Celebración día de los LMC 2020

 

El pasado domingo celebramos nuestro día los Laicos Misioneros Combonianos.

Este año y debido a la pandemia las celebraciones presenciales han sido bastante difíciles y reducidas.

Pero desde Europa surgió la iniciativa de festejar todos juntos vía internet nuestro día. Y así lo hicimos.

Nos reunimos más de 100 LMC de todas las partes del mundo para compartir juntos nuestra fiesta y celebrar nuestra vocación. Es verdad que nuestros compañeros de África tuvieron más dificultad para unirse debido a los problemas de Internet.

Comenzamos con un saludo en varias lenguas a cargo de Carmen Aranda (coordinadora del comité europeo) y pudimos recordar en un pequeño video realizado en Brasil el instante en el que el papa Francisco nos saludó durante nuestra asamblea internacional celebrada en Roma. Fue un momento emotivo.

Después pudimos rezar un rato juntos usando cada uno la lengua propia y así hacer presentes nuestras diferentes realidades personales, familiares y de servicio misionero que están y han estado presentes durante este año. Pedimos al Señor por las dificultades que está atravesando todo el planeta y las situaciones más difíciles de algunos países, así como también agradecer por todo lo aprendido en este tiempo y por los momentos de solidaridad vividos durante el año.

Día LMC

Tuvimos muy presentes también al resto de la Familia Comboniana, que se unió para felicitarnos en este día.

Seguidamente continuamos compartiendo los videos de presentación que los diferentes países habían enviado para este día especial. En ellos pudimos saludar a los hermanos y hermanas de los diferentes países y ver parte de su labor misionera así como alguna música y cosas propias del país de cada uno.

Domingo III T. ADVIENTO (B) 13 de diciembre de 2020

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,6-8.19-28):

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»
Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»
Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»
El dijo: «No lo soy.»
«¿Eres tú el Profeta?»
Respondió: «No.»
Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

TESTIGOS DE LA LUZ

Es curioso cómo presenta el cuarto evangelio la figura del Bautista. Es un «hombre», sin más calificativos ni precisiones. Nada se nos dice de su origen o condición social. Él mismo sabe que no es importante. No es el Mesías, no es Elías, ni siquiera es el Profeta que todos están esperando. Solo se ve a sí mismo como «la voz que grita en el desierto: Allanad el camino al Señor». Sin embargo, Dios lo envía como «testigo de la luz», capaz de despertar la fe de todos. Una persona que puede contagiar luz y vida. ¿Qué es ser testigo de la luz?

El testigo es como Juan. No se da importancia. No busca ser original ni llamar la atención. No trata de impactar a nadie. Sencillamente vive su vida de manera convencida. Se le ve que Dios ilumina su vida. Lo irradia en su manera de vivir y de creer.

El testigo de la luz no habla mucho, pero es una voz. Vive algo inconfundible. Comunica lo que a él le hace vivir. No dice cosas sobre Dios, pero contagia «algo». No enseña doctrina religiosa, pero invita a creer. La vida del testigo atrae y despierta interés. No culpabiliza a nadie. No condena. Contagia confianza en Dios, libera de miedos. Abre siempre caminos. Es como el Bautista, «allana el camino al Señor».

El testigo se siente débil y limitado. Muchas veces comprueba que su fe no encuentra apoyo ni eco social. Incluso se ve rodeado de indiferencia o rechazo. Pero el testigo de Dios no juzga a nadie. No ve a los demás como adversarios que hay que combatir o convencer: Dios sabe cómo encontrarse con cada uno de sus hijos e hijas.

Se dice que el mundo actual se está convirtiendo en un «desierto», pero el testigo nos revela que algo sabe de Dios y del amor, algo sabe de la «fuente» y de cómo se calma la sed de felicidad que hay en el ser humano. La vida está llena de pequeños testigos. Son creyentes sencillos, humildes, conocidos solo en su entorno. Personas entrañablemente buenas. Viven desde la verdad y el amor. Ellos nos «allanan el camino» hacia Dios. Son lo mejor que tenemos en la Iglesia.

José Antonio Pagola

Domingo 2ª Adviento (B). 06 de diciembre de 2020

Marcos 1,1-8
Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.»» Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaba sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»

RENDIJAS

Son bastantes las personas que ya no aciertan a creer en Dios. No es que lo rechacen. Es que no saben qué camino seguir para encontrarse con él. Y, sin embargo, Dios no está lejos. Oculto en el interior mismo de la vida, Dios sigue nuestros pasos, muchas veces errados o desesperanzados, con amor respetuoso y discreto. ¿Cómo percibir su presencia?

Marcos nos recuerda el grito del profeta en medio del desierto: «Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos». ¿Dónde y cómo abrir caminos a Dios en nuestras vidas? No hemos de pensar en vías espléndidas y despejadas por donde llegue un Dios espectacular. El teólogo catalán J. M. Rovira nos ha recordado que Dios se acerca a nosotros buscando la rendija que el hombre mantiene abierta a lo verdadero, a lo bueno, a lo bello, a lo humano. Son esos resquicios de la vida a los que hemos de atender para abrir caminos a Dios.

Para algunos, la vida se ha convertido en un laberinto. Ocupados en mil cosas, se mueven y agitan sin cesar, pero no saben de dónde vienen ni a dónde van. Se abre en ellos una rendija hacia Dios cuando se detienen para encontrarse con lo mejor de sí mismos.

Hay quienes viven una vida «descafeinada», plana e intrascendente en la que lo único importante es estar entretenido. Solo podrán vislumbrar a Dios si empiezan a atender el misterio que late en el fondo de la vida.

Otros viven sumergidos en «la espuma de las apariencias». Solo se preocupan de su imagen, de lo aparente y externo. Se encontrarán más cerca de Dios si buscan sencillamente la verdad.

Quienes viven fragmentados en mil trozos por el ruido, la retórica, las ambiciones o la prisa darán pasos hacia Dios si se esfuerzan por encontrar un hilo conductor que humanice sus vidas.

Muchos se irán encontrando con Dios si saben pasar de una actitud defensiva ante él a una postura de acogida; del tono arrogante a la oración humilde; del miedo al amor; de la autocondena a la acogida de su perdón. Y todos haremos más sitio a Dios en nuestra vida si lo buscamos con corazón sencillo.

José Antonio Pagola

Día de los Laicos Misioneros Combonianos 2020

A medida que se acerca el Día de los Laicos Misioneros Combonianos (LMC) –el tercer domingo de Adviento, este año el 13 de diciembre– nos gustaría compartir un poco más sobre lo que significa ser LMC. Cada uno de nosotros viene de diferentes países, de tres continentes diferentes, de diferentes culturas, idiomas, lo que hace que tengamos una gran variedad de experiencias. Pero también hay muchas cosas que tenemos en común. Como decía Comboni “la Obra debe ser católica, no ya española, francesa, alemana o italiana. Todos los católicos deben ayudar a los pobres negros, porque una nación sola no puede socorrer a toda la estirpe negra.” (San Daniel Comboni, E. 944).

La principal experiencia es el amor a la misión. Todos encontramos este deseo de difundir el Evangelio en el mundo y de servir a los demás, especialmente a los más pobres. Realizamos esta vocación de diferentes maneras: sirviendo en el campo de la salud, la educación o el trabajo social y también en el trabajo pastoral. Tratamos de “reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite” (Papa Francisco, Fratelli Tutti, n. 1). Como nuestra vocación es para toda la vida no la desarrollamos sólo cuando estamos en el extranjero, lejos de casa, sino también tratando de ser misioneros después de regresar a nuestros países, en nuestros propios ambientes.

LMC Roma

Somos un movimiento internacional, en la misión creamos comunidades internacionales, lo cual es una gran riqueza para nosotros, pero también un hermoso signo para la gente de que como cristianos podemos vivir juntos pacíficamente, incluso si venimos de culturas o con idiomas diferentes. Pero también usando todas las herramientas de Internet intentamos encontrarnos online, compartir experiencias. Ahora, durante la pandemia, cuando el encuentro por Internet se ha popularizado tanto, también nosotros aprovechamos la oportunidad de reunirnos con los LMC de otros continentes o nos invitamos unos a otros a participar en reuniones de formación online. También celebraremos nuestra fiesta online. Por un lado, lamentamos no poder reunirnos en persona con los miembros de nuestros grupos en cada país, pero por otro lado nos alegramos de que al reunirnos online la distancia no sea un problema y podamos reunirnos con los LMC de otros países.

Nos gustaría invitarlos a todos a trabajar en nuestra misión. Tal vez algunos de ustedes tengan este deseo de ir a la misión ad gentes.Siéntanse libres de escribirnos un correo electrónico y les guiaremos para que se unan al grupo LMC más cercano. Pero si no pueden ir, porque no es la vocación de todos, entonces pueden hacer un gran servicio con su oración. Rezar por los misioneros y por la gente a la que son enviados. La oración es lo que nos da inspiración, fuerza para servir, para superar las dificultades y problemas, nos da esperanza, fe y amor por la gente. Y también les ayuda a estar abiertos al Espíritu Santo y a la palabra de Dios que escuchan. También les animamos a rezar por nuevas vocaciones, porque “la mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. (Mateo 9, 37-38).

También damos gracias a Dios por todas las personas que nos apoyan de cualquier manera y rezamos pidiendo a Dios que les bendiga.

Gracias

Magda Negewo,

Comité Central LMC

Domingo I Adviento (B) 29 de noviembre de 2020

Marcos 13,33-37
En aquel tiempo, dijo Jesús sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

SIEMPRE ES POSIBLE REACCIONAR

No siempre es la desesperación la que destruye en nosotros la esperanza y el deseo de seguir caminando día a día llenos de vida. Al contrario, se podría decir que la esperanza se va diluyendo en nosotros casi siempre de manera silenciosa y apenas perceptible.

Tal vez sin darnos cuenta, nuestra vida va perdiendo color e intensidad. Poco a poco parece que todo empieza a ser pesado y aburrido. Vamos haciendo más o menos lo que tenemos que hacer, pero la vida no nos «llena».

Un día comprobamos que la verdadera alegría ha ido desapareciendo de nuestro corazón. Ya no somos capaces de saborear lo bueno, lo bello y grande que hay en la existencia.

Poco a poco todo se nos ha ido complicando. Quizá ya no esperamos gran cosa de la vida ni de nadie. Ya no creemos ni siquiera en nosotros mismos. Todo nos parece inútil y sin apenas sentido.

La amargura y el mal humor se apoderan de nosotros cada vez con más facilidad. Ya no cantamos. De nuestros labios no salen sino sonrisas forzadas. Hace tiempo que no acertamos a rezar.

Quizá comprobamos con tristeza que nuestro corazón se ha ido endureciendo y hoy apenas queremos de verdad a nadie. Incapaces de acoger y escuchar a quienes encontramos día a día en nuestro camino, solo sabemos quejarnos, condenar y descalificar.

Poco a poco hemos ido cayendo en el escepticismo, la indiferencia o «la pereza total». Cada vez con menos fuerzas para todo lo que exija verdadero esfuerzo y superación, ya no queremos correr nuevos riesgos. No merece la pena. Preocupados por muchas cosas que nos parecían importantes, la vida se nos ha ido escapando. Hemos envejecido interiormente y algo está a punto de morir dentro de nosotros. ¿Qué podemos hacer?

Lo primero es despertar y abrir los ojos. Todos esos síntomas son indicio claro de que tenemos la vida mal planteada. Ese malestar que sentimos es la llamada de alarma que ha comenzado a sonar dentro de nosotros.

Nada está perdido. No podemos de pronto sentirnos bien con nosotros mismos, pero podemos reaccionar. Hemos de preguntarnos qué es lo que hemos descuidado hasta ahora, qué es lo que tenemos que cambiar, a qué tenemos que dedicar más atención y más tiempo. Las palabras de Jesús están dirigidas a todos: «Vigilad». Tal vez, hoy mismo hemos de tomar alguna decisión.

José Antonio Pagola