Ya están disponibles las revistas de MUNDO NEGRO y AGUILUCHOS del mes de mayo.
Si quieres estar al día de lo que sucede en los países del Sur y estar conectado a la misión de la Iglesia. Suscríbete o suscribe a un familiar en https://edimune.com/producto/aguiluchos/ para recibirla en papel en tu domicilio o en formato PDF en su correo electrónico.
También puedes suscribirte a través de nuestro correo electrónico: edimune@combonianos.com o en el teléfono: (+34) 91 415 24 12 indicándonos tus datos postales completos.
A través de este mismo correo electrónico y teléfono puedes adquirir cualquier otro número anterior y comunicarte con nosotros para plantearnos cualquier duda o cuestión que te surja.
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (15,1-39):
C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó: S. «¿Eres tú el rey de los judíos?» C. Él respondió: + «Tú lo dices.» C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo: S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.» C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó: S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?» C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?» C. Ellos gritaron de nuevo: S. «¡Crucifícalo!» C. Pilato les dijo: S. «Pues ¿qué mal ha hecho?» C. Ellos gritaron más fuerte: S. «¡Crucifícalo!» C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: S. «¡Salve, rey de los judíos!» C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.» C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo: S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.» C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente: + «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.» C. Que significa: + «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían: S. «Mira, está llamando a Elías.» C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.» C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: S. «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»
EL GESTO SUPREMO
Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo. Sabe a qué se expone si sigue insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Es imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los «pobres» y los «pecadores» sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesa cambio alguno.
Ciertamente, Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Toda su vida se había dedicado a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Por eso no corre ahora tras la muerte, pero tampoco se echa atrás.
Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos, aunque su actuación irrite en el templo. Si terminan condenándolo, morirá también él como un delincuente y excluido, pero su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no excluye a nadie de su perdón.
Seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá también él como un despreciable esclavo, pero su muerte sellará para siempre su fidelidad al Dios defensor de las víctimas.
Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Esta actitud salvadora, que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.
Por eso a los cristianos nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera.
Para los seguidores de Jesús, celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús, solidarizándonos con los crucificados.
Oremos para que crezca en nosotros la conciencia de que es en la fraternidad y la solidaridad como construimos la paz, aseguramos la justicia y superamos las crisis personales, sociales y mundiales.
Desde el pasado día 4 de octubre se está celebrando en Roma el Sínodo de la Sinodalidad. Entre los 363 participantes con derecho a voto (54 de los cuales son mujeres), tres son combonianos: El P. Tesfaye Tadesse Gebresilasie, superior general de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús, el cardenal Miguel Ángel Ayuso, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso y Mons. Menghesteab Tesfamariam, arzobispo de Asmara y presidente del Consejo de la Iglesia de Eritrea.
Como Familia Comboniana oramos por la celebración del Sínodo de la Sinodalidad que se celebra este mes de octubre, para que sea un momento de gracia para toda la Iglesia y para el mundo.
“ Y perseveraron en la escucha de las enseñanzas de los apóstoles y en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en la oración ”. (Hechos 2.42)
Queridos hermanos, este año se cumple el vigésimo aniversario de la canonización de nuestro Fundador. Es un aniversario alegre que nos invita a recordar, con la mente y el corazón, el nacimiento de San Daniel Comboni en el cielo, y queremos hacerlo con un profundo sentimiento de gratitud, como herederos de su carisma y de su apasionado fervor por la misión. , don para nosotros y para toda la Iglesia misionera.
Somos sus hijos y custodios de este carisma que hemos recibido como don: no un tesoro que hay que guardar en una caja fuerte, sino una auténtica fuente de vida nueva que brota ya en nosotros y se regenera también para todos aquellos con quienes nos unimos. vivir y trabajar. Animados, sostenidos e impulsados por la fuerza inagotable del Espíritu Santo, llevamos a cabo nuestra misión evangelizadora como verdaderos «discípulos misioneros» de una «Iglesia en salida», «piedras vivas», para construir el Reino de Dios en el mundo. Vivimos esta maravillosa obra con humildad, conscientes de nuestros pecados, de nuestras fragilidades y de nuestras carencias, pero también con la valentía de abrazar el «sueño» que Comboni tenía sobre su obra: una obra católica, donde todos son protagonistas e implicados en el trabajo conjunto ( Ver escritos,944). Con esta actitud de apertura y comunión hacia todas las fuerzas eclesiales y sociales, queremos llevar adelante este sueño con firmeza y constancia, con el corazón centrado en Dios, con las manos siempre dispuestas a servir y lavar los pies de los hermanos y hermanas, como Jesús nos “ordenó” que hiciéramos.
Este año podemos sacar frutos – enriqueciéndonos de manera particular – de la celebración, en octubre, de la primera sección del Sínodo de los Obispos cuyo título es «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión». Como Misioneros Combonianos queremos vivir este momento sinodal como un proceso verdaderamente dinámico, impregnado del Espíritu que genera comunión y anima a cada bautizado a ir hacia los demás, en el deseo de encontrar a Cristo, misionero del Padre, en todos los espacios geográficos, sociales, culturales, existenciales y religiosas. Como un llamado perseverante y tenaz a abrir nuestro corazón al grito de los pobres, los marginados, los discriminados, los inmigrantes que invocan y luchan por sociedades más justas e igualitarias.
Estamos invitados a apoyar con nuestra oración incesante a todas las personas involucradas en el proceso sinodal, esperando que el evento sea un verdadero kairos para cada corazón y para toda la Iglesia. Estemos preparados para recibir cada nueva inspiración que de ella surja, para sentirnos más impulsados a vivir con renovado vigor nuestra pasión misionera, haciéndonos cada vez más «santos y capaces», como quería san Daniel Comboni. De este modo, impregnados de este espíritu sinodal, queremos dar mayor energía y vitalidad a nuestra consagración ad gentes, ad vitam , ad pauperes y ad extra.. Signos constitutivos de nuestro carisma, que deben animarnos siempre a abrazar a todos, sin exclusión, como una elección consciente, apasionada por el fuego del amor vivo del Corazón de Jesús, y que nos alientan a una verdadera «revolución del amor misericordioso». ”.
En el mes de octubre, mes misionero, celebramos también la Jornada Mundial de las Misiones con el título «Corazones ardientes, pies en movimiento». El Papa Francisco quiso recordar la experiencia de los dos discípulos desanimados y decepcionados en el camino a Emaús (Ver Lucas24,13-25). Ese camino que aún hoy marca la experiencia de algunos cohermanos que han perdido el «fuego» interior de su consagración. Así, la celebración del vigésimo aniversario de la canonización de nuestro Fundador, la atenta participación en el Sínodo y nuestra implicación activa en la Jornada Mundial de las Misiones se transforman para nosotros en una triple invitación a una vida siempre renovada e inflamada por la Palabra compartida y el Pan partido. Que reaviven en todos nosotros el entusiasmo por la misión y la valentía de volver a ponernos en camino hacia Jerusalén, con el deseo gozoso de anunciar a Jesús que vive en nosotros.
¡Coraje! ¡Pongámonos en camino! Jesús Resucitado, en su paciencia amorosa, no se cansa de caminar a nuestro lado y hacer arder nuestros corazones (Cf. Lucas 24,32) con la misma pasión que animaba a Comboni.
Invocamos la intercesión de María, la primera discípula misionera de su Hijo, y de san Daniel Comboni, el gran entusiasta de la Iglesia misionera.