuevo grupo de candidatos LMC que está naciendo en Kenia.

Este grupo se reúne desde hace más de un año en Nairobi. Aprovechan el primer fin de semana del mes para encontrarse. Muchos de ellos provienen del grupo de Amigos de Comboni, pero de alguna manera ellos querían dar un paso al frente y seguir esta vocación LMC.

Lo primero es agradecer la acogida que he tenido durante todos estos días. Empezando por la acogida en el aeropuerto el primer día. Cuatro de ellas buscaron un hueco para poder estar allá para recibirme. Del aeropuerto a casa de una de ellas para poder almorzar juntos. Una muy buena acogida para sentirme en familia. En la comida también nos acompañó el P Maciek que acompaña el este grupo junto con la ayuda del p Claudio (al que más tarde vería en Embakasi).

Compartimos la tarde juntos y algo pudimos conversar aunque reconozco que estaba cansado del largo viaje. Después me acompañaron hasta la casa provincial de las misioneras combonianas del Sur Sudan que está en la otra punta de la ciudad. Allí ya pude ver el caos que supone la circulación en una capital tan grande como Nairobi y que me acompañaría muchos de los días que estuve en Kenia.

Cuando llegó el viernes de la primera semana de mes nos trasladamos a Embakasi, junto al aeropuerto a las afueras de Nairobi, que es la casa comboniana que sirve de referencia al grupo y donde se reúnen cada mes.

Pudimos cenar juntos y compartir cómo había sido la semana para todos y cada uno. Un tiempo de convivencia y puesta al día de las vidas de cada uno. De esta manera el sábado en la mañana pudimos empezar temprano nuestro encuentro.

La idea de este encuentro era conocernos mejor. Presentar toda la realidad a nivel internacional de los LMC, algo de nuestra historia y los acuerdos tomados en nuestras últimas asambleas internacionales. Todo ello para poder pensar juntos como se va desarrollando el grupo, que retos tiene por delante y poder compartir con ellos largos momentos de charlas, de resolver las dudas normales de un nuevo grupo que nace y los desafíos que les vienen por delante.

Están en su segundo año de formación y pronto llegará un momento importante. Momento de tomar decisiones y opciones misioneras a nivel personal y como grupo. Toda esta formación que están recibiendo debe servir para ayudarles a discernir su vocación misionera personal pero también a discernir como grupo las opciones misioneras que van a tomar. Es algo de lo que conversamos mucho. El Señor les ha llamado a cada uno y cada una para ser misioneros. Y esta formación les debe servir para decidir cómo será el reto de sus vidas. Si toman la opción de entrar en los LMC deberán ver si el Señor les llama a partir fuera de Kenia a alguna de nuestras comunidades misioneras. Pero también deberán discernir si son llamados a abrir una presencia misionera ya sea en algún lugar alejado de Kenia como en algún suburbio de Nairobi. Por ejemplo para ellos Amakuriat y la zona Turkana son lugares de referencia importante donde algunos ya han visitado y ahora el próximo mes un par de ellas estarán haciendo una pequeña experiencia misionera apoyando en el centro de salud y en el trabajo con los jóvenes y la comunidad en general.

Cada vez que el Señor suscita nuevas vocaciones lo hace llamando a dar una respuesta a las muchas necesidades que el mundo tiene. ¿A qué les está llamando el Señor concretamente a ellos? Es algo que deberán discernir. También viendo las necesidades y casos particulares que como cada LMC en nuestra condición de laicos, solteros o casado debemos afrontar.

Quiero también comentaros el proyecto de venta de miel que llevan adelante para sacar recursos. Es algo que ya nos presentaron en el blog hace poco y en el cual están muy empeñados. Compran miel a los guerreros Pokot (con lo que ayudan a esa comunidad necesitada) y después la envasan para vender y tener algunos fondos con los que mantenerse, comprar lo necesario para el grupo y también colaborar a nivel internacional con el Fondo común. En un trabajo duro que requiere de muchas horas, de trasnochar el sábado o madrugar el domingo para entre todos rellenar los botes de kilo y medio kilo, lavar los depósitos u servirán para comprar nueva miel. Etiquetar, ver cómo se venderán y hacer las cuentas de lo que se va vendiendo. Esto después también les lleva a hacer animaciones en las parroquias así como a vender durante la semana entre familiares, compañeros de trabajo y amigos para así ir consiguiendo esos recursos. Un grupo que desde el inicio no solo comparte mensualmente las actas de sus encuentros sino que quiere contribuir como uno más a nuestra misión común.

Los últimos días en Kenia también tuve tiempo para conversar algo más con algunos de ellos, conocer a sus familias y sus inquietudes personales.

Es maravilloso ver como el Señor continua llamando. Un nuevo grupo en África es sin duda un gran reto para nosotros como LMC. Pedimos a San Daniel Comboni que les acompañe, anime y los llene de su pasión en la entrega por al misión. Salvar África con África es un lema que sigue llamando a muchos africanos para servir a sus hermanos más necesitados allá donde se encuentren.

Que el Señor les dé mucha fuerza y ánimo en el camino que se les presenta por delante.

Un saludo

Alberto de la Portilla. LMC


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Ezequiel Ramin, comboniano mártir de la Amazonía: “Mi trabajo aquí es de anuncio y denuncia”

Mucho se habla en este Sínodo sobre cómo el martirio de tantos religiosos, misioneros y laicos, ha dado frutos en las tierras de la Amazonía: una región inmensa fecundada por el sacrificio de tantas vidas arrebatadas por odio a la fe. A lo largo de décadas, muchos cristianos valientes han aceptado con coraje la misión del anuncio del Evangelio sin renegar de su amor por Cristo.

El martirio del padre Ezequiel Ramin

Un ejemplo de ello es  el martirio del padre Ezequiel Ramin, “Lele para los amigos”, asesinado en Rondônia, Brasil en 1985 cuando tenía tan solo 32 años a instancias de los propietarios locales de las tierras, debido a que el misionero comboniano defendía los derechos de los campesinos de la Amazonía brasileña, cada vez más explotados, mientras que sus jefes latifundistas se enriquecían a costa de esta deplorable situación de injusticia social.

El joven sacerdote se posicionó valientemente en defensa de los indígenas y de los agricultores pobres, en la lucha por el derecho a la tierra y a la vida digna.

Hizo causa común con los más indefensos de la Amazonía. Comprendió que ser misionero era servir a los que más sufrían: “Mi trabajo aquí es de anuncio y denuncia. No podría ser diferente considerando la situación del pueblo. Necesitamos apoyar decididamente los movimientos populares y las asociaciones sindicales. La fe necesita caminar junto con la vida…”, decía.

Luchando por los derechos de “los últimos”

No tardaron en llegarle amenazas de muerte. Había quien se sentía incómodo por su solidaridad con las familias pobres sin tierra. Para algunos, su amistad y apoyo a los indígenas Suruí se había convertido en una amenaza.

Se trata, por tanto, del “testimonio vivo” de un hombre que no fue indiferente ante el grito desesperado de los más olvidados de la sociedad y de su loable opción por “los últimos”.

Su fe y su martirio han dejado un gran legado para la Iglesia universal llegando a inspirar a muchos otros que han seguido sus pasos.

La pasión del misionero por el arte del dibujo

El padre Lele tenía varias aficiones como el deporte, la montaña, el fútbol, la poesía y también el arte del dibujo, siendo la técnica del carboncillo su especialidad. Es por ello que en el marco de este Sínodo que se lleva a cabo en Roma del 6 al 27 de octubre, se ha organizado en el Centro Internacional Juvenil San Lorenzo una exposición con algunas de las obras más representativas del padre Ramin que lleva como título “Iglesia que da la vida por la Amazonía”.

A través  de la composición y las hermosas formas trazadas con el carboncillo de ramas carbonizadas, el misionero plasmó en sus diseños aspectos cotidianos y a la vez “extraordinarios” de las tradiciones de las comunidades indígenas con las que vivía: rostros, miradas, costrumbres y paisajes que vencieron al tiempo por medio del arte y del talento del joven mártir.