Día de los catequistas nativos

Hoy fiesta de la Epifanía del Señor, la Iglesia en España celebra el día del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME) y de los catequistas nativos, bajo el lema: «Catequista: fiel hasta la cruz”, con la frase añadida: “Dios no nos pide éxito, sino fidelidad”.

Los catequistas nativos son considerados verdaderos protagonistas de la evangelización en las Iglesias de misión, especialmente en América, Asia y África. Su labor es fundamental debido a su cercanía al pueblo de Dios en la vida cotidiana, enseñando a rezar a los más pequeños y guiando a los mayores en la fe, especialmente en lugares donde la presencia de sacerdotes es limitada.

A nivel mundial, los catequistas suman un total de 2,8 millones, siendo pilares esenciales de la pastoral y la evangelización, particularmente en tierras de misión y en iglesias jóvenes. Según las Obras Misionales Pontificias, el número de catequistas ha aumentado en 20.000 personas en el último año, con un crecimiento notable en Asia.

Pidamos hoy al Señor que en nuestras comunidades en misión, surjan hombres y mujeres dispuestos a entregar su vida al servicio del Reino de Dios a través del ministerio de la catequesis.

Buenas noticias. 2º domingo de Navidad

Del santo Evangelio según san Juan 1, 1-18
En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.

VIVIR SIN ACOGER LA LUZ

Todos vamos cometiendo a lo largo de la vida errores y desaciertos. Calculamos mal las cosas. No medimos bien las consecuencias de nuestros actos. Nos dejamos llevar por el apasionamiento o la insensatez. Somos así. Sin embargo, no son esos los errores más graves. Lo peor es tener planteada la vida de manera errónea. Pongamos un ejemplo.

Todos sabemos que la vida es un regalo. No soy yo quien he decidido nacer. No me he escogido a mí mismo. No he elegido a mis padres ni mi pueblo. Todo me ha sido dado. Vivir es ya, desde su origen, recibir. La única manera de vivir sensatamente es acoger de manera responsable lo que se me da.

Sin embargo, no siempre pensamos así. Nos creemos que la vida es algo que se nos debe. Nos sentimos propietarios de nosotros mismos. Pensamos que la manera más acertada de vivir es organizarlo todo en función de nosotros mismos. Yo soy lo único importante. ¿Qué importan los demás?

Algunos no saben vivir sino exigiendo. Exigen y exigen siempre más. Tienen la impresión de no recibir nunca lo que se les debe. Son como niños insaciables, que nunca están contentos con lo que tienen. No hacen sino pedir, reivindicar, lamentarse. Sin apenas darse cuenta se convierten poco a poco en el centro de todo. Ellos son la fuente y la norma. Todo lo han de subordinar a su ego. Todo ha de quedar instrumentalizado para su provecho.

La vida de la persona se cierra entonces sobre sí misma. Ya no se acoge el regalo de cada día. Desaparece el reconocimiento y la gratitud. No es posible vivir con el corazón dilatado. Se sigue hablando de amor, pero «amar» significa ahora poseer, desear al otro, ponerlo a mi servicio.

Esta manera de enfocar la vida conduce a vivir cerrados a Dios. La persona se incapacita para acoger. No cree en la gracia, no se abre a nada nuevo, no escucha ninguna voz, no sospecha en su vida presencia alguna. Es el individuo quien lo llena todo. Por eso es tan grave la advertencia del evangelio de Juan: «La Palabra era luz verdadera que alumbra a todo hombre. Vino al mundo… y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron». Nuestro gran pecado es vivir sin acoger la luz.

José Antonio Pagola

Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2026

La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y desarmante”

“La paz esté con todos ustedes. Hacia una paz desarmada y desarmante” es el tema del Mensaje del Papa León XIV para la 59.ª Jornada Mundial de la Paz que se celebra hoy.

En su mensaje, el Santo Padre invita a todos a recibir la paz y a ser testigos porque la paz “existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno”.

En esta línea, el Papa cita a San Agustin para recordar que los cristianos deben ser testigos de la paz y alentó “a entablar una amistad indisoluble con la paz”. Todos estamos invitados a recorrer este camino trazado por el Resucitado. Él mismo encarnó una paz desarmada porque  “desarmada fue su lucha”.

De hecho, la paz es un don que va custodiado, “no es una realidad experimentada, para custodiar y cultivar, la agresividad se di- funde en la vida doméstica y en la vida pública” y se puede caer en el engaño de que para conseguirla hay que prepararse para la guerra encarnando “la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza”.

Para lograr una paz desarmante, debemos encarnar la mansedumbre porque “La bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño”. De la humildad evangélica nace la paz. Un niño, en su fragilidad, tiene la posibilidad de cambiar los corazones, cuestionar nuestras decisiones y deponer las armas. 

Por último, el Papa señala que la paz es posible, no es una utopía, y que el diálogo ecuménico e interreligioso son vías privilegiadas para alcanzarla. Tampoco debemos olvidar emprender «el camino desarmador de la diplomacia, de la mediación, del derecho internacional», que requieren confianza mutua, lealtad y responsabilidad en los compromisos asumidos.

El mensaje de León XIV concluye pidiendo para que la paz «sea un fruto del Jubileo de la Esperanza, que ha impulsado a millones de seres humanos a redescubrirse peregrinos y a comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder cumpliendo sus promesas».

leer texto completo mensaje del Papa

Buenas noticias. Día de la Sagrada Familia

Mateo 2,13-15.19-23

Coge al niño y a su madre y huye a Egipto

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto».

Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.» Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.

SEGUIR A JESÚS DESDE LA FAMLIA

¿Es posible tomar juntos la decisión de seguir a Jesús en familia? No es fácil. Es una decisión que hay que preparar y madurar despacio, y respetando a todos, pues se trata de una decisión personal de cada uno. Son los padres creyentes los primeros responsables de crear un clima apropiado.

Desde el comienzo ha de quedar claro que seguir a Jesús no es copiar un modelo reproduciendo los rasgos de un Maestro del pasado de manera pasiva, infantil y sin creatividad alguna. Es una aventura mucho más apasionante. Los evangelios nunca hablan de imitar a Jesús, sino de seguirlo. Jesús no es un espejo, sino un camino. Jesús resucitado está vivo en medio de nosotros, en el centro de la familia. Más aún, su Espíritu está dentro de cada uno de nosotros, sosteniendo, alentando e inspirando nuestras vidas. Hemos de escuchar su llamada a seguirlo hoy de manera creativa, confiando siempre en su fuerza.

«Seguir a Jesús» es una metáfora tomada de la costumbre que tenía de caminar unos pasos por delante de sus discípulos. Por eso nos recuerda que el seguimiento a Jesús exige «dar pasos»: tomar una primera decisión, ponernos en camino, dejarnos guiar por el Evangelio, levantarnos cuando hemos caído, volvernos a orientar cuando nos hemos perdido… Para impulsar el seguimiento a Jesús con realismo creo que hemos de recuperar la lectura del evangelio en familia, primero entre los padres, luego, si es posible, con los hijos.

Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina sobre Jesús. No son catecismos. Lo primero que se aprende en los evangelios es el estilo de vida de Jesús: su manera de estar en el mundo, su forma de hacer la vida más humana, su modo de pensar, de sentir, de amar, de sufrir.

Los evangelios fueron escritos para suscitar nuevos discípulos y seguidores. Son relatos que invitan a cambiar, a seguir de cerca a Jesús, a identificarnos con su causa, a colaborar con él abriendo caminos al reino de Dios. Por eso han de ser leídos, meditados y compartidos escuchando su llamada a entrar en un proceso de cambio y conversión.

No pensemos en algo muy complicado. Se trata de leer los relatos muy despacio, deteniéndonos en la persona de Jesús; fijándonos bien en qué dice y qué hace. Luego, entre todos, nos podemos ayudar a hacernos algunas preguntas: ¿qué verdad nos enseña o nos recuerda Jesús con su actuación? ¿A qué nos llama? ¿Cómo nos anima y alienta con sus palabras?

Una familia empieza a seguir de verdad a Jesús cuando comienza a introducir en casa la verdad del Evangelio. No hemos de tener miedo a poner nombre a las cosas. Hemos de atrevernos a discernir qué hay de verdad evangélica y qué hay de antievangélico en las costumbres de la familia, en la convivencia, en los gestos, en la manera de vivir. No para echarnos las culpas unos a otros, sino para animarnos a vivir al estilo de Jesús.

Mensaje de Navidad del Consejo General: La importancia de “tomar conciencia”

Queridos hermanos:
En este tiempo de Navidad se nos ofrece una oportunidad extraordinaria: la de emprender un viaje interior que nos lleve desde la simple conciencia de nosotros mismos a la verdadera cercanía con los demás y con el mundo.

Este año, el Adviento comenzó con un pasaje evangélico que debería habernos impactado: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca. No se dieron cuenta de nada hasta que vino el diluvio y se los llevó a todo. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre”» (Mateo 24,37-39).

Tomar conciencia del mundo que nos rodea, de las personas con las que vivimos y a quienes dirigimos nuestra misión, significa captar la esencia de nuestro “estar presentes” y de nuestro “ser conscientes”. Tomar conciencia no es una acción pasiva, sino un acto intencional de coraje y presencia, que requiere esfuerzo, práctica, atención y sensibilidad. Se trata, por tanto, de un arte verdadero y propio, que posee el inmenso poder de transformar nuestra percepción de la realidad. Cuando tomamos conciencia, ya no somos esclavos de los hábitos ni de los estímulos externos; podemos elegir nuestras respuestas y vivir con mayor autenticidad y sentido.

Tomar conciencia es un acto de coraje cotidiano. Es difícil estar verdaderamente presentes y ver las cosas tal como son, sin juicios ni reacciones automáticas. Requiere la valentía de enfrentar nuestros propios pensamientos y emociones, y la realidad del momento.

Una vez que aprendemos el arte de tomar conciencia, cambia nuestra manera de estar en el mundo: nos volvemos más empáticos, más conectados, más capaces de apreciar las pequeñas cosas y de afrontar las dificultades con mayor sabiduría y serenidad. En otras palabras, tomar conciencia es despertar a nuestra propia vida y emprender un camino de crecimiento personal hacia una mayor plenitud y libertad interior, capaz de transformar nuestra manera de vivir y de relacionarnos con el mundo, pasando de una existencia automática a una viva y consciente. Tomar conciencia nos arraiga en el presente, nos ayuda a abrir el corazón, a ver el mundo con mayor claridad y a escuchar de verdad. Solo desde una escucha auténtica nace la cercanía  el don de estar cerca, sin necesidad de muchas palabras, con el corazón atento a la vulnerabilidad del otro.

Ser cercanos significa tener el coraje de descentrarse, de dejar de lado el propio ego y de dedicar una atención sincera y efectiva a quienes viven en situaciones de profundo malestar o fragilidad: ya sean inmigrantes en busca de un futuro seguro, víctimas de alguno de los numerosos conflictos que desfiguran nuestro mundo, o simplemente personas que cruzan nuestro camino. Ser cercanos es redescubrir la belleza de una compasión activa, de una sonrisa que da esperanza, de un gesto que sana las heridas más profundas. Es esta la forma más concreta de mostrar que en nuestro corazón no hay espacio para la indiferencia, sino solo para el amor verdadero.

Esta aventura de la conciencia, si se amplía, nos conduce a una espiritualidad profunda, caracterizada por la conciencia de la simbiosis que existe entre todas las criaturas y la creación. Entonces, la maravilla del ciclo de las estaciones, la fuerza de un árbol, el aliento vital de la naturaleza sabrán recordarnos que formamos parte de un designio sagrado, y esta conciencia nos abrirá los ojos a la belleza de todas las cosas y a la gracia de cada instante, despertando en nosotros la gratitud.

El Adviento nos invita a mirar hacia adelante con esperanza, a creer que el futuro puede ser distinto y mejor. No somos “seres-para-la-muerte”, sino “seres-para-la-vida”. Y la Navidad nos impulsa a “orientar el corazón” en la espera del Hijo del hombre. Cuando Jesús llegue, queremos que nos encuentre preparados: con los corazones enamorados y la mirada puesta solamente en Él, dispuestos a acoger su amor que todo lo transforma.

Deseamos que esta Navidad nos devuelva el coraje de escalar montañas, sin detenernos en el primer refugio, y de subir a nuestra barquita anclada en medio del mar, tomar los remos y hacerse a la mar. Porque, si es cierto que esperamos a “Alguien”, es aún más cierto que ese “Alguien” —desde siempre y para siempre— nos espera a nosotros, y espera que nuestro Instituto se convierta verdaderamente en aquello que nuestro Fundador soñaba, convencido como estaba de que su sueño era el de Dios.

Acojamos a Jesús, el Sol de justicia, que vuelve para calentar nuestros corazones, sanar nuestras heridas y devolvernos la esperanza. Al entrar en el mundo a través del seno de María, Dios encendió una luz que ninguna oscuridad puede apagar. También nosotros, humanos y limitados, podemos comenzar de nuevo desde aquí, con la certeza de que aquello que parecía inalcanzable —la promesa de renacimiento y renovación— se vuelve posible.

Les deseamos una Navidad llena de acogida, amor, luz y esperanza.

¡Feliz Navidad, de verdad!

El Consejo General
Roma, 13 de diciembre de 2025