Hemos celebrado la fiesta de la Santísima Cruz del sector de Hoyos Rubios. Cada barrio tiene su cruz, que fue plantada cuando los pobladores comenzaron a invadir la pampa para ocupar su lote de tierra. Es una costumbre muy arraigada en todo el país. Está asociada a borracheras, broncas y baile hasta la madrugada. Los distintos vecinos, según sus posibilidades y su generosidad, se “devotan” a la cruz comprometiéndose a proporcionar algo para la fiesta: las flores de la misa, el ponche, la orquesta, la traca… Los alferados son los que asumen la coordinación de todo lo necesario y también los mayores gastos. Devotos y alferados quieren con esta fiesta agradecer a Jesús los cosas buenas que ha hecho por ellos.
Una de las coordinadoras de la capilla me animó el año pasado a preparar espiritualmente la fiesta con los alferados. Cada noche de la semana previa fuimos a sus casas, llevando la cruz, rezando el rosario y compartiendo algunas lecturas de la Biblia. Lo valoramos como positivo y este año hemos repetido la actividad. Te das cuenta que los vecinos tienen todavía una visión en cierto modo mercantilista de su fe: la pagan a Jesús lo que han recibido de él, para que las bendiciones no les abandonen. En muchos casos en muy difícil sacarles de ese esquema.
Y al haberles acompañado en esta preparación, los alferados te invitan también a la fiesta y al almuerzo de confraternidad. Eso nos ha permitido participar en este acontecimiento del vecindario. Los padres parece que no asisten a la celebración social, sólo celebran la eucaristía. Pero nosotros somos laicos y eso cambia la cosa. Incluso tomamos cerveza y, lo que es más extraño, paramos antes de emborracharnos. Debe llamarles mucho la atención. El domingo a las 4 de la tarde la gran mayoría de los vecinos están ya ebrios.
Podemos pensar que es una fiesta pagana, que usa sólo a Jesús como talismán contra los avatares de la vida. Y tiene mucho de eso, pero podemos también mirar a la celebración festiva compartida, recíproca, más allá del mercantilismo. Ese día todos los vecinos almuerzan gratis, a cargo de los alferados. Y eso es mucho decir en un entorno de escasez. Cada uno se compromete a que no falte alguno de los detalles importantes para festejar. Y el año que viene otro vecino asumirá el compromiso. Gastan mucha plata, sí, pero la revierten en una fiesta compartida.
Podemos maldecir la celebración pagana o bendecirla con nuestra participación.
Para nosotros lo mejor ha sido que nos hicieran parte de la fiesta, que pudiéramos comer, beber y bailar con ellos. En un barrio donde no hay tiendas, ni escaparates, ni bares un día de fiesta es más alegre. ¡Es la fiesta! Hemos bailado sus danzas, a nuestro estilo, hemos hecho ronda con ellos, sin entender muy bien los pasos, pero nos hemos sentido vecinos. Ángel ha correteado con los hijos de los vecinos, algunos que no nos conocíamos.
Cuando la gente va estando bebida, van pasando el cuaderno para las inscripciones de cara al año próximo. Todavía no nos pasan el cuaderno, pero ya andamos pensando en qué devotarnos. Creo que les sorprenderá y será un paso más en nuestro compartir con este pueblo que nos acoge.
