Pacto de las catacumbas: la urgencia de volver a la Iglesia de los pobres

 

 Con motivo de la celebración de los 50 años del Pacto de las Catacumbas, se realizó un seminario en Roma para tratar la actualidad de la propuesta firmada por 42 padres conciliares, en las Catacumbas de Domitilla, en 1965. El Pacto, firmado en los últimos días del Concilio Vaticano II (1962-1965), instó a la Iglesia Católica a renovarse y a asumir el compromiso con los pobres y excluidos. En el seminario, el teólogo español Jon Sobrino disertó sobre el impacto de este acuerdo en la Iglesia de hoy y sobre la urgencia de volver a la “Iglesia de los pobres”. El lunes 16 de noviembre, dia del aniversario, fue celebrada una Eucaristía en las Catacumbas. Con motivo del seminario, Jon Sobrino fue recibido por Francisco en la Casa Santa Marta, quien le recomendó: “continúe escribiendo”. Presentamos el texto completo de la homilía de Sobrino, así como una reseña del Pacto de las Catacumbas, y los 13 compromisos que se asumieron.

Celebración en Santa Domitila y presencia de Jon Sobrino

El Encuentro tuvo su momento culmen con una celebración en la misma catacumba de Santa Domitila (discípula de Pedro, allá en el cristianismo primitivo), presidida por el obispo italiano Luigi Betazzi (uno de los obispos firmantes de pacto) y Jon Sobrino, quien en su predicación hizo un breve balance de los frutos de este pacto diciendo que en estos años posteriores al ecuménico Concilio Vaticano II, ha habido padres y madres de la iglesia, ha habido comunidades de base y comunidades indígenas, seminarios y universidades que enseñaron y practicaron la liberación, y con ellos y ellas la iglesia católica se ha parecido un poco más a Jesús.

El también sacerdote Jesuita, dictó el pasado sábado 14 de noviembre una conferencia en la Universidad Urbaniana de Roma (también como parte de las actividades del Encuentro Resistencia y Esperanza), rompiendo con ello largas décadas de censura Vaticana, desde que la nada Sacra Congregación para la Doctrina de la Fe (presidida en ese entonces por Joseph Ratzinger) prohibió a Jon Sobrino dictar cátedra en cualquier universidad católica de América Latina y el mundo.

Con todo, el sobreviviente de la dictadura militar salvadoreña dijo no sentirse resentido por haber sido perseguido por la iglesia, antes bien enfatizó que la opción por los pobres implica correr riesgos y celebró que las primeras palabras firmado aquella mañana de noviembre de 1965 no fueran ni religiosas ni bíblicas, sino palabras sobre la realidad de este mundo: sobre el clamor de la injusticia, que tres años después proclamará el documento de Medellín al decir que: llegan hasta nosotros las quejas de que los obispos y sacerdotes en AL son ricos y aliados a los ricos, han construido una imagen de iglesia rica.

En su predicación recordó a Monseñor Romero y a sus hermanos jesuitas asesinados en el Salvador justo un 16 de noviembre, junto con 2 mujeres más. Dijo que ellos, como Jesús, también expulsaron demonios: el gobierno, la oligarquía, el ejército. Y como Jesús, murieron e inspiraron a muchos porque actuaron sin dubitar ni poder dubitar, frente a la encrucijada de salir o no salir de El Salvador ante las constantes amenazas.

No se fueron, porque los pobres no se podían ir, decidieron Ignacio Ellacuría y los otros cuando Romero, 9 sacerdotes y 5 religiosas ya habían sido asesinados por la dictadura.

Finalmente habló del papa Francisco, con quien se encontró también en días anteriores en Santa Martha: se esta moviendo de nuevo en las catacumbas, dijo, a su modo… quiere reformar la iglesia, ayudémoslo. Confesó que nunca había estado con un papa y que al despedirse, Francisco le dijo en un abrazo: escriba, escriba… lo que no precisamente me han pedido los papas.

Terminó su intervención invitando a todas y todos los presentes en la catacumba a que el recuerdo de los mártires no nos deje descansar en paz.

Vigencia y futuro del Pacto de las Catacumbas

Al final del encuentro, el ambiente fue de esperanza, de crítica y de necesidad de mirar con valentía hacia el horizonte, y renovar el Pacto de las Catacumbas. Hace 50 años, fue decisivo para el pacto las palabras de uno de sus ideólogos principales, Dom Hélder Cámara, quién encaró al Concilio Vaticano II diciendo: ¿Qué es lo que deberíamos hacer, ocuparnos solo de los problemas internos de la iglesia mientras dos tercios de la humanidad muere de hambre?

Hoy, que nuevos y mas agudos rostros de la pobreza y la injusticia azotan el mundo, se plantea la necesidad de que ese nuevo pacto no sea más secreto, ni cerrado, ni patriarcal. Ciertamente, poco de lo que se comprometió en ese pacto permeará a la iglesia pos-conciliar, y por ello es necesario que el nuevo pacto asumido ahora por este Encuentro en Roma y por muchas otras gentes y comunidades en el mundo, debe salir del gueto católico y ser de Iglesia en salida, ha de ser un pacto público, laical y universal de todos los habitantes en los Areópagos del mundo (Paulo Suess)

Sólo de esta forma nos será posible asumir con energía las banderas de lucha de diferentes actores sociales y en contextos diversos y plurales, para construir espiritualidades más encarnadas, humanas, no exclusivamente confesionales, ecuménicas y abiertas a diversas sensibilidades y subjetividades. Al grado de construir modelos, estilos, maneras eclesiales más sencillas y humildes, sin perder la perspectiva de los pobres, la profundidad compasiva, ni la crítica profética.


“Una Iglesia pobre y para los pobres”. 50 años del Pacto de las Catacumbas

“Para los países subdesarrollados la Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres”. Con estas palabras proféticas el Papa Juan XXIII invitaba a los cristianos y sobre todo a sus “hermanos Obispos” a llevar una vida de pobreza y a ser una “Iglesia sierva y pobre”. En su Radiomensaje del 11 de septiembre de 1962, un mes antes del inicio del Concilio Vaticano II, el “Papa Bueno” – como afectuosamente lo llamaban – trazaba el camino que la Iglesia debería seguir guiados por sus pastores y asistidos por la acción del Espíritu Santo.

Tres años después y en pleno Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI visitó las Catacumbas romanas de Santa Domitila, el 12 de septiembre de 1965. En su homilía, Papa Montini señalaba que las “Catacumbas son el lugar de una larga historia de persecución y martirio, a la cual la Iglesia de los primeros siglos fue sometida”. Pero también, dijo el Pontífice, “son el lugar donde se vivía la fe en Cristo, con la convicción de que Él, es la verdad, la salvación, la esperanza y la victoria definitiva”. “Aquí el cristianismo – afirmó el Papa – fundó sus raíces en la pobreza, en el sufrimiento de las injusticias y persecuciones; aquí la Iglesia, se despojó de todo poder humano, fue pobre, fue humilde, fue pía, fue opresa, fue heroica. Aquí el primado del Espíritu, del cual habla el Evangelio, subrayó el Obispo de Roma, tuvo su oscura, casi misteriosa, pero a la vez firme afirmación, de un testimonio incomparable, su martirio”.

Pocos días antes de la clausura del Concilio Vaticano II, el 16 de noviembre de 1965, 42 Obispos de 15 países diferentes, firmaron en las Catacumbas de Santa Domitila, el llamado “Pacto de las catacumbas”, con el cual se comprometían a llevar una vida de pobreza y a ser una Iglesia sierva y pobre, como los había inspirado el Papa Juan XXIII. Este Pacto fue una expresión pública del camino y del compromiso de la llamada “Iglesia de los Pobres” que se había formado desde la primera sesión del evento conciliar.

“Como quisiera una Iglesia pobre y para los pobres”, era el deseo del Papa Francisco a pocos días de su elección a la Cátedra de Pedro, el 16 de marzo de 2013. De este modo, hablando a los representantes de los medios de comunicación, re-proponía el tema antiguo y actual en la Iglesia cercana a los sectores sociales más emarginados, a los desterrados, a los indigentes y a quienes sufren la injusticia y la violencia.


Texto del Pacto de las Catacumbas

Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros, en una iniciativa en que cada uno de nosotros quisiera evitar la excepcionalidad y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos de episcopado; contando sobre todo con la gracia y la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo siguiente:

1) Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.

2) Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata.

3) No poseeremos inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas.

4) Siempre que sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, en la perspectiva de ser menos administradores que pastores y apóstoles.

5) Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.

6) En nuestro comportamiento y en nuestras relaciones sociales evitaremos todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos (ej: banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos).

7) Del mismo modo, evitaremos incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social.

8) Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.

9) Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.

10) Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.

11) Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en estado de miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos a:

-participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
-pedir juntos a nivel de los organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio como lo hizo el Papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen más naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria.

12) Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así:

-nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
-buscaremos colaboradores que sean más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
-procuraremos hacernos lo más humanamente presentes y ser acogedores;
-nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.

13) Cuando volvamos a nuestras diócesis, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra resolución, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles.


Homilía de Jon Sobrino en el encuentro: Celebrando los 50 años del Pacto de las Catacumbas

Estos días hemos reflexionado sobre “el pacto de las catacumbas” que hace cincuenta años firmaron en este lugar alrededor de cuarenta obipos. Se comprometían personalmente a construir “una Iglesia pobre y servidora”. Asi estaban recogiendo el gran deseo de Juan XXIII: que la Iglesia sea “una Iglesia de los pobres”. En el aula conciliar no prosperó la idea, pero el pacto de las catumbas se convirtió en el legado “secreto” del Vaticano II.

Hoy, en esta eucaristía, ante Dios y reunidos como su pueblo, quisiéramos comprometernos en la construcion de esa Iglesia, que es la unica Iglesia de Jesus. Es la mejor manera, y en definitiva la única manera, de recordar el pacto de las catacumbas como es debido. Y de renovarlo con la urgencia necesaria.

Tras el pacto ha habido epocas de florecimiento eclesial, y es bueno recordarlo para tener aliento en épocas difíciles: si la gracia fue real, es que hoy tambien es posible. Y sigue habiendo un gran pecado, que nos urge a seguir siendo responsables de erradicarlo y a estar dispuestos a correr riesgos. Pecado es en nuestros dias Lampedusa, los refugiados que buscan sobrevivir ante la eficaz indiferencia de Europa. Y pecado es la pederastia de sacerdotes y el carrerismo de altos eclesiásticos. Todo ello lo recuerda con vigor y rigor el papa Francisco.

Pero es mas fructífero recordar la gracia. Es mas dificil porque nos exige mucho. Y es mas gozoso, porque, lo que ha ocurrido en estos cincuenta años sigue siendo una buena noticia. Ha ocurrido en muchos lugares, pero me comprenderán si me centro en el continente latinoamericano.

Ha habido obispos padres de la Iglesia, algunos de ellos mártires, Don Helder Camara, Angelelli, don Samuel Ruiz, Leonidas Proaño, Juan Gerardi. Ha habido, menos conocidas, madres de la Iglesia, laicas y religiosas, algunas de ellas mártires. En El Salvador María Julia Hernández, Marianella García Villa, Rufina Amaya, Silvia Arriola. Ha habido comunidades de base, así llamadas porque están a la base de la sociedad de un mundo pobre, y comunidades indígenas que luchan por sus culturas. Ha habido seminarios y universidades que enseñan y promueven la liberación de los oprimidos. Ha habido teología de la liberación y cercanía de iglesias hermanas.Ha habido muchos mártires, mucho amor y mucha entrega. Y la Iglesia se ha parecido un poco más a Jesús.

Al firmar el pacto de las catacumbas los obispos tuvieron sencillez, lucidez y decisión. Quisiera decir ahora lo que, en lo personal, mas me ha impactado de lo que ayudaron a generar una corriente episcopal.

1. El nosotros del pacto fue recogido en Medellín.

En el pacto de las catacumbas los obispos hablaron muy personalmente. No hablaron para enseñar a los fieles, sino para hablar unos a otros. Llegaron a formar un “nosotros” existencial. Y generaron una importante corriente eclesial.

Tres años despues en Medellin los obispos dijeron. “Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores –pidiéndonos- una liberación que no les llega de ninguna parte (n. 2). Y añaden lo que no se suele decir: “Llega también hasta nosotros las quejas de que la Jerarquía, el clero, los religiosos, son ricos y aliados de los ricos” (n. 2). Aclaran que a veces se confunde la apariencia con la realidad, pero reconocen que hay cosas que han contribuido a crear la imagen de una Iglesia institucional rica: los grandes edificios, las casas de párrocos y religiosos, cuando son superiores a las del barrio en que viven; los vehículos propios, a veces lujosos; la manera de vestir heredada de otras épocas…

Esclarecidas las exageraciones, y hablando en primera persona los obispos reconocen lo que de verdad hay en las quejas. “En el contexto de pobreza y aun miseria en que vive la gran mayoría del pueblo latinoamericano, los obispos, sacerdotes y religiosos tenemos lo necesario para la vida y una cierta seguridad, mientras los pobres carecen de lo indispensable y se debaten entre la angustia y la incertidumbre” (n. 3).

Reconocen el distanciamiento y desinterés que los pobres resienten. “No faltan casos en que los pobres sienten que sus obispos, o sus párrocos y religiosos, no se identifican realmente con ellos, con sus problemas y angustias, que no siempre apoyan a los que trabajan con ellos o abogan por su suerte” (n. 3). Resuena el papa Francisco.

Estas palabras pensadas y detalladas muestran que los obispos tomaron en serio existencialmente, como personas y como grupo, el clamor de los pobres.

Y tambien lo presupone las palabras iniciales de Medellin. “Existen muchos estudios sobre la situación del hombre latinoamericano. En todos ellos se describe la miseria que margina a grandes grupos humanos. Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo” (n.1).

El texto es de suma importancia. Al ponerlo al comienzo de todo el documento los obispos confiesan lo que está en su mente y en su corazón. Y llama poderosamente la atención que, siendo un texto escrito por obispos, creyentes en Dios, amantes de Jesucristo y servidores en la Iglesia, sus primeras palabras no sean palabras religiosas, ni bíblicas, ni dogmáticas. Son palabras sobre la realidad de este mundo; más en directo, sobre su pecado. Mencionan a quienes lo sufren, y, por implicación, a quienes lo cometen. El pecado mayor es la “injusticia”. Las palabras “clama al cielo” pueden ser el equivalente al término español “desorbitante”, pero también se pueden entender como en Éxodo 3, 9: “El clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí”, dice Jahvé.

2. Mons. Romero fue fiel a los pobres hasta el martirio

El cambio de Monseñor se debió sustancialmente al asesinato de Rutilio Gande el 12 de marzo de 1977 en Aguilares. Es bien conocido. Ahora quiero recordar su total cercanía a pobres, empobrecidos y víctimas.

El 19 de junio de 1977 Monseñor volvió a Aguilares, cuando el ejército salió del pueblo tras un mes de haberlo ocupado y haber asesinado alrededor de cien campesinos. Recuerdo perfectamente como comenzó su homilía: “A mí me toca ir recogiendo cadáveres”.

Fue duro con los criminales y les recordó las palabras de la Escritura: “Quien a hierro mata, a hierro muere”. En el ofertorio presentó a Dios a las cuatro religiosas que se había ofrecido a sustituir a los sacerdotes expulsados de Aguilares. Y a los campesinos que, atemorizados, no habían ido al templo, pero que podían escuchar sus palabras a traves de altavoces les dijo: “Ustedes son la imagen del Divino Traspasado… [Este pueblo] es la imagen de todos los pueblos que, como Aguilares, serán atravesados, serán ultrajados”(1) .

Monseñor preparaba sus homilías pensando en el pueblo sufriente. Así lo dijo en su última homilía dominical, la víspera de ser asesinado:”Le pido al Señor durante la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y, aunque siga siendo una voz que clama en el desierto, sé que la iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir su misión” (2) .

Y con ese pueblo se comprometió hasta el final. “Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio me exige” (3) .

Monseñor tomó en serio la construcción de una iglesia, la relacionó con el pueblo crucificado. La Iglesia de Jesús es una Iglesia perseguida. En un arrebato evangélico dijo: “Me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida, precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres”(4) . Y en un arrebato mayor confesó: “Sería triste que, en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente, no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas de su pueblo” (5) .

Monseñor fue un hombre feliz. En 1979 le dijo al comienzo de la homilia al director de una delegación de Iglesias hermanas de Estados Unidos: “Quiero que a su regreso exprese simplemente lo que ha visto y oído, y lleve el testimonio de que con este pueblo no cuesta ser buen pastor; es un pueblo que empuja a su servicio… Más que un servicio… significa para mí un deber que me llena de satisfacción” (6) .

En el funeral que celebramos en la UCA un poco despues del asesinato Ellacuria dijo en su homilia: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”.

3. Otro 16 de noviembre, en 1989, en El Salvador fueron asesinados seis jesuitas y dos trabajadoras de la UCA.

Después de Medellín no solo Monseñor Romero fue asesinado. Ya he mencionado al principio los nombres de hombres y mujeres mártires. También hubo niños y ancianos. Permìtaseme recordar ahora a mis compañeros asesinados hace 26 años. Me han hecho pensar sobre lo que es el cristianismo, la Iglesia y la universidad. Por ser jesuitas su recuerdo puede ayudar a los religiosos y religiosas. Y por trabajar en una universidad puede ayudar a laicos y laicas.

Iluminan el cristianismo porque reprodujeron en forma real, no intencional o devocional, la vida de Jesús. Su mirada se dirigió a los pobres reales, los que no dan la vida por supuesto y viven y mueren sometidos a la opresión del hambre, la injusticia, el desprecio, y a la represión de torturas, desaparecimientos, asesinatos, muchas veces con gran crueldad. Se movieron a compasión e “hicieron milagros”, poniendo ciencia, talentos, tiempo y descanso, al servicio de la verdad y de la justicia. Y “expulsaron demonios”.

Ciertamente lucharon contra los demonios de fuera, los opresores, oligarcas, gobiernos, fuerzas armadas, y de esos defendieron a los pobres. No les faltaron modelos, Rutilio Grande y Monseñor Romero. Y fueron fieles hasta el final, en medio de bombas y amenazas, con misericordia consecuente. Murieron como Jesús, y han engrosado una nube de testigos, cristianos, sacerdotes, religiosos, también agnósticos, que han dado su vida por la justicia. Estos son los “mártires jesuánicos”, referente esencial para los cristianos y para cualquiera que quiera vivir humana y decentemente en nuestro mundo.

Fueron fieles a su vocación, y actualizaron a San Ignacio. Su tarea fue bajar de la cruz al pueblo crucificado, la liberación de la opresión, especialmente la producida por causas estructurales, y elegir el camino de la civilización de la pobreza en contra de la civilización de la riqueza, acumuladora y deshumanizante.

En este contexto me parece oportuno recordar un hecho singular: los mártires de la UCA nunca discernieron si era voluntad de Dios quedarse en el país, con riesgos, amenazas y persecuciones, o salir del país. Creo que ni se les ocurrió. Actuaron “sin dubitar ni poder dubitar” (Ejercicios de San Ignacio n. 175).

Si nos preguntamos “que movía y atraía la voluntad”, podemos decir que era “Dios nuestro Señor” comunicándose al alma. Pero creo que conocemos las realidades históricas que no les ataban al pais: “el sufrimiento del pueblo”, “la vergüenza que daba abandonar al pueblo”, “la fuerza cohesionante de la comunidad”, “el recuerdo enriquecedor de Monseñor Romero, de nueve sacerdotes y cinco religiosas asesinadas”, incluso el “haberse acostumbrado a la persecución”. Pienso que todo ello movía la voluntad e iluminaba las decisiones y el camino a seguir. Dios no actuaba a través de cualquier cosa, sino a traves de las que hemos mencionado.

El Padre Arrupe dijo de ellos que “éstos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres impulsados por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de raza o de clase. Hombres que sepan identificarse con los que sufren, vivir con ellos hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender los derechos humanos, hasta el sacrificio de la vida, si fuera necesario” (19 de marzo, 1977, una semana despues del asesinato de Rutilio Grande).

Con los jesuitas murieron asesinadas dos mujeres: Julia Elba Ramos, 42 años, cocinera de una comunidad de jóvenes jesuitas, pobre, alegre e intuitiva, y trabajadora toda su vida. Y su hija Celina, 15 años, activa, estudiante y catequista; con su novio habían pensado comprometerse en diciembre de 1989. Se quedaron a dormir en la residencia de los jesuitas, pues allí se sentían más seguras. Pero la orden fue “no dejar testigos”. En las fotos se nota el intento de Julia Elba de defender a su hija con su propio cuerpo. Son el símbolo del pueblo crucificado, inocente e indefenso.

Una última reflexión creyente. De los mártires de la UCA, unos fueron más parecidos a Monseñor Romero, los jesuitas. Otros fueron más parecidos al pueblo crucificado, las dos mujeres. Mirándolos a todos ellos y ellas en su conjunto, podemos decir que con ellos y ellas Jesús y su Dios pasaron por este mundo cargando con la cruz. Pero también hay que decir que, contra toda apariencia, en ellos y ellas pasó el Dios de la salvación. Así lo escribió el P. Ellacuría con rigor científico. Por mi parte escrito: “fuera de los pobres -y de las víctimas- no hay salvación”.

4. Los mártires traen salvación

Hemos recordado a mártires. Su vida y su muerte son de gran dureza, y por eso mis palabras pueden sonar fuertes. Pero también es verdad que a ellos se dirigen las bienaventuranzas de Jesús. Y que para nosotros son -pueden ser- una bendición: nos animan a entregarnos a los demás y a tener esperanza, ánimo que no se encuentra, con esa fuerza, en ninguna otra parte, ni en la liturgia ni en la actividad de la academia.

Los seis jesuitas de la UCA cargan con nosotros y nos llevan en su fe, Julia Elba y Celina nos llevan en la suya, pero de manera distinta. Yo al menos, no puedo entrar en su misterio. Pero Dios sí lo conoce y ellas -Dios sabe cómo- nos llevan a Dios.

Y contra toda ciencia y prudencia, los mártires generan esperanza. Miles de campesinos pobres, con familiares muertos, se juntan la víspera del 16 de noviembre en la UCA para celebrar unos con otros, rezar y cantar. Jürgen Moltmann lo teorizo muy bien hace unos años: “no toda vida es ocasión de esperanza, pero sí lo es la vida de Jesús, quien, por amor, tomó sobre sí la cruz”.

Para terminar quiero agradecer al Papa Francisco que se ha estado moviendo de nuevo en las catacumbas. A su modo, con humor y sencillez, con dureza y con cariño. Quiere reformar la Iglesia. Ayudémosle, no solo aplaudamos.

A Monsenor Luigi Bettazzi un gran abrazo. Y el agradecimiento de los salvadoreños a quienes nos ayudo en los años dificiles.

Y a los mártires, que descansen en paz. Que su paz nos transmita a los vivos la esperanza, y que su recuerdo no nos deje descansar en paz.

Más información en: pacto de las catacumbas

 

 

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50 años de Nostra Aetate

El Concilio Vaticano II comprendió que para abrirse al mundo era preciso dialogar con él, misión difícil de no probar antes con las religiones, una aventura condicionada igualmente a relacionarse primero con las Iglesias, pues estas conforman la religión cristiana. El diálogo con el mundo salió adelante desde la constitución pastoral Gaudium et spes (GS) sobre la Iglesia en el mundo actual. Con las Iglesias, en cambio, primó Unitatis redintegratio (UR), decreto del ecumenismo.

Lo del diálogo interreligioso, en fin, fue tarea de la declaración Nostra aetate (NA), promulgada el 28 de octubre de 1965. Reconociendo su trascendencia y con ocasión de sus 50 años, la revista Vida Nueva propone revisar el tortuoso proceso del documento, sus vicisitudes antes, en y después del Aula conciliar, para concluir con una evaluación de sus propuestas a la luz del preocupante estatus actual en el Oriente Medio.

Esbozo histórico

Los avatares de NA responden mayormente a la actitud de la Iglesia católica con los judíos. Lo dejan entrever la génesis y subsiguiente redacción de UR. El cardenal König dice que fue san Juan XXIII quien inició la breve declaración conciliar sobre la relación de la Iglesia con el judaísmo, “pues había tomado la determinación de poner fin a las acusaciones de que la Iglesia era antisemita”. El hombre providencial de NA, sin embargo, el que hubo de bregar hasta la extenuación, no fue otro que el cardenal Agustín Bea. Lo afirma su eminencia Kasper: “El papa Juan XXIII tuvo la suerte de contar con un compañero de trabajo muy capaz, un alemán estudioso del Antiguo Testamento, y que, al mismo tiempo, era una persona que conocía la Curia y cómo manejarse en ella; un hombre dotado de sabiduría, prudencia y coraje, con una sensibilidad humana y una mente muy despierta y espiritual, el cardenal Bea”. Su biógrafo es elocuente citando a su eminencia, una vez promulgado el documento: “Si hubiera sabido antes todas las dificultades con que me encontraría, no sé si habría tenido el coraje de iniciar este camino”.

Bea, en realidad, tenía listo en 1962 un texto de 42 líneas para ser presentado en junio a la Comisión central preparatoria, pero su indiscreta filtración incendió los ánimos panárabes originando un conflicto diplomático a nivel incluso de embajadas. El texto, pues, fue prudentemente retirado y omitido en la impresión de los preparados por el Secretariado a comienzos de 1963. En la plenaria de este, a primeros de febrero de 1963, aunque abordada la cuestión, no hubo cambios notables respecto al de mayo de 1962. Tampoco estaba muerto, claro, según se hizo saber el 18 de junio de 1963, o sea, en días de sede vacante.

Pero el 1 de noviembre de 1963, ya con la segunda fase conciliar rodando, Bea invocó la memoria de Juan XXIII y el deseo del nuevo papa Pablo VI de que se debatiera –con libertad– el tema de la actitud de los católicos frente a los hermanos hebreos: había que deshacer prejuicios y eliminar la impresión de que la Iglesia católica hacía política partidista, siendo así que lo pretendido era, más bien, tratar una cuestión puramente religiosa. El texto entonces reapareció alargado y fue distribuido el 8 de noviembre de 1963 en el Aula como capítulo 3º del esquema sobre ecumenismo. ¡Pero no se llegó a debatir!

La primera discusión propiamente dicha giró, en realidad, sobre un tercer texto, de rango igual a la declaración sobre libertad religiosa y, como ella, en calidad de apéndice al esquema de ecumenismo. Se introducía en él una breve alusión a los musulmanes y un párrafo rechazando cualquier atisbo discriminatorio. Acabó por analizarse en la sesión del 28-30 de septiembre de 1964. El cuarto texto se distribuyó el 18 de noviembre de 1964, pero ya no como apéndice al documento sobre ecumenismo, sino en cuanto declaración aneja a la constitución sobre la Iglesia. Además de versar sobre judíos y musulmanes, comprendía también a hindúes y budistas.

El 11 de octubre de 1965 –nótese la fecha, justo tres años después de abierto el Concilio– el quinto texto es por vez primera una declaración autónoma titulada: Actitud de la Iglesia ante las religiones no cristianas. Aprobado en votaciones parciales sobre las innovaciones introducidas, lo fue en conjunto durante la sesión pública del 28 de octubre: el resultado definitivo arrojó 2.221 plácet, 88 non plácet y 3 nulos. Pablo VI lo promulgó solemnemente a continuación. Complejo camino el suyo, sí señor. Soportó fuertes oposiciones del interior y del exterior. Desde dentro surgieron los antiguos principios del antijudaísmo tradicional. Desde fuera, protestas, especialmente de los países musulmanes, con amenazas a la vida de los cristianos que en sus países conformaban pequeñas comunidades.


Pugna de fondo entre razones religiosas del Vaticano II e intereses políticos de los estados árabes

Pocos asuntos suscitaron una controversia tan amarga, dentro y fuera del Concilio, como la relación de la Iglesia con los judíos, y después con otras religiones no cristianas, en parte debido a sus potenciales implicaciones políticas con el mundo árabe, y en buena medida también a los enunciados negativos que acerca de los judíos contiene el Nuevo Testamento, donde san Juan, por ejemplo, presenta sistemáticamente a estos como enemigos de Jesús. En NA, por otra parte, Pablo VI no intervino directamente como en UR, cierto, aunque con su palabra y gestos –v. g. viajes a Palestina (enero de 1964) y a la India (diciembre de 1964) e institución del Secretariado para los No Cristianos (mayo de 1964)–, sí contribuyó a serenar el ambiente. El cardenal Bea no se cansaba de esgrimir –sin éxito– razones religiosas.

Cuando presentó el documento en el Aula conciliar, el 18 de noviembre de 1964, lo comparó con la imagen bíblica del grano de mostaza. Había empezado siendo una corta declaración sobre la actitud de los cristianos con respecto al pueblo judío y terminaba convertido en árbol frondoso, dando cobijo a todas las religiones no cristianas. Mucho se insistió en los vínculos de la fe cristiana con el pueblo de Israel: en el amor compartido a la Sagrada Escritura, en la preocupación histórico- salvífica de Cristo por ellos, en el origen judío de Jesús según la carne (cf. Rm 3, 2; 9, 4-5) y en el de los Apóstoles. Se habló también de la Iglesia continuadora de Israel, del perdón que por ellos había suplicado Jesús al Padre desde la cruz. No todos habían participado en el cruel asesinato del Maestro, y los que habían intervenido, al decir del mismo Cristo, no sabían lo que hacían. Se daban aún más razones tratando de allanar el camino.

Para los obispos del Oriente Medio, no obstante, era de temer que, de salir adelante una declaración así, fuese utilizada a favor de los judíos, y en países árabes donde los cristianos eran minoría pudiera ello acarrear graves consecuencias. Eso pensaba, por ejemplo, el cardenal Tappouni patriarca de Antioquía de los Sirios. Querían, pues, que se hablara también del islam. Y el cardenal de Tokio, del budismo y del confucionismo. Y los obispos de África y Asia, que se introdujeran el animismo y el hinduismo. ¿No hay semillas de verdad en todas las religiones?, decían.

Así acabó, el 4 de diciembre de 1963, en medio de polémicas, la II sesión del Concilio. Poco se antojaba lo conseguido, es cierto, pero se había abierto una perspectiva nueva. En la intersección de la II a la III sesión, el Secretariado examinó las proposiciones conciliares y llegó a la conclusión de que el texto sobre los judíos debía mantenerse como apéndice al De Oecumenismo (decreto conciliar), donde serían incluidas también las relaciones con las otras religiones no cristianas (decían) y especialmente con el islam. A primeros de enero de 1964, Pablo VI viajó a Tierra Santa, donde mantuvo encuentros amistosos con judíos y árabes. El 29 de marzo, en el mensaje de Pascua, suavizaba posturas: “No hay religión que no posea un rayo de luz, que nosotros no debemos ni menospreciar ni extinguir, aunque no baste para proporcionar al hombre la claridad que necesita, ni para realizar el milagro de la luz cristiana, donde confluyen la verdad y la vida. Pero cualquier religión nos eleva hacia el Ser trascendental, única razón de ser de la existencia, del pensamiento, de la acción responsable, de la esperanza sin ilusión. Todas las religiones son un amanecer de la fe, y nosotros esperamos que esta aurora se extienda como radiante esplendor de la sabiduría cristiana”.

El 11 de mayo de 1964 recibía al rey Hussein de Jordania agradeciéndole su gentil acogida durante el viaje a Tierra Santa. Y el 17 de mayo de 1964, Pentecostés, instituía el Secretariado para las religiones no cristianas en atención a la atmósfera de unión y buena inteligencia que había caracterizado netamente al Concilio. Hubo más hechos salientes, cuya minuciosa referencia no es ahora del caso. Entre la I y II sesión del Concilio, pues, Pablo VI no perdió el tiempo. La III empezó el 14 de septiembre de 1964. Se aprobó pronto el capítulo II del esquema De Ecclesia, donde figuran recogidos los fundamentos teológicos del diálogo interreligioso, a saber:

1. Dios es Dios de todos (Lumen gentium 9).
2. El de Israel es pueblo amadísimo para Dios por los padres de su fe (LG 16).
3. Amados por Dios son también los que le reconocen como Creador: ante todo los musulmanes (LG 16).
4. Aludidos hindúes y otras religiones en los que buscan entre sombras e imágenes al Dios desconocido, pues Él da a todos la vida y el aliento (LG 16).
5. Dios no niega su ayuda a los que, sin culpa, todavía no han llegado a conocer claramente a Dios, pero se esfuerzan con su gracia en vivir con honradez (LG 16).
6. La Iglesia valora y aprecia todo lo bueno y verdadero que hay en ellos como preparación al Evangelio y como don de Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener finalmente vida (LG 16).

Significativo paso adelante, sin duda. Poco a poco, por tanto, se iba perfilando lo que habría de ser NA. En efecto, al término de la 88ª Congregación general (25 de septiembre de 1964), el cardenal Bea presentaba en el Aula los puntos salientes de la declaración, no solo en lo relativo a los judíos, sino también a las otras religiones. Había retoques, sí, añadiduras, formulaciones nuevas. De hablar únicamente de los judíos, se pasaba a todas las religiones, especialmente a los musulmanes. Acabaría figurando como apéndice al esquema del decreto sobre el ecumenismo (así se pensaba entonces). En la 89ª Congregación general (28 de septiembre de 1964), comenzó el estudio de la declaración. ¿Saldría airosa del examen? Había comentarios para todos los gustos. Metiendo marcha, intervino el cardenal Tappouni en nombre de otros patriarcas orientales: la declaración parecía inoportuna y pedían retirarla. No por supuestas hostilidades o discriminaciones antijudías, claro es. Se quería, más bien, evitar graves dificultades en la actividad pastoral, y alejar del Concilio la infundada acusación de quererse inclinar por una determinada política.

El cardenal Frings, de Colonia, era partidario, en cambio, según lo que recogía la encíclica Ecclesiam suam (ES) sobre los musulmanes, de que se aludiese a estos en la declaración; y de los judíos, que no se olvidase la carta de Pablo a los Efesios. Para el cardenal Ruffini, de Palermo, una cosa era exonerar a los judíos actuales de la culpa de la crucifixión y otra muy distinta hacer panegíricos del pueblo hebreo. El buen especialista de las religiones, el cardenal König, abogaba no solo por hablar respetuosa y amorosamente de los judíos, sino que le parecía oportuno incluir, junto con la religión mahometana, también a las otras religiones. Todavía en la 90ª Congregación general prosiguieron los debates, que, por mor de la brevedad, ahora omitimos. El cardenal Bea, en fin, era recibido el 11 de octubre de 1964 por Pablo VI. El Papa le trasladó el malestar y las tensiones existentes. Incluso la audiencia a Sukarno (de quien se decía que había puesto sobre la mesa papal un escrito de protesta de los gobiernos de Oriente Medio, el de El Cairo incluido).

Pablo VI animó a Bea para que se hiciesen las enmiendas oportunas. Por fin, el 20 de noviembre de 1964, se distribuyó en el Aula el texto ya enmendado: era la 127ª Congregación general. Se pensaba incluir el texto, a modo de apéndice, en la constitución dogmática Lumen gentium (LG) sobre la Iglesia. Pablo VI quería viajar a Bombay del 2 al 5 de diciembre de 1964, y este debería estar aprobado en vísperas del viaje de brazos abiertos hacia todas las religiones. Vertebraban el nuevo texto cinco partes:

1. Prólogo: los seres humanos tienen un mismo origen, un idéntico-último fin, y todos buscan descubrir el misterio de su vida.
2. Mencionados hinduismo y budismo, se exhortaba al diálogo y a la colaboración.
3. Dedicada expresamente al islam, con una enumeración de verdades comunes y una invitación a olvidar antiguas enemistades y a fomentar la mutua comprensión.
4. Recordados los judíos (lo único que se hacía era rememorar el texto del esquema debatido con algunas modificaciones).
5. Llamamiento a la fraternidad universal.

En agosto de 1965, se distribuyó un nuevo texto con las enmiendas de la III sesión y, el 28 de octubre de 1965, se aprobaba con el aplastante resultado ya dicho y la subsiguiente promulgación solemne de Pablo VI.


Nostra Aetate, grandioso monumento a la disponibilidad dialógica de la Iglesia católica con las otras religiones

Nacida como gesto de amor hacia los judíos, NA acabó en reconocimiento y disponibilidad dialógica hacia las otras religiones. Paso importante. Pablo VI no podía ocultar su regocijo al promulgarla: “Que los hermanos aún separados de la total comunión contemplen esta manifestación del rostro hermoseado de la Iglesia; que la miren también los seguidores de otras religiones y de modo muy especial aquellos con quienes nos une el parentesco de Abraham, los hebreos, a quienes no condenamos ni desconfiamos de ellos, sino que amamos y respetamos y en quienes también esperamos”.

Lo novedoso para Congar era que la Iglesia se había desprendido del monopolio de lo religioso. Habían primado allí su apertura práctica y su propuesta de diálogo: ni siquiera esbozar una teología de las religiones no cristianas, tarea entonces posiblemente prematura. Eso vendría con el paso de los años. El Concilio, por otra parte, consideró el problema de las religiones no cristianas en perspectiva personalista. Los interlocutores en el diálogo interreligioso son siempre las personas no cristianas, nunca las religiones no cristianas como tales. Lo que para la Iglesia cuenta ante Dios son los hombres, antes que los sistemas. Y es que las criaturas humanas, que la divina Providencia sigue personalmente, están por encima de las estructuras sociales, culturales y religiosas.

El Concilio, además, examinó los elementos positivos contenidos en las religiones no cristianas, reconociendo sus valores espirituales y religiosos. Ello indujo a realzar con amplitud la acción universal y sobrenatural de Dios hacia los hombres, sea cual fuere la denominación religiosa a la que pertenecen. El Concilio subraya, así, los elementos de verdad y de gracia (AG 9), las cosas verdaderas y santas (NA 2), y las semillas de la Palabra (AG 11). Habla también NA de los valores específicos de diversas religiones mundiales, prestando atención a las divergencias que las religiones presentan ante la doctrina de la Iglesia (NA 2); reconoce los límites, los errores y la parte de oscuridad presentes en las religiones. El planteamiento de la Iglesia, si bien se mira, está caracterizado por el espíritu de comprensión y de discernimiento, por el diálogo sincero y paciente para descubrir los elementos providenciales y los caminos de Dios hacia los hombres.

En la Iglesia subsiste de forma plena, desarrollada y completa lo que en las religiones está latente, embrionario, inicial, oscuro, imperfecto y no evolucionado. Esto quiere decir precisamente la preparación evangélica de todo lo que de bueno y verdadero hay en ellas (LG 16), y sus iniciativas religiosas tal vez pueden tenerse alguna vez como pedagogía hacia el Dios verdadero o como preparación evangélica (AG 3). Trajo NA, en suma, un decisivo cambio en las relaciones entre cristianos y no cristianos y en los métodos de evangelización, con inmensas consecuencias no solo en el plano religioso, sino también en el socio- cultural. En armonía con el diálogo, la evangelización está concebida “no como proselitismo, sino como un testimonio y un servicio prestado a la verdad y a los interlocutores”.

El Concilio ve la dimensión religiosa como elemento constitutivo de la persona humana (NA 1). De donde sale que las diversas formas religiosas son manifestaciones de esta característica natural del hombre (NA 2). Y puede que el boom del hecho religioso y de la misma teología actual de las religiones no resulte, bien mirado, sino la consecuencia de esa pluralidad religiosa propia de la condición humana. Haberlo reconocido así fue un logro memorable de NA. Por lo tanto, es preciso reconocer que en cada religión está la experiencia religiosa previamente reflejada; las diversas religiones son las manifestadas expresiones de esta experiencia, según la mentalidad de los distintos pueblos (NA 2).


Sobre un pluralismo religioso abierto y asumido

A la luz de lo anterior, cumple añadir que el cristianismo no es el sujeto único del fenómeno religioso: toda pretensión histórica impone reconocer y asumir el pluralismo religioso. Por otro lado, el sincretismo aquí no tiene cabida: o sea, considerar que las religiones son iguales e igualmente imperfectas (NA 2). En las manifestaciones de la experiencia religiosa existen errores a consecuencia del pecado. El cristianismo es, por lo tanto, la plenitud de la vida religiosa (NA 2). Es la religión el sumo analogado respecto a las otras religiones. Ya el Concilio insinúa esta idea en NA 2.

Las otras religiones, siendo así, están ordenadas al cristianismo como a su perfeccionamiento, a su purificación, a su cumplimiento. Considera la dimensión religiosa en cuanto elemento constitutivo de la persona humana. Dicho de otra manera, el fenómeno religioso es la respuesta del hombre a su problemática existencial. En la base de toda religión está la experiencia religiosa pre-refleja, mientras que las religiones mismas son las diversas expresiones reflejas de esta experiencia. Según la mentalidad de los pueblos, son las expresiones históricas de esta experiencia (NA 1 y 2).

Gracias a la teología católica de los últimos 50 años, el teólogo católico no carece de respuestas a los desafíos que el tema de las religiones plantea ahora mismo por doquier. La gran aportación de NA es que anima a reflexionar no solo sobre la salvación de los individuos fuera de los confines visibles de la Iglesia, sino también sobre el mismo papel salvífico de las otras religiones. “La complementariedad de las dos funciones de la Iglesia, esto es, el llamado diálogo interreligioso y la misión evangelizadora, viene puesta en evidencia en Nostra aetate y Ad gentes [sobre la actividad misionera de la Iglesia]. Cada vez que en AG se habla de la misión, se asocia regularmente al término diálogo; y viceversa, en NA, que algunos consideran la carta magna del diálogo –junto a ES, digo yo–, no se hace reticencia sobre el deber de la Iglesia que anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa (NA 2)”.

Los documentos conciliares recomiendan a menudo la misión evangelizadora, estrechamente identificada con el anuncio o proclamación de Jesucristo a los no cristianos, al objeto de que se sientan invitados a la conversión hacia el cristianismo. Insiste el Vaticano II, insiste una vez y otra y positivamente, en el diálogo interreligioso (cf. NA 2; GS 92). Curiosamente, sin embargo, aunque pueda parecer importante, jamás se dice que el diálogo pertenece a la misión de la Iglesia como tal: diálogo a lo sumo representa en esos textos como un primer acercamiento a los otros; podría aplicársele el término preconciliar de pre-evangelización. Lo cual denota que el hecho de ver el diálogo como elemento integrante de la evangelización señala un significativo cambio cualitativo en la teología posconciliar de la misión. Esto, pues, resulta un plus al que aún no llegó NA, pero NA, a su vez, es la valiente y decidida apuesta del Concilio –siguiendo la horma de Pablo VI en ES– por el diálogo interreligioso.

Dicen algunos especialistas que NA es un documento más bien tímido, cuyo mayor valor estriba en indicar cuál debe ser la actitud de la Iglesia ante las otras religiones, aunque lo hace desde un plano más ético que teológico. En ella, como en todos los documentos del Concilio, decretos y declaraciones sobremanera, hay que tener presente su finalidad pastoral. No extrañe, por eso, que se echen en falta contenidos doctrinales a rastrear y buscar más en otros documentos. Toda NA es importante, y significativo en especial su número 2, texto donde el Vaticano II exhorta a los cristianos no solo al diálogo, sino también a reconocer, guardar y promover los bienes espirituales y morales de las otras religiones. Expresa un cambio fundamental, porque se pasa de un reconocimiento personal al del valor positivo de las religiones, tema que desarrollará más Redemptoris misio, 56.

Nostra aetate, 2 resulta, sin duda, uno de los textos donde se expone con más claridad el reconocimiento de los valores positivos de las otras religiones. Propone una ética del diálogo con ellas, aunque –según ya he dicho– no proporciona el fundamento teológico que lo sustenta. Retoma la doctrina patrística de las semillas del Verbo, pero ampliando esta visión y reconociendo en esas semillas los valores positivos de los elementos constitutivos de las religiones, sean doctrina, ritos o actitudes morales.

La Comisión Teológica Internacional expresó en 1996 la convicción de que considerar las religiones forma parte del modo normal de hacer teología hoy. Dialogar entre religiones no afecta solo a Iglesias y comunidades cristianas, obligadas de suyo a lo dialógico, sino también al mismo movimiento ecuménico como tal. El papel de la teología ecuménica, pues, ha de consistir en evidenciar esto, pues el contenido de la fe es la verdad y la historia de la revelación de Dios, por cuya gracia la fe se otorga al hombre, lo cual explica que la teología se defina como ciencia de la fe. Hacer teología no es, en última instancia, sino buscar, antes que nada, comprender la fe en el contexto de la historia de la misma fe.

Y el actual contexto de la fe cristiana se llama pluralismo religioso. La teología no puede hoy seguir más tiempo desentendida del relevante papel de las religiones en la salvación, ni del desafío que, desde distintos puntos de vista, ello supone para el cristianismo. Por eso el teólogo debe contar con una realidad así, estudiarla al trasluz de la divina revelación. El rodaje cincuentenario de NA pone de relieve un montón de apreciaciones en las que hay de todo. Hoy su suerte no se corresponde con las tremendas fatigas del principio, dirán unos. El auge de lo interreligioso puede animar, entre sus apologistas, a sacar pecho, repetirán otros. Puede que unos y otros tengan razón. En el fondo no pasa de ser declaración, cierto, pero su interés con el boom de las religiones se le hace a uno de extraordinaria resonancia.

A este espíritu de NA, por lo demás, obedecen también iniciativas como las cumbres de Asís, los meetings de Rímini, tanta plausible labor de la Comunidad de Sant’Egidio y los mensajes a los musulmanes con ocasión del fin del Ramadán, a los hindúes con motivo del Vesakh, o para el Diwali, y a los jainistas en la fiesta de Mahavir Jayanti. Asimismo, y como mínimo, los viajes papales a Tierra Santa.

Ningún homenaje mejor a NA en sus celebraciones cincuentenarias que acabar con las atroces degollinas, de tanta amplitud mediática como inutilidad efectiva. Cesen de una vez el alocado atropello a los derechos humanos y el éxodo sin fin desde un Oriente Medio ahora mismo difuso, confuso y convulso de variaciones alotrópicas. En 2015 han sido cabecera de periódico noticias que reflejan las múltiples caras del fenómeno. El rey de Jordania elogiando al Papa por pedir que se respeten las religiones y advirtiendo también del aumento de la islamofobia en Europa. La ONU denunciando que el Estado Islámico crucifica a niños en Irak. Los 21 mártires coptos, víctimas del yihadismo, fortaleciendo la unión entre cristianos y musulmanes. Y titulares como “La violencia en nombre de una religión es un ataque a todas las religiones”. El Centro Internacional para el Diálogo Interreligioso e Intercultural Rey Abdullah Bin Abdulaziz, con sede en Viena, ante los brutales actos cometidos en Libia, Dinamarca, Pakistán y Estados Unidos, pedía en febrero de este año fortalecer un diálogo que debilite el extremismo.

En abril, una delegación de la Conferencia de Rabinos Europeos era recibida por primera vez en el Vaticano, desde donde se condenó de nuevo el antisemitismo. El Papa Francisco recordó por entonces a varios episcopados el compromiso común con los musulmanes en la defensa del patrimonio cultural, promoción de las mujeres y consolidación de la familia. Y la inauguración de una mezquita dedicada a la Virgen María en la ciudad costera siria de Tartous, todo un precedente en el mundo árabe y musulmán.

Dejemos, en fin, que NA destile este año sus mejores esencias, las que hacen presagiar esperanza y cordialidad alumbrando armonías, esas con que nuestro buen Padre Dios, pese a nuestros defectos, siempre nos bendice.


Enlace de interés:

Documento de la Declaración Notra Eatate. Sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas.


Fuente:

Extracto de pliego publicado en la revista Vida Nueva: “Una apuesta firme y valiente por la relación con las religiones no cristianas. En el cincuentario de la declaración conciliar Nostra Aetate”, de Pedro Langa Aguilar (teólogo y ecumenista).

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