Llega el verano y con él un nuevo número de las revistas Mundo Negro y Aguiluchos.
En esta ocasión s verano y la revista esta vez es bimestral, correspondiendo a los meses de julio y agosto. Abrimos portada con Sudán del Sur, el país más joven del mundo que en 2026 alcanza los 15 años de independencia.
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La RDC se enfrenta por decimoséptima vez al virus del Ébola, que ha reaparecido en el norte del país.
El 15 de mayo, la República Democrática del Congo comenzó a contar, de nuevo, los muertos causados por el Ébola en su territorio. Es la decimoséptima vez que sucede en medio siglo. En esta ocasión, el brote ha golpeado en especial a la ciudad de Bunia y a las localidades de Rwampara y Mongbwalu, en la provincia de Ituri, al norte del país. Al cierre de esta edición, el número de víctimas ya había superado las 200, aunque las autoridades sanitarias han advertido que su expansión podría superar a episodios anteriores debido a que miles de personas que han estado en contacto con el virus todavía no han sido localizadas, según ha explicado el director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África, Jean Kaseya.
La nueva variante del Ébola, de la cepa Bundibugyo, para la que todavía no hay vacuna, es parecida a la cepa Zaire, descubierta en 1976 cuando el país también llevaba ese nombre. Esta última, para la que sí hay vacuna, fue responsable de más de 11 000 muertes entre 2014 y 2016 en Sierra Leona, Liberia y Guinea. El virólogo franco-congoleño Donat Mupapa Kibadi, en declaraciones a la cadena France24, considera que la variante actual es «menos virulenta». Para el científico, «la cepa Ébola Zaire provocaba la muerte de más del 80 % de las personas infectadas, mientras que la Bundibugyo lo hace al 40 %». Esta última, igual que las anteriores, se transmite por contacto directo con personas infectadas, objetos o animales portadores del virus.
Origen y propagación
Según el Ministerio de Salud congoleño, el primer caso se detectó el 5 de mayo, tras la muerte en Bunia, capital provincial de Ituri, de una persona infectada por una enfermedad no identificada. La familia trasladó el cuerpo hasta Mongbwalu para celebrar el entierro tradicional. Fue allí donde comenzó la propagación del virus que, en pocos días, causó decenas de muertes y sembró el pánico entre la población. Muchos habitantes de esta zona minera se fueron en busca de lugares más seguros, lo que provocó que el virus cruzara la frontera hasta llegar a la vecina Uganda.
La lucha contra un enemigo invisible no es tarea fácil. En el caso de la RDC, el acceso de los equipos sanitarios está siendo complicado por la falta de infraestructuras y las familias deben recorrer largas distancias para llegar a un centro de salud, lo que retrasa la atención médica y favorece la propagación del virus. Otro reto es la inseguridad provocada por la presencia del grupo terrorista ugandés ADF-Nalu, activo en la región desde 1995. Maria Mashako, coordinadora médica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el hospital de Elykia, en la ciudad de Bunia, reconoció que «la presión en el trabajo es enorme. La capacidad de acogida en nuestro hospital de personas infectadas se ve limitada». Según Mashako, la colaboración con los líderes comunitarios es fundamental para reducir las «brechas en la vigilancia, el diagnóstico y el rastreo de contactos». Mientras tanto, en Goma, capital de Kivu Norte, y en Bukavu, capital de Kivu Sur y bajo control de los rebeldes de AFC/M23 desde enero de 2025, la población permanece atrapada entre el virus y las armas.
Concentración motera en Bunia convocada el pasado 10 de junio por la OMS para informar a la población sobre el Ébola. Fotografía: Getty. En la imagen superior, personal sanitario de Médicos Sin Fronteras se viste en el centro de atención para personas afectadas por el virus en Goma. Fotografía: Daniel Buuma / MSF
Consecuencias
Después de que la OMS calificara la situación como una «emergencia de salud pública de importancia internacional», el Ejecutivo congoleño adoptó diversas medidas restrictivas para contener el brote. La región de Ituri, epicentro de la epidemia, quedó sometida a cuarentena. Se prohibieron los velatorios y las concentraciones de más de 50 personas. Se cerraron las escuelas y las iglesias. El aeropuerto de Bunia dejó de recibir vuelos, salvo aquellos destinados al transporte de material sanitario. Las repercusiones trascendieron también las fronteras congoleñas, pues Uganda cerró sus fronteras con la RDC y estableció una cuarentena obligatoria de 21 días para todas las personas procedentes de las zonas afectadas. Antes lo había hecho Ruanda. Fuera del continente, el Departamento de Seguridad Nacional estadounidense impuso una cuarentena similar para quienes hubieran permanecido o transitado por territorio congoleño, ugandés o sursudanés antes de llegar a Estados Unidos.
Las restricciones afectaron incluso al ámbito deportivo. La concentración de la selección congoleña para la Copa Mundial de la FIFA 2026, prevista en Kinshasa, se trasladó a Bélgica. Allí, el equipo se entrenó para cumplir con los requisitos exigidos por las autoridades americanas antes de viajar a Houston, sede de su partido frente a Portugal. El combinado congoleño tuvo que cambiar un partido amistoso contra Chile que se iba a celebrar en Cádiz. Al final, el encuentro se celebró a puerta cerrada en la ciudad francesa de Orleans.
En Kenia, la decisión del Gobierno de instalar un centro de cuarentena para ciudadanos estadounidenses procedentes de la zona afectada en la ciudad de Nanyuki provocó protestas que acabaron con dos personas fallecidas.
Rumores
La población congoleña se informa de la evolución del brote a través de los medios tradicionales y de las redes sociales, lo que la expone a rumores que alimentan el miedo y la confusión. Una parte de la opinión pública considera al ébola como una enfermedad «misteriosa» y sospecha que la industria farmacéutica es la principal beneficiaria de la crisis. Ante esta realidad, han surgido proyectos como Balobaki Check, un medio con sede en Kinshasa dedicado a verificar informaciones que circulan en Internet y, en especial, en las redes sociales. Su fundadora, la periodista Ange Adihe Kasongo, en una conversación por WhatsApp con un trabajador de la zona más afectada, reconocía la existencia de algunos rumores difundidos por la región: «En abril circulaban rumores según los cuales había un ataúd que regresó a la aldea, llamaba a la puerta de la gente y, cuando abrías, te entraba una pequeña fiebre con síntomas parecidos a la gripe. Luego morías», explica la periodista.
En este contexto, marcado por emergencias sanitarias recurrentes y conflictos armados que se prolongan desde hace más de tres décadas, el Congreso y el Senado congoleños han aprobado la ley sobre el referéndum, que podría allanar el camino para que el presidente Félix Tshisekedi busque un tercer mandato. La coalición opositora C64 convocó una manifestación frente al hemiciclo del Congreso. Esta protesta contra los cambios en la Carta Magna acabó con varios heridos, entre los que se encontraban dos de las principales figuras de la oposición congoleña: Martin Fayulu y Delly Sesanga.
Desde nuestro blog compartimos una interesante iniciativa de Cristianismo y Justicia que facilita el acceso a sus publicaciones desde nuevos formatos. Se trata de CJ en voz alta, un proyecto que pone a disposición de todas las personas sus cuadernos en formato audiolibro, disponibles tanto en Spotify como en YouTube.
Con esta propuesta, Cristianismo y Justicia busca acercar la reflexión, el pensamiento crítico y el compromiso social a quienes, por el ritmo del día a día, encuentran difícil dedicar tiempo a la lectura. Ahora es posible escuchar sus publicaciones mientras se camina, se viaja o se realizan otras actividades cotidianas, haciendo que sus contenidos sean más accesibles y fáciles de integrar en la vida diaria.
Además, el proyecto irá incorporando nuevos títulos de forma periódica, por lo que merece la pena seguir sus canales para estar al tanto de las próximas publicaciones.
Una iniciativa que amplía las formas de acercarse a unos materiales que invitan a profundizar en cuestiones sociales, éticas y de fe desde una mirada comprometida.
Si aún no los conoces, te animamos a descubrir CJ en voz alta y compartir esta propuesta con todas aquellas personas que puedan encontrar en ella una herramienta útil para seguir formándose y reflexionando.
En África, la corrupción agrava la pobreza, acentúa la desigualdad y limita el acceso de la población a bienes y servicios esenciales, impidiendo la mejora de las condiciones de vida de la mayoría. Este fenómeno debe entenderse como una crisis estructural, ética y espiritual que exige una profunda transformación de las personas, las instituciones y la cultura social. El autor, el padre Endjegandeyo-Yepoussa Fugain Dreyfus [ en el centro de la foto ], misionero comboniano de la República Centroafricana, resume aquí su tesis de maestría en Teología Moral sobre este tema, defendida en la Universidad Loyola de Granada, España.
La corrupción es uno de los principales obstáculos para el desarrollo humano, social, político e institucional en África. No se trata simplemente de un problema legal o administrativo, sino de una realidad estructural que impacta directamente la vida cotidiana de millones de personas. Sus efectos se manifiestan en el deterioro de los servicios públicos, la desigualdad en el acceso a la educación, la salud, la justicia y el empleo, así como en el aumento de la pobreza y la exclusión social. Además, debilita la confianza en las instituciones y erosiona la cohesión de la vida comunitaria.
La gravedad del fenómeno radica también en su normalización. En muchos contextos africanos, la corrupción ha dejado de percibirse como una desviación excepcional y se ha convertido en una práctica común, incluso útil, para resolver problemas cotidianos. Esta aceptación social es particularmente preocupante, ya que reduce la sensibilidad moral ante la injusticia y socava el ideal del bien común. Cuando la corrupción se arraiga en las costumbres y los mecanismos informales de relación, deja de ser vista como una amenaza y comienza a reproducirse como parte del funcionamiento ordinario de la sociedad.
Desde esta perspectiva, la corrupción no puede entenderse simplemente como la suma de actos individuales. Se manifiesta como un fenómeno complejo y multidimensional. En el ámbito político, surge cuando quienes detentan el poder lo utilizan para favorecer intereses particulares, manipular procesos democráticos o consolidar redes clientelistas. En el plano económico y administrativo, se manifiesta a través de la malversación de fondos, los sobornos, la venta de cargos y el uso indebido de recursos públicos. En la vida social, adopta formas más cotidianas, como pagos no declarados o favores solicitados para acceder a derechos fundamentales. A esto se suma una dimensión moral y espiritual, visible cuando se socavan valores como la honestidad, la justicia y la responsabilidad, e incluso cuando estas prácticas penetran en instituciones que supuestamente promueven la integridad.
Las causas de esta situación son diversas y están profundamente interrelacionadas. La pobreza es un factor importante, ya que en contextos de extrema pobreza, algunas personas recurren a prácticas corruptas como estrategia de supervivencia. A esto se suman la debilidad de las instituciones judiciales y políticas, la falta de transparencia, la insuficiencia de los mecanismos de supervisión y la persistencia de lealtades particularistas que anteponen los intereses del clan, la familia o el grupo a las exigencias de la justicia. Sin embargo, uno de los factores más cruciales es la trivialización moral de la corrupción. Cuando una sociedad deja de percibirla como un mal, resulta mucho más difícil combatirla eficazmente.
Las consecuencias de este fenómeno son profundas. Social y económicamente, la corrupción agrava la pobreza, acentúa la desigualdad y limita el acceso de la población a bienes y servicios esenciales. Recursos que deberían destinarse al bienestar colectivo son confiscados ilegalmente, impidiendo así la mejora de las condiciones de vida de la mayoría. Esta situación afecta particularmente a los sectores más vulnerables y perpetúa una lógica de exclusión que se transmite de generación en generación. En algunos casos, también fomenta la apropiación injusta de tierras y recursos naturales, provocando conflictos sociales y desplazamientos de población.
En los ámbitos político e institucional, la corrupción genera una crisis de legitimidad. Los ciudadanos pierden la fe en el Estado, en la justicia y en los procedimientos democráticos, al percibir que las instituciones no sirven al interés general. Esto consolida redes de impunidad, fortalece prácticas autoritarias y debilita la participación ciudadana. Cuando la gente cree que denunciar asuntos no sirve para nada o que votar no cambia nada, la democracia se va desprovista progresivamente de sentido. La corrupción no solo distorsiona el funcionamiento institucional, sino que desfigura la idea misma de la política como servicio.
En el plano moral y cultural, las consecuencias son igualmente graves. La constante repetición de prácticas corruptas termina por alterar el conjunto de valores de la sociedad. La honestidad puede percibirse como ingenuidad, mientras que el engaño o el beneficio personal se consideran signos de habilidad. Esta inversión moral erosiona la confianza entre las personas, debilita la solidaridad y destruye el sentido de comunidad. La corrupción deja entonces de ser simplemente una cuestión de normas y sanciones para convertirse en una profunda crisis de conciencia.
Ante esta realidad, la respuesta no puede limitarse a reformas legales o mecanismos de supervisión externa. Si bien estas medidas son necesarias, resultan insuficientes si no van acompañadas de una transformación ética y espiritual. La lucha contra la corrupción exige recuperar los valores de justicia, bien común, responsabilidad y dignidad humana. En este sentido, la renovación de las estructuras debe ir de la mano de la renovación de las conciencias. Sin una sólida formación moral, las leyes pueden existir, pero su eficacia siempre será frágil y limitada.
La reflexión bíblica y teológica ofrece un fundamento importante para esta renovación. La corrupción se presenta como una grave ofensa contra la justicia y la dignidad de las personas, especialmente de las más pobres. La tradición profética denuncia enérgicamente toda forma de manipulación de la ley y explotación de los débiles. Asimismo, el mensaje de Jesús rechaza la hipocresía, el abuso religioso y la explotación del poder. La fe es inseparable de la exigencia de justicia. Desde esta perspectiva, la corrupción no es solo una falla administrativa, sino también un pecado social que perjudica a toda la comunidad y compromete el futuro colectivo.
En este contexto, la Iglesia está llamada a desempeñar un papel profético y pedagógico. Su misión consiste no solo en denunciar públicamente las injusticias, sino también en formar conciencias responsables, promover una cultura de integridad y colaborar con la sociedad civil en la defensa del bien común. Sin embargo, esta tarea requiere coherencia interna. La promoción de la transparencia, la honestidad y la rendición de cuentas debe comenzar en las propias estructuras eclesiales, para que su testimonio sea creíble y eficaz.
Por lo tanto, superar la corrupción requiere una acción conjunta y constante. Es fundamental educar a los niños en valores éticos desde temprana edad, fortalecer la formación moral de los líderes políticos y religiosos, consolidar instituciones transparentes y promover una ciudadanía activa que se niegue a resignarse ante la injusticia. Solo mediante esta convergencia de educación, compromiso moral, reforma institucional y responsabilidad social será posible construir sociedades más justas, más solidarias y más respetuosas.
En conclusión, la corrupción en África debe entenderse como una crisis estructural, ética y espiritual que no puede resolverse únicamente mediante controles externos o reformas legales. Su erradicación exige una profunda transformación de las personas, las instituciones y la cultura social. Recuperar el sentido de la justicia, el bien común y la responsabilidad colectiva es, por tanto, un requisito indispensable para abrir un horizonte de desarrollo auténtico, coexistencia democrática y esperanza para el continente africano.
La comunidad de Kitelakapel está compuesta en un 90 % por personas muy pobres y en un 10 % por personas de clase media, principalmente profesores y funcionarios del gobierno local con salarios muy bajos, así como unos pocos agricultores que sufren las condiciones climáticas de calor y sequía.
Kitelakapel, situada en la parroquia de Kacheliba (Kenia), cuenta con 17 aldeas y 17 ancianos, con un jefe que trabaja en estrecha colaboración para velar por el bienestar de la población de la comunidad a través de la organización y los proyectos de empoderamiento comunitario integrado de Kitelakapel. 175 miembros solicitaron oficialmente su ingreso y se unieron a la organización comunitaria para trabajar juntos en beneficio de su comunidad y sus hogares, y seguimos recibiendo más solicitudes de personas dispuestas a unirse al grupo. El grupo se formó para empoderar a la población local; a la gente le encantan los grupos de unidad y autoayuda, a través de los cuales pueden obtener oportunidades, ahorrar dinero y participar en actividades económicas como la cría de animales, el cultivo de plantas, la avicultura, la apicultura, Mama Mbonga, el comercio en los mercados y otras actividades socioeconómicas; y, con el apoyo internacional de AMANI, estamos viendo buenos resultados y testimonios de las comunidades locales.
Un agradecimiento especial a AMANI…
AMANI es una palabra en kiswahili que significa «paz» en el idioma keniano… cuanto más se empodera a los pobres, más se logra una sociedad pacífica y próspera.
Nos complace anunciar el lanzamiento de un nuevo proyecto de apicultura implementado por Kitelakapel en Konyao. Fue increíble y emocionante ver a las abejas en nuestro primer día de instalación de las colmenas. Al inicio del proyecto, comenzamos con la identificación y el estudio del terreno para poner en marcha el proyecto de apicultura. Tras varias reuniones con los miembros de la junta directiva de la OBC KICE, los Laicos Misioneros Combonianos y la parroquia MCCJ, acordamos adquirir 3 acres de terreno en la localidad de Konyao, propiedad de la parroquia MCCJ de Kacheliba, de conformidad con el memorando de entendimiento sobre el uso del terreno y el valor del proyecto de apicultura de la OBC.
Gracias a la donación de AMANI, finalmente instalamos 50 colmenas y las cercamos en 3 acres de terreno en Konyoa (West Pokot), a una hora en coche de la aldea de Kitelakapel.
Conseguimos el apoyo de la responsable de apicultura del Ministerio de Agricultura del gobierno del condado West Pokot (la Sra. Francisca), quien nos orientó sobre cómo instalarlas y atraer a las abejas.
Se contrató a algunos hombres de la zona para realizar trabajos de carpintería, soldadura, construcción de la valla y limpieza del terreno; las mujeres picaban piedras pequeñas para la valla, mientras que otras fabricaban las colmenas y otras las instalaban, de modo que obtuvieron trabajo temporal y ganaron un poco de dinero para mantener a sus familias. Tenemos la suerte de contar también con la familia anfitriona de John Bosco, el catequista de una parroquia en la zona de Konyao, que nos ayudó con el almacenamiento de los materiales y las colmenas y nos proporcionó algo de comida durante nuestras visitas a la granja apícola.
El proyecto se está llevando a cabo con el apoyo de las autoridades agrícolas locales y los miembros de la comunidad. Nuestro objetivo no es solo producir miel, sino también crear oportunidades de empleo, apoyar el desarrollo local y promover prácticas respetuosas con el medio ambiente, tal y como propone Laudato Si.
ASANTE SANA (Muchas Gracias)… AMANI desde la Organización Comunitaria de Empoderamiento Integrado de Kitelakapel y de la gente.