Buenas noticias IV Domingo de Adviento. 22/12/2024

Lucas 1, 39-45

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

ACOMPAÑAR A VIVIR

Uno de los rasgos más característicos del amor cristiano es saber acudir junto a quien puede estar necesitando nuestra presencia. Ese es el primer gesto de María después de acoger con fe la misión de ser madre del Salvador. Ponerse en camino y marchar aprisa junto a otra mujer que necesita en esos momentos su ayuda.

Hay una manera de amar que hemos de recuperar en nuestros días, y que consiste en «acompañar a vivir» a quien se encuentra hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad o, sencillamente, vacío de alegría y esperanza.

Estamos consolidando, entre todos, una sociedad hecha solo para los fuertes, los agraciados, los jóvenes, los sanos y los que son capaces de gozar y disfrutar de la vida.

Estamos fomentando así lo que se ha llamado el «segregarismo social» (Jürgen Moltmann). Juntamos a los niños en las guarderías, instalamos a los enfermos en las clínicas y hospitales, guardamos a nuestros ancianos en asilos y residencias, encerramos a los delincuentes en las cárceles y ponemos a los drogadictos bajo vigilancia…

Así, todo está en orden. Cada uno recibe allí la atención que necesita, y los demás nos podemos dedicar con más tranquilidad a trabajar y disfrutar de la vida sin ser molestados. Procuramos rodearnos de personas sin problemas que pongan en peligro nuestro bienestar, y logramos vivir «bastante satisfechos».

Solo que así no es posible experimentar la alegría de contagiar y dar vida. Se explica que muchos, aun habiendo logrado un nivel elevado de bienestar, tengan la impresión de que la vida se les está escapando aburridamente entre las manos.

El que cree en la encarnación de Dios, que ha querido compartir nuestra vida y acompañarnos en nuestra indigencia, se siente llamado a vivir de otra manera.

No se trata de hacer «cosas grandes». Quizá, sencillamente, ofrecer nuestra amistad a ese vecino hundido en la soledad, estar cerca de ese joven que sufre depresión, tener paciencia con ese anciano que busca ser escuchado por alguien, estar junto a esos padres que tienen a su hijo en la cárcel, alegrar el rostro de ese niño triste marcado por la separación de sus padres…

Este amor que nos lleva a compartir las cargas y el peso que tiene que soportar el hermano es un amor «salvador», porque libera de la soledad e introduce una esperanza nueva en quien sufre, pues se siente acompañado en su aflicción.

José Antonio Pagola

Crónica de la Asamblea Internacional LMC

Del 9 al 15 de diciembre de 2024, se celebró la VII Asamblea General de los Laicos Misioneros Combonianos (LMC) en la Casa de la Comunidad Comboniana en Maia. El lema de la asamblea fue «¡Todos juntos por la misión!».

Los 29 participantes – 20 LMC y 9 misioneros combonianos – venían de 16 países de tres continentes: África (9), América (9) y Europa (11). España envió 2 representantes a esta Asamblea que se celebra cada 6 años. De los cinco miembros del actual Comité Central, estaban presentes los laicos Alberto de la Portilla (España) y Marco Piccione (Italia), así como el Padre Arlindo Pinto (Roma), referente del Consejo General para los LMC.

La mañana del primer día se dedicó a la oración. El Padre Fernando Domingues, Superior Provincial de Portugal, presidió la misa de apertura.

El miércoles 11, se celebró una reunión en línea con los representantes de los Consejos Generales de la Familia Comboniana. El jueves por la tarde, los participantes peregrinaron al Santuario Mariano de Fátima. El martes y el viernes se escucharon testimonios online de LMC que trabajan en comunidades internacionales, en Mozambique, Kenia, República Centroafricana, Perú y Brasil.

Los principales temas discutidos durante la Asamblea fueron: la presentación del camino recorrido por cada grupo de LMC de los diferentes países, durante los últimos seis años, en todos los niveles (formación, misión, economía y organización) y la reflexión y aprobación del estatuto de los LMC, que será presentado al Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, en el Vaticano. Los últimos dos días se dedicaron a profundizar en la responsabilidad común por la misión, en especial la misión fuera de nuestras fronteras, así como el documento de Metodología Misionera que reflexiona sobre espiritualidad, estilo de vida y modelo de intervención LMC.

El sábado 14 fueron elegidos los miembros del nuevo Comité Central que coordinará los LMC durante los próximos seis años: Flavio Schmidt, de Brasil, Mukami Anne Mutheede, de Kenia, Anna Obyrtacz, de Polonia, y Alberto de la Portilla, de España, que fue reelegido, y que seguirá siendo también el coordinador general. El padre Arlindo Pinto continuará en su cargo de referente del Consejo General.

Alberto, en el comunicado que dirigió a los LMC y a toda la Familia Comboniana, subrayó las esperanzas que nacen de esta nueva asamblea: «una asamblea que esperamos nos ayude a madurar y profundizar nuestra vocación en todos los rincones del mundo, y a adquirir responsabilidad en nuestro camino de autonomía a todos los niveles». En cuanto a su reelección, añadió: «Espero que no sea sólo un servicio de continuidad, sino una consolidación de los aspectos importantes y los avances que necesitamos como movimiento internacional. Los verdaderos protagonistas son todos y cada uno de los LMC, todas y cada una de nuestras comunidades y grupos, a la escucha y a disposición del Espíritu Santo’.

Los trabajos concluyeron el sábado 14 de diciembre por la tarde, con una Misa presidida por el Padre David Domingues, Vicario General. Al día siguiente, Tercer Domingo de Adviento y Día Internacional de los LMC, el Padre David también presidió la Misa en presencia de los participantes en la asamblea, junto con el pueblo de Dios, en la capilla de la casa Maia.

ORACIÓN POR LA PAZ EN MOZAMBIQUE

Mozambique atraviesa una época de dificultades e incertidumbre política desde las pasadas elecciones del 9 de octubre. En los próximos días, previsiblemente hacia el 22 de diciembre, se harán oficiales los resultados de las elecciones y las medidas de gobierno correspondientes. Tanto las organizaciones de la Iglesia católica, como muchas otras organizaciones, están impulsando diálogos y caminos para un futuro de convivencia pacífica y justa.

En este contexto, los Obispos nos convocan a DEDICAR 15 MINUTOS DE ORACIÓN DIARIA por el pueblo mozambiqueño desde el domingo 15 de diciembre hasta el día 23. 

Unámonos a esta iniciativa pensando la manera más conveniente de hacerlo en cada uno de nuestros contextos. Como forma de solidarizarnos y sentir con nuestros hermanos y hermanas mozambiqueños, y de sensibilizarnos ante la realidad.

Tercer domingo de adviento: Día de los LMC

Como cada tercer domingo de adviento, hoy celebramos con alegría el día de los LMC. Un día para agradecer el don de la vocación misionera y renovar nuestro compromiso misionero dentro de la familia comboniana.

De manera muy especial rezamos hoy por todas nuestras comunidades, dispersas por todo el mundo y que son un testimonio vivo del amor de Dios entre aquellos pueblos más pobres y abandonados. Que el Señor les acompañe en su trabajo misionero.

¡Feliz día para todos/as!

Buenas noticias. 3er Domingo de Adviento 15/12/2024

Lucas 3, 10-18

¿Qué hacemos nosotros?

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: «¿Entonces, qué hacemos?»

Él contestó: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.»

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué hacemos nosotros?»

Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido.»

Unos militares le preguntaron: «¿Qué hacemos nosotros?»

Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.»

El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizara con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.»

Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio.

¿QUÉ DEBEMOS HACER?

A pesar de toda la información que ofrecen los medios de comunicación se nos hace difícil tomar conciencia de que vivimos en una especie de «isla de la abundancia», en medio de un mundo en el que más de un tercio de la humanidad vive en la miseria. Sin embargo, basta volar unas horas en cualquier dirección para encontrarnos con el hambre y la destrucción.

Esta situación solo tiene un nombre: injusticia. Y solo admite una explicación: inconsciencia. ¿Cómo nos podemos sentir humanos cuando a pocos kilómetros de nosotros –¿qué son, en definitiva, seis mil kilómetros?– hay seres humanos que no tienen casa ni terreno alguno para vivir; hombres y mujeres que pasan el día buscando algo que comer; niños que no podrán ya superar la desnutrición?

Nuestra primera reacción suele ser casi siempre la misma: «Pero nosotros, ¿qué podemos hacer ante tanta miseria?». Mientras nos hacemos preguntas de este género nos sentimos más o menos tranquilos. Y vienen las justificaciones de siempre: no es fácil establecer un orden internacional más justo; hay que respetar la autonomía de cada país; es difícil asegurar cauces eficaces para distribuir alimentos; más aún movilizar a un país para que salga de la miseria.

Pero todo esto se viene abajo cuando escuchamos una respuesta directa, clara y práctica, como la que reciben del Bautista quienes le preguntan qué deben hacer para «preparar el camino al Señor». El profeta del desierto les responde con genial simplicidad: «El que tenga dos túnicas que dé una a quien no tiene ninguna; y el que tiene para comer que haga lo mismo».

Aquí se terminan todas nuestras teorías y justificaciones. ¿Qué podemos hacer? Sencillamente no acaparar más de lo que necesitamos mientras haya pueblos que lo necesitan para vivir. No seguir desarrollando sin límites nuestro bienestar olvidando a quienes mueren de hambre. El verdadero progreso no consiste en que una minoría alcance un bienestar material cada vez mayor, sino en que la humanidad entera viva con más dignidad y menos sufrimiento.

Hace unos años estaba yo por Navidad en Butare (Ruanda), dando un curso de cristología a misioneras españolas. Una mañana llegó una religiosa navarra diciendo que, al salir de su casa, había encontrado a un niño muriendo de hambre. Pudieron comprobar que no tenía ninguna enfermedad grave, solo desnutrición. Era uno más de tantos huérfanos ruandeses que luchan cada día por sobrevivir. Recuerdo que solo pensé una cosa. No se me olvidará nunca: ¿podemos los cristianos de Occidente acoger cantando al niño de Belén mientras cerramos nuestro corazón a estos niños del Tercer Mundo?

José Antonio Pagola