Estamos a las puertas de la semana grande para los cristianos, la semana en la que acompañaremos a Jesús en su entrega definitiva . Es el mejor momento del año para tomar conciencia de la coherencia de toda la vida de Jesús. Con su entrega demostró que la única manera de ser fiel a Dios es ponerse del lado del oprimido y defenderlo, aún a costa de su vida.
Para ayudarnos a entrar en este misterio de AMOR , queremos compartir la propuesta que José María Rodríguez Olaizola, sj nos hace para esta semana.
Cada día iremos compartiendo un video que nos acercará a un lugar donde transcurre la Pasión. Porque los lugares no son neutros, no son simplemente escenarios. Los habitamos. Estamos en ellos de una forma u otra. Nos dejan huella. Se puede ser espectador o protagonista, turista o peregrino, comprometerse o ser indiferente, eso depende de cada uno de nosotros.
Gracias José María por ayudarnos a entrar en la celebración del Misterio Pascual.
Nos encontramos viviendo un momento transformador para todos nosotros y para nuestra Iglesia en un mundo que experimenta devastación ambiental y social, con cambios climáticos, contaminación y la sexta extinción masiva en la historia del planeta que avanza a grandes pasos.
Compartimos este vía crucis como un signo especial para experimentar el camino recorrido por Jesús para representar la forma cómo en la actualidad Cristo se encarna en este territorio y su gente, logrando vivir, morir y resucitar en la Panamazonía. Que la esperanza pascual de la resurrección de Cristo nos ayude a hacerlo presente en la región amazónica, en nuestra Iglesia y en cada uno de nuestros corazones.
La revista misionera comboniana MUNDO NEGRO publica esta mes de marzo el testimonio vocacional de un joven misionero comboniano vietnamita, Tran Minh Thong (en la foto). Como el mismo relata, siendo estudiante de Secundaria cayó en una fuerte adicción al juego:
«Gastaba el dinero, desperdiciaba el tiempo, descuidaba mi salud y me fui perdiendo en el mundo virtual. Durante esos años no me importaba mi futuro, solo pensaba en jugar y en estar en Internet. Mi vida no tenía sentido ni motivación.»
Afortunadamente la voz que susurraba en su interior le empujó a participar en varios movimientos eclesiales que le ayudaron a experimentar la cercanía de Dios y un día se dijo: «Quiero ofrecer mi vida para la Misión en África». Hoy, Tran Minh Thong es uno de los nueve jóvenes misioneros combonianos que se preparan para el sacerdocio en el escolasticado de Granada (España).
Ya están disponibles las revistas de MUNDO NEGRO y AGUILUCHOS del mes de marzo.
Si quieres estar al día de lo que sucede en los países del Sur y estar conectado a la misión de la Iglesia. Suscríbete o suscribe a un familiar en https://edimune.com/producto/aguiluchos/ para recibirla en papel en tu domicilio o en formato PDF en su correo electrónico.
También puedes suscribirte a través de nuestro correo electrónico: edimune@combonianos.com o en el teléfono: (+34) 91 415 24 12 indicándonos tus datos postales completos.
A través de este mismo correo electrónico y teléfono puedes adquirir cualquier otro número anterior y comunicarte con nosotros para plantearnos cualquier duda o cuestión que te surja.
Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto
En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.
Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.» Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.» La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.» Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.
NO SE AMA IMPUNEMENTE
Pocas frases tan provocativas como las que escuchamos hoy en el evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto». El pensamiento de Jesús es claro. No se puede engendrar vida sin dar la propia. No se puede hacer vivir a los demás si uno no está dispuesto a «desvivirse» por los otros. La vida es fruto del amor, y brota en la medida en que sabemos entregarnos.
En el cristianismo no se ha distinguido siempre con claridad el sufrimiento que está en nuestras manos suprimir y el sufrimiento que no podemos eliminar. Hay un sufrimiento inevitable, reflejo de nuestra condición creatural, y que nos descubre la distancia que todavía existe entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Pero hay también un sufrimiento que es fruto de nuestros egoísmos e injusticias. Un sufrimiento con el que las personas nos herimos mutuamente.
Es natural que nos apartemos del dolor, que busquemos evitarlo siempre que sea posible, que luchemos por suprimirlo de nosotros. Pero precisamente por eso hay un sufrimiento que es necesario asumir en la vida: el sufrimiento aceptado como precio de nuestro esfuerzo por hacerlo desaparecer de entre los hombres. «El dolor solo es bueno si lleva adelante el proceso de su supresión» (Dorothee Sölle).
Es claro que en la vida podríamos evitarnos muchos sufrimientos, amarguras y sinsabores. Bastaría con cerrar los ojos ante los sufrimientos ajenos y encerrarnos en la búsqueda egoísta de nuestra dicha. Pero siempre sería a un precio demasiado elevado: dejando sencillamente de amar.
Cuando uno ama y vive intensamente la vida, no puede vivir indiferente al sufrimiento grande o pequeño de las gentes. El que ama se hace vulnerable. Amar a los otros incluye sufrimiento, «compasión», solidaridad en el dolor. «No existe ningún sufrimiento que nos pueda ser ajeno» (K. Simonow). Esta solidaridad dolorosa hace surgir salvación y liberación para el ser humano. Es lo que descubrimos en el Crucificado: salva quien comparte el dolor y se solidariza con el que sufre.