Domingo I Adviento.01 noviembre de 2013

Mateo 24,37-44

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por lo tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

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CON LOS OJOS  ABIERTOS

 Las primeras comunidades  cristianas vivieron años muy difíciles. Perdidos en el vasto Imperio de Roma, en  medio de conflictos y persecuciones, aquellos cristianos buscaban fuerza y  aliento esperando la pronta venida de Jesús y recordando sus palabras: Vigilad.  Vivid despiertos. Tened los ojos abiertos. Estad alerta.

¿Significan todavía algo para  nosotros las llamadas de Jesús a vivir despiertos? ¿Qué es hoy para los  cristianos poner nuestra esperanza en Dios viviendo con los ojos abiertos?  ¿Dejaremos que se agote definitivamente en nuestro mundo secular la esperanza en  una última justicia de Dios para esa inmensa mayoría de víctimas inocentes que  sufren sin culpa alguna?

Precisamente, la manera más fácil de  falsear la esperanza cristiana es esperar de Dios nuestra salvación eterna,  mientras damos la espalda al sufrimiento que hay ahora mismo en el mundo. Un día  tendremos que reconocer nuestra ceguera ante Cristo Juez: ¿Cuándo te vimos  hambriento o sediento, extranjero o desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te  asistimos? Este será nuestro dialogo final con él si vivimos con los ojos  cerrados.

Hemos de despertar y abrir bien los  ojos. Vivir vigilantes para mirar más allá de nuestros pequeños intereses y  preocupaciones. La esperanza del cristiano no es una actitud ciega, pues no  olvida nunca a los que sufren. La espiritualidad cristiana no consiste solo en  una mirada hacia el interior, pues su corazón está atento a quienes viven  abandonados a su suerte.

En las comunidades cristianas hemos  de cuidar cada vez más que nuestro modo de vivir la esperanza no nos lleve a la  indiferencia o el olvido de los pobres. No podemos aislarnos en la religión para  no oír el clamor de los que mueren diariamente de hambre. No nos está permitido  alimentar nuestra ilusión de inocencia para defender nuestra  tranquilidad.

Una esperanza en Dios, que se olvida  de los que viven en esta tierra sin poder esperar nada, ¿no puede ser  considerada como una versión religiosa de cierto optimismo a toda costa, vivido  sin lucidez ni responsabilidad? Una búsqueda de la propia salvación eterna de  espaldas a los que sufren, ¿no puede ser acusada de ser un sutil “egoísmo  alargado hacia el más allá”?

Probablemente, la poca sensibilidad  al sufrimiento inmenso que hay en el mundo es uno de los síntomas más graves del  envejecimiento del cristianismo actual. Cuando el Papa Francisco reclama “una  Iglesia más pobre y de los pobres”, nos está gritando su mensaje más importante  a los cristianos de los países del bienestar.

J.A. Pagola

 


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