Dejarse llevar por el pueblo

El misionero comboniano P. Dario Bossi participó recientemente en el V Seminario de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española, que ha trabajado cuestiones de enorme relevancia social como energía y sostenibilidad.

Presentó el trabajo de la plataforma ecuménica Iglesias y Minería, que lleva la voz de las comunidades afectadas por los mega proyectos mineros, que prometen riqueza para todos, pero suelen dejar un medio ambiente contaminado que ya no puede sustentar las actividades agropecuarias tradicionales de las comunidades. La Iglesia es un apoyo que articula la movilización social de las distintas comunidades por sus derechos.

La Justicia y Paz e Integridad de la Creación (JPIC) se consolida como ámbito de la misión, en el que la familia comboniana está caminando desde hace tiempo, en diversos sectores como las migraciones, la trata, o la ecología integral/cuidado de la Casa común. En su ponencia en el Seminario, Dario Bossi describió con claridad de dónde nace la llamada a vivir la misión desde la ecología integral. Fiel al lema comboniano de hacer causa común con el pueblo, destacó: «Lo que cambia a un misionero es cuando empieza a escuchar y se deja cambiar por el pueblo… mis grandes maestras han sido las comunidades, que me han empujado».

Es una invitación a estar atentos a lo que las comunidades descartadas, en los márgenes de la historia, están pidiendo. En ellas tenemos una guía y estímulo para participar en el Reino. D. Bossi trabajó en la comunidad de Açailândia-Piquiá, junto a nuestro compañero Xoan Carlos Sánchez, que continúa allá desde el año 2000.

Intervención de P. Dario Bossi

Tercer domingo del mes misionero

Estamos en la mitad del mes de octubre, mes misionero. En pocos días celebraremos el DOMUND: ¿cómo va tu preparación? Déjate ayudar por la palabra de Dios:

Evangelio según San Lucas (18, 1-8): Un cierto día, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban las personas.
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”.
Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

DIOS NO ES IMPARCIAL

La parábola de Jesús refleja una situación bastante habitual en la Galilea de su tiempo. Un juez corrupto desprecia arrogante a una pobre viuda que pide justicia. El caso de la mujer parece desesperado, pues no tiene a ningún varón que la defienda. Ella, sin embargo, lejos de resignarse, sigue gritando sus derechos. Solo al final, molesto por tanta insistencia, el juez termina por escucharla.

Lucas presenta el relato como una exhortación a orar sin «desanimarnos», pero la parábola encierra un mensaje previo, muy querido por Jesús. Este juez es la «antimetáfora» de Dios, cuya justicia consiste precisamente en escuchar a los pobres más vulnerables.

El símbolo de la justicia en el mundo grecorromano era una mujer que, con los ojos vendados, imparte un veredicto supuestamente «imparcial». Según Jesús, Dios no es este tipo de juez imparcial. No tiene los ojos vendados. Conoce muy bien las injusticias que se cometen con los débiles y su misericordia hace que se incline a favor de ellos.

Esta «parcialidad» de la justicia de Dios hacia los débiles es un escándalo para nuestros oídos burgueses, pero conviene recordarla, pues en la sociedad moderna funciona otra «parcialidad» de signo contrario: la justicia favorece más al poderoso que al débil. ¿Cómo no va a estar Dios de parte de los que no pueden defenderse?

Nos creemos progresistas defendiendo teóricamente que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos», pero todos sabemos que es falso. Para disfrutar de derechos reales y efectivos es más importante nacer en un país poderoso y rico que ser persona en un país pobre.

Las democracias modernas se preocupan de los pobres, pero el centro de su atención no es el indefenso, sino el ciudadano en general. En la Iglesia se hacen esfuerzos por aliviar la suerte de los indigentes, pero el centro de nuestras preocupaciones no es el sufrimiento de los últimos, sino la vida moral y religiosa de los cristianos. Es bueno que Jesús nos recuerde que son los seres más desvalidos quienes ocupan el corazón de Dios.

Nunca viene su nombre en los periódicos. Nadie les cede el paso en lugar alguno. No tienen títulos ni cuentas corrientes envidiables, pero son grandes. No poseen muchas riquezas, pero tienen algo que no se puede comprar con dinero: bondad, capacidad de acogida, ternura y compasión hacia el necesitado.

José Antonio Pagola (www.gruposdejesus.com)

Fiesta de San Daniel Comboni: Repensar juntos la misión comboniana

El 10 de octubre la familia comboniana (laicado, religiosas y religiosos), junto a la Iglesia universal, celebramos la fiesta de San Daniel, en el día que entregó finalmente su vida en su amada África en 1881. Este veronés es una figura enorme en la vida de la Iglesia y de África. Una y otra vez volvemos a releer su historia para reconocer lo que hoy nos está inspirando, desde los lemas que intentan condensar esta espiritualidad: «Salvar África con África», «África o muerte», «Hacer causa común con el pueblo»…

Estas semanas hay múltiples citas que muestran la vitalidad de la familia comboniana. Hemos concluido el encuentro continental Americano LMC en Perú (al que pertenece la imagen de este artículo), y en breve iniciará el encuentro continental Africano. El Capítulo de los MCCJ (Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús) se ha celebrado en verano, mientras que las hermanas se encuentran en pleno Capítulo General en el año de su 150 aniversario.

Nuestras hermanas vienen profundizando en la mística del encuentro, en su vocación a ser puente en la diversidad. En una reciente reflexión1, la hermana Prado apunta que: «La regeneración de la que Comboni hablaba tiene que asumir nuevos rostros y nuevo vocabulario. Esa regeneración tiene que ver con dar importancia a la persona, y ser conscientes de que quizás debamos aprender otro estilo de relaciones. Aprender aquellas que tienen que ver con la ternura, con la humildad, la disponibilidad, con la empatía, con sabernos débiles y necesitadas». El carisma es una llamada viva, que se va expresando y renovando en cada contexto y momento histórico.

La General comboniana, Luigia Coccia, afirma en la misma publicación: «Los laicos siempre han estado a nuestro lado desde nuestros inicios. En la visión misionera de Comboni su papel era claro y se consideraba insustituible. Luego, con el tiempo, desgraciadamente, perdimos un poco esta conciencia, tal vez porque aumentamos rápidamente en número y esto nos hizo creer que podíamos hacerlo todo nosotras mismas, porque teníamos suficientes miembros para realizar trabajos importantes. Pero durante años no nos dimos cuenta de que los laicos no son una fuerza de trabajo sino la posibilidad de desarrollar una visión diferente de la misión; su presencia crea una nueva forma de pensar y vivir la misión comboniana. Con ellos hay que repensar la misión comboniana: pensar en nuevas metodologías misioneras, partiendo precisamente de la colaboración con los laicos. Hoy ya no tiene sentido
iniciar nuevos proyectos misioneros en solitario como Hermanas Combonianas, sino que es el momento de volver a empezar juntos.»

Así pues, los laicos combonianos estamos invitados a repensar juntos, como familia, la misión comboniana.

1 Suplemento de Vida Nueva, octubre 2022

Evangelio del domingo 9 de octubre

Lc 17, 11-19

Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos, les dijo:
«Id a presentaros a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Este era un samaritano.
Jesús, tomó la palabra y dijo:
«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».
Y le dijo:
«Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Comentario de J. A. Pagola

RECUPERAR LA GRATITUD

Se ha dicho que la gratitud está desapareciendo del «paisaje afectivo» de la vida moderna. El conocido ensayista José Antonio Marina recordaba recientemente que el paso de Nietzsche, Freud y Marx nos ha dejado sumidos en una «cultura de la sospecha» que hace difícil el agradecimiento.

Se desconfía del gesto realizado por pura generosidad. Según el profesor, «se ha hecho dogma de fe que nadie da nada gratis y que toda intención aparentemente buena oculta una impostura». Es fácil entonces considerar la gratitud como «un sentimiento de bobos, de equivocados o de esclavos».

No sé si esta actitud está tan generalizada. Pero sí es cierto que, en nuestra «civilización mercantilista», cada vez hay menos lugar para lo gratuito. Todo se intercambia, se presta, se debe o se exige. En este clima social la gratitud desaparece. Cada cual tiene lo que se merece, lo que se ha ganado con su propio esfuerzo. A nadie se le regala nada.

Algo semejante puede suceder en la relación con Dios si la religión se convierte en una especie de contrato con él: «Yo te ofrezco oraciones y sacrificios y Tú me aseguras tu protección. Yo cumplo lo estipulado y Tú me recompensas». Desaparecen así de la experiencia religiosa la alabanza y la acción de gracias a Dios, fuente y origen de todo bien.

Para muchos creyentes, recuperar la gratitud puede ser el primer paso para sanar su relación con Dios. Esta alabanza agradecida no consiste primariamente en tributarle elogios ni en enumerar los dones recibidos. Lo primero es captar la grandeza de Dios y su bondad insondable. Intuir que solo se puede vivir ante Él dando gracias. Esta gratitud radical a Dios genera en la persona una forma nueva de mirarse a sí misma, de relacionarse con las cosas y de convivir con los demás.

El creyente agradecido sabe que su existencia entera es don de Dios. Las cosas que le rodean adquieren una profundidad antes ignorada; no están ahí solo como objetos que sirven para satisfacer necesidades; son signos de la gracia y la bondad del Creador. Las personas que encuentra en su camino son también regalo y gracia; a través de ellas se le ofrece la presencia invisible de Dios.

De los diez leprosos curados por Jesús, solo uno vuelve «glorificando a Dios», y solo él escucha las palabras de Jesús: «Tu fe te ha salvado». El reconocimiento gozoso y la alabanza a Dios siempre son fuente de salvación.

¡FELIZ MES MISIONERO! (con buenas noticias)

Empezamos el mes de octubre, mes de la misión. La fiesta del primer día es de una misionera ejemplar, Santa Teresa de Lisieux, que nunca salió de su país pero es ejemplo de misionera. Os dejamos el evangelio del primer domingo de octubre, para que os impulse a la misión…

Evangelio según san Lucas (17,5-10): Un cierto día, los apóstoles le dijeron al Señor:
«Auméntanos la fe». El Señor dijo:
«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera:
“Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.
¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos sencillamente siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

ORAR DESDE LA DUDA

En el creyente pueden surgir dudas sobre un punto u otro del mensaje cristiano. La persona se pregunta cómo ha de entender una determinada afirmación bíblica o un aspecto concreto del dogma cristiano. Son cuestiones que están pidiendo una mayor clarificación.

Pero hay personas que experimentan una duda más radical, que afecta a la totalidad. Por una parte sienten que no pueden o no deben abandonar su religión, pero por otra no son capaces de pronunciar con sinceridad ese «sí» total que implica la fe.

El que se encuentra así suele experimentar, por lo general, un malestar interior que le impide abordar con paz y serenidad su situación. Puede sentirse también culpable. ¿Qué me ha podido pasar para llegar a esto? ¿Qué puedo hacer en estos momentos? Tal vez lo primero es abordar positivamente esta situación ante Dios.

La duda nos hace experimentar que no somos capaces de «poseer» la verdad. Ningún ser humano «posee» la verdad última de Dios. Aquí no sirven las certezas que manejamos en otros órdenes de la vida. Ante el misterio último de la existencia hemos de caminar con humildad y sinceridad.

La duda, por otra parte, pone a prueba mi libertad. Nadie puede responder en mi lugar. Soy yo el que me encuentro enfrentado a mi propia libertad y el que tengo que pronunciar un «sí» o un «no».

Por eso, la duda puede ser el mejor revulsivo para despertar de una fe infantil y superar un cristianismo convencional. Lo primero no es encontrar respuestas a mis interrogantes concretos, sino preguntarme qué orientación quiero dar a mi vida. ¿Deseo realmente encontrar la verdad? ¿Estoy dispuesto a dejarme interpelar por la verdad del Evangelio? ¿Prefiero vivir sin buscar verdad alguna?

La fe brota del corazón sincero que se detiene a escuchar a Dios. Como dice el teólogo catalán E. Vilanova, «la fe no está en nuestras afirmaciones o en nuestras dudas. Está más allá: en el corazón… que nadie, excepto Dios, conoce».

Lo importante es ver si nuestro corazón busca a Dios o más bien lo rehúye. A pesar de toda clase de interrogantes e incertidumbres, si de verdad buscamos a Dios, siempre podemos decir desde el fondo de nuestro corazón esa oración de los discípulos: «Señor, auméntanos la fe». El que ora así es ya creyente.

José Antonio Pagola (www.gruposdejesus.com)