«El paradigma de lo humano no es ser blanco, varón y occidental» (Pepa Torres)

Compartimos la entrevista de Mundo Negro a Pepa Torres (ACJ)  en la que nos acercamos al trabajo diario de una mujer comprometida con la causa de los migrantes y los derechos humanos, y es que, como ella misma dice, su fe y sus creencias la comprometen con el cambio social.

 

Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

Pertenece a las Apostólicas del Corazón de Jesús, es profesora de Teología y vive en comunidad  con una dominica y una laica en un piso de Lavapiés (Madrid). Desde allí han creado una red en la que se encuentran personas de diferentes orígenes comprometidas con los derechos humanos y sociales.

¿Qué es la Red Interlavapiés?

Desde esta pequeña célula de mujeres que vivimos aquí juntas hemos ido tejiendo un espacio donde estamos gente cristiana, musulmana, no creyente, manteros, empleadas de hogar, investigadores… una red muy diversa donde  lo más importante es compartir la vida, generar casa y ser una comunidad desde diferentes espiritualidades. Somos además una comunidad política, porque nuestra fe y nuestras creencias nos comprometen con el cambio social.

Llevas más de 10 años en Lavapiés. ¿Cómo es tu experiencia?

Es apasionante. Y a veces difícil. Vamos aprendiendo colectivamente cómo vivir y qué hacer en cada situación, desde las diferentes culturas de las que venimos. Es un lugar de creatividad, de fuerza, de solidaridad y también del sufrimiento que tiene que ver con la violencia y con la injusticia que lleva a que muchas personas no sean reconocidas como tales: xenofobia, racismo, islamofobia… Pero junto a eso encontramos la alegría y la esperanza. Hemos llegado a un nivel de confianza mutua en el que nos encontramos desde nuestras diferentes espiritualidades y religiones. Nos juntamos a rezar musulmanes, cristianos y gente no creyente que está en búsqueda. Compartimos los acontecimientos de nuestra vida, preocupaciones como un juicio por manta o alegrías como el nacimiento de un nieto, que una hija se casa, que finalmente alguien consigue papeles o reagrupar a su mujer. Eso nos da una complicidad y una fuerza muy poderosa a la hora de vivir en lo cotidiano y afrontar las dificultades.

Dices que crees en un mundo donde caben muchos mundos. ¿Lavapiés podría ser una muestra de ese sueño?

Hay todavía un Lavapiés que existe y resiste. Un Lavapiés rebelde que tiene que ver con ese sueño. Un mundo donde cabe muchísima diversidad y es posible convivir. Los problemas que ahora tenemos no son de convivencia entre nosotros. Son problemas económicos, detenciones porque la gente no tiene papeles, problemas laborales o de infravivienda.

¿Cómo nace tu vocación religiosa?

Hace 35 años tomé la decisión de que quería vivir haciendo familia de otra manera con la gente. Soy hija de una pastoral juvenil con una apuesta claramente por lo social. Pienso en mi barrio de La Elipa y sobre todo en Tetuán, donde trabajaba como voluntaria. La droga y la pobreza de los jóvenes nos impactó. Cuando conocí la comunidad de las que hoy son mis monjas pensé que eso era lo que yo quería ser.

¿Por qué especial sensibilidad hacia las personas migrantes?

Los migrantes han ido apareciendo en mi vida en los barrios donde he ido viviendo como nuevos vecinos que me abren a otras perspectivas. Entrar en relación con ellos te recuerda que los blancos, los europeos, los occidentales, no somos la medida del mundo. Nos ayudan a superar esta especie de complejo que el colonialismo ha sembrado dentro de nosotros. No somos hijos únicos. El paradigma de lo humano no es ser blanco, varón y occidental. Cuando entras en relación percibes la calidad humana de sus vidas y todas las situaciones tan terribles por las que han pasado. Te recuerdan el pecado social que es muchas veces la gestión de las fronteras. Cuando estamos frente a una persona que ha cruzado tantas para llegar hasta donde estamos lo primero que tenemos que reconocer es que es una persona empoderada y resiliente que trae muchas sabidurías, las propias de su cultura más las que ha tenido que ir aprendiendo por el camino. Trae un proyecto de vida y muchas riquezas.

«Ningún ser humano es ilegal». ¿Cómo se lo explicas a quien no lo entiende?

Lo primero que refuerza esa frase es que todos somos humanos. La Tierra es de todos. Las fronteras las hemos inventado las personas, sobre todo los gobiernos y los políticos. Y eso es algo absolutamente arbitrario que no puede estar por encima de la dignidad y del derecho a la vida de las personas y los pueblos. Los derechos humanos deben estar por encima de las políticas de las fronteras.

Desde tu experiencia, ¿cómo se acoge al migrante?

La hospitalidad es un deber ético y también es un derecho para las personas o los pueblos a los que se les niega. Acoger tiene una dimensión personal de respeto, de ponernos en el lugar del otro, cuidando lo más posible ese intento de reciprocidad, superando los arribas y los abajos, las asimetrías que el sistema impone. Pero al mismo tiempo tiene una dimensión política. Tiene que haber leyes que favorezcan la acogida o que al menos no la impidan. En ese sentido la acogida en este país está absolutamente en crisis. Los colectivos de Lavapiés acogemos intentando que las personas sientan que este es su espacio. Es muy importante que aprendan español y potenciamos que participen en espacios donde conozcan la nueva cultura y se sientan seguros, espacios donde nosotros también aprendamos de ellos. Estamos tremendamente indignados con lo que ha hecho el Gobierno incumpliendo la política de asilo y con los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE). Hay mucho trabajo que hacer y hay que hacerlo mestizamente, los que hemos nacido en este país y los que convivimos en este país aunque no hayamos nacido aquí.

¿Cómo ves la situación de la mujer migrante?

A las mujeres migrantes hay que reconocerlas desde sus potencialidades, sus posibilidades y sus historias de vida. Cuando una mujer migrante cruza una frontera no es una víctima, es una mujer empoderada porque se atreve a hacer algo que es dificilísimo. Es una mujer con una historia, muchas veces con una formación cualificada en su país de origen, aunque luego aquí no se reconozca. Tienen mucho que aportar a la convivencia y a la vida ciudadana. Es necesario mirarlas de forma que no estigmatice, reconociendo todas sus capacidades, sus protagonismos y sus liderazgos. Tienen una situación muy precarizada económicamente, porque el nicho laboral que encuentran es el empleo doméstico, un trabajo que sigue siendo invisible, que está muy mal pagado y poco reconocido. Pero al mismo tiempo hay que reconocer y hacer visible que todas las mejoras que se han conseguido en estos últimos años en el empleo doméstico en nuestro país han sido gracias a las luchas de las mujeres migrantes, su capacidad de liderazgo y de cambio social. Otro tema terrible de las mujeres migradas es el tema de la trata. Hay que abordarlo, hay que educar, sensibilizar y denunciar. No criminalizarlas a ellas sino penalizar la trata y los intereses económicos que hay detrás.

Javier Sánchez Salcedo. Mundo Negro

Domingo 20 T.O.(B) 19 de agosto de 2018

Juan 6,51-58
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que como este pan vivirá para siempre.»

ALIMENTARNOS DE JESÚS

Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Jesús no retira su afirmación, sino que da a sus palabras un contenido más profundo.

El núcleo de su exposición nos permite adentrarnos en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La eucaristía es una experiencia central en los seguidores de Jesús.

Las palabras que siguen no hacen sino destacar su carácter fundamental e indispensable: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Si los discípulos no se alimentan de él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras: «No tendréis vida en vosotros». Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. Este es el secreto y la fuerza de la eucaristía. Solo lo conocen aquellos que comulgan con él y se alimentan de su pasión por el Padre y de su amor a sus hijos.

El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de él le hace esta promesa: «Ese habita en mí y yo en él». Quien se nutre de la eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.

Esta experiencia de «habitar» en Jesús y dejar que Jesús «habite» en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirlo sostenidos por su fuerza vital.

La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la eucaristía es la que él mismo recibe del Padre, que es Fuente inagotable de vida plena. Una vida que no se extingue con nuestra muerte biológica. Por eso se atreve Jesús a hacer esta promesa a los suyos: «El que coma de este pan vivirá para siempre».

Sin duda, el signo más grave de la crisis de la fe cristiana entre nosotros es el abandono tan generalizado de la eucaristía dominical. Para quien ama a Jesús es doloroso observar cómo la eucaristía va perdiendo su poder de atracción. Pero es más doloroso aún ver que desde la Iglesia asistimos a este hecho sin atrevernos a reaccionar. ¿Por qué?

José Antonio Pagola

 

Domingo 19 TO (B) 12 de agosto de 2018

Juan 6,41-51
En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios.» Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan de vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

ATRACCIÓN POR JESÚS

El evangelista Juan repite una y otra vez expresiones e imágenes de gran fuerza para recordar a todos que han de acercarse a Jesús para descubrir en él una fuente de vida nueva. Un principio vital que no es comparable con nada que hayan podido conocer con anterioridad.

Jesús es «pan bajado del cielo». No ha de ser confundido con cualquier fuente de vida. En Jesucristo podemos alimentarnos de una fuerza, una luz, una esperanza, un aliento vital… que vienen del misterio mismo de Dios, el Creador de la vida. Jesús es «el pan de la vida».

Por eso, precisamente, no es posible encontrarse con él de cualquier manera. Hemos de ir a lo más hondo de nosotros mismos, abrirnos a Dios y «escuchar lo que nos dice el Padre». Nadie puede sentir verdadera atracción por Jesús, «si no lo atrae el Padre que lo ha enviado».

Lo más atractivo de Jesús es su capacidad de dar vida. El que cree en Jesucristo y sabe entrar en contacto con él, conoce una vida diferente, de calidad nueva, una vida que, de alguna manera, pertenece ya al mundo de Dios. Juan se atreve a decir que «el que coma de este pan, vivirá para siempre».

Si, en nuestras comunidades cristianas, no nos alimentamos del contacto con Jesús, seguiremos ignorando lo más esencial y decisivo del cristianismo. Por eso, nada hay pastoralmente más urgente que cuidar bien nuestra relación con Jesús el Cristo.

Si, en la Iglesia, no nos sentimos atraídos por ese Dios encarnado en un hombre tan humano, cercano y cordial, nadie nos sacará del estado de mediocridad en que vivimos sumidos de ordinario. Nadie nos estimulará para ir más lejos que lo establecido por nuestras instituciones. Nadie nos alentará para ir más adelante que lo que nos marcan nuestras tradiciones.

Si Jesús no nos alimenta con su Espíritu de creatividad, seguiremos atrapados en el pasado, viviendo nuestra religión desde formas, concepciones y sensibilidades nacidas y desarrolladas en otras épocas y para otros tiempos que no son los nuestros. Pero, entonces, Jesús no podrá contar con nuestra cooperación para engendrar y alimentar la fe en el corazón de los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola

 

Domingo 18 T.O. (B) 5 de agosto de 2018

Juan 6,24-35
En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús contesto: «Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.» Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: «La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.» Le replicaron: «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo.»» Jesús les replicó: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.» Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

PAN DE VIDA ETERNA

¿Por qué seguir interesándonos por Jesús después de veinte siglos? ¿Qué podemos esperar de él? ¿Qué nos puede aportar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Nos va a resolver acaso los problemas del mundo actual? El evangelio de Juan habla de un diálogo de gran interés que Jesús mantiene con una muchedumbre a orillas del lago Galilea.

El día anterior han compartido con Jesús una comida sorprendente y gratuita. Han comido pan hasta saciarse. ¿Cómo lo van a dejar marchar? Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis. No piensan en otra cosa.

Jesús los desconcierta con un planteamiento inesperado: «Esforzaos no por conseguir el alimento transitorio, sino por el permanente, el que da la vida eterna». Pero ¿cómo no preocuparnos por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Lo necesitamos y debemos trabajar para que nunca le falte a nadie. Jesús lo sabe. El pan es lo primero. Sin comer no podemos subsistir. Por eso se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos, que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Por eso maldice a los terratenientes insensatos que almacenan el grano sin pensar en los pobres. Por eso enseña a sus seguidores a pedir cada día al Padre pan para todos sus hijos.

Pero Jesús quiere despertar en ellos un hambre diferente. Les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. No lo hemos de olvidar. En nosotros hay un hambre de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre no para hartarnos de comida, sino «para dar vida al mundo».

Este Pan venido de Dios «da la vida eterna». Los alimentos que comemos cada día nos mantienen vivos durante años, pero llega un momento en que no pueden defendernos de la muerte. Es inútil que sigamos comiendo. No nos pueden dar vida más allá de la muerte.

Jesús se presenta como «Pan de vida eterna». Cada uno ha de decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Pero quienes nos llamamos seguidores suyos hemos de saber que creer en Cristo es alimentar en nosotros una fuerza imperecedera, empezar a vivir algo que no acabará en nuestra muerte. Sencillamente, seguir a Jesús es entrar en el misterio de la muerte sostenidos por su fuerza resucitadora.

Al escuchar sus palabras, aquellas gentes de Cafarnaún le gritan desde lo hondo de su corazón: «Señor, danos siempre de ese pan». Desde nuestra fe vacilante, a veces nosotros no nos atrevemos a pedir algo semejante. Quizá solo nos preocupa la comida de cada día. Y a veces solo la nuestra.

José Antonio Pagola

¿Qué es tener confianza, tener fe, certeza profunda? Cuando no pueda más…vendrás TÚ.

La vida por la Amazonía (4): P. Ezequeil Ramin

Un nuevo capítulo de la serie «la vida por la Amazonía». En esta ocasión se trata del testimonio de  vida del misionero comboniano P. Ezequiel Ramin.

Durante su  vida en Brasil, se colocó valientemente en defensa de los indígenas y de los agricultores pobres, en la lucha por el derecho a la tierra ya la vida digna. Hizo causa común con los pobres de la Amazonia. Comprendió que ser misionero era servir a los que más sufrían: “Mi trabajo aquí es de anuncio y denuncia. No podría ser diferente considerando la situación del pueblo. Necesitamos apoyar decididamente los movimientos populares y las asociaciones sindicales. La fe necesita caminar junto con la vida … ”

No tardaron en llegarle amenazas de muerte. Había quien se sentía incómodo por su solidaridad con las familias pobres sin tierra. Para algunos, su amistad y apoyo a los indios Suruí se había convertido en una amenaza.

En una de sus últimas homilías declaró: “El sacerdote que les habla ha recibido amenazas de muerte. Querido hermano, si mi vida le pertenece, también le pertenece mi muerte.

Pero si queremos encontrar la verdadera razón para su actuación como misionero y su entrega, aquí la tenemos en primera persona: “Liberemos a las personas del hambre, de las enfermedades, hagamos de ellas personas libres, testimoniando de este modo al Cristo que está dentro de nosotros. A este punto, amigos, si no formamos parte de la solución, formamos parte del problema. ¡Piensen en eso y hagan las cuentas!»