“¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quien está condenado al analfabetismo; quien carece de la asistencia médica más elemental; quien no tiene techo donde cobijarse?”. Y nosotros nos preguntamos: ¿Cómo es posible que no nos hayamos percatado todavía que somos nosotros/as, los occidentales, quienes, por querer mantener nuestro tren de vida, llevamos siglos haciendo una obra de expolio y empobrecimiento sistemático de medio planeta?
Pues bien, (…) queremos ampliar esa conciencia de pertenencia familiar a todo el cosmos creado, tratando de ver que la hermandad cósmica es una base óptima, quizá la única, para la hermandad humana. En este sentido la vuelta a ser tierra, no solamente a pensar en la tierra, puede ayudarnos de manera eficaz a elaborar un nuevo pensamiento y una nueva praxis, una nueva espiritualidad, ante el desarrollo.”
Entresacamos estos párrafos del texto titulado “Vivir en la globalidad del ser”, de Fidel Aizpurúa, capuchino y teólogo. En él se ilustran con claridad los puntos de encuentro entre el cristianismo y esa “nueva tradición” de vida consciente y consecuente con la solidaridad entre los seres humanos y de solidaridad con la creación.
Mañana se celebra el Día internacional de la Madre Tierra, un día para pensar en nuestro estilo de vida y de sus repercusiones en los demás seres del planeta. Un día para tomar conciencia de que “somos tierra”, o como decía el indio Seattle, saber que “la tierra no pertenece al hombre sino el hombre pertenece a la tierra”. Sólo desde esta óptica podremos respetar toda forma de vida, empezando por la vida de las otras personas, las de cerca y las de lejos. 
