“Que se alegren los que buscan al Señor” (Sal. 104)
Joan Forns Domingo
(1955-2015)
En medio de la alegría que supone celebrar la Pascua del Señor, recibíamos ayer domingo con sorpresa y tristeza la noticia de la muerte de Joan Forns Domingo, LMC de España.
Desde muy joven sintió la llamada misionera viviéndola intensamente en su parroquia y en diversos compromisos sociales. Con una fuerte experiencia de Dios, a lo largo de su vida supo combinar su trabajo como fotógrafo con otra serie de compromisos en favor de los más necesitados lo que le llevó a formar parte del Movimiento de los Laicos Misioneros Combonianos desde el 2008.
El sueño de su vida era servir a la misión fuera de nuestras fronteras, pero debido a problemas de salud no pudo hacerlo realidad. No obstante, aceptó su realidad con mucha fe, continuando con total entrega su labor misionera.
Como familia LMC nos unimos en oración y damos gracias a Dios por su vida y por su entrega.
Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?» Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: «No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron. Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo.»
ID A GALILEA, ALLÍ LO VERÉIS
El relato evangélico que se lee en la noche pascual es de una importancia excepcional. No solo se anuncia la gran noticia de que el crucificado ha sido resucitado por Dios. Se nos indica, además, el camino que hemos de recorrer para verlo y encontrarnos con él. Marcos habla de tres mujeres admirables que no pueden olvidar a Jesús. Son María de Magdala, María la de Santiago y Salomé. En sus corazones se ha despertado un proyecto absurdo que solo puede nacer de su amor apasionado: «comprar aromas para ir al sepulcro a embalsamar su cadáver».
Lo sorprendente es que, al llegar al sepulcro, observan que está abierto. Cuando se acercan más, ven a un «joven vestido de blanco» que las tranquiliza de su sobresalto y les anuncia algo que jamás hubieran sospechado.
«¿Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado?». Es un error buscarlo en el mundo de los muertos. «No está aquí». Jesús no es un difunto más. No es el momento de llorarlo y rendirle homenajes. «Ha resucitado». Está vivo para siempre. Nunca podrá ser encontrado en el mundo de lo muerto, lo extinguido, lo acabado.
Pero, si no está en el sepulcro, ¿dónde se le puede ver?, ¿dónde nos podemos encontrar con él? El joven les recuerda a las mujeres algo que ya les había dicho Jesús: «Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis». Para «ver» al resucitado hay que volver a Galilea. ¿Por qué? ¿Para qué?
Al resucitado no se le puede «ver» sin hacer su propio recorrido. Para experimentarlo lleno de vida en medio de nosotros, hay que volver al punto de partida y hacer la experiencia de lo que ha sido esa vida que ha llevado a Jesús a la crucifixión y resurrección. Si no es así, la «Resurrección» será para nosotros una doctrina sublime, un dogma sagrado, pero no experimentaremos a Jesús vivo en nosotros.
Galilea ha sido el escenario principal de su actuación. Allí le han visto sus discípulos curar, perdonar, liberar, acoger, despertar en todos una esperanza nueva. Ahora sus seguidores hemos de hacer lo mismo. No estamos solos. El resucitado va delante de nosotros. Lo iremos viendo si caminamos tras sus pasos. Lo más decisivo para experimentar al «resucitado» no es el estudio de la teología ni la celebración litúrgica sino el seguimiento fiel a Jesús.
Este tiempo,
que es tiempo de encuentros y de abrazos,
se llama Pascua
y es tiempo de paso
porque Tú caminas
por los caminos de la tierra,
caminos de historia y vida,
a nuestro encuentro
para pacificarnos
y dar sentido a nuestros pasos.
Este tiempo, siendo de paso,
es tiempo definitivo
para encontrarnos y abrazarnos,
para que nos arda el corazón
y los ojos dejen de estar cegados,
para gozar tu presencia
y hacernos presencia tuya
y buena noticia para los hermanos.
Este tiempo, siendo definitivo,
es tiempo abierto
para probarlo todo
y quedarnos con lo mejor,
que para eso hemos nacido
y Tú nos has creado.
Ya no es tiempo leyes
ni de amos y padres
ni de otros señores,
porque sólo el amor
y la fraternidad permanecen,
abren los corazones
y dejan al Espíritu libre.
Este tiempo, Señor,
es tu tiempo
y es mi tiempo,
es nuestro tiempo
libre de las trabas
que nos hemos creado.
Me levanto hoy con el pesar de la terrible jornada de ayer, donde el recuento de víctimas de estudiantes en el ataque de la Universidad de Garissa no ha dejado de crecer durante todo el día. Abro el twitter y me llegan decenas de fotos de pasos procesionales que han salido durante esta última noche.
Pienso que el real y verídico Viernes Santo tiene lugar en este olvidado continente africano. Hace pocos días los extremistas de Boko Haram volvían a secuestrar a un grupo de chicas que se unen al ya primero del cual por desgracia nadie habla. El ataque de ayer contra la Universidad de Garissa – el más sangriento de entre los perpetrados Al-Shabaab – apenas llega a los titulares de los medios de comunicación occidentales y menos aún goza de una atención mediática medio decente, porque aparentemente los 147 estudiantes muertos y las decenas de heridos no iban en un avión europeo ni hubo occidentales entre las víctimas. Si un suceso así hubiera sido en otra universidad, en los medios occidentales se escribirían páginas reales o digitales sin fin pero, claro… “nos pilla lejos y además son negros…”
Una vez más el fundamentalismo violento se ensaña contra víctimas inocentes y Kenia vuelve a ser la diana de estos grupos. La tragedia del centro comercial Westgate en Septiembre de 2013 – más de 60 víctimas mortales – se une a los diversos y mortíferos ataques contra asentamientos humanos o transportes en la región fronteriza de este país con la revuelta Somalia, donde en los últimos meses han muerto decenas de personas. Unidades de la milicia somalí de Al-Shabaab reaccionan así ante el avance que la coalición de la Unión Africana y de las mismas tropas kenianas están teniendo en los bastiones de esta milicia en Somalia. Hoy, si de una macabra vuelta de tuerca más se tratara, se cuentan casi 150 víctimas mortales en un ataque perpetrado contra el campus universitario en un momento en el que los estudiantes se preparaban para los exámenes.
Ayer los atacantes de nuevo jugaron la “carta religiosa” y separaron a los musulmanes de los no-musulmanes. A los primeros les dejaron ir y a los segundos los mataron. Es curioso que hagan esto cuando en otras circunstancias Al-Shabaab no ha tenido reparo alguno en ejecutar a cualquier oponente sea de la religión que sea. Las víctimas por tanto de este grupo son también los musulmanes, aunque el ataque de ayer pareciera indicar lo contrario. Para complicar más las cosas, la reacción de las fuerzas de seguridad kenianas tampoco ha ayudado a mejorar las cosas: episodios de dura represión se han vivido en las zonas costeras del país, donde se han llevado a cabo detenciones masivas de grupos y líderes religiosos sospechosos de alentar a fieles yihadistas. En varias ocasiones la población de Mombasa y de otras ciudades se ha rebelado contra el grado de violencia ejercido por el ejército y la policía.
Es una etapa más del doloroso calvario que está viviendo esta región. Y si a esto añadimos todo el sufrimiento que está siendo causado por Boko Haram y por las diferentes milicias en la República Centroafricana, pues se pueden imaginar la dimensión del problema. Como si no fuera suficiente luchar contra la pobreza, la desnutrición, la corrupción o los deficientes servicios, también el africano medio tiene que enfrentarse a la violencia sectaria. En este Viernes Santo, muchos de los crucificados de hoy se encuentran en este continente. Acuérdense también de ellos, que no caigan en el olvido. (AE)
MI VICTORIA ES MÁS FIRME QUE LA MUERTE No dejarás de oír lo que te quiero, que te quiero sin norma y con locura; locamente te quiero, sin cordura, hasta morir de amor como me muero.
He colgado en la cruz este letrero:
como el mar, mi costado es ancha hondura; se rompe el mar, y el Dios de la ternura
se derrama a raudales todo entero. Quiero anegarte con mi amor, quererte, Tenerte entre mis brazos, mirar: verte. ¿Qué impide nuestro gozo consumado? ¿Muerte? ¿Pecado? Estoy crucificado. Mi victoria es más firme que la muerte, y más fuerte es mi amor que tu pecado.