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Laicos Misioneros Combonianos y ONGD AMANI


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Cuaresma Laudato SI’

Compartimos una iniciativa del Movimiento Mundial Católico por el Clima (MCMC) en la que se nos invita  a vivir esta Cuaresma con el cuidado de la Creación como base para celebrar la Pascua.

La #CuaresmaLaudatoSi invita a unirse a una comunidad y comprometerse a realizar cambios concretos que reduzcan nuestra huella ecológica e inspirar a nuestros hermanos y hermanas para que se unan a esta conversión ecológica.

Entra en la web laudatosilent.org y comienza un camino de esperanza (oraciones, calendario de Cuaresma, Viacrucis…).


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«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18). Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

MENSAJE DEL PAPA PARA LA CUARESMA 2021

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18).

Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

 

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

 

La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

 

La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

 

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

 

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

 

Francisco

 


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Campaña Manos unidas contra el hambre: “Contagia solidaridad para acabar con el hambre”

Mañana Domingo 14 de febrero, celebramos la Campaña contra el Hambre organizada por Manus Unidas con el lema “Contagia solidaridad para acabar con el hambre”. en esta ocasión,  Manos Unidas se centrará en denunciar las consecuencias que la pandemia de coronavirus está teniendo entre las personas más vulnerables del planeta y en promover la solidaridad entre los seres humanos como única forma de combatir la pandemia de la desigualdad, agravada por la crisis sanitaria mundial, que castiga con hambre y pobreza cientos de millones de personas en todo el mundo.

Todos los materiales de la campaña en:

https://www.manosunidas.org/campana/campana-62-contagia-solidaridad-acabar-hambre


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“Urgen misioneros de esperanza que sean capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo” (Papa Franciscco)

“En este tiempo de pandemia, ante la tentación de enmascarar y justificar la indiferencia y la apatía en nombre del sano distanciamiento social, urge la misión de la compasión capaz de hacer de la necesaria distancia un  lugar de encuentro, de cuidado y de promoción”. El Papa Francisco ha hecho un llamamiento al cuidado, y al servicio de los más pobres y descartados, en su mensaje para el Domund, que acaba de hacerse público.

“No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”, es el lema de la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebrará en octubre. En su mensajes, Bergoglio constata que, en los tiempos de coronavirus, “urgen misioneros de esperanza que, ungidos por el Señor, sean  capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo”.

Y hacerlo como pidió Cristo a los apóstoles: “Salgan al cruce de los caminos e inviten a todos los que  encuentren”. Porque, afirma el Papa, “nadie es ajeno, nadie puede sentirse extraño o lejano a este amor de  compasión”. Tampoco, al dolor.

“Con Jesús hemos visto, oído y palpado que las cosas pueden ser diferentes”, insiste el Papa, que añade que el Resucitado inauguró “tiempos nuevos que suscitan una fe capaz de impulsar iniciativas y forjar  comunidades a partir de hombres y mujeres que aprenden a hacerse cargo de la fragilidad propia y  la de los demás, promoviendo la fraternidad y la amistad social”.

Resistencias internas y externas

“Los tiempos no eran fáciles -recuerda el Pontífice-; los primeros cristianos comenzaron su vida de fe en un ambiente hostil y complicado. Historias de postergaciones y encierros se cruzaban con resistencias internas y externas que parecían contradecir y hasta negar lo que habían visto y oído; pero eso, lejos de ser una dificultad u obstáculo que los llevara a replegarse o ensimismarse, los  impulsó a transformar todos los inconvenientes, contradicciones y dificultades en una oportunidad  para la misión”.

Como entonces, “tampoco es fácil el momento actual de nuestra historia”. Así, “la situación de la pandemia evidenció y amplificó el dolor, la soledad, la pobreza y las injusticias que ya tantos  padecían y puso al descubierto nuestras falsas seguridades y las fragmentaciones y polarizaciones  que silenciosamente nos laceran”.

Los más frágiles y vulnerables experimentaron aún más su vulnerabilidad y fragilidad. Hemos experimentado el desánimo, el desencanto, el cansancio, y hasta  la amargura conformista y desesperanzadora pudo apoderarse de nuestras miradas”, recalca Francisco, quien recuerda que “nosotros  «no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesús como Cristo y Señor, pues no somos más que  servidores de ustedes por causa de Jesús»”.

“Jesús nos quiere vivos”

Es Jesús, y su Palabra, la que “nos redime y nos salva de las excusas que llevan a encerrarnos en el más vil de los escepticismos: ‘todo da igual, nada va a cambiar’”. La respuesta está en Jesús, que “nos quiere también vivos, fraternos y capaces de hospedar y compartir esta esperanza”.

“En el contexto actual urgen misioneros de esperanza que, ungidos por el Señor, sean capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo”, recuerda. Porque “los cristianos no podemos reservar al Señor para nosotros mismos: la misión evangelizadora de la Iglesia expresa su implicación total y pública en la transformación del mundo y en la custodia de la  creación”.

“En la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra cada año el tercer domingo de  octubre, recordamos agradecidamente a todas esas personas que, con su testimonio de vida, nos ayudan a renovar nuestro compromiso bautismal de ser apóstoles generosos y alegres del Evangelio. Recordamos especialmente a quienes fueron capaces de ponerse en camino, dejar su tierra y sus  hogares para que el Evangelio pueda alcanzar sin demoras y sin miedos esos rincones de pueblos y  ciudades donde tantas vidas se encuentran sedientas de bendición”, finaliza el Papa, quien sostiene que “hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que  les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión”.  (Jesús Bastante. http://www.religiondigital.org)

Mensaje del Papa Francisco para el DOMUND 2021

 

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Por una economía respetuosa con las comunidades y el medio ambiente

La sociedad civil continua el largo camino en la demanda de que las empresas respeten lo obvio: los derechos humanos y la sostenibilidad ambiental. Las misioneras y misioneros suelen ser testigos en primera línea de las consecuencias para las comunidades y el medio ambiente de los comportamientos empresariales irresponsables. Estos días se cumplen 2 años del crimen ambiental de Brumadinho, en el que la multinacional Vale provocó el colapso de una represa, ocasionando la muerte de más de 270 personas. La Iglesia camina de la mano de los familiares de estas víctimas. Esta misma Vale somete a la población de Piquiá de Baixo a un ambiente irrespirable, a depósitos de cenizas ardientes sin señalizar, como bien conocen los misioneros combonianos, laicos y religiosos, en la comunidad. Podríamos recordar a Centroáfrica, trístemente hay demasiados lugares que recordar…

Las empresas son actores fundamentales en el desarrollo de los pueblos. Son necesarias para mejorar las condiciones sus vida. Siempre que el afán de lucro sea compatible al menos con los Derechos Humanos y el respeto a la Casa Común. Hace 10 años la ONU aprobó los Principios Rectores sobre Empresas y DDHH, unas directrices con recomendaciones para evitar desmanes empresariales en lugares donde las leyes son demasaido laxas. Pocas son las empresas que acatan estos principios, por lo que la sociedad civil, Iglesia incluida, viene demandando leyes, a nivel global, continental y estatal, que marquen más claramente las reglas del juego. Hoy día existen algunas legislaciones de este tipo, como la Ley francesa de Diligencia Debida (2017), que vela por que las empresas con capital francés actúen con la debida diligencia en toda su cadena de suministros: realizando estudios de impacto, consulta previa a las comunidades afectadas, disponiendo mecanismos de acceso a la justicia y reparación rápida y justa…

Esta legislatura del Parlamento Europeo afronta una magnífica oportunidad de dar un salto y aprobar una ley similar a escala europea. El comisario de Justicia impulsó en abril pasado este proyecto legislativo, que ahora se encuentra en fase de consulta pública. La sociedad civil tiene ocasión de pronunciarse. Un grupo de alianzas sindicales europeas, junto a Amigos de la Tierra y la Coalición Europea por la Justicia Corporativa han liderado la presentación de un documento para hacer ver que este asunto nos importa.

Aprovechemos esta oportunidad, adhiriéndonos a esta campaña. Es un pasito más. Este año tendremos oportunidad de seguir el avance de este proyecto legislativo y, ojalá, después vendrá el seguimiento de la aplicación de la ley. En paralelo, a nivel español, se están iniciando las conversaciones  parlamentarias para avanzar en una ley similar. El magisterio, y la actitud, del papa Francisco está suponiendo un empuje encomiable a este camino.

REDES-Red de Entidades para el Desarrollo Solidario