LMC España

Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


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MUNDO NEGRO Y AGUILUCHOS. MARZO 2021

AGUILUCHOS y MUNDO NEGRO Número de Marzo de 2021.
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El Papa nombra al Comboniano español Jesús Ruiz Molina obispo de Mbaïki, en República Centroafricana

El papa Francisco nombró ayer obispo de Mbaïki, en República Centroafricana, al misionero comboniano burgalés Jesús Ruiz Molinasegún informa la Santa Sede. Tomará posesión de la diócesis ante la aceptación de la renuncia de quien hasta ahora ha sido su pastor, mons. Guerrino Perin. Hasta ahora, Jesús Ruiz era obispo auxiliar de Bangassou, colaborando con el obispo español Juan José Aguirre en una de las zonas más conflictivas del planeta.

Mons. Ruiz Molina nació el 23 de enero de 1959 en La Cueva de Roa (Burgos), donde estudió tanto en el Seminario Menor como luego en el Seminario Mayor. Completó sus estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Mayor de Moncada y amplió sus estudios de Teología en París y posteriormente en Salamanca. Hizo sus primeros votos con los misioneros Combonianos el 25 de mayo de 1985, y los votos solemnes el 24 de abril de 1988. Fue ordenado sacerdote 11 de julio 1987. Ha sido formador en el postulantado comboniano y responsable de los Laicos Misioneros Combonianos  en España entre los años 2002-2008 y provincial de la nueva Provincia en el Chad en 2008. De 2013 a 2015 fue también consejero de la Delegación de la congregación en África Central. El 11 de julio de 2017 fue nombrado obispo auxiliar de Bangassou, siendo consagrado obispo el 12 de noviembre del mismo año.

Allí, el burgaléha sido testigo de una cruenta guerra civil que sufre la población desde 2013 y que ha enemistado a musulmanes y no musulmanes, con los cristianos en medio del drama. Es más, Ruiz Molina tuvo que recibir su ordenación episcopal lejos de su diócesis al estar ocupada la catedral como refugio de decenas de musulmanes que huyen de la guerra. El papa Francisco lo recibió en el Vaticano en septiembre de 2018 agradeciendo su entregado trabajo en lo que calificó como «el foso de los leones».


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LA ALEGRÍA DE SER MUJER Y MISIONERA

En el marco de la celebración del día internacional de la mujer, queremos hacemos eco como Familia Comboniana del trabajo y labor que están realizando miles de misioneras en primera linea de la misión. Con su trabajo de promoción y evangelización son ejemplo de una Iglesia viva y entregada al servicio de los y las más pobres.

Compartirnos el último boletín  “Más lejos” de las hermanas Combonianas en el que  nos comparten parte del trabajo misionero que están desarrollando en diferentes lugares del mundo. Gracias hermanas por tanta vida regalada y entregada a la misión.

Boletin mas lejos marzo21 no 67 -1


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Colegio Esperanza

La etapa escolar, sobre todo la infantil y la primaria, suele marcar nuestras vidas de una manera u otra. Grandes recuerdos se amontonan: amigos y amigas que son una gran parte de lo que fuimos, maestros y maestras que tocaron nuestros corazones y abrieron caminos que hasta entonces ni imaginábamos… En general, vida compartida que nos apasionó, nos lleno de alegría y que casi siempre consideraremos como la mejor etapa.

Sin embargo, en Etiopía, el colegio puede tener un sentido más completo.

En la región en la que vivo, Gumuz, la familia Comboniana tiene 5 guarderías (3 los padres Combonianos, 2 las hermanas Combonianas) y un colegio de primaria (de las hermanas Combonianas). Todos estos centros fueron petición del propio gobierno local, hace ya más de 20 años, que entendió que esta región escasamente desarrollada precisaba de espacios educativos que cumplieran dos objetivos: por un lado, potenciar la educación con el fin de poder garantizar un futuro autónomo y digno; por otro lado, crear espacios donde puedan convivir niños y niñas de todas las etnias presentes en la zona, en igualdad y compañerismo, de manera que la división (tan presente y tan profunda en la región) vaya desapareciendo desde los pilares de la vida (la infancia y la adolescencia) y se fomente la idea de la fraternidad completa.

Ese ha sido el objetivo de la familia Comboniana todos estos años, desde los planes educativos generales hasta el quehacer diario: crear un lugar en el que la convivencia sea tan importante como la adquisición de conocimientos y competencias.

Sin embargo, la realidad social ha cambiado mucho en los últimos dos años. Cuando llegué a Etiopía, esta región estaba sumida en un conflicto étnico de unas etnias contra otras (con asesinatos, desplazados, quema de viviendas, etc.). Cuando la situación estaba normalizándose, el Covid-19 apareció para volver a romper la normalidad, cerrar todo y sembrar el pánico (que ya se había convertido en “visitante” asiduo por esta zona). Y, sin haber conseguido frenar este problema, un nuevo conflicto étnico, aún más grave que el anterior, azotó la vida de los habitantes de la región. Los problemas que encontrábamos en el primer conflicto se multiplicaron, se expandieron y no conocían de religión, edad o sexo para tener un poco de piedad. El día a día quedó dominado por un pánico ya conocido, pero que alcanzó límites insospechados. TODO volvió a cerrarse con la llave del miedo, la violencia y el desánimo.

La situación exigía una respuesta, y el colegio de las hermanas Combonianas, que es sobre el que escribo, se convirtió en algo más que un centro de convivencia, se convirtió en el “Colegio Esperanza”.

Ante la realidad de violencia, muchas personas, principalmente mujeres, niños/as y ancianos/as optaron por abandonar sus casas. Muchos marcharon a esconderse al bosque, pero la gran mayoría de los que vivían alrededor del colegio, de manera casi instintiva, y por una confianza enorme en las hermanas, optó por refugiarse en masa en dicho colegio. Fue sorprendente ver cómo entraban por decenas, o cientos, con lo principal que pudieron coger antes de huir, en una diáspora improvisada, cargando enseres, niños, bebés, grano, animales, etc. El colegio abrió sus puertas, y se convirtió, más que en su casa, en su refugio, puesto que, más que comodidad, buscaban seguridad. Las clases fueron vaciadas y transformadas en lugares donde dormir, cocinar, comer y recibir cuidados; así como otros espacios y zonas comunes, hasta los patios y las fuentes.

Con el paso de las semanas, la situación dio alguna tregua; las personas volvieron a sus casas, pero no a la normalidad. Ante el miedo de que pudieran saquear sus pertenencias, temían principalmente por el grano recolectado durante todo el año. Volvieron a depositar la esperanza en el colegio, que abrió de nuevo sus puertas para que llevaran ese grano, en sacos de cien kilos, para ser almacenado en el único lugar en el que entonces confiaban.

Esta situación fue especialmente grave para los niños y las niñas, que vivían instalados en el miedo y el sentimiento de desprotección. Las hermanas, conscientes de ello, volvieron a poner el colegio al servicio de la infancia, creando un espacio de confianza. A pesar de que oficialmente todos los centros educativos de la zona estaban cerrados, las puertas de nuestro centro protagonista se abrían casi a diario para dar clases de apoyo y repaso, para acoger a todo el que viniese y permitirle pintar, dibujar, leer o escribir; y, lo que más éxito tenía, para organizar (o más bien, improvisar) juegos y actividades deportivas. En ese momento, lo más importante no era que los niños/as y jóvenes aprendieran o fueran evaluados, sino que pudieran entrar en un lugar en el que se sintieran seguros, ilusionados, con la alegría que debería reinar en esta etapa de la vida. Que pudieran jugar, relacionarse en paz y tranquilidad y que se sintieran abrazados y consolados fue la prioridad; en definitiva, que pudieran ser lo que son, niños y niñas, forzados a crecer por una realidad más dura de la que deberían haber conocido.

En todo este proceso, mi compañero de misión (Pedro) y yo nos quisimos implicar al máximo (aunque algunas veces nos fuera imposible desplazarnos por la peligrosidad de los diez kilómetros de camino que separaban nuestra casa del colegio, debido a ataques, redadas, disparos, etc.). Nuestro hacer diario, nuestra ilusión y nuestras fuerzas se volcaron principalmente en acompañar y ayudar a sacar adelante las actividades diarias para niños y niñas; como improvisados profesores, entrenadores deportivos, monitores, acompañantes, y todo lo que podamos

imaginar, procurábamos ofrecer un espacio de acogida y esperanza a todo el que cruzaba las puertas de la calle.

Mañana, veintitrés de febrero, y tras haberse estabilizado bastante la situación, el colegio abre sus puertas al nuevo curso de manera oficial (habiéndose perdido casi medio año). Los alumnos y las alumnas, desde los 3 años hasta el fin de la primaria, volverán a sus clases. En este retornar, la pesadilla quedará atrás; y dudo que alguno llore a las puertas del mismo. Todo lo contrario, estarán deseosos de volver al lugar del que nunca se sintieron apartados; el lugar que supuso para ellos el único espacio de tranquilidad y despreocupación. Los padres y las madres, por su lado, se sentirán más aliviados que nunca, puesto que, si en los momentos de mayor tormento confiaron ciegamente para proteger a sus hijos e hijas (el regalo más preciado que tienen), el que vuelvan a dar clase les llenará de renovada ilusión.

Es por eso que, a pesar de que tiene otro nombre, yo he preferido bautizarlo como el “Colegio Esperanza”.

David Aguilera Pérez, laico misionero comboniano en Etiopía

 


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Revistas Mundo Negro y Aguiluchos Febrero 2021

AGUILUCHOS y MUNDO NEGRO. Número de febrero de 2021
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