Revistas Mundo Negro y Aguiluchos. Octubre 2025

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Mensaje del Consejo General para la Fiesta de San Daniel Comboni

Fiesta de San Daniel Comboni,
10 de octubre de 2025

REAVIVANDO EL FUEGO DE LA PASIÓN MISIONERA

Queridos hermanos,
los saludamos con la paz y la alegría del Señor Jesucristo y les expresamos nuestros más cálidos deseos en la solemnidad de San Daniel Comboni, nuestro Fundador. Este día es una ocasión especial para todos nosotros y para quienes han visto sus vidas iluminadas por su ejemplo y su misión.

Hace dos semanas, concluyó nuestra Asamblea Intercapitular, inaugurada con una jornada de formación sobre el tema «Reavivar el Fuego de la Misión «. Surgió con fuerza la urgente necesidad de fortalecer nuestra unidad y construir comunidades capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo, aprovechando con cuidado los recursos humanos y materiales a nuestra disposición. Al mismo tiempo, debemos reconocer que nuestra identidad comboniana necesita ser protegida y fortalecida: algunos cohermanos están abandonando el Instituto, otros se están jubilando, y nos preguntamos dónde se ha ido el coraje para ir donde otros no se atreven.

Desde el principio, hemos sido una familia internacional y multicultural. Esta diversidad no es un mero detalle: es un signo del Reino y un testimonio de que la comunión entre pueblos y culturas es posible en Cristo. Es un mensaje de esperanza para un mundo a menudo dividido. Preservar este don es hoy más necesario que nunca si queremos contrarrestar el nacionalismo y el tribalismo que amenazan con infiltrarse en nuestras comunidades.

Para afrontar estos desafíos, debemos reavivar el fuego de nuestra pasión misionera . El fuego es símbolo de celo, valentía y convicción; nos impulsa hacia la misión y nos sostiene en los momentos difíciles. Jesucristo, el primer «Misionero del Padre», afirmó: «He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera encendido!» ( Lc 12,49). Comboni también recordaba con frecuencia la imagen de un « corazón calentado por el puro amor de Dios »: «Cuando el Misionero de África tiene el corazón calentado por el puro amor de Dios, y con la mirada de la fe contempla el supremo beneficio, la grandeza y la sublimidad de la Obra por la que trabaja, todas las privaciones, las constantes dificultades, las pruebas más duras se convierten para su corazón en un paraíso terrenal» ( Escritos , 2705).

Cuando este fuego arde en nuestro interior, las cruces y las dificultades no nos detienen. Un corazón ardiente permanece fijo en la meta y no se distrae ante obstáculos ni fracasos.

Estamos convencidos de que una misión como la nuestra —cuyos frutos a menudo no veremos plenamente, en la que años de trabajo pueden parecer inútiles, que desafía la lógica y a veces parece desesperanzada— sólo puede llevarse adelante si estamos verdaderamente encendidos de pasión.

Hoy, más que nunca, sentimos la llamada a reavivar este fuego. Muchos nos sentimos cansados ​​o frágiles, y esta fatiga también afecta a las comunidades. Para avivar la llama, necesitamos limpiar las cenizas y echar nuevo combustible. La mejor manera de hacerlo es retomar el fuego original que ardía en nosotros cuando recibimos la llamada misionera comboniana: aquellos momentos en que la vida de Comboni y la misión de los Misioneros Combonianos nos conmovieron profundamente.

Cada uno de nosotros conserva el recuerdo de cuando la vida de Comboni encendió nuestros corazones : tal vez fue su altruismo al escuchar el llamado de Dios, a pesar de ser hijo único; o su valentía al dejar el Instituto Mazza para perseguir lo que consideraba esencial; o su perseverancia frente a la oposición, incluso de la Iglesia; o su fe tenaz ante la pérdida de sus compañeros; o su convicción en la dignidad del pueblo africano, su incansable compromiso con la transformación humana integral, su apertura a las diversas culturas y su visión profética de la misión.

Cualquier chispa que nos encendió, perdura y puede reavivar nuestro fuego. Cuando la dejamos arder de nuevo, superamos el cansancio, la indiferencia y las costumbres cómodas; nuestro amor por la misión se renueva y nos da la fuerza para afrontar cualquier desafío.

¿Y qué mejor momento que la fiesta de nuestro Fundador para reavivar esta llama, recordando que Él nos dio una identidad única en la Iglesia y en el mundo como Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús?

¡Felices fiestas!

Roma, 10 de octubre de 2025
Solemnidad de San Daniel Comboni

El Consejo General

«Misioneros de Esperanza entre los pueblos». Mensaje del Papa para el DOMUND 2025

El Mensaje para el Domund 2025, último documento misionero del papa Francisco, es un bello texto, sencillo y al mismo tiempo profundo, que ha venido a ser su “testamento espiritual misionero”. Está totalmente inmerso en el itinerario del Jubileo, con su hermoso lema “Peregrinos de la Esperanza”, y parece continuar el camino de renovación misionera propuesto por Francisco a la Iglesia en sus Mensajes desde 2022, que deben leerse y meditarse conjuntamente. Hay que tener en cuenta, además, su tono muy personal, con dos cordiales agradecimientos: uno a los misioneros ad gentes y otro a todos los fieles, a los que exhorta a participar activamente “en la común misión evangelizadora”.

MENSAJE DEL PAPA PARA EL DOMUND 2025

Queridos hermanos y hermanas:

Para la Jornada Mundial de las Misiones del Año jubilar 2025, cuyo mensaje central es la esperanza (cf. Bula Spes non confundit, 1), he elegido este lema: “Misioneros de esperanza entre los pueblos”, que recuerda a cada cristiano y a la Iglesia, comunidad de bautizados, la vocación fundamental a ser mensajeros y constructores de la esperanza, siguiendo las huellas de Cristo. Les deseo a todos que vivan un tiempo de gracia con el Dios fiel que nos ha regenerado en Cristo resucitado «para una esperanza viva» (cf. 1 P 1,3-4); a la vez que quisiera recordarles algunos aspectos relevantes de la identidad misionera cristiana, a fin de que podamos dejarnos guiar por el Espíritu de Dios y arder de santo celo para iniciar una nueva etapa evangelizadora de la Iglesia, enviada a reavivar la esperanza en un mundo abrumado por densas sombras (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 9-55).

1. Tras las huellas de Cristo nuestra esperanza

Celebrando el primer Jubileo ordinario del Tercer milenio, después del Jubileo del año dos mil, mantengamos la mirada orientada hacia Cristo, el centro de la historia, que «es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre» (Hb 13,8). Él, en la sinagoga de Nazaret, declaró el cumplimiento de la Escritura en el “hoy” de su presencia histórica. De ese modo, se reveló como el enviado del Padre con la unción del Espíritu Santo para llevar la Buena Noticia del Reino de Dios e inaugurar «un año de gracia del Señor» para toda la humanidad (cf. Lc 4,16-21).

En este místico “hoy”, que perdura hasta el fin del mundo, Cristo es el cumplimiento de la salvación para todos, particularmente para aquellos cuya esperanza es Dios. Él, en su vida terrena, «pasó haciendo el bien y curando a todos» del mal y del Maligno (cf. Hch 10,38), devolviendo la esperanza en Dios a los necesitados y al pueblo. Además, experimentó todas las fragilidades humanas, excepto la del pecado, pasando también momentos críticos, que podían conducir a la desesperación, como en la agonía del Getsemaní y en la cruz. Pero Jesús encomendaba todo a Dios Padre, obedeciendo con plena confianza a su plan salvífico para la humanidad, plan de paz para un futuro lleno de esperanza (cf. Jr 29,11). De esa manera, se convirtió en el divino Misionero de la esperanza, modelo supremo de todos aquellos que, a lo largo de los siglos, llevan adelante la misión recibida de Dios, incluso en las pruebas extremas.

El Señor Jesús continúa su ministerio de esperanza para la humanidad por medio de sus discípulos, enviados a todos los pueblos y acompañados místicamente por Él; también hoy sigue inclinándose ante cada persona pobre, afligida, desesperada y oprimida por el mal, para derramar sobre sus heridas «el aceite del consuelo y el vino de la esperanza» (Prefacio “Jesús, buen samaritano”). Obediente a su Señor y Maestro, y con su mismo espíritu de servicio, la Iglesia, comunidad de los discípulos-misioneros de Cristo, prolonga esa misión ofreciendo la vida por todos en medio de las gentes. La Iglesia, aun teniendo que afrontar, por un lado, persecuciones, tribulaciones y dificultades, y, por otro lado, sus propias imperfecciones y caídas, a causa de las fragilidades de sus miembros, está impulsada constantemente por el amor de Cristo a avanzar unida a Él en este camino misionero y a acoger, como Él y con Él, el clamor de la humanidad; más aún, el gemido de toda criatura, en espera de la redención definitiva. Esta es la Iglesia que el Señor llama desde siempre y para siempre a seguir sus huellas; «no una Iglesia estática, [sino] una Iglesia misionera, que camina con el Señor por las vías del mundo» (Homilía en la Santa Misa al finalizar la Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, 27 octubre 2024).

Por eso, también nosotros sintámonos inspirados a ponernos en camino tras las huellas del Señor Jesús para ser, con Él y en Él, signos y mensajeros de esperanza para todos, en cada lugar y circunstancia que Dios nos concede vivir. ¡Que todos los bautizados, discípulos-misioneros de Cristo, hagan resplandecer la propia esperanza en cada rincón de la tierra!

2. Los cristianos, portadores y constructores de esperanza entre los pueblos

Siguiendo a Cristo el Señor, los cristianos están llamados a transmitir la Buena Noticia compartiendo las condiciones de vida concretas de las personas que encuentran, siendo así portadores y constructores de esperanza. Porque, en efecto, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Gaudium et spes,1).

Esta célebre afirmación del Concilio Vaticano II, que expresa el sentir y el estilo de las comunidades cristianas de todos los tiempos, sigue inspirando a sus miembros y los ayuda a caminar con sus hermanos y hermanas en el mundo. Pienso particularmente en ustedes, misioneros y misioneras ad gentes, que, siguiendo la llamada divina, han ido a otras naciones para dar a conocer el amor de Dios en Cristo. ¡Gracias de corazón! Sus vidas son una respuesta concreta al mandato de Cristo resucitado, que ha enviado a sus discípulos a evangelizar a todos los pueblos (cf. Mt 28,18-20). De ese modo, ustedes señalan la vocación universal de los bautizados a ser, con la fuerza del Espíritu Santo y el compromiso cotidiano, entre los pueblos, misioneros de esa inmensa esperanza que nos concede Jesús, el Señor.

El horizonte de esta esperanza va más allá de las realidades mundanas pasajeras y se abre a las divinas, que ya pregustamos en el presente. En efecto, como recordaba san Pablo VI, la salvación en Cristo, que la Iglesia ofrece a todos como don de la misericordia de Dios, no es sólo «inmanente, a medida de las necesidades materiales o incluso espirituales que […] se identifican totalmente con los deseos, las esperanzas, los asuntos y las luchas temporales, sino una salvación que desborda todos estos límites para realizarse en una comunión con el único Absoluto Dios, salvación trascendente, escatológica, que comienza ciertamente en esta vida, pero que tiene su cumplimiento en la eternidad» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 27).

Animadas por una esperanza tan grande, las comunidades cristianas pueden ser signos de una nueva humanidad en un mundo que, en las zonas más “desarrolladas”, muestra síntomas graves de crisis de lo humano: un sentimiento generalizado de desorientación, soledad y abandono de los ancianos; dificultad para estar disponibles a ayudar a quienes nos rodean. En las naciones más avanzadas tecnológicamente, está decayendo la proximidad; estamos todos interconectados, pero no estamos en relación. La eficiencia y el apego a las cosas y a las ambiciones hacen que estemos centrados en nosotros mismos y seamos incapaces de altruismo. El Evangelio, vivido en la comunidad, puede restituirnos una humanidad íntegra, sana, redimida.

Por lo tanto, renuevo la invitación a realizar las obras indicadas en la Bula de convocación del Jubileo (nn. 7-15), con particular atención a los más pobres y débiles, a los enfermos, a los ancianos, a los excluidos de la sociedad materialista y consumista. Y a hacerlo con el estilo de Dios: con cercanía, compasión y ternura, cuidando la relación personal con los hermanos y las hermanas en su situación concreta (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 127-128). Muchas veces, serán ellos quienes nos enseñarán a vivir con esperanza. Y a través del contacto personal podremos transmitir el amor del Corazón compasivo del Señor. Experimentaremos que «el Corazón de Cristo […] es el núcleo viviente del primer anuncio» (Carta enc. Dilexit nos, 32). Bebiendo de esta fuente, la esperanza recibida de Dios se puede ofrecer con sencillez (cf. 1 P 1,21), llevando a los demás el mismo consuelo con el que nosotros hemos sido consolados por Dios (cf. 2 Co 1,3-4). En el Corazón humano y divino de Jesús, Dios quiere hablar al corazón de cada persona, atrayendo a todos con su amor. «Nosotros hemos sido enviados para continuar esta misión: ser signo del Corazón de Cristo y del amor del Padre, abrazando al mundo entero» (Discurso a los participantes en la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias, 3 junio 2023).

3. Renovar la misión de la esperanza

Hoy, ante la urgencia de la misión de la esperanza, los discípulos de Cristo están llamados en primer lugar a formarse, para ser “artesanos” de esperanza y restauradores de una humanidad con frecuencia distraída e infeliz.

Para ello, es necesario renovar en nosotros la espiritualidad pascual, que vivimos en cada celebración eucarística y sobre todo en el Triduo Pascual, centro y culmen del año litúrgico. Hemos sido bautizados en la muerte y resurrección redentora de Cristo, en la Pascua del Señor, que marca la eterna primavera de la historia. Somos entonces “gente de primavera”, con una mirada siempre llena de esperanza para compartir con todos, porque en Cristo «creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras» sobre la existencia humana (cf. Catequesis, 23 agosto 2017). Por eso, de los misterios pascuales, que se actualizan en las celebraciones litúrgicas y en los sacramentos, recibimos continuamente la fuerza del Espíritu Santo con el celo, la determinación y la paciencia para trabajar en el vasto campo de la evangelización del mundo. «Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encomienda» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 275). En Él vivimos y testimoniamos esa santa esperanza que es “un don y una tarea para cada cristiano” (cf. La speranza è una luce nella notte, Ciudad del Vaticano 2024, 7).

Los misioneros de esperanza son hombres y mujeres de oración, porque “la persona que espera es una persona que reza”, como decía el venerable cardenal Van Thuan, que mantuvo viva la esperanza en la larga tribulación de la cárcel gracias a la fuerza que recibía de la oración perseverante y de la Eucaristía (cf. F.X. Nguyen Van Thuan, Il cammino della speranza, Roma 2001, n. 963). No olvidemos que rezar es la primera acción misionera y, al mismo tiempo, «la primera fuerza de la esperanza» (Catequesis, 20 mayo 2020).

Por eso, renovemos la misión de la esperanza empezando por la oración, sobre todo la que se hace con la Palabra de Dios y particularmente con los Salmos, que son una gran sinfonía de oración cuyo compositor es el Espíritu Santo (cf. Catequesis, 19 junio 2024). Los Salmos nos educan para esperar en las adversidades, para discernir los signos de esperanza y tener el constante deseo “misionero” de que Dios sea alabado por todos los pueblos (cf. Sal 41,12; 67,4). Rezando mantenemos encendida la llama de la esperanza que Dios encendió en nosotros, para que se convierta en una gran hoguera, que ilumine y dé calor a todos los que están alrededor, también con acciones y gestos concretos inspirados por esa misma oración.

Finalmente, la evangelización es siempre un proceso comunitario, como el carácter de la esperanza cristiana (cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 14). Dicho proceso no termina con el primer anuncio y el bautismo, sino que continúa con la construcción de las comunidades cristianas a través del acompañamiento de cada bautizado por el camino del Evangelio. En la sociedad moderna, la pertenencia a la Iglesia no es nunca una realidad adquirida de una vez por todas. Por eso, la acción misionera de transmitir y formar una fe madura en Cristo es «el paradigma de toda obra de la Iglesia» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 15), una obra que requiere comunión de oración y de acción. Sigo insistiendo sobre esta sinodalidad misionera de la Iglesia, como también sobre el servicio de las Obras Misionales Pontificias en promover la responsabilidad misionera de los bautizados y sostener a las nuevas Iglesias particulares. Y los exhorto a todos ustedes —niños, jóvenes, adultos, ancianos—, a participar activamente en la común misión evangelizadora con el testimonio de sus vidas y con la oración, con sus sacrificios y su generosidad. Por esto, ¡gracias de corazón!

Queridas hermanas y queridos hermanos, acudamos a María, Madre de Jesucristo, nuestra esperanza. A Ella le confiamos este deseo para el Jubileo y para los años futuros: «Que la luz de la esperanza cristiana pueda llegar a todas las personas, como mensaje del amor de Dios que se dirige a todos. Y que la Iglesia sea testigo fiel de este anuncio en todas partes del mundo» (Bula Spes non confundit, 6).

Francisco

Roma, San Juan de Letrán, 25 de enero de 2025, fiesta de la Conversión de San Pablo

Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado: «Migrantes, misioneros de la esperanza»

En el contexto mundial actual, tristemente marcado por la guerra, la violencia, la injusticia y los fenómenos meteorológicos extremos, son precisamente estos millones de migrantes, obligados a abandonar su patria para buscar refugio en otro lugar, quienes encarnan la esperanza. León XIV escribió esto en su mensaje para la 111.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, titulado «Migrantes, Misioneros de la Esperanza». Durante el Año Santo, la Jornada se celebrará los días 4 y 5 de octubre, coincidiendo con el Jubileo de los Migrantes y del Mundo Misionero.

Los desafíos del futuro son cada vez más exigentes, advierte el Pontífice, señalando una tendencia generalizada a «cuidar exclusivamente los intereses de comunidades limitadas», sin tener en cuenta la responsabilidad compartida ni la «solidaridad global». Las palabras del Obispo de Roma también se refieren a la renovada carrera armamentista y al desarrollo de nuevas armas, «incluidas las nucleares», junto con las dramáticas consecuencias de la crisis climática y la desigualdad económica.

Ante todo esto —enfatiza León XIV—, los migrantes, refugiados y desplazados son «testigos privilegiados de la esperanza vivida en la vida cotidiana, mediante su confianza en Dios y su resistencia a la adversidad en busca de un futuro mejor». Mensajeros de esperanza, «recuerdan a la Iglesia su dimensión peregrina», y los católicos, en particular, pueden impulsar «nuevos caminos de fe allí donde el mensaje de Jesucristo aún no ha llegado».

Mensaje pontificio para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado,
que se celebrará el 4 y 5 de octubre

Queridos hermanos y hermanas:
La 111 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que mi predecesor quiso hacer coincidir con el Jubileo de los Migrantes y del Mundo Misionero, nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el vínculo entre esperanza, migración y misión.

El contexto global actual está tristemente marcado por guerras, violencia, injusticia y fenómenos meteorológicos extremos, que obligan a millones de personas a abandonar sus hogares para buscar refugio en otros lugares. La tendencia generalizada a priorizar exclusivamente los intereses de las comunidades locales supone una grave amenaza para la responsabilidad compartida, la cooperación multilateral, la búsqueda del bien común y la solidaridad global en beneficio de toda la humanidad. La perspectiva de una renovada carrera armamentista y el desarrollo de nuevas armas, incluidas las nucleares, la falta de consideración por los efectos nocivos de la actual crisis climática y las profundas desigualdades económicas hacen que los desafíos del presente y del futuro sean cada vez más abrumadores. 

Ante las teorías de devastación global y los escenarios aterradores, es importante que crezca en el corazón de muchos el deseo de esperar un futuro de dignidad y paz para todos los seres humanos. Este futuro es parte esencial del plan de Dios para la humanidad y el resto de la creación. Es el futuro mesiánico anticipado por los profetas: «Ancianos y ancianas volverán a sentarse en las calles de Jerusalén, cada uno con su bastón en la mano por su longevidad. Y las calles de la ciudad estarán llenas de niños y niñas que jugarán en sus calles. […] Esta es la semilla de la paz: la vid dará su fruto, la tierra dará su fruto, y los cielos darán su rocío» ( Zacarías 8,4-5.12). Y este futuro ya ha comenzado, porque fue inaugurado por Jesucristo (cf. Mc 1,15 y Lc 17,21), y creemos y esperamos en su plena realización, porque el Señor siempre cumple sus promesas.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «La virtud de la esperanza responde a la aspiración a la felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada hombre; asume las expectativas que inspiran las actividades humanas» (n.º 1818). Y la búsqueda de la felicidad —y la perspectiva de encontrarla en otro lugar— es sin duda una de las principales motivaciones de la movilidad humana contemporánea.

Esta conexión entre migración y esperanza se revela claramente en muchas de las experiencias migratorias actuales. Muchos migrantes, refugiados y desplazados son testigos privilegiados de la esperanza vivida en la vida cotidiana, a través de su confianza en Dios y su resistencia a la adversidad en aras de un futuro en el que vislumbran la cercanía de la felicidad y el desarrollo humano integral. La experiencia itinerante del pueblo de Israel se renueva en ellos: «Oh Dios, cuando saliste al frente de tu pueblo, cuando marchaste por el desierto, la tierra tembló, los cielos destilaron agua ante la presencia de Dios, el Dios del Sinaí, ante la presencia de Dios, el Dios de Israel. Tú, oh Dios, hiciste llover abundantemente, y asentiste tu heredad empobrecida, y tu pueblo habitó en ella; en ella, en tu bondad, salvaste a los pobres, oh Dios» ( Sal 68,8-11).

En un mundo oscurecido por la guerra y la injusticia, incluso donde todo parece perdido, los migrantes y refugiados se alzan como mensajeros de esperanza. Su valentía y tenacidad son un testimonio heroico de una fe que ve más allá de lo que nuestros ojos alcanzan y les da la fuerza para desafiar a la muerte en las diversas rutas migratorias contemporáneas. Aquí también encontramos una clara analogía con la experiencia del pueblo de Israel que vagaba por el desierto, quien afrontó todos los peligros confiando en la protección del Señor: «Él te librará de la trampa del cazador, de la peste destructora. Te cubrirá con sus plumas, y bajo sus alas encontrarás refugio; su fidelidad será tu escudo y adarga. No temerás el terror de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la destrucción devastadora del mediodía» ( Sal 91,3-6).

Los migrantes y refugiados recuerdan a la Iglesia su dimensión peregrina, en constante lucha por alcanzar su patria definitiva, sostenida por una esperanza que es una virtud teologal. Cada vez que la Iglesia cede a la tentación de la sedentarización y deja de ser una civitas peregrina , el pueblo de Dios en peregrinación hacia la patria celestial (cf. Agustín, De civitate Dei , Libros XIV-XVI), deja de estar en el mundo y se convierte en parte del mundo (cf. Jn 15,19). Esta tentación ya estaba presente en las primeras comunidades cristianas, hasta el punto de que el apóstol Pablo tuvo que recordar a la Iglesia de Filipos que «nuestra ciudadanía está en el cielo, de donde esperamos con ansias al Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo de humillación en un cuerpo glorioso suyo, por el poder que tiene para someterlo todo a sí mismo» ( Flp 3,20-21). 

En particular, los migrantes y refugiados católicos pueden convertirse en misioneros de esperanza en los países que los acogen, impulsando nuevos caminos de fe allí donde el mensaje de Jesucristo aún no ha llegado, o iniciando diálogos interreligiosos basados en la vida cotidiana y la búsqueda de valores compartidos. De hecho, con su entusiasmo y vitalidad espiritual, pueden contribuir a revitalizar comunidades eclesiales rígidas y agobiadas, donde un desierto espiritual avanza amenazante. Su presencia debe ser reconocida y apreciada como una verdadera bendición divina, una oportunidad para abrirse a la gracia de Dios que infunde nueva energía y esperanza a su Iglesia: «No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» ( Heb 13,2).

El primer elemento de la evangelización, como enfatizó San Pablo VI, es generalmente el testimonio: «Todos los cristianos están llamados y pueden ser, en este sentido, verdaderos evangelizadores. Pensemos sobre todo en la responsabilidad que recae sobre los emigrantes en los países que los reciben» ( Evangelii Nuntiandi , 21). Se trata de una verdadera missio migrantium —una misión llevada a cabo por migrantes— para la cual debe garantizarse una preparación adecuada y un apoyo continuo, fruto de una cooperación intereclesial eficaz. 

Por otro lado, las comunidades que los acogen también pueden ser un testimonio vivo de esperanza. Esperanza entendida como la promesa de un presente y un futuro en el que se reconoce la dignidad de todos como hijos de Dios. De esta manera, los migrantes y refugiados son reconocidos como hermanos y hermanas, parte de una familia donde pueden expresar sus talentos y participar plenamente en la vida comunitaria.

Con ocasión de esta jornada jubilar, en la que la Iglesia reza por todos los emigrantes y refugiados, deseo confiar a todos los que están en camino, así como a quienes se esfuerzan por acompañarlos, a la protección materna de la Virgen María, consuelo de los emigrantes, para que mantenga viva la esperanza en sus corazones y los sostenga en el compromiso de construir un mundo cada vez más parecido al Reino de Dios, la verdadera patria que nos espera al final de nuestro camino.

Desde el Vaticano, 25 de julio de 2025,
Fiesta del Apóstol Santiago

León PP. XIV

Comenzamos el Octubre Misionero

Hoy, 1 de octubre, fiesta de santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones, inauguramos el mes más misionero del año que tendrá su punto álgido en la celebración de la Jornada Mundial de las Misiones del domingo19 de octubre. Antes, los días 4 y 5 de octubre tendrá lugar en Roma el jubileo de las misiones y el día 10, celebraremos la fiesta de san Daniel Comboni, fundador de la familia comboniana.

Santa Teresa de Lisieux pasó la mayor parte de sus 25 años de vida sin salir de su convento de Carmelitas, mientras que san Daniel Comboni no dejó de viajar de un lugar para otro hasta su muerte en 1881, ocurrida en Jartum (Sudán) a los 50 años, cuando Teresa solo tenía 8 años. Ambos fueron grandes misioneros. Teresa a los pies del Sagrario ofreciendo su sacrificio y oración por los misioneros y Daniel visitando y abriendo comunidades en Sudán y recorriendo Europa en busca de apoyo económico, vocaciones misioneras y oraciones.

Ambos un ejemplo de misioneros para todos nosotros.

Feliz octubre misionero