MENSAJE DEL PAPA PARA EL DOMUND 2020

Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias a Dios por la dedicación con que se vivió en toda la Iglesia el Mes Misionero Extraordinario durante el pasado mes de octubre. Estoy seguro de que contribuyó a estimular la conversión misionera de muchas comunidades, a través del camino indicado por el tema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”.

En este año, marcado por los sufrimientos y desafíos causados ​​por la pandemia del COVID-19, este camino misionero de toda la Iglesia continúa a la luz de la palabra que encontramos en el relato de la vocación del profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: «¿A quién enviaré?» (ibíd.). Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial. «Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos» (Meditación en la Plaza San Pedro, 27 marzo 2020). Estamos realmente asustados, desorientados y atemorizados. El dolor y la muerte nos hacen experimentar nuestra fragilidad humana; pero al mismo tiempo todos somos conscientes de que compartimos un fuerte deseo de vida y de liberación del mal. En este contexto, la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder. La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renovado por el don de sí mismo.

En el sacrificio de la cruz, donde se cumple la misión de Jesús (cf. Jn 19,28-30), Dios revela que su amor es para todos y cada uno de nosotros (cf. Jn 19,26-27). Y nos pide nuestra disponibilidad personal para ser enviados, porque Él es Amor en un movimiento perenne de misión, siempre saliendo de sí mismo para dar vida. Por amor a los hombres, Dios Padre envió a su Hijo Jesús (cf. Jn 3,16). Jesús es el Misionero del Padre: su Persona y su obra están en total obediencia a la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34; 6,38; 8,12-30; Hb 10,5-10). A su vez, Jesús, crucificado y resucitado por nosotros, nos atrae en su movimiento de amor; con su propio Espíritu, que anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos.

«La misión, la “Iglesia en salida” no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae» (Sin Él no podemos hacer nada, LEV-San Pablo, 2019, 16-17). Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama. Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en esa caridad que Jesús nos testimonia. Sin embargo, todos tienen una dignidad humana fundada en la llamada divina a ser hijos de Dios, para convertirse por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe en lo que son desde siempre en el corazón de Dios.         

Haber recibido gratuitamente la vida constituye ya una invitación implícita a entrar en la dinámica de la entrega de sí mismo: una semilla que madurará en los bautizados, como respuesta de amor en el matrimonio y en la virginidad por el Reino de Dios. La vida humana nace del amor de Dios, crece en el amor y tiende hacia el amor. Nadie está excluido del amor de Dios, y en el santo sacrificio de Jesús, el Hijo en la cruz, Dios venció el pecado y la muerte (cf. Rm 8,31-39). Para Dios, el mal —incluso el pecado— se convierte en un desafío para amar y amar cada vez más (cf. Mt 5,38-48; Lc 23,33-34). Por ello, en el misterio pascual, la misericordia divina cura la herida original de la humanidad y se derrama sobre todo el universo. La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para el mundo, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía por doquier para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda tocar y transformar corazones, mentes, cuerpos, sociedades y culturas, en todo lugar y tiempo.

La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia. Preguntémonos: ¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, para escuchar la llamada a la misión, tanto en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado, como también en la vida ordinaria de todos los días? ¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios, Padre misericordioso, para proclamar el Evangelio de salvación de Jesucristo, para compartir la vida divina del Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia? ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones (cf. Lc 1,38)? Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: “Aquí estoy, Señor, mándame” (cf. Is 6,8). Y todo esto no en abstracto, sino en el hoy de la Iglesia y de la historia.

Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida. Ahora, que tenemos la obligación de mantener la distancia física y de permanecer en casa, estamos invitados a redescubrir que necesitamos relaciones sociales, y también la relación comunitaria con Dios. Lejos de aumentar la desconfianza y la indiferencia, esta condición debería hacernos más atentos a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y la oración, mediante la cual Dios toca y mueve nuestro corazón, nos abre a las necesidades de amor, dignidad y libertad de nuestros hermanos, así como al cuidado de toda la creación. La imposibilidad de reunirnos como Iglesia para celebrar la Eucaristía nos ha hecho compartir la condición de muchas comunidades cristianas que no pueden celebrar la Misa cada domingo. En este contexto, la pregunta que Dios hace: «¿A quién voy a enviar?», se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: «¡Aquí estoy, mándame!» (Is 6,8). Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal (cf. Mt 9,35-38; Lc 10,1-12).

La celebración la Jornada Mundial de la Misión también significa reafirmar cómo la oración, la reflexión y la ayuda material de sus ofrendas son oportunidades para participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. La caridad, que se expresa en la colecta de las celebraciones litúrgicas del tercer domingo de octubre, tiene como objetivo apoyar la tarea misionera realizada en mi nombre por las Obras Misionales Pontificias, para hacer frente a las necesidades espirituales y materiales de los pueblos y las iglesias del mundo entero y para la salvación de todos.

Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la evangelización y Consuelo de los afligidos, Discípula misionera de su Hijo Jesús, continúe intercediendo por nosotros y sosteniéndonos.

Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2020, Solemnidad de Pentecostés.

Francisco

Último adiós al P. Carlos Bascarán, Misionero Comboniano en Brasil

Ayer nos enterábamos de la muerte del P.  Carlos Bascarán en Brasil a causa del COVID-19.  Nos unimos en oración como familia Comboniana por su eterno descanso y damos gracias a Dios por su vida entregada a la misión y a los más pobres. Descanse en Paz.

Compartimos  una de las últimas entrevistas  que se le hizo mientras estaba de vacaciones por España en junio de 2019.

«A sus 78 años, el padre Carlos Bascarán se mantiene en plena forma, tal vez porque de joven jugó en el Oviedo y nunca ha dejado de practicar deporte. Este asturiano trabaja desde 1983 en Brasil, y solo cada dos o tres años se deja caer por España para descansar un poco y saludar a su familia. Antes de que en septiembre regrese de nuevo a su destino misionero, hemos aprovechado para hablar con él.

Brasil es muy grande, ¿dónde trabajas exactamente?
Estoy trabajando en Santa Rica, a unos veinte kilómetros de la ciudad de João Pessoa, en el estado de Paraíba, que es la parte más oriental de Brasil. Concretamente vivimos en un barrio de Santa Rita que se llama Marco Mora y que es una zona bastante abandonada. La población es muy variada: blancos, mestizos, negros y también algunos descendientes de indígenas. La gran mayoría son pobres.

Háblanos de tu comunidad comboniana.
Aunque jurídicamente seamos una única comunidad, por motivos pastorales vivimos en dos lugares diferentes. Dos combonianos y yo vivimos en la parroquia y otros dos, que llevan la parte más específicamente social, viven a apenas unos kilómetros. Tomamos la opción de separarnos porque consideramos que el trabajo social exige una presencia en medio de la gente para no parecer un funcionario. Una vez por semana nos encontramos, tenemos una pequeña reunión para compartir experiencias, celebramos la misa y comemos juntos.

Trabajas en la parroquia, ¿verdad?
Sí, en la parroquia de San Antonio. Yo soy vicario parroquial y aporto todo lo que puedo. Seguimos la línea pastoral de los Combonianos en Brasil, centrada en las comunidades de bases, la formación de líderes y el acompañamiento de jóvenes. Estamos en esta parroquia desde hace nueve años y yo personalmente llevo siete años, y estamos muy contentos con los líderes que están surgiendo. Son fantásticos, son gente pobre pero de una generosidad enorme. Además de la familia y de la lucha diaria por salir adelante ellos dedican tiempo y esfuerzos para animar y coordinar las comunidades y grupos pastorales.

¿Y la parte social?

Tenemos dos actividades fundamentales: un centro de defensa de los derechos humanos y un centro formativo para jóvenes y niños. En torno al primero ha surgido una cooperativa de reciclaje. Son unas 30 o 40 personas acompañadas por el hermano comboniano Francesco D’Aiuto. Al principio trabajaron mucho para concienciar a las familias del barrio y conseguir que separen los desechos en función del reciclado. Ahora pasan una vez por semana a recoger los desechos, lo reciclan en la cooperativa y lo venden. Sacan buenos beneficios porque evitan a los intermediarios. Al inicio fue difícil coordinar el grupo pero ahora funciona muy bien.
El centro de formación acoge a niños y jóvenes en horarios extraescolares para ayudarles en la formación humana, música, baile de la capoeira, informática, taller de costura, etc. Participan unos 200 chicos y chicas. En el barrio había más violencia antes, creemos que nuestro centro y otro parecido que existe para chicos más mayores han contribuido en la disminución de la violencia.

Para terminar cuéntanos algo de la realidad actual de Brasil.
Actualmente la Iglesia está trabajando mucho en vistas al próximo Sínodo de la Amazonia, pero queda mucho para involucrar a la sociedad. A nivel político, desde enero tenemos nuevo presidente. Bolsonaro llegó al poder con el objetivo de acabar con la corrupción, lo cual es positivo pero yo creo que no lo va a conseguir. Además, Bolsonaro es militar y no ha escondido una cierta falta de preparación para los asuntos políticos que puede pasarle factura. Ya veremos.

Gracias Carlos y buenas vacaciones.»

Domingo 25 T.O.(A) 20 de septiembre de 2020

Mateo 20,1-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Id también vosotros a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.» Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia por que yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

DIOS ES BUENO CON TODOS

Sin duda es una de las parábolas más sorprendentes y provocativas de Jesús. Se solía llamar «parábola de los obreros de la viña». Sin embargo, el protagonista es el dueño de la viña. Algunos investigadores la llaman hoy «parábola del patrono que quería trabajo y pan para todos».

Este hombre sale personalmente a la plaza para contratar a diversos grupos de trabajadores. A los primeros a las seis de la mañana, a otros a las nueve, más tarde a las doce del mediodía y a las tres de la tarde. A los últimos los contrata a las cinco, cuando solo falta una hora para terminar la jornada.

Su conducta es extraña. No parece urgido por la vendimia. Lo que quiere es que aquella gente no se quede sin trabajo. Por eso sale incluso a última hora para dar trabajo a los que nadie ha llamado. Y por eso, al final de la jornada, les da a todos el denario que necesitan para cenar esa noche, incluso a los que no lo han ganado. Cuando los primeros protestan, esta es su respuesta: «¿Vais a tener envidia porque soy bueno?».

¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que, más que estar midiendo los méritos de las personas, Dios busca responder a nuestras necesidades?

No es fácil creer en esa bondad insondable de Dios de la que habla Jesús. A más de uno le puede escandalizar que Dios sea bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o agnósticos, invoquen su nombre o vivan de espaldas a él. Pero Dios es así. Y lo mejor es dejarle a Dios ser Dios, sin empequeñecerlo con nuestras ideas y esquemas.

La imagen que no pocos cristianos se hacen de Dios es un «conglomerado» de elementos heterogéneos y hasta contradictorios. Algunos aspectos vienen de Jesús, otros del Dios justiciero del Antiguo Testamento, otros de sus propios miedos y fantasmas. Entonces, la bondad de Dios con todas sus criaturas queda como perdida o distorsionada.

Una de las tareas más importantes en una comunidad cristiana será siempre ahondar cada vez más en la experiencia de Dios vivida por Jesús. Solo los testigos de ese Dios pondrán una esperanza diferente en el mundo.

José Antonio Pagola

V Foro regional de la ONU para América Latina y Caribe sobre Derechos Humanos y Empresas

„En nuestra comunidad pensamos el desarrollo en serio. Soñamos con vivir de la agroecología, juntos, tranquilos… lo que es el Buen Vivir… Tenemos que resistir, no abandonar el territorio, y transmitírselo a los jóvenes.“ Así se expresaba anoche Manuel, líder de la Asociación campesina del Abaucán en el taller sobre estrategias de la sociedad civil ante los impactos de las actividades extractivas en los Derechos Humanos. 

Testimonios como este resuenan con los mensajes ecuménicos durante este Tiempo de la Creación 2020 que nos invitan a restaurar la Creación a través del Jubileo de la Tierra.

Durante 4 días tiene lugar el V Foro regional de la ONU para América Latina y Caribe sobre Derechos Humanos y Empresas, un espacio de diálogo entre los gobiernos, las empresas, la sociedad civil y las comunidades locales sobre las tendencias, los desafíos y las buenas prácticas para prevenir y abordar los impactos de las empresas sobre los derechos humanos.

Los llamamientos para poner a las personas y al planeta en el centro de las respuestas a la pandemia de COVID-19, para considerar las consecuencias económicas como sociales, y para garantizar una recuperación inclusiva, responsable y sostenible han sido unánimes. En este contexto, el Foro ha explorado cómo los estándares de conducta empresarial responsable pueden contribuir a definir e implementar respuestas a la COVID-19, así como a otros desafíos mundiales como la emergencia climática, que sean sostenibles y respetuosas de los derechos humanos.

El foro de este año pretendía evaluar el progreso realizado por los gobiernos de la región en la implementación de los Principios Rectores sobre las Empresas y los Derechos Humanos para fortalecer la prevención de los abusos de derechos humanos relacionados con las empresas; compartir buenas prácticas de las empresas sobre la diligencia debida para  cumplir con su responsabilidad corporativa de respetar los derechos humanos, a fin de evitar impactos adversos en las personas y el medio ambiente y ofrecer reparaciones cuando se produzcan abusos; explorar cómo los gobiernos y las partes interesadas pueden promover el acceso a los mecanismos de reparación; concientizar sobre las preocupaciones y los desafíos que enfrentan los pueblos indígenas y las comunidades locales con respecto a los efectos adversos de las actividades empresariales en los derechos humanos y el medio ambiente.

El evento fue enmarcado por Marcos Orellana, Relator de Naciones Unidas sobre sustancias y desechos peligrosos. Explicó como cada año 12 millones de personas mueren a consecuencia de la contaminación ambiental. Por tanto, la gestión ambiental es de enorme importancia para que podamos disfrutar de los Derechos Humanos. „Las zonas de sacrificio ya no son un problema local, está comprometiendo la capacidad de la Tierra para regenerse, es un problema global encontrar modelos de desarrollo armonioso con la Naturaleza.“ Así se refería el relator a las comunidades de bajos ingresos que soportan más que su parte justa de los daños ambientales relacionados con la contaminación, los desechos tóxicos y la industria pesada. Las víctimas de estas comunidades no se distribuyen democráticamente, sino que se trata de las poblaciones más vulnerables: menores, indígenas, personas con menos recursos… Por su parte, las empresas irresponsables aprovechan los vacíos legales.

Junto a Manuel escuchamos la intervención de otros dos líderes locales sobre su resistencia ante la contaminación ambiental generada en sus territorios por las prácticas sostenidas de empresas irresponsables: Carmen Chambi, desde Cuzco (Perú), portavoz de la plataforma nacional de afectados por metales pesados y Wandeberg de Oliveira, desde Piquiá de Baixo (Brasil), joven líder de la comunidad de pobladores. Este útlimo caso es uno de los que conforman el informe de vulneración de DDHH en Amazonía elaborado por REPAM y presentado por Enlázate por la Justicia en España en 2019.

Ambos nos hablan de décadas de denuncias y resistencia en situaciones tremendamente desiguales. Sus modos de vida tradicionales han tenido que ser abandonados porque la contaminación diversa (aguas, aire, suelos…) en su entorno es insoportable. Sus comunidades son víctimas del „interés público“ preconizado por los estados, frente a los Derechos Humanos. La convergencia de las distintas comunidades afectadas, que saben que no están solas en sus luchas, permite mantener la esperanza frente a las maquinarias legales de las empresas irresponsables.

Estos emocionantes testimonios, tristemente conocidos y cercanos a las misioneras y misioneros de las congregaciones a las que se vinculan las entidades de REDES, nos refuerzan en el trabajo de Incidencia Política para fortalecer la legislación a nivel nacional e internacional e ir achicando esos vacíos para que las empresas se sumen a buenas prácticas de evaluación de riesgos e impactos, monitorización de los mismos en toda su cadena de suministros y, en caso de que ocurran acidentes, garantía de acceso a la reparación justa. En esta línea, los próximos 23-24 de octubre, REDES celebrará su Encuentro anual de Incidencia Política, para compartir cómo nuestras entidades socias van fortaleciendo su trabajo de incidencia desde el nivel local.

Escuhamos a las víctimas, acompañamos sus procesos propios y reforzamos las alianzas para tejer una red que las sostenga hasta lograr que puedan disfrutar de sus derechos.

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Domingo 24 T.O. (A) 13 de septiembre de 2020

Mateo 18,21-35
En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

PERDONAR NOS HACE BIEN

Las grandes escuelas de psicoterapia apenas han estudiado la fuerza curadora del perdón. Hasta hace muy poco, los psicólogos no le concedían un papel en el crecimiento de una personalidad sana. Se pensaba erróneamente –y se sigue pensando– que el perdón es una actitud puramente religiosa.

Por otra parte, el mensaje del cristianismo se ha reducido con frecuencia a exhortar a las gentes a perdonar con generosidad, fundamentando ese comportamiento en el perdón que Dios nos concede, pero sin enseñar mucho más sobre los caminos que hay que recorrer para llegar a perdonar de corazón. No es, pues, extraño que haya personas que lo ignoren casi todo sobre el proceso del perdón.

Sin embargo, el perdón es necesario para convivir de manera sana: en la familia, donde los roces de la vida diaria pueden generar frecuentes tensiones y conflictos; en la amistad y el amor, donde hay que saber actuar ante humillaciones, engaños e infidelidades posibles; en múltiples situaciones de la vida, en las que hemos de reaccionar ante agresiones, injusticias y abusos. Quien no sabe perdonar puede quedar herido para siempre.

Hay algo que es necesario aclarar desde el comienzo. Muchos se creen incapaces de perdonar porque confunden la cólera con la venganza. La cólera es una reacción sana de irritación ante la ofensa, la agresión o la injusticia sufrida: el individuo se rebela de manera casi instintiva para defender su vida y su dignidad. Por el contrario, el odio, el resentimiento y la venganza van más allá de esta primera reacción; la persona vengativa busca hacer daño, humillar y hasta destruir a quien le ha hecho mal.

Perdonar no quiere decir necesariamente reprimir la cólera. Al contrario, reprimir estos primeros sentimientos puede ser dañoso si la persona acumula en su interior una ira que más tarde se desviará hacia otras personas inocentes o hacia ella misma. Es más sano reconocer y aceptar la cólera, compartiendo tal vez con alguien la rabia y la indignación.

Luego será más fácil serenarse y tomar la decisión de no seguir alimentando el resentimiento ni las fantasías de venganza, para no hacernos más daño. La fe en un Dios perdonador es entonces para el creyente un estímulo y una fuerza inestimables. A quien vive del amor incondicional de Dios le resulta más fácil perdonar.

José Antonio Pagola