MUNDO NEGRO Y AGUILUCHOS. MARZO 2021





Con la celebración del 190º aniversario del nacimiento de Daniel Comboni (Limone Sul Garda,
15 de marzo de 1831) y el 140º aniversario de su muerte (Jartum, 10 de octubre de 1881), se nos invita a
celebrar nuestra memoria carismática y a invocar la fuerza de la presencia del Espíritu que iluminó su vida,
desde el nacimiento hasta la muerte.
Compartimos la carta que los diferentes Consejos Generales de la Familia comboniana junto con el Comité Central de los LMC han escrito para esta ocasión bajo el título «Tener el fuego vivo».
Que la lectura y meditación de esta carta nos ayuden cada día a vivir con intensidad nuestro carisma comboniano.
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»
DIOS AMA EL MUNDO
No es una frase más. Palabras que se podrían eliminar del evangelio sin que nada importante cambiara. Es la afirmación que recoge el núcleo esencial de la fe cristiana. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». Este amor de Dios es el origen y el fundamento de nuestra esperanza.
«Dios ama el mundo». Lo ama tal como es. Inacabado e incierto. Lleno de conflictos y contradicciones. Capaz de lo mejor y de lo peor. Este mundo no recorre su camino solo, perdido y desamparado. Dios lo envuelve con su amor por los cuatro costados. Esto tiene consecuencias de la máxima importancia.
Primero. Jesús es, antes que nada, el «regalo» que Dios ha hecho al mundo, no solo a los cristianos. Los investigadores pueden discutir sin fin sobre muchos aspectos de su figura histórica. Los teólogos pueden seguir desarrollando sus teorías más ingeniosas. Solo quien se acerca a Jesús como el gran regalo de Dios puede ir descubriendo en él, con emoción y gozo, la cercanía de Dios a todo ser humano.
Segundo. La razón de ser de la Iglesia, lo único que justifica su presencia en el mundo, es recordar el amor de Dios. Lo ha subrayado muchas veces el Vaticano II: la Iglesia «es enviada por Cristo a manifestar y comunicar el amor de Dios a todos los hombres». Nada hay más importante. Lo primero es comunicar ese amor de Dios a todo ser humano.
Tercero. Según el evangelista, Dios hace al mundo ese gran regalo que es Jesús, «no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Es peligroso hacer de la denuncia y la condena del mundo moderno todo un programa pastoral. Solo con el corazón lleno de amor a todos podemos llamarnos unos a otros a la conversión. Si las personas se sienten condenadas por Dios, no les estamos transmitiendo el mensaje de Jesús, sino otra cosa: tal vez nuestro resentimiento y enojo.
Cuarto. En estos momentos en que todo parece confuso, incierto y desalentador, nada nos impide a cada uno introducir un poco de amor en el mundo. Es lo que hizo Jesús. No hay que esperar a nada. ¿Por qué no va a haber en estos momentos hombres y mujeres buenos que introducen en el mundo amor, amistad, compasión, justicia, sensibilidad y ayuda a los que sufren…? Estos construyen la Iglesia de Jesús, la Iglesia del amor.
José Antonio Pagola

El papa Francisco nombró ayer obispo de Mbaïki, en República Centroafricana, al misionero comboniano burgalés Jesús Ruiz Molina, según informa la Santa Sede. Tomará posesión de la diócesis ante la aceptación de la renuncia de quien hasta ahora ha sido su pastor, mons. Guerrino Perin. Hasta ahora, Jesús Ruiz era obispo auxiliar de Bangassou, colaborando con el obispo español Juan José Aguirre en una de las zonas más conflictivas del planeta.
Mons. Ruiz Molina nació el 23 de enero de 1959 en La Cueva de Roa (Burgos), donde estudió tanto en el Seminario Menor como luego en el Seminario Mayor. Completó sus estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Mayor de Moncada y amplió sus estudios de Teología en París y posteriormente en Salamanca. Hizo sus primeros votos con los misioneros Combonianos el 25 de mayo de 1985, y los votos solemnes el 24 de abril de 1988. Fue ordenado sacerdote 11 de julio 1987. Ha sido formador en el postulantado comboniano y responsable de los Laicos Misioneros Combonianos en España entre los años 2002-2008 y provincial de la nueva Provincia en el Chad en 2008. De 2013 a 2015 fue también consejero de la Delegación de la congregación en África Central. El 11 de julio de 2017 fue nombrado obispo auxiliar de Bangassou, siendo consagrado obispo el 12 de noviembre del mismo año.
Allí, el burgalés ha sido testigo de una cruenta guerra civil que sufre la población desde 2013 y que ha enemistado a musulmanes y no musulmanes, con los cristianos en medio del drama. Es más, Ruiz Molina tuvo que recibir su ordenación episcopal lejos de su diócesis al estar ocupada la catedral como refugio de decenas de musulmanes que huyen de la guerra. El papa Francisco lo recibió en el Vaticano en septiembre de 2018 agradeciendo su entregado trabajo en lo que calificó como «el foso de los leones».
