LMC España

Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


Deja un comentario

LAICADO Y MINISTERIALIDAD

 

Vamos a intentar hacer una reflexión sobre la ministerialidad desde una perspectiva laical y en particular desde la vocación misionera y comboniana. Pero antes de adentrarnos en esos ministerios o servicios desde la fe, creo que es importante encuadrarlo todo.

Nuestra vida da un vuelco cuando nos encontramos personalmente con Jesús de Nazaret. Compartimos esta sociedad con muchos hombres y mujeres de buena voluntad. Cada persona con unos principios y unos valores que orientan sus acciones y opciones vitales. Pero para nosotros existe un antes y un después de conocer a Jesús. Como los primeros discípulos, un día nos encontramos con Jesús en el camino. Nuestro corazón dio un vuelco y nuestros labios preguntaron: “¿dónde vives?” Y su respuesta fue “ven y verás”. A partir de ese momento nuestra vida cambió.

Son muchos los caminos por los que hemos llegado a este encuentro, para muchos ha sido gracias a nuestras familias, a nuestras comunidades cristianas, a nuestros amigos, a circunstancias de la vida que nos arrastraron al camino… Sin duda la casuística es muy grande. Lo realmente determinante es la respuesta dada, desde la libertad, y las consecuencias de esa respuesta en cada una de nuestras vidas.

La respuesta es libre, nadie nos obliga a darla, es una gracia que recibimos y como consecuencia el reconocer una nueva vida.

El laico es por encima de todo seguidor de Cristo. No consiste en seguir una ideología, no se trata simplemente de luchar por unas causas justas que ayuden a una nueva humanidad más justa y digna para todos y todas, ni siquiera consiste en seguir todos los preceptos de la religión que nos pueden ayudar en nuestra relación con Dios. Ser cristiano es por encima de todo seguir a Jesús. Salir de nuestra zona de confort y ponerse en camino. Tomar lo esencial para ir ligero y estar siempre abierto y disponible en ese seguimiento. Jesús nos irá mostrando en ese camino cuál es nuestra parte de responsabilidad en el anuncio y construcción del Reino.

Nosotros hablamos de estar en estado de discernimiento constante, que no es sino un estado de diálogo constante con el Señor. Es verdad que existen momentos especiales de discernimiento en la vida de toda persona. Estos tienen que ver con su vocación central como es el caso del matrimonio o de la vocación a la que nos sentimos llamados, como la vocación misionera e incluso el tipo de profesión a través de la cual queremos o sentimos que podemos servir a los demás escogiendo un tipo de estudios u otros, un trabajo u otro… Es fundamental en la vida de toda persona el entender su llamada a ser enfermero, médico, profesora, directora de una empresa, abogada, educador o trabajador social, político, carpintero y así un largo etcétera.

Momentos vitales que en nuestra adolescencia, juventud y edad adulta se presentan de manera significativa. Pero además de esos momentos, que nos mantendrán en el camino en los momentos difíciles, nosotros queremos permanecer a la escucha en este camino. No queremos acomodarnos. En la vida siguen apareciendo nuevos retos y nuevas llamadas por parte de Jesús. Para nosotros como misioneros el tener la maleta pronta es algo que forma parte de nuestra vocación. Estamos llamados a acompañar a las personas, a las comunidades por un tiempo determinado, para después marchar, porque el salir es parte esencial. Salir o seguir creciendo. No permanecemos siempre igual por años y años pues reconocemos que las necesidades cambian. Somos llamados a dejar nuestra tierra y a viajar a otros países, a otras culturas… somos llamados posteriormente a realizar nuevos servicios, retornar a nuestro lugar de origen, asumir nuevos compromisos… todo ello forma parte de nuestra vocación. En cada llamada, en cada nuevo cambio, debemos entender qué planes tiene el Señor para nosotros. Por qué nos convoca a viajar a otro continente o a regresar a nuestro lugar de origen cuando tan bien estábamos, cuando tanto bien estábamos haciendo junto a otras personas, cuando hasta parecíamos tan necesarios en ese lugar, la vida nos hace tener que desplazarnos, comenzar de nuevo…

¿Por qué cuándo parece que habíamos llegado a puerto definitivo hay algo que en nuestro interior nos cuestiona, nos inquieta? Es el Señor que se comunica con nosotros. Con Él tenemos una relación de amistad que nos ayuda a crecer. Como amigos vamos compartiendo la vida y los nuevos proyectos que la van atravesando. Con momentos de mayor estabilidad, pero también con momentos de nuevos desafíos. No hemos venido a descansar a esta tierra sino a disfrutar de la vida y a permitir y luchar porque otros también puedan disfrutar.

Nosotros respondemos a esta llamada a caminar no solo de manera individual sino desde una comunidad. No caminamos solos. Está es parte de nuestra vocación cristiana, la pertenencia a la Iglesia como también nos sentimos parte de toda la humanidad. Y como parte de esta Iglesia nos sentimos llamados a un servicio común. Como Laicos Misioneros Combonianos (LMC) sentimos esta pertenencia a la Iglesia de Jesús. Y sentimos que esta vocación específica que recibimos es una vocación y una responsabilidad comunitaria. Tenemos una llamada personal pero también una llamada como comunidad y comunidad de comunidades. Reconocemos la Iglesia como sacramento universal de salvación, cada uno desde su especificidad, dones y carisma por el anuncio y construcción del Reino.

Jesús llama a sus discípulos a vivir, a recorrer el camino en comunidad. Sabemos que solo de la mano de Jesús podemos caminar y como comunidad necesitamos de esa espiritualidad profunda que nos une a Jesús, al Padre y al Espíritu. Un camino donde la oración, la vida de fe y la comunidad se convierte en alimento y referencia de la vida del LMC.

La centralidad de la misión en Comboni. La Iglesia al servicio de la misión

Comboni tenía muy clara la centralidad de la misión en su vocación y la necesidad de la misma en la Iglesia. Frente a las necesidades de nuestras hermanas y hermanos más necesitados estamos llamados a dar una respuesta. Y es de tal importancia y complejidad esta respuesta que no estamos llamados a darla individualmente sino como Iglesia. Todos y cada uno de los cristianos estamos llamados a responder a esta llamada. Sin importancia de nuestro estado eclesial, cada uno debemos dar una respuesta de fe. Jesús llama a cada uno a caminar. Y es tal la complejidad de las necesidades que existen que el Espíritu suscita en el mundo y en su Iglesia diferentes vocaciones, diferentes carismas que aporten a esta realidad. Identificar a la Iglesia con el clero e incluso con los religiosos y religiosas es no entender a Jesús, es no escuchar al Espíritu. La labor y la llamada al sacerdocio o la vida religiosa en sus numerosas vertientes es fundamental para el mundo, pero no más que el compromiso de todos y cada uno de los laicos. La Iglesia no solo tiene una responsabilidad ligada a la religiosidad o espiritualidad de las personas. Tenemos una responsabilidad social, familiar, medioambiental, educativa, sanitaria, etc. Con todo el mundo. Las cosas del día a día son las cosas de Dios. Las pequeñas cosas son las cosas de Dios. La atención a cada persona en lo concreto y en las necesidades globales son responsabilidad de los seguidores de Jesús. Y en todas ellas el papel del laicado es fundamental, del hombre y de la mujer, en lo material y en lo espiritual… así lo entendió Comboni y así también lo entendemos nosotros

El laico en el mundo

En esta llamada global que recibimos, la Iglesia se muestra como comunidad de referencia. Es alimento para el servicio. Lugar donde reponer fuerzas, donde alimentarse de manera privilegiada, aunque no única.

Como laicos estamos llamados a crear raíces que asienten el terreno y lo haga rico, estamos llamados a crear redes de solidaridad y relación que articulen la sociedad, desde la familia, las pequeñas comunidades de vecinos, de barrio, entidades sociales, empresas… somos grandes creadores de redes de relación, colaboración y trabajo. Vivimos envueltos en todas estas redes y estamos llamados a animarlas, a dotarlas de una espiritualidad que las pongan al servicio de las personas, y en especial de los más vulnerables. Estamos llamados a incluir a todas las personas. Nuestra mirada debe centrarse en los más pobres y abandonados que hablaba Comboni, en los excluidos de esta sociedad, una mirada que nos anima a estar en las periferias porque es desde abajo que las cosas se ven de manera diferente. No podemos conformarnos con una sociedad donde todos no tengamos una vida digna. Una sociedad donde se premie el tener al ser y el consumo que está devastando un planeta finito que nos grita y reclama nuestra responsabilidad global.

Toda esta visión que debe cuestionar nuestra vida nos reclama acciones concretas.

La llamada del laico es una llamada al servicio de la humanidad. Una llamada que para pocos será de servicio interno de nuestra Iglesia. No podemos pensar que el buen laico es aquel que está ayudando en la parroquia y perder de vista nuestra vocación de servicio al mundo. Algunos servicios internos son necesarios pero la Iglesia está llamada a salir. Con Jesús a salir al camino, a ir de pueblo en pueblo, de casa en casa, a ayudar en lo pequeño y en lo grande. Estamos llamados a ser sal que sala, levadura en la masa, … llamados a estar en el mundo y contribuir de manera significativa. No podemos quedarnos en casa donde estamos a gusto, donde nos comprendemos unos a otros. Estamos llamados a salir. La Iglesia no nace para sí misma sino para ser comunidad de creyentes que sigue a Jesús y sirve a los más desfavorecidos.

Por todo ello nos sentimos llamados a ayudar en el crecimiento de las comunidades humanas (también las cristianas).

¿Cómo es la respuesta que como LMC estamos dando a esta llamada?

Actualmente existe una gran reflexión en toda la Iglesia sobre lo específico misionero. Sobre cuáles son o deberían ser nuestros servicios como misioneros, nuestros ministerios específicos. Una vez perdida la referencialidad geográfica de la misión, la referencia entre un norte rico y un sur por desarrollar, donde la desigualdad y las dificultades se encuentran en unos países y en otros, si bien todavía en algunos pocos se sigue concentrando la mayoría de la riqueza y posibilidades frente a otros muchos donde las dificultades son mucho mayores… Es cierto que la miseria campa a sus anchas en las personas sin hogar en los llamados países ricos, las migraciones forzosas por la pobreza, las guerras, las persecuciones por diferentes motivos, el cambio climático y demás están haciendo que un fenómeno siempre presente en la humanidad se esté agravando. La última pandemia del COVID-19 nos recuerda la globalidad de nuestra humanidad por encima de vayas y fronteras. Nos afecta a todos y todas por igual. Parecía que hasta ahora el dinero era el único que podía viajar sin pasaporte, parece que los virus también pueden.

Solo en un mundo justo todos podremos vivir en paz y prosperidad. Las desigualdades salariales, los conflictos, el consumo desmedido que derrite los polos y un largo etcétera terminan influyendo y teniendo consecuencias en toda la humanidad. Las vallas y la policía ya sean en las fronteras o en las casas o urbanizaciones de los que más tienen no lograrán un mundo mejor para todos, ni siquiera para los que se refugian detrás.

Frente a todo esto el debate y la reflexión sobre lo específico del laicado misionero en esta nueva época está servido. No pretenderé entrar en ello de manera teórica. Os ofrezco ahora simplemente algunas de las actividades donde como laicos estamos presentes dando respuesta a la llamada recibida. Esa es nuestra ministerialidad, nuestro servicio al que nos sentimos llamados. La respuesta de vida y no en teoría que estamos dando. No me extenderé, tan solo enunciaré algunos casos que nos puedan dar luces y otros muchos permanecerán en el anonimato… no en balde somos llamados a ser piedra escondida.

Tenemos compañeros y compañeras trabajando con los pigmeos y el resto de la población en República Centro Africana, un país donde llevamos más de 25 años. Junto a un pueblo que es considerado casi como sus siervos por la población mayoritaria que lo consideran menos. Siendo puente de inclusión o responsabilizándonos de una red de escuelas primarias en un país que ha pasado por varios golpes de estado y está en una situación de conflicto desde hace años que no permite al gobierno dar este servicio.

Estamos en Perú viviendo y acompañando a la gente en la periferia de las grandes ciudades. En barriadas de ocupación donde los que llegan del campo van tomando un terreno a la ciudad para vivir, sin luz, sin agua o alcantarillado. Unas familias que luchan por tener una vida digna, que se fueron de sus pueblitos a la ciudad para poder comer, dar una vida mejor a sus hijos. Y donde encontramos mucha solidaridad entre sus vecinos y acogida pero también dificultades traídas por el alcohol, la violencia machista o la desestructuración de muchas familias.

En Mozambique colaboramos con la educación de sus jóvenes, chicos y chicas, que saliendo de sus comunidades extendidas por el interior buscan poder formarse para levantar el país. Se necesitan escuelas que les den esa formación profesional e internados que les permitan vivir durante ese periodo escolar pues sus casas quedan a muchos kilómetros. Acompañar a estos jóvenes y a las comunidades cristianas es también parte de nuestra llamada.

Por otro lado, estamos presentes en Brasil en la lucha contra las grandes compañías extractivistas que desplazan a las comunidades de sus tierras, que envenenan los ríos o el aire de las comunidades, cortan la comunicación o las aíslan con sus trenes kilométricos que socaban los minerales de la zona sin preocuparse por el medio ambiente o el bien de las personas.

También en muchos países de Europa estamos involucrados en la acogida de inmigrantes. Intentamos devolver todo lo recibido cuando también nosotros fuimos extranjeros. Llamados a recibir a aquellos que huyen de la miseria o las guerras, a aquellos que buscan un futuro mejor para sus familias y que encuentran grandes muros a su llegada, no solo de hormigón y alambre sino también de miedo e incomprensión por parte de la población. Ser puentes con una población que sigue siendo hospitalaria y solidaria, presentes en medio de las organizaciones sociales y eclesiales que se movilizan para acoger e integrar a sus nuevos vecinos. Desde el recibimiento en costa, hasta la ayuda en la lengua, en la búsqueda de empleo, vivienda, la tramitación administrativa o el reconocer la valía que nos traen y la riqueza que su presencia trae a la nueva sociedad. Poniendo en valor lo que son y sus culturas y siendo referente de las mismas en un mundo que no siempre les entiende.

Cuando la sociedad fracasa y el ser humano falla no sabemos qué hacer con esas personas. La reclusión en prisiones es la solución que hemos dado como sociedad. Pero esas prisiones se convierten muchas veces en escuelas de más delincuencia y no de rehabilitación como debieran. En medio de ellas están las APAC que nacieron en Brasil y que se van extendiendo poco a poco. Un sistema de reclusión donde la persona que llega es considerada como un recuperando no un preso, que se le llama por su nombre propio y no por un número. Protagonista de su vida, se la ayuda a entender su falta y la necesidad de pedir perdón y reinsertarse como un miembro activo de la sociedad. Un método donde la comunidad se vuelca y crea puentes recuperando a sus hijos e hijas que un día cometieron un error. Donde los recuperandos tienen las llaves de las puertas y entre todos van entendiendo la dignidad de hijos de Dios, el arrepentimiento y su valor como personas para la sociedad.

La manera en la cual estamos viviendo en los países con más recursos está esquilmando un planeta finito. Las relaciones comerciales internacionales están empobreciendo a muchos para el beneficio de pocos… promover un nuevo estilo de vida es algo fundamental para cambiar los paradigmas y valores que se muestran como los únicos válidos para el éxito social y la felicidad. En una sociedad donde lo que se prima es tener y consumir sobre el ser, hay que proponer nuevos estilos de vida. En eso también estamos implicados en Europa. Proponiendo nuevos estilos de vida, de compromisos, de responsabilidad en el consumo, en la economía, etc.

Y así podríamos seguir con acciones ligadas a una educación comprometida con los más excluidos en las periferias de nuestras ciudades, en el cuidado de los enfermos mostrando el rostro de Dios que les acompaña y la mano de Dios que les cuida, en la atención a personas sin hogar, a personas con adicciones…

Como misioneros somos y debemos hacer a todos conscientes de la realidad de un mundo globalizado que requiere de una acción conjunta, un nuevo posicionamiento. Por ello, cada una de nuestras pequeñas acciones, nuestros pequeños granitos de arena conforman pequeñas montañas donde subirse, ver y soñar un mundo diferente. Subirnos con la gente con las que vivimos nuestro día a día. Especialmente llamados a aquellos que viven hundidos sin poder ver un horizonte, una salida a sus dificultades, estamos llamados a levantar la barbilla y mirar adelante, a animar y acompañar esas comunidades. Estamos llamados a estar allí donde nadie quiere ir.

Todos llamados a luchar de manera global por los problemas que son globales, a unirnos y a ser d   inamizadores de redes de solidaridad en esta humanidad que habita la casa común, que cada día se demuestra es más pequeña. Y en medio de ella colocar a Jesús, la persona que cambió nuestra vida. Dios es un derecho de todo hombre y de toda mujer. Nos sentimos responsables de dar a conocer la Buena Noticia, de presentarles un Dios vivo que está entre nosotros, que camina con nosotros, que como nos mostró Jesús de Nazaret no nos abandona y nos acompaña siempre. En el interior de cada persona, en el más necesitado, en la comunidad, Dios espera por cada uno de nosotros para transformar nuestra vida, para llenarla de felicidad, de una felicidad profunda. Dios nos espera para darnos agua viva, esa agua que colma la sed del ser humano.

Que el Señor nos dé fuerzas para poder estar presentes y acompañar, ser un medio que lleve a las personas a su encuentro y nos mantenga siempre en camino a su lado.

Alberto de la Portilla, LMC


Deja un comentario

¡FELIZ ESPERANZA DE RESURRECCIÓN! desde Etiopía

Desde lo más profundo de mí, os deseo que esta Semana, tan diferente, pero plena de oportunidades, os haya ayudado a transformar con esperanza esta realidad que estamos viviendo.

Os preguntaréis por qué os hago esta felicitación una semana más tarde. Tranquilidad, llego a tiempo. En la mayor parte del mundo, el cristianismo se rige por el Calendario Gregoriano, con las fechas que todos conocemos; en Etiopía (junto varios países más) se rigen por el Calendario Juliano, por lo que justo hoy estamos llegando al cénit, al culmen de la Semana Santa: el Domingo de Resurrección. Mientras en el resto de la cristiandad, las mujeres y los hombres se regocijaban con la esperanza que trae la resurrección, en Etiopía seguíamos en recogimiento, pero con la vista puesta en vuestro gozo, y repitiéndonos a nosotros mismos, muy bajito: llegará, confianza que llegará.

Como en el resto del mundo, ha sido una celebración “diferente”: sin presencia del pueblo, a puerta cerrada, pero llevando en nuestra mente y en nuestro corazón a todas y cada una de las personas que debían estar ahí junto a nosotros. Etiopía no se salva de este enemigo invisible que es el virus, así como no se salva del ya conocido también enemigo invisible que es la deshumanización.

 

Por un lado, quería compartir cómo está viviendo este multicultural país las consecuencias de la pandemia. Por una parte, con mucho desconocimiento, puesto que gran parte de la población no tiene acceso real a la información completa que puede venir del exterior, sino más bien, sesgada y parcial. Esto está provocando mucho miedo en la población, ya que nuestra naturaleza humana nos lleva a elegir lo peor y que más dolor puede ocasionar a la gente cuando parcializamos algo. Por supuesto, la situación en el mundo actualmente no es nada halagüeña; pero, si a eso le sumamos la desinformación sobre cómo se propaga, quién lo propaga, cómo empezó, qué medidas hay que tomar, etc., al final la gente vive con miedo. Miedo a la falta absoluta de test, miedo a la falta de recursos médicos en la mayoría del país (que vive en zonas rurales), miedo al extranjero (ya que nos consideran los portadores naturales del virus, aunque llevemos años en Etiopía, lo que está provocando incluso muchas situaciones de racismo contra los no africanos [curioso como la realidad nos sorprende de maneras que ni imaginábamos, verdad?]), miedo a los hospitales y al personal sanitario, miedo a la información y a la desinformación, miedo a la muerte, miedo a que eso sea el final…

Como el dolor de la Madre que ha presenciado la ejecución de su hijo, como el miedo de los discípulos y discípulas de Jesús en Sábado Santo…

Pero la muerte no es el final, y la ESPERANZA (con mayúsculas) viene a recordárnoslo una vez más, a traer luz donde sólo había oscuridad, a ser el ejemplo de que el AMOR y la VERDAD siempre, siempre, siempre triunfan.

Realmente, no quiero dejar pasar esta ocasión sin reflexionar sobre los tiempos que nos están tocando vivir (reflexión que he ido compartiendo ya con algunas personas, pero que traigo aquí de manera más pública, con toda la humildad).

Una de las cosas que han hecho quebrar mi corazón de todo lo que he ido viendo en la lejanía ha sido el hecho de que los entierros se hagan a puerta cerrada, con sólo dos o tres familiares, mientras el resto deben llorar su muerte en una intimidad espiritual que no sana realmente el dolor. Como muchos sabrán, hace menos de dos años perdí a una de las personas que más quería (y quiero) en este mundo; no puedo ni quiero imaginarme el dolor que sentiría si en vez de despedirlo en ese acto tan cercano tuviera que hacerlo en la lejanía, en la soledad de mi habitación, sin poder verlo por última vez y prometerle no olvidarlo nunca. Este hecho será algo que tendremos que analizar en el futuro, si realmente era necesaria tal restricción (mientras se permitieron otra serie de cosas), y sumar más dolor (y en esa cantidad) al ya existente por la muerte. Pero, mientras tanto, no olvidemos nuestra humanidad, y acompañemos con cariño a todo aquel que se haya encontrado en esa situación. Y, cuando esta pesadilla haya terminado, salgamos a darle la dignidad que se merecen estos hijos e hijas de Dios, y el abrazo que necesitan sus familiares o todo aquel que haya llorado por estas pérdidas.

Sin embargo, este hecho tan doloroso también trae a mi mente tantas madres que ni han podido llorar la muerte de sus hijos e hijas, ni jamás lo podrán hacer. Tantas vidas arrebatadas en los pasos fronterizos, en los viajes migratorios, en los conflictos armados, en los enfrentamientos injustificados (es decir, todos).

No sólo traigo a mi corazón estos deseos de forma general, sino particular. Porque, precisamente donde estoy viviendo ahora mismo, los enfrentamiento étnicos se han llevado por delante muchas vidas humanas; la sinrazón ha arrebatado de los brazos de los padres muchas criaturas.

Ahora que, por desgracia, hemos sido testigos de esta doliente situación, tiremos de empatía y traigamos a nuestros corazones las situaciones que arriba os comentaba; no lo analicemos como un número o una foto, sino como un hermano que hemos perdido, una hermana que ya no volverá. Lloremos estas pérdidas, y, lo que es más importante, pongamos todos los medios que tengamos para evitar que se repita.

 

Otra de las realidades que quería traer en esta reflexión es el miedo, como antes mencionaba. A diario vemos situaciones que nos superan, que rebasan nuestra posibilidad de controlarlo todo, y que, por tanto, nos revuelve nuestro mundo entero. Hablo del miedo al virus en si mismo, a la falta de vacuna, a la falta de un tratamiento confirmado; el miedo a no poder defenderse completamente de la infección; el miedo a salir a diario y a contagiarse, o a contagiar a los nuestros; el miedo a cualquier síntoma que nos pueda poner sobre aviso; el miedo a que este virus puede ser incontrolable, ya que no conoce de género, edad, raza o condición.

Seamos fuertes, y tengamos confianza; confianza en Dios, en el ser humano, en nuestro trabajo hacia la cura y la detención, en nuestros profesionales y en nuestro solidaridad como hermanos y hermanas. Que el miedo no nos haga perder el norte, puesto que todos los casos de temor que enumeraba antes pueden no darse, y deben no darse, pero el miedo nos puedo provocar más sufrimiento que el propio virus. El final de la tormenta llegará, y de nosotros y nosotras depende el acelerar el proceso; pero también, en humanizar el proceso. Tras la tormenta, os aseguro que vendrá la calma…

Al menos, tras esta tormenta. Porque hay otras tormentas que provocan el mismo miedo, y que, sin embargo, no parecen tener fin. La “tormenta” del conflicto, que no conoce la calma, y no distingue a la hora de arrasar en su proceso aniquilador: niños, ancianos, … todos caen por igual.

Os hablo desde mi humilde y escasa experiencia, en función de lo que voy viviendo este tiempo aquí.

Cuando el odio se apodera del corazón de las personas, la “tormenta” del conflicto azota con gran fuerza. La gente vive con miedo, con pánico: a salir, a moverse, a ser asaltado por las noches, a trabajar, a no trabajar (y morirse de hambre). Algunos se resisten, y quieren huir del lugar. Y, de nuevo, el miedo; el miedo a no encontrar transporte; a que sea demasiado tarde; a caer en el intento.

¿Cómo se puede vivir con el miedo continuo? A todo se aprende en esta vida, aunque nos destroce por dentro. Y esta gente, y mucha gente, parece no tener más opción que vivir con ese miedo. Hay momentos en los que la tormenta amaina un poco, y el sol se deja entrever; pero no es nunca un cielo despejado, y las nubes siempre están sobrevolando encima de nuestras cabezas, preparadas para descargar en cualquier momento.

Ya que hemos podido dar fe de lo que es vivir con miedo, y este virus ha hecho, sobre todo a una parte de la población, llegar al límite y sentir verdadera angustia, os vuelvo a pedir tirar una vez más de empatía, y recordar que hay gente que vive bajo una “tormenta” continua. Recemos por ellos, tengámoslos presentes; pero también, evitemos que eso se pueda repetir, y pongamos los medios que estén a nuestro alcance para buscar entre todos una solución.

No lo digo de manera abstracta y poética; todos sabemos qué podemos hacer para combatir muchos miedos. Seamos constructores de puentes de esperanza, y en el día a día, optemos siempre por dar esos pequeños pasos que nos acercan, no que nos dividen. No necesito concretar, cada uno, mirándose con sinceridad, y con la ayuda de la Luz de EL que todo lo ilumina, sabe discernir cómo puede contribuir.

 

Celebramos en Etiopía la Resurrección del Señor; al que decimos Señor porque realmente queremos que sea nuestro Camino, nuestra Verdad, nuestra Vida.

Tras la Resurrección, las mujeres que presenciaron este momento, no pudieron quedarse calladas, y su corazón ardía como nunca. La Resurrección lo cambió todo. Y así lo supieron transmitir al resto de discípulos, que también fueron testigos, y gozaron de esa renovación.

Tras la “muerte” y “desolación” del virus vendrá la Resurrección (progresiva, pero vendrá). Tenemos dos opciones, hacer como las personas que se dejaron desbordar por la esperanza y optaron por transformar el mundo (Venga a nosotros y nosotras tu Reino), o dejar pasar este acontecimiento como si nada. Me refiero a la Resurrección de nuestro Señor, pero también me refiero a la Resurrección de nuestra sociedad tras este virus…

¿Por qué opción vas a optar? ¿Por fin seremos capaces de tirar de empatía y construir esa sociedad fraterna, no como una utopía, sino como una “lucha” diaria?

“A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron (…) Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”

[Los discípulos de Emaús, del Evangelio de San Lucas 24, 31-33]

 ¡FELIZ ESPERANZA DE RESURRECCIÓN!

David Aguilera López

Laico Misionero Comboniano


Deja un comentario

Tres nuevas LMC polacas camino de misión

Este año tres chicas se han unido a nuestro movimiento LMC polaco y ahora son oficialmente LMC.

Agnieszka, Ewelina y Marcela están haciendo su experiencia de «vida en comunidad» en la casa de los padres combonianos en Cracovia.

Pronto, Ewelina y Agnieszka irán a Perú para una misión de dos años, a Arequipa donde sustituirán a Paula y Neuza.

Marcela se unirá a la comunidad de Mongoumba – África Central, donde otra LMC polaca – Monika está trabajando actualmente también en la misión.

Estos tres meses están llenos de encuentros con diferentes personas y de aprendizaje de vida en común.

Tienen clases de idiomas (español y francés), reuniones donde estudian la Palabra de Dios en la Santa Biblia.

Ewelina y Agnieszka realizan un voluntariado en emergencia familiar y Marcela comenzó su trabajo voluntario en el hospital.

Como nos cuentan, la mayor parte de su tiempo libre lo dedican a perfeccionar las nuevas lenguas, pronto las usarán muy a menudo, también a hablar con el hermano y los padres combonianos, y entre ellas mismas.

Recemos por ellas para que sean verdaderos testigos del amor y la misericordia de Dios cada día de su misión y de su vida en general.

LMC Polonia