Mensaje del Papa Francisco para la Jornada de Migrantes y Refugiados, domingo 14 de enero de 2018: “Acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados”

 

“Acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados”

Queridos hermanos y hermanas:

«El emigrante que reside entre vosotros será para vosotros como el indígena: lo amarás como a ti mismo, porque emigrantes fuisteis en Egipto. Yo soy el Señor vuestro Dios» (Lv 19,34).

Durante mis primeros años de pontificado he manifestado en repetidas ocasiones cuánto me preocupa la triste situación de tantos emigrantes y refugiados que huyen de las guerras, de las persecuciones, de los desastres naturales y de la pobreza. Se trata indudablemente de un «signo de los tiempos» que, desde mi visita a Lampedusa el 8 de julio de 2013, he intentado leer invocando la luz del Espíritu Santo. Cuando instituí el nuevo Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, quise que una sección especial —dirigida temporalmente por mí— fuera como una expresión de la solicitud de la Iglesia hacia los emigrantes, los desplazados, los refugiados y las víctimas de la trata.

Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia (cf. Mt 25,35.43). A cada ser humano que se ve obligado a dejar su patria en busca de un futuro mejor, el Señor lo confía al amor maternal de la Iglesia.[1] Esta solicitud ha de concretarse en cada etapa de la experiencia migratoria: desde la salida y a lo largo del viaje, desde la llegada hasta el regreso. Es una gran responsabilidad que la Iglesia quiere compartir con todos los creyentes y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que están llamados a responder con generosidad, diligencia, sabiduría y amplitud de miras —cada uno según sus posibilidades— a los numerosos desafíos planteados por las migraciones contemporáneas.

A este respecto, deseo reafirmar que «nuestra respuesta común se podría articular entorno a cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar».[2]

Considerando el escenario actual, acoger significa, ante todo, ampliar las posibilidades para que los emigrantes y refugiados puedan entrar de modo seguro y legal en los países de destino. En ese sentido, sería deseable un compromiso concreto para incrementar y simplificar la concesión de visados por motivos humanitarios y por reunificación familiar. Al mismo tiempo, espero que un mayor número de países adopten programas de patrocinio privado y comunitario, y abran corredores humanitarios para los refugiados más vulnerables. Sería conveniente, además, prever visados temporales especiales para las personas que huyen de los conflictos hacia los países vecinos. Las expulsiones colectivas y arbitrarias de emigrantes y refugiados no son una solución idónea, sobre todo cuando se realizan hacia países que no pueden garantizar el respeto a la dignidad ni a los derechos fundamentales.[3] Vuelvo a subrayar la importancia de ofrecer a los emigrantes y refugiados un alojamiento adecuado y decoroso. «Los programas de acogida extendida, ya iniciados en diferentes lugares, parecen sin embargo facilitar el encuentro personal, permitir una mejor calidad de los servicios y ofrecer mayores garantías de éxito».[4] El principio de la centralidad de la persona humana, expresado con firmeza por mi amado predecesor Benedicto XVI,[5] nos obliga a anteponer siempre la seguridad personal a la nacional. Por tanto, es necesario formar adecuadamente al personal encargado de los controles de las fronteras. Las condiciones de los emigrantes, los solicitantes de asilo y los refugiados, requieren que se les garantice la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos. En nombre de la dignidad fundamental de cada persona, es necesario esforzarse para preferir soluciones que sean alternativas a la detención de los que entran en el territorio nacional sin estar autorizados.[6]

El segundo verbo, proteger, se conjuga en toda una serie de acciones en defensa de los derechos y de la dignidad de los emigrantes y refugiados, independientemente de su estatus migratorio.[7] Esta protección comienza en su patria y consiste en dar informaciones veraces y ciertas antes de dejar el país, así como en la defensa ante las prácticas de reclutamiento ilegal.[8] En la medida de lo posible, debería continuar en el país de inmigración, asegurando a los emigrantes una adecuada asistencia consular, el derecho a tener siempre consigo los documentos personales de identidad, un acceso equitativo a la justicia, la posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital. Si las capacidades y competencias de los emigrantes, los solicitantes de asilo y los refugiados son reconocidas y valoradas oportunamente, constituirán un verdadero recurso para las comunidades que los acogen.[9] Por tanto, espero que, en el respeto a su dignidad, les sea concedida la libertad de movimiento en los países de acogida, la posibilidad de trabajar y el acceso a los medios de telecomunicación. Para quienes deciden regresar a su patria, subrayo la conveniencia de desarrollar programas de reinserción laboral y social. La Convención internacional sobre los derechos del niño ofrece una base jurídica universal para la protección de los emigrantes menores de edad. Es preciso evitarles cualquier forma de detención en razón de su estatus migratorio y asegurarles el acceso regular a la educación primaria y secundaria. Igualmente es necesario garantizarles la permanencia regular al cumplir la mayoría de edad y la posibilidad de continuar sus estudios. En el caso de los menores no acompañados o separados de su familia es importante prever programas de custodia temporal o de acogida.[10] De acuerdo con el derecho universal a una nacionalidad, todos los niños y niñas la han de tener reconocida y certificada adecuadamente desde el momento del nacimiento. La apatridia en la que se encuentran a veces los emigrantes y refugiados puede evitarse fácilmente por medio de «leyes relativas a la nacionalidad conformes con los principios fundamentales del derecho internacional».[11] El estatus migratorio no debería limitar el acceso a la asistencia sanitaria nacional ni a los sistemas de pensiones, como tampoco a la transferencia de sus contribuciones en el caso de repatriación.

Promover quiere decir esencialmente trabajar con el fin de que a todos los emigrantes y refugiados, así como a las comunidades que los acogen, se les dé la posibilidad de realizarse como personas en todas las dimensiones que componen la humanidad querida por el Creador.[12] Entre estas, la dimensión religiosa ha de ser reconocida en su justo valor, garantizando a todos los extranjeros presentes en el territorio la libertad de profesar y practicar la propia fe. Muchos emigrantes y refugiados tienen cualificaciones que hay que certificar y valorar convenientemente. Así como «el trabajo humano está destinado por su naturaleza a unir a los pueblos»,[13] animo a esforzarse en la promoción de la inserción socio-laboral de los emigrantes y refugiados, garantizando a todos —incluidos los que solicitan asilo— la posibilidad de trabajar, cursos formativos lingüísticos y de ciudadanía activa, como también una información adecuada en sus propias lenguas. En el caso de los emigrantes menores de edad, su participación en actividades laborales ha de ser regulada de manera que se prevengan abusos y riesgos para su crecimiento normal. En el año 2006, Benedicto XVI subrayaba cómo la familia es, en el contexto migratorio, «lugar y recurso de la cultura de la vida y principio de integración de valores».[14] Hay que promover siempre su integridad, favoreciendo la reagrupación familiar —incluyendo los abuelos, hermanos y nietos—, sin someterla jamás a requisitos económicos. Respecto a emigrantes, solicitantes de asilo y refugiados con discapacidad hay que asegurarles mayores atenciones y ayudas. Considero digno de elogio los esfuerzos desplegados hasta ahora por muchos países en términos de cooperación internacional y de asistencia humanitaria. Con todo, espero que en la distribución de esas ayudas se tengan en cuenta las necesidades —por ejemplo: asistencia médica y social, como también educación— de los países en vías de desarrollo, que reciben importantes flujos de refugiados y emigrantes, y se incluyan de igual modo entre los beneficiarios de las mismas comunidades locales que sufren carestía material y vulnerabilidad.[15]

El último verbo, integrar, se pone en el plano de las oportunidades de enriquecimiento intercultural generadas por la presencia de los emigrantes y refugiados. La integración no es «una asimilación, que induce a suprimir o a olvidar la propia identidad cultural. El contacto con el otro lleva, más bien, a descubrir su “secreto”, a abrirse a él para aceptar sus aspectos válidos y contribuir así a un conocimiento mayor de cada uno. Es un proceso largo, encaminado a formar sociedades y culturas, haciendo que sean cada vez más reflejo de los multiformes dones de Dios a los hombres».[16] Este proceso puede acelerarse mediante el ofrecimiento de la ciudadanía, desligada de los requisitos económicos y lingüísticos, y de vías de regularización extraordinaria, a los emigrantes que puedan demostrar una larga permanencia en el país. Insisto una vez más en la necesidad de favorecer, en cualquier caso, la cultura del encuentro, multiplicando las oportunidades de intercambio cultural, demostrando y difundiendo las «buenas prácticas» de integración, y desarrollando programas que preparen a las comunidades locales para los procesos integrativos. Debo destacar el caso especial de los extranjeros obligados a abandonar el país de inmigración a causa de crisis humanitarias. Estas personas necesitan que se les garantice una asistencia adecuada para la repatriación y programas de reinserción laboral en su patria.

De acuerdo con su tradición pastoral, la Iglesia está dispuesta a comprometerse en primera persona para que se lleven a cabo todas las iniciativas que se han propuesto más arriba. Sin embargo, para obtener los resultados esperados es imprescindible la contribución de la comunidad política y de la sociedad civil —cada una según sus propias responsabilidades—.

Durante la Cumbre de las Naciones Unidas, celebrada en Nueva York el 19 de septiembre de 2016, los líderes mundiales han expresado claramente su voluntad de trabajar a favor de los emigrantes y refugiados para salvar sus vidas y proteger sus derechos, compartiendo esta responsabilidad a nivel global. A tal fin, los Estados se comprometieron a elaborar y aprobar antes de finales de 2018 dos pactos globales (Global Compacts), uno dedicado a los refugiados y otro a los emigrantes.

Queridos hermanos y hermanas, a la luz de estos procesos iniciados, los próximos meses representan una oportunidad privilegiada para presentar y apoyar las acciones específicas, que he querido concretar en estos cuatro verbos. Los invito, pues, a aprovechar cualquier oportunidad para compartir este mensaje con todos los agentes políticos y sociales que están implicados —o interesados en participar— en el proceso que conducirá a la aprobación de los dos pactos globales.

Hoy, 15 de agosto, celebramos la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María al Cielo. La Madre de Dios experimentó en sí la dureza del exilio (cf. Mt 2,13-15), acompañó amorosamente al Hijo en su camino hasta el Calvario y ahora comparte eternamente su gloria. A su materna intercesión confiamos las esperanzas de todos los emigrantes y refugiados del mundo y los anhelos de las comunidades que los acogen, para que, de acuerdo con el supremo mandamiento divino, aprendamos todos a amar al otro, al extranjero, como a nosotros mismos.

Vaticano, 15 de agosto de 2017

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Francisco


[1] Cf. Pío XII, Const. ap. Exsul Familia, Titulus Primus, I.

[2] Discurso a los participantes en el Foro Internacional «Migraciones y paz» (21 febrero 2017).

[3] Cf. Intervención del Observador Permanente de la Santa Sede en la 103 Sesión del Consejo de la Organización Internacional para las Migraciones (26 noviembre 2013).

[4] Discurso a los participantes en el Foro Internacional «Migraciones y paz» (21 febrero 2017).

[5] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 47.

[6] Cf. Intervención del Observador Permanente de la Santa Sede en la 20 Sesión del Consejo de Derechos Humanos (22 junio 2012).

[7] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 62.

[8] Cf. Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, Instr. Erga migrantes caritas Christi, 6.

[9] Cf. Benedicto XVIDiscurso a los participantes en el Congreso Mundial sobre la Pastoral de los Emigrantes y los Refugiados (9 noviembre 2009).

[10] Cf. Benedicto XVIMensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2010; Intervención del Observador Permanente de la Santa Sede en la 26 Sesión Ordinaria del Consejo de los Derechos Humanos. Los derechos humanos de los emigrantes (13 junio 2014).

[11] Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes y Pontificio Consejo Cor UnumAcoger a Cristo en los refugiados y en los desplazados forzosos (2013), 70.

[12] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14.

[13] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 27.

[14] Benedicto XVIMensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2007.

[15] Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes y Pontificio Consejo Cor UnumAcoger a Cristo en los refugiados y en los desplazados forzosos (2013), 30-31.

[16] Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado 2005.

 

 

Domingo 2 T.O. (B) 14 de enero de 2018

Juan 1,35-42
En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: «Venid y lo veréis.» Entonces fueron, y vivieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).» Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

¿QUÉ BUSCAMOS?

Las primeras palabras que Jesús pronuncia en el evangelio de Juan nos dejan desconcertados, porque van al fondo y tocan las raíces mismas de nuestra vida. A dos discípulos del Bautista que comienzan a seguirlo Jesús les dice: «¿Qué buscáis?».

No es fácil responder a esta pregunta sencilla, directa, fundamental, desde el interior de una cultura «cerrada» como la nuestra, que parece preocuparse solo de los medios, olvidando siempre el fin último de todo. ¿Qué es lo que buscamos exactamente?

Para algunos, la vida es «un gran supermercado» (D. Sölle), y lo único que les interesa es adquirir objetos con los que poder consolar un poco su existencia. Otros lo que buscan es escapar de la enfermedad, la soledad, la tristeza, los conflictos o el miedo. Pero escapar, ¿hacia dónde?, ¿hacia quién?

Otros ya no pueden más. Lo que quieren es que se les deje solos. Olvidar a los demás y ser olvidados por todos. No preocuparse por nadie y que nadie se preocupe de ellos.

La mayoría buscamos sencillamente cubrir nuestras necesidades diarias y seguir luchando por ver cumplidos nuestros pequeños deseos. Pero, aunque todos ellos se cumplieran, ¿quedaría nuestro corazón satisfecho? ¿Se habría apaciguado nuestra sed de consuelo, liberación y felicidad plena?

En el fondo, ¿no andamos los seres humanos buscando algo más que una simple mejora de nuestra situación? ¿No anhelamos algo que, ciertamente, no podemos esperar de ningún proyecto político o social?

Se dice que los hombres y mujeres de hoy han olvidado a Dios. Pero la verdad es que, cuando un ser humano se interroga con un poco de honradez, no le es fácil borrar de su corazón «la nostalgia de infinito».

¿Quién soy yo? ¿Un ser minúsculo, surgido por azar en una parcela ínfima de espacio y de tiempo, arrojado a la vida para desaparecer enseguida en la nada, de donde se me ha sacado sin razón alguna y solo para sufrir? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más?

Lo más honrado que puede hacer el ser humano es «buscar». No cerrar ninguna puerta. No desechar ninguna llamada. Buscar a Dios, tal vez con el último resto de sus fuerzas y de su fe. Tal vez desde la mediocridad, la angustia o el desaliento.

Dios no juega al escondite ni se esconde de quien lo busca con sinceridad. Dios está ya en el interior mismo de esa búsqueda. Más aún. Dios se deja encontrar incluso por quienes apenas le buscamos. Así dice el Señor en el libro de Isaías: «Yo me he dejado encontrar por quienes no preguntaban por mí. Me he dejado hallar por quienes no me buscaban. Dije: “Aquí estoy, aquí estoy”» (Isaías 65,1-2).

José Antonio Pagola

Jesús nos llama, nos invita, sabe que estamos en búsqueda. El encuentro con él es una experiencia tan transformadora que de ella nace el compromiso de seguirle, de permanecer a su lado y darle a conocer a otros.

LOS POBRES (Y LAS POBRES) COMO LUGAR TEOLÓGICO, A LA LUZ DE NUEVOS SENTIRES EMERGENTES

Compartimos un nuevo artículo de Pepa Torres publicado en el Blog de Cristinaismo y Justicia en el que nos invita a reconocer a los pobres hoy como lugar teológico frente a la exclusión e invisibilidad a las que el sistema intenta reducirles…Las mujeres, los y las desplazadas y desplazados: migrantes y refugiados, que constituyen el sujeto de la realidad de la movilidad humana por causas económicas, ambientales, políticas, religiosas, las comunidades indígenas, las personas marginadas por su orientación sexual o abusadas por la violencia patriarcal, las personas discriminadas por el color de su piel o su origen étnico son algunos de los rostros que toma la pluralidad del sujeto pobres hoy como lugar teológico.

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Noticias desde Kinshasa

Os dejamos aquí un email que nos llega desde Congo sobre la situación actual en el país.

Buenas noches Alberto,
No conseguí el documento que pedí y no pude devolverte la llamada porque aquí el fin de semana del 31 ha sido complicado para los católicos debido a la marcha de los laicos contra la situación de Kabila.
En nuestra parroquia, durante la misa de las 6 en punto en la que participé, los soldados entraron a la iglesia a las 7 a.m. justo en el momento de la homilía. Arrojaron gases lacrimógenos y se colocaron frente a las salidas de la iglesia y luego dispararon a la realidad Basilea. Estuvimos atrapados en la iglesia durante 30 minutos. Entonces los sacerdotes se organizaron para mantenernos en la curia.
Luego, una hora después el sacerdote retomó la misa, terminamos alrededor de las 11 de la mañana y luego comenzamos nuestra caminata, a pesar de los situación.
Y sus amenazas se hicieron realidad con brutalidad. Cuando se acercaron los millennials, nos arrodillamos y cantamos canciones a María. Después de 45 minutos de marcha, llegaron dos autobuses militares, comenzaron a disparar gas lacrimógeno y el aire se hizo insoportable. El shock fue terrible. El sacerdote permaneció de pie, sosteniendo el crucifijo en su mano. Ellos estaban fuertemente armados y no se inmutaron. Luego rezamos el Magnificat, fue difícil que las madres tocasen alguna tierra joven… cuando terminamos el sacerdote dio media vuelta y nos encerramos en la parroquia st Charle Lowanga.
Hubo varios heridos y algunos muertos. Yo misma estoy herida en las piernas y, por tanto, en reposo médico desde el lunes.
Gracias por orar por nuestro país, tenemos esperanza en vosotros.

Congo

Helena Maleno y Mussie Zerai Premio MUNDO NEGRO a la Fraternidad 2017

La periodista Helena Maleno y el sacerdote eritreo Mussie Zerai han sido galardonados con el Premio MUNDO NEGRO a la Fraternidad 2017 por su trabajo con las comunidades migrantes que pretenden llegar a Europa a través del Mediterráneo. Recibirán el galardón en el transcurso del 30 Encuentro África, que se celebrará en Madrid del 2 al 4 de febrero de 2018 con el lema «Migrante. Persona».

Helena Maleno nació en agosto de 1970 en El Ejido (Almería), un pueblo al que llegaron grandes multinacionales que reutilizaron los cultivos tradicionales y crearon la huerta de Europa. Después llegaron los migrantes y la explotación. En este contexto, Helena se preguntó por lo que estaba ocurriendo en la frontera. Estudió Periodismo pensando que la información podía cambiar la sociedad, pero se decepcionó al ver que la capacidad del reportero estaba limitada frente a las grandes empresas periodísticas y sus intereses políticos. Ahora trabaja como investigadora especialista en migraciones y trata de seres humanos y elabora informes para administraciones y organizaciones como el Defensor del Pueblo, el Consejo General del Poder Judicial o el Servicio Jesuita a Migrantes, un trabajo que le deja tiempo para dedicarse al activismo, «a ejercer más de ciudadana».

En un viaje a Marruecos conoció cómo vivían, en un bosque próximo a Ceuta, más de 1.000 personas migrantes que querían cruzar a Europa. Estaban organizados por zonas de procedencia y tenían normas de convivencia escritas y respetadas, lo opuesto a la imagen que se da de ellos en los medios de comunicación. Fue testigo de la represión, las persecuciones de la policía, las devoluciones en caliente, el trato inhumano. Había que documentar lo que pasaba y, aprovechando la estructura de las comunidades migrantes, nació Caminando Fronteras, una red formada por los propios migrantes, personal sanitario, trabajadoras sociales, educadores, abogadas.

Maleno vive en Tánger y está en contacto permanente con personas en tránsito que han sido víctimas de violencia desde sus países de origen –«la pobreza ya es una violencia»–, en el camino migratorio, en la frontera y también en Europa. «Son personas terriblemente resilientes que sonríen mucho, con el deseo de desarrollar sus comunidades, de que sus hijos tengan una vida plena». Utiliza a diario las redes sociales para alertar a Salvamento Marítimo cuando recibe llamadas de auxilio desde pateras. Lamenta cada naufragio porque conoce a las personas o a sus familias. Le enfada cómo lo tratan los medios y se indigna cuando ve que podrían haberse salvado.

En Caminando Fronteras investigan, hablan con los supervivientes, identifican a los muertos, se comunican con las familias, abren procesos judiciales, documentan otros casos de violencia, protegen a las víctimas de trata. Una labor que le ha costado la intimidación y las amenazas de las redes de tráfico de personas, y de instituciones acusadas de malas prácticas con los migrantes. La más reciente ha sido una citación ante un juzgado marroquí en relación a una investigación sobre tráfico de seres humanos que ha sido aplazada dos veces y que en principio tendrá lugar el próximo 10 de enero. Pero Maleno tiene el reconocimiento de las comunidades migrantes como figura de referencia y amiga, y ha sido premiada por el Consejo General de la Abogacía Española (2015) y por la Unión Progresista de Fiscales (2014).

 

Un sacerdote migrante

El eritreo Mussie Zerai (Asmara, 1975) creció bajo una dictadura en medio de una guerra por la independencia que duró 30 años. A los 16 marchó a Roma para vivir en un lugar «donde se respira libertad, sin los sonidos de la guerra y sin ver constantemente a hombres con uniforme militar». Sufrió las dificultades que encuentra el migrante que llega a Europa y empezó a ayudar a otros como él. En 2010 se ordenó con el deseo de ser un sacerdote migrante para los migrantes. Su número de teléfono fue compartiéndose entre personas en tránsito, en paredes de cárceles libias y en embarcaciones que cruzan el Mediterráneo. Como Maleno, Zerai recibe llamadas de gente perdida pidiendo socorro. Él transmite las coordenadas de las embarcaciones a los guardacostas italianos y malteses, y a organizaciones como ACNUR o Médicos Sin Fronteras, llamadas que han salvado miles de vidas.

En 2006 fundó la Agencia Habeshia, una asociación que ayuda, defiende los derechos y da formación profesional a los refugiados. Zerai reside ahora en Suiza, donde desarrolla su trabajo pastoral con comunidades católicas eritreas y mantiene su compromiso de dar voz a los migrantes en conferencias y entrevistas, mientras sigue recibiendo llamadas desde altamar. «Queremos que la comunidad internacional entienda que cuando hablamos de refugiados, de gente que intenta alcanzar Europa, estamos hablando de seres humanos, no de números ni de objetos. Seres humanos como tú o como yo, con la misma dignidad, los mismos derechos y el mismo sueño de tener una vida mejor y en paz. Tú puedes ir a cualquier parte con tu pasaporte, pero mi gente no. Ellos están obligados a venir a través del desierto y del Mediterráneo y poner en riesgo sus vidas, muchas veces cayendo en las manos de traficantes de personas y de órganos. ¿Por qué?».

Zerai pide a la UE una solución enfocada en las causas del éxodo de los pueblos, medidas que protejan a los refugiados y garanticen su dignidad, acceso a educación, salud y trabajo, y que abra canales para los solicitantes de asilo y trabajadores migrantes. La inmigración bien gestionada es una oportunidad y un recurso precioso para el país que acoge.

Mussie Zerai también ha recibido amenazas y ha sido intimidado. La Fiscalía italiana le investiga por supuestos vínculos con las mafias y la promoción de la inmigración irregular. Él se defiende diciendo que siempre ha actuado con fines humanitarios y de forma transparente. Por su trabajo y su mensaje fue candidato al Premio Nobel de la Paz en 2015 y en febrero recibirá, junto a Maleno, el Premio Mundo Negro a la Fraternidad.