EVANGELIO DEL DOMINGO 10 DE OCTUBRE

Evangelio según san Marcos (10,17-30):

Un cierto día, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»
Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.»
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!»
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando. y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»
Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»

UN DINERO QUE NO ES NUESTRO

En nuestras iglesias se pide dinero para los necesitados, pero ya no se expone la doctrina cristiana que sobre el dinero predicaron con fuerza teólogos y predicadores como Ambrosio de Tréveris, Agustín de Hipona o Bernardo de Claraval.

Una pregunta aparece constantemente en sus labios. Si todos somos hermanos y la tierra es un regalo de Dios a toda la humanidad, ¿con qué derecho podemos seguir acaparando lo que no necesitamos, si con ello estamos privando a otros de lo que necesitan para vivir? ¿No hay que afirmar más bien que lo que le sobra al rico pertenece al pobre?

No hemos de olvidar que poseer algo siempre significa excluir de aquello a los demás. Con la «propiedad privada» estamos siempre «privando» a otros de aquello que nosotros disfrutamos.

Por eso, cuando damos algo nuestro a los pobres, en realidad tal vez estamos restituyendo lo que no nos corresponde totalmente. Escuchemos estas palabras de san Ambrosio: «No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo. Pues lo que es común es de todos, no solo de los ricos… Pagas, pues, una deuda; no das gratuitamente lo que no debes».

Naturalmente, todo esto puede parecer idealismo ingenuo e inútil. Las leyes protegen de manera inflexible la propiedad privada de los privilegiados, aunque dentro de la sociedad haya pobres que viven en la miseria. San Bernardo reaccionaba así en su tiempo: «Continuamente se dictan leyes en nuestros palacios; pero son leyes de Justiniano, no del Señor».

No nos ha de extrañar que Jesús, al encontrarse con un hombre rico que ha cumplido desde niño todos los mandamientos, le diga que todavía le falta una cosa para adoptar una postura auténtica de seguimiento suyo: dejar de acaparar y comenzar a compartir lo que tiene con los necesitados.

El rico se aleja de Jesús lleno de tristeza. El dinero lo ha empobrecido, le ha quitado libertad y generosidad. El dinero le impide escuchar la llamada de Dios a una vida más plena y humana. «Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios». No es una suerte tener dinero, sino un verdadero problema, pues el dinero nos impide seguir el verdadero camino hacia Jesús y hacia su proyecto del reino de Dios (José Antonio Pagola)

Evangelio del domingo 26/9 (Mc 9,38-48):

Un cierto día, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.»
Jesús replicó: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro. Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa. Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue. Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida, que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno, donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.»

Evangelio Comentado por: José Antonio Pagola

LUCHAMOS POR LA MISMA CAUSA

Con frecuencia, los cristianos no terminamos de superar una mentalidad de religión privilegiada que nos impide apreciar todo el bien que se promueve en ámbitos alejados de la fe. Casi inconscientemente tendemos a pensar que somos nosotros los únicos portadores de la verdad, y que el Espíritu de Dios solo actúa a través de nosotros.

Una falsa interpretación del mensaje de Jesús nos ha conducido a veces a identificar el reino de Dios con la Iglesia. Según esta concepción, el reino de Dios solo se realizaría dentro de la Iglesia, y crecería y se extendería en la medida en que crece y se extiende la Iglesia.

Y sin embargo no es así. El reino de Dios se extiende más allá de la institución eclesial. No crece solo entre los cristianos, sino entre todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que hacen crecer en el mundo la fraternidad. Según Jesús, todo aquel que «echa demonios en su nombre» está evangelizando. Todo hombre, grupo o partido capaz de «echar demonios» de nuestra sociedad y de colaborar en la construcción de un mundo mejor está, de alguna manera, abriendo camino al reino de Dios.

Es fácil que también a nosotros, como a los discípulos, nos parezca que no son de los nuestros, porque no entran en nuestras iglesias ni asisten a nuestros cultos. Sin embargo, según Jesús, «el que no está contra nosotros está a favor nuestro».

Todos los que, de alguna manera, luchan por la causa del hombre están con nosotros. «Secretamente, quizá, pero realmente, no hay un solo combate por la justicia –por equívoco que sea su trasfondo político– que no esté silenciosamente en relación con el reino de Dios, aunque los cristianos no lo quieran saber. Donde se lucha por los humillados, los aplastados, los débiles, los abandonados, allí se combate en realidad con Dios por su reino, se sepa o no, él lo sabe» (Georges Crespy).

Los cristianos hemos de valorar con gozo todos los logros humanos, grandes o pequeños, y todos los triunfos de la justicia que se alcanzan en el campo político, económico o social, por modestos que nos puedan parecer. Los políticos que luchan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, los obreros que logran una mayor solidaridad, los educadores que se desviven por educar para la responsabilidad, aunque no parezcan siempre ser de los nuestros, «están a favor nuestro», pues están trabajando por un mundo más humano.

Lejos de creernos portadores únicos de salvación, los cristianos hemos de acoger con gozo esa corriente de salvación que se abre camino en la historia de los hombres, no solo en la Iglesia, sino también junto a ella y más allá de sus instituciones. Dios está actuando en el mundo.

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Comentario al evangelio del domingo (12 sept)

Evangelio según san Marcos (8,27-35):

Un cierto día, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus díscípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad.
Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «Quien quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

LO QUE ALGUNOS DICEN HOY

También en el nuevo milenio sigue resonando la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». No es para llevar a cabo un sondeo de opinión. Es una pregunta que nos sitúa a cada uno a un nivel más profundo: ¿quién es hoy Cristo para mí? ¿Qué sentido tiene realmente en mi vida? Las respuestas pueden ser muy diversas:

«No me interesa. Así de sencillo. No me dice nada; no cuento con él; sé que hay algunos a los que sigue interesando; yo me intereso por cosas más prácticas e inmediatas». Cristo ha desaparecido del horizonte real de estas personas.

«No tengo tiempo para eso. Bastante hago con enfrentarme a los problemas de cada día: vivo ocupado, con poco tiempo y humor para pensar en mucho más». En estas personas no hay un hueco para Cristo. No llegan a sospechar el estímulo y la fuerza que podría él aportar a sus vidas.

«Me resulta demasiado exigente. No quiero complicarme la vida. Se me hace incómodo pensar en Cristo. Y, además, luego viene todo eso de evitar el pecado, exigirme una vida virtuosa, las prácticas religiosas. Es demasiado». Estas personas desconocen a Cristo; no saben que podría introducir una libertad nueva en su existencia.

«Lo siento muy lejano. Todo lo que se refiere a Dios y a la religión me resulta teórico y lejano; son cosas de las que no se puede saber nada con seguridad; además, ¿qué puedo hacer para conocerlo mejor y entender de qué van las cosas?». Estas personas necesitan encontrar un camino que las lleve a una adhesión más viva con Cristo.

Este tipo de reacciones no son algo «inventado»: las he escuchado yo mismo en más de una ocasión. También conozco respuestas aparentemente más firmes: «soy agnóstico»; «adopto siempre posturas progresistas»; «solo creo en la ciencia». Estas afirmaciones me resultan inevitablemente artificiales, cuando no son resultado de una búsqueda personal y sincera.

Jesús sigue siendo un desconocido. Muchos no pueden ya intuir lo que es entender y vivir la vida desde él. Mientras tanto, ¿qué estamos haciendo sus seguidores?, ¿hablamos a alguien de Jesús?, ¿lo hacemos creíble con nuestra vida?, ¿hemos dejado de ser sus testigos?

José Antonio Pagola (www.gruposdejesus.com)

QUÉ HAY TRAS EL FANATISMO RELIGIOSO TALIBÁN

Una reflexión sobre lo que acontece en Afganistán y en el mundo con respecto a la religión.

foto: YANNIS BEHRAKIS

Las religiones son expresiones que han surgido entre los humanos en busca de respuestas a interrogantes existenciales.  Responden al hambre y sed de trascendencia del ser humano.  

La pluralidad religiosa no es una amenaza a nuestras convicciones, valores culturales y creencias sino un elemento que enriquece y fortalece la propia identidad cultural y religiosa. Algunos, como Samuel Huntington, señala que las religiones son elementos de choque de civilizaciones. No creo que pueda aceptarse esta teoría que convertiría el mundo en un caos. El choque de civilizaciones responde a una construcción ideológica por intereses económico-financieros y geopolíticos, sobre todo de Occidente, para mantener su poder sobre el mundo. Ciertamente, a lo largo de la historia, las religiones han sido fuente de violencia en las distintas sociedades. Recordemos las atrocidades de la inquisición y las guerras religiosas entre católicos y protestantes que regaron de sangre Europa, y más recientemente, los atentados terroristas de grupos islamistas como al Qaeda, el llamado estado islámico (ISIS) y Boko Haram, entre otros. Pero también es cierto que las religiones poseen un potencial de paz y fraternidad universal. No es este el momento de describir el bien que las religiones, en concreto cristianas, han hecho y siguen haciendo en el mundo, sobre todo al servicio a los más desfavorecidos. 

Hoy, después de 20 años de la invasión a Afganistán por parte de Estados Unidos, apoyada por la OTAN, los talibanes, sector musulmán ultraconservador y rigorista, han tomado el poder, al mismo tiempo que al Qaeda y el ISIS se han reorganizado y empezado a cometer horrorosas masacres. El fundamentalismo religioso islámico ha llevado a estos movimientos a la intolerancia e incluso a la persecución y muerte de adversarios. Sin embargo, el islam es religión de paz, como todas las religiones, y se complementan unas con otras como las notas de una divina sinfonía.  Cada una representa un papel importante en el gran drama de la evolución humana y su marcha hacia un destino común de convivencia, armonía universal y desarrollo espiritual de los pueblos, como señala el Papa Francisco en la Fratelli Tutti. 

Nos quejamos del rigorismo religioso de los talibanes, sobre todo en relación con las mujeres, pero no nos damos cuenta de que en Arabia Saudí acontece algo semejante. El wahabismo saudí, interpretación ultraconservadora del islam, ha estado apoyando a los talibanes, favoreciendo el nacimiento de al Qaeda y después del estado islámico. Recordemos que los autores de los atentados del 11 septiembre de 2001 en Estados Unidos fueron saudíes, destacándose como autor intelectual Osama Bin Laden, quien anteriormente había colaborado con Estados Unidos en el derrocamiento del Partido Democrático Popular de Afganistán, socialista, apoyado por la URSS. Es por eso que, entonces, Estados Unidos armó a los talibanes e incluso, favoreció la creación de al Qaeda para evitar la expansión soviética por Asia. 

En definitiva, los móviles de fondo del conflicto afgano, como lo fue también la invasión de Irak, Libia y la guerra de Siria, responden a intereses económicos y geopolíticos. Para ello utilizan la religión, llevando al extremo el fundamentalismo islámico, que sirve como cortina de humo para ocultar los verdaderos intereses. Hoy, la religión en Afganistán se ha convertido en opio político para los señores de la guerra y para las potencias interesadas, sobre todo Estados Unidos, China, Reino Unido, Arabia Saudí, países del Golfo… 

Nunca la guerra es la solución a los conflictos. La violencia engendra violencia. La invasión de 2011 no ha favorecido al pueblo afgano, más bien, lo ha empobrecido aún más, ha generado una espiral de violencia y ha engordado la corrupción de una minoría.  

El único camino es el diálogo, basado en el respeto mutuo, en la transparencia y  búsqueda del bien común de los pueblos.  De ahí que el criterio fundamental desde el cual se debe confrontar todas las expresiones religiosas es la defensa de la vida, el respeto a los derechos humanos, la opción por los pobres, el alivio del sufrimiento humano, la equidad de género y la humanización de este mundo.  

Concluyo con unas palabras de Hans Küng: “No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones. No habrá paz entre las religiones sin diálogo entre ellas”.  

Fernando Bermúdez López. Teólogo, moderador del grupo interreligioso de la región de Murcia.