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Siete imágenes de la evangelización en el Papa Francisco

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El impacto eclesial y mundial del Papa Francisco no se debe fundamentalmente a sus discursos y a sus escritos que muchos no han leído a cabalidad, sino a sus gestos simbólicos (abrazar a niños, besar a discapacitados, comer con los obreros del Vaticano en la cantina, alojarse fuera del Palacio Apostólico, viajar en un coche pequeño utilitario…) y a algunas de sus imágenes y expresiones gráficas, captadas y comprendidas por todos con gran facilidad. Estas frases acuñadas en medio de una homilía o de un escrito, tienen un gran poder evocador y mediático; son como la versión moderna de las parábolas e imágenes que empleaba Jesús en su tiempo.

Por esto, en lugar de ofrecer una exposición sistemática y académica del pensamiento de Francisco sobre la evangelización, me limitaré a presentar siete imágenes expresivas que de algún modo compendian de forma simbólica lo más esencial y novedoso de su propuesta de pastoral evangelizadora.

1. Puertas abiertas
La Iglesia no es una cárcel, ni un museo, ni una fortaleza medieval con murallas, fosos y puente levadizo. No es como aquel castillo misterioso que nos describe Franz Kafka, donde residía un misterioso señor.

La Iglesia es un hogar con puertas abiertas y flores en las ventanas, que acoge a todos, vengan de donde vengan, y a todos ofrece una mesa con pan y vino. Es un lugar de misericordia, no un lugar de torturas ni una aduana que controla todo. Es una casa paterna, materna, cuyo icono eclesial es María, que nos introduce a Jesús y éste nos lleva al Padre. La Iglesia reproduce en la historia las entrañas de misericordia del Padre que Jesús con su vida y enseñanza nos reveló. Una misericordia que se conmueve ante el sufrimiento y el pecado de sus hijos.

Si Juan XXIII dijo que con el Concilio Vaticano II la Iglesia abría su ventana para que entrase un poco de aire fresco en la Iglesia, ahora Francisco ha abierto totalmente las puertas de la Iglesia a todos, a cristianos y no cristianos, a matrimonios rotos, a homosexuales, a agnósticos y no creyentes. Todos son bienvenidos.

2. Salir a la calle
Las puertas abiertas indican acogida a los que llegan de fuera. Pero la Iglesia no ha de esperar a que lleguen de fuera a sus puertas, ha de salir a la calle, ir a las periferias, a las fronteras geográficas y existenciales, aun con el riesgo de accidentarse.

No es una Iglesia encerrada en sí misma, autorreferencial, preocupada tan sólo de sus escándalos o de sus problemas clericales… sino una Iglesia que busca lo perdido, que sale al encuentro del necesitado, que atraviesa los caminos polvorientos del mundo y escucha el clamor del pueblo, sus dificultades y anhelos, como hacía Jesús de Nazaret al recorrer los caminos de Galilea o Judea.

Es una Iglesia en estado de misión –misionera–, que “callejea” la fe y quiere acudir a las encrucijadas de la historia y dialogar con la ciencia, con las culturas, con las religiones, sin miedo, porque sabe que el Espíritu del Señor llena el universo y es causa de toda novedad.

Esto hace que la Iglesia no añore el pasado sino que se abra al futuro y a los signos de los tiempos, a los nuevos areópagos. Es una Iglesia en salida.

3. Hospital de campaña
En momentos críticos, de guerras, accidentes, epidemias… los hospitales no se dedican a hacer análisis complicados ni tratamientos de larga duración, sino a socorrer situaciones de emergencia, donde la vida está en peligro.

También la Iglesia tiene que socorrer las emergencias personales y sociales, salvar, curar, suturar, vendar heridas del sufrimiento humano, salvar vidas amenazadas de niños, mujeres, indígenas, ancianos, discapacitados, sanar cicatrices de personas que sufren en su cuerpo o en su espíritu ¿No es esto lo que hacía Jesús por los caminos de Palestina? ¿No curaba enfermos incluso en día sábado, dado que la persona está por encima de la Ley? ¿No es lo que hizo el buen samaritano?

4. Iglesia de los pobres
El sueño de Juan XXIII al comenzar el Concilio Vaticano II, la opción por los pobres de la Iglesia latinoamericana en Medellín y Puebla, la afirmación de Benedicto XVI de que “la opción por los pobres” está implícita en nuestra fe en Cristo, las afirmaciones de Aparecida de que no se puede hablar de Dios sin hablar de los pobres (no. 393)… se prolongan en el deseo de Francisco de una Iglesia pobre y para los pobres.

La evangelización tiene una dimensión social: evangelizar es hacer presente el Reino de Dios, comenzando por los predilectos del Señor, los pobres, hoy reducidos a seres descartables, a masas sobrantes.

La opción por los pobres de la que venimos hablando no es cultural, ni sociológica ni política, sino evangélica, bíblica, teológica. Los pobres, su piedad religiosa, son un verdadero lugar teológico, un lugar donde somos evangelizados.

La Iglesia no puede quedar al margen de la lucha por la justicia; por ello denuncia el actual sistema económico injusto que discrimina y mata al pueblo pobre. La Iglesia no puede permanecer impasible ante tanta injusticia y sufrimiento humano.

La constante sonrisa del Papa, sus gestos de ternura, sus escritos sobre la alegría del Evangelio… podrían parecernos una falsa imagen del obispo de Roma. Pero Francisco denuncia proféticamente los aspectos de nuestra sociedad, que son contrarios al Evangelio del Reino: ha proclamado un contundente “No” a la economía de la exclusión e inequidad que engendra violencia; un “No” a la economía que cristaliza en estructuras injustas y que mata; un “No” a la globalización de la indiferencia; un “No” a la idolatría del dinero; un “No” a escudarse en Dios para justificar la violencia; un “No” a la insensibilidad social que nos anestesia ante el sufrimiento; un “No” al armamentismo. Francisco actualiza el mandamiento de no matar y de defender el valor de la vida humana, desde el comienzo hasta el final.

Detrás de estos “No” de Francisco se dibuja una imagen realmente evangélica de la Iglesia y del mundo; un mundo más cercano al Reino de Dios. La alegría de Francisco no es una alegría mundana ni fruto de un temperamento optimista, sino la alegría que brota del Evangelio de Jesús y de la fuerza de su Espíritu, la alegría de la Iglesia de los pobres.

5. Difundir el olor del Evangelio
Frente a posturas tradicionales, obsesionadas por la ortodoxia doctrinal y por el moralismo de la casuística –sobre todo en temas sexuales–, la Iglesia ha de difundir, ante todo, el perfume del evangelio de Jesús, la alegría de la salvación en Cristo, el kerigma, es decir, el anuncio de la Buena Nueva de Jesús, pasando por la experiencia espiritual del encuentro con el Señor, hasta la mistagogía.

Hay que concentrarse en lo esencial del Evangelio, lo más bello y atractivo. Hablar más de la gracia que de la Ley, hablar más de Cristo que de la Iglesia, más de la Palabra de Dios que del Papa. Mantener la jerarquía de verdades, la novedad del Evangelio, la alegría de la Pascua.

6. Oler a oveja
Frente a posturas clericales de pastores encerrados en sus despachos, alejados de la gente del pueblo, funcionarios que buscan carrerismo o que siempre están en los aeropuertos… hay que acercarse al pueblo, “tocar la carne de Cristo” en los pobres, superar todo clericalismo, mundanización y patriarcalismo, reformar el mismo papado, recuperar las actitudes de Jesús buen pastor, que busca la oveja perdida y la carga sobre sus hombros. Hay que “oler a oveja”, a pueblo, a sudor, a polvo, a dolor y angustia.

7. Evangelizar con Espíritu
Evangelizar no es una pesada obligación, ni algo que debamos realizar de manera triste o con ansiedad; tampoco es una actividad que se debe efectuar con desaliento o impaciencia, sino que es fruto de la alegría del Evangelio que nos impulsa a una misión alegre y confortadora. Pero esto supone una evangelización con Espíritu, el mismo Espíritu que impulsó a los apóstoles en Pentecostés y que alienta y mueve a la Iglesia de hoy a proseguir la misión de Jesús.

La evangelización supone el encuentro con el Señor resucitado, el que da su Espíritu a los discípulos y convierte una comunidad de apóstoles cobardes y tímidos en testigos del Evangelio, capaces de dar la vida por el Señor Jesús y el Reino.

Se trata de anunciar la Buena Nueva no sólo con palabras sino con la vida, de confiar en la fuerza del Espíritu que siembra semillas del Reino por doquier y es fuente de novedad y de vida dentro y fuera de la Iglesia.

El Espíritu nos hace conocer a Jesús, nos constituye como Pueblo de Dios; el Espíritu hace presente el Reino, se convierte para los cristianos en alegría en medio del cansancio y el desánimo; es raíz de nuestra esperanza pascual. “No tengamos caras tristes ni de funeral”, sino transmitamos la alegría del Evangelio. No nos dejemos robar la esperanza.

Conclusión: Lampedusa
Lampedusa es una pequeña isla italiana de 20 km2 y con sólo 5,000 habitantes, situada en el Mediterráneo. Colinda a 205 km con Sicilia y a 111 km con Túnez. Esta isla árida y sin más agua que la procedente de la lluvia, vive de la pesca, la agricultura y el turismo. Se ha hecho famosa por ser el puerto de entrada a Europa de miles de inmigrantes indocumentados procedentes de África y también de Medio Oriente y Asia. En las últimas dos décadas unas 20 mil personas que, en busca de mejores condiciones de vida se dirigían a Lampedusa en barcazas y pateras, han perdido su vida en la travesía.

A esta isla ha viajado el Papa Francisco el día 8 de julio de 2013. Su primer viaje fuera de Roma no quiso hacerlo hacia Nueva Cork, ni a Bruselas, ni tampoco a Buenos Aires, sino a Lampedusa para lanzar un grito de alerta mundial ante la tragedia de los inmigrantes.

En Lampedusa, el Papa no sólo oró por los muertos, no sólo lanzó al mar una corona de flores amarillas y blancas en memoria de las víctimas, no sólo abrazó a los migrantes africanos recién llegados, sino que quiso despertar la conciencia de una humanidad que permanece envuelta –como en un burbuja de jabón– en la cultura del bienestar, de una humanidad que ha perdido el sentido de responsabilidad fraterna y se ha vuelto incapaz de custodiar a las personas más desprotegidas o, incluso, a la misma naturaleza.

En su mensaje, Francisco afirma que estamos sumergidos en la globalidad de la indiferencia, que tenemos el corazón anestesiado y somos incapaces de llorar por las muertes de nuestros hermanos. Nadie se siente responsable de estas muertes. Francisco repite las palabras bíblicas: “Caín ¿dónde está tu hermano?”

Este viaje de Francisco a Lampedusa, sus gestos y palabras ¿no puede resumir y   simbolizar el estilo de evangelización de una Iglesia que, movida por el Espíritu, sale hacia fuera, se dirige preferentemente a los pobres y a cuantos sufren, les abre sus puertas de madre, mientras llama a todos a dejar el egoísmo y a vivir como hermanos?

¿No rezuma el episodio de Lampedusa un fuerte olor a Evangelio? ¿No actualiza este viaje de Francisco la imagen del Buen Pastor que va en busca de la oveja perdida? El viaje a Lampedusa es como una parábola viva de la evangelización según el Papa Francisco. Si evangelizar es hacer lo que hizo Jesús, evangelizar hoy es hacer lo que hizo Francisco en Lampedusa. Esta es nuestra hoja de ruta.

Victor Codina

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