Este año, como comunidad LMC, hemos tenido la alegría de celebrar la Pascua junto a las parroquias de Moclín y Puerto Lope, en Granada. Han sido unos días de encuentro, de servicio y de sentirnos parte viva de la Iglesia local.
Durante los días del Triduo, compartimos oraciones, silencios, preparativos. Ayudamos en lo que pudimos: desde animar las celebraciones hasta colaborar en los pequeños detalles que hacen que todo fluya. Pero, sobre todo, estuvimos presentes. Y a veces, eso es lo que más se agradece.
La Vigilia Pascual fue, como siempre, un momento especial. Ver cómo la luz del cirio se extendía pasando de mano en mano, nos recordó que la fe se transmite así: con gestos sencillos, con cercanía, con vida compartida. Como LMC sentimos que esta es nuestra tarea, llevar la luz de Cristo donde haga falta.
Volvemos a casa con el corazón lleno y con la certeza de que seguir caminando con estas comunidades es un regalo.
La Pascua nos impulsa, nos renueva y nos envía. Y nosotros, como LMC, queremos seguir respondiendo con alegría y disponibilidad.
Hoy la historia parece detenerse. Es el día del silencio, del alma que se pregunta y, aun así, sigue creyendo. El Sábado Santo nos invita a entrar en ese espacio donde la esperanza se cultiva en lo oculto, como una semilla bajo tierra.
En este día aprendemos que la vida también se construye en la quietud. Que la espera no es un vacío, sino un puente. Y que confiar es un acto de valentía cuando todavía no vemos la luz.
Pero este silencio no es final. Este descanso prepara el estallido de la Pascua. Porque justo cuando parece que nada ocurre, Dios sigue obrando en lo profundo.
Estas palabras de Comboni muestran una pasión y un compromiso inquebrantables por África, un continente que él amaba profundamente. «¡África o muerte!» no es solo un lema, sino una declaración de vida: darlo todo por una causa, sin importar el sufrimiento, porque salvar a África significaba salvar vidas, esperanza y un futuro mejor.
Comboni nos invita a entregarnos con todo lo que somos, con la misma pasión y el mismo ardor que él tuvo, por aquellos que más lo necesitan.
Como familia comboniana, estamos llamados a dar lo mejor de nosotros para transformar el mundo, aunque el camino no siempre sea fácil. Porque al final, todo sacrificio vale la pena cuando se trata de llevar amor, fe y esperanza donde más hace falta.
Del 28 de febrero al 01 de marzo, los Laicos Misioneros Combonianos de Guatemala vivimos un retiro lleno de gracia y encuentro fraterno en Casa Comboni, un espacio que se convirtió en hogar espiritual durante estos días de reflexión, oración y renovación misionera, todo ello bajo la guía espiritual del Padre Damián Bruyel, quien acompañó cada momento con enseñanzas, cercanía y espíritu misionero.
Fue un tiempo especial para detenernos en medio de nuestras actividades cotidianas y volver a lo esencial: escuchar la voz de Dios, fortalecer nuestra vocación misionera y crecer como comunidad.
Uno de los ejes centrales del retiro fue profundizar en la figura de María como Mujer, Madre y Misionera. A través de las reflexiones, descubrimos cómo su “sí” generoso sigue siendo modelo para quienes somos llamados a anunciar el Evangelio. María nos enseña a confiar, a servir con humildad y a caminar incluso cuando no entendemos completamente el plan de Dios.
También meditamos sobre Santa María Reina, reconociéndola como guía amorosa que acompaña nuestra misión y fortalece nuestra fe en los momentos de dificultad.
Otro de los temas que iluminó el retiro fue contemplar a María como estrella de la evangelización, aquella que señala siempre hacia Cristo. Se nos recordó que evangelizar no es solo anunciar con palabras, sino vivir el Evangelio con coherencia, alegría y entrega cotidiana.
Reflexionamos además sobre la misión del profeta, entendiendo que todo misionero está llamado a ser voz de esperanza, justicia y amor en medio del mundo actual. Ser profeta implica escuchar primero a Dios para luego anunciarlo con valentía.
El tema “Pescando con Jesús” nos invitó a renovar nuestra confianza en Él, recordando que la misión no depende únicamente de nuestras fuerzas, sino de dejarnos guiar por su palabra. Así como los discípulos lanzaron las redes confiando en Jesús, nosotros también somos enviados a remar mar adentro.
Más allá de las enseñanzas, el retiro fue un espacio para fortalecer los lazos como comunidad y como familia misionera. Compartimos momentos de alegría, diálogo y fraternidad que renovaron nuestro sentido de pertenencia y compromiso común.
Cada encuentro, cada oración y cada conversación nos recordó que la misión se vive mejor cuando caminamos juntos.
El sábado por la noche vivimos un profundo Vía Crucis, conmemorando la pasión y muerte de Jesucristo, un momento de silencio y contemplación que tocó profundamente nuestros corazones.
Además, tuvimos la oportunidad de recibir el sacramento de la reconciliación. Las confesiones fueron un regalo espiritual que nos permitió presentar nuestras vidas al Señor con humildad, buscando tener el alma limpia y dispuesta para recibir sus gracias, con el deseo sincero de caminar hacia la santidad.
Este retiro no fue un final, sino un nuevo comienzo. Regresamos a nuestras comunidades renovados, fortalecidos y con el corazón dispuesto a seguir anunciando el Evangelio con alegría, confiando en que Dios sigue obrando en cada uno de nosotros.