Nuestra presencia acá en Villa Ecológica es una luz prendida en la noche, reflejo de la única Luz verdadera, una luz que queremos que siga prendida, aunque sea vacilante, escasa, insuficiente… Somos una luz. El Señor nos ha puesto como luz en medio de la noche. Luz para alumbrar tenuemente el camino de los que avanzan fuera de los caminos. Luz para llevar los ojos hacia el Amor de Dios que se ha derramado en sus vidas. Luz prendida toda la noche para poder vencer el miedo a la oscuridad. Luz vigilante que anima y reúne a los otros que traen también su luz.
Isabel y Mari Carmen han ido esta tarde a visitar a María y Juan, que viven a cinco minutos de casa. Porque Miriam, la bebé que María había llevado durante ocho meses, había muerto. María tiene dieciséis años, y Juan veintidós. María no había acudido a la posta para el seguimiento del embarazo. Sus padres no sabían nada de ese embarazo. Parece que ambos estuvieron tomando en la noche con otros familiares y se descuidaron, golpeando el vientre de María.
El Evangelio de hoy era Mc 2, 1-12. Jesús perdona los pecados y sana al paralítico que hicieron entrar en su casa por un hueco abierto en el techo. Isabel y Mari Carmen les han llevado víveres y un caldo caliente, como se hace acá con los enfermos. Y creo que su visita ha sido un signo anticipado del perdón de los pecados de María y Juan. El dolor del tremendo crimen cometido tarde o temprano angustiará a estos niños. La herida de esa pérdida tendrá que ser sanada. El Padre estará esperándoles con los brazos abiertos. Y para que puedan recibir esa buena noticia, Isabel y Mari Carmen les han visitado esta tarde.
La vecina Silvia lleva tiempo preocupándose de esta familia pero no se atrevía a hacerse presente entre ellos. Buscó a Isabel ayer muy tarde en la noche para informarle de la triste noticia del bebé. Silvia es otra luz en la noche de Villa y estamos llamados a acompañarla, fortalecerla y ayudarla para que pueda alumbrar a más vecinos.
Pagola describe en su libro cómo debió impresionar a los discípulos que Jesús Resucitado no les reprochara su traición al reencontrarse con ellos. Por eso todos los encuentros narrados comienzan con el saludo del perdón: “Paz a vosotros”. Todos los discípulos se sintieron perdonados de sus pecados. Su deuda había sido borrada. Jesús fue totalmente fiel al Amor hasta perdonar a sus verdugos y a sus amigos que huyeron asustados. Su fidelidad significó el perdón de los pecados de sus amigos.
La misericordia es signo del perdón de los pecados. La misericordia de una visita para curar las heridas del corazón, para acoger el sinsentido de unos niños cargados con una responsabilidad demasiado grande para ellos. La misericordia levanta la dignidad de las personas y transforma sus corazones.
En ocasiones he entendido nuestras acciones acá más en la clave de sanar a las personas, levantarlas de sus postraciones, ayudarlas a recuperar su dignidad o ser testigos de sus luchas. Hoy me abría a entenderlas como signos de que el Padre ya ha perdonado sus pecados. Me sentía hasta ahora digno de participar en la sanación de mis vecinos, pero no en el perdón de sus pecados. “Denles ustedes de comer”, resuena siempre en nuestros corazones, pero el perdón de los pecados viene sólo del poder de Dios. Sólo lo ejerce Dios y ese es su poder. Pero los que entran en el Reino, dejan fluir el Amor de Dios y participan en ese perdón divino.
Desde hace muchos años siento que conecto más con el Antiguo Testamento. El Éxodo, la lucha del pueblo, la rebeldía, los ídolos, la ira de Dios, la rabia, la relación tormentosa de enamorados… Y conecto menos, aún, con la Buena Noticia de Jesús. El amor.
Me arrebata más el paso del Mar Rojo que la Última Cena.
Cuando convivo con muchos vecinos que viven al borde, al borde de la vida, al borde de la muerte, del abandono, de la locura, del suicidio, ¿dónde cabe el amor de Jesús? ¿dónde está si no puedo liberarles?
Él sanaba, pero no sanó a todos. Esa reflexión me abrió una luz cuando la escuché. Jesús fue entregando toda su vida, todas sus fuerzas, todas sus seguridades, a favor del pueblo. Derribó los muros de la ley sin misericordia, a golpe de audacia y autoridad. La autoridad del que conoce bien de lo que habla, del que sabe por experiencia.
Después de la despedida de sus amigos, Jesús es prendido y todavía es tiempo de sanar al criado del centurión. Cuando llega la cruz, ya no es tiempo de sanar los cuerpos. Jesús asume el momento de la debilidad. Ya lo ha dado todo. Ya lo ha entregado todo. Es ya el tiempo definitivo de acompañar a la Gloria que no termina. Al malhechor arrepentido le asegura la Gloria eterna, lo que no hizo a ninguno de aquellos a quien sanó. Cuando el Enemigo parece que ha vencido definitivamente, sin escapatoria, es el tiempo del amor completo, sin obras. El amor que, sí, rompe el velo de la muerte. “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Será entonces que cuando me encuentro con mis vecinos quebrados por el Enemigo y no puedo hacer nada humanamente por ellos, debo leer el tiempo del amor. Ya no es el tiempo de curar las heridas. Es el tiempo de asegurar la Gloria. La Gloria que ya empezó acá.
Me da miedo que eso sea resignación cristiana.
Gonzalo Violero. LMC