Tres años

En julio de hace tres años empezamos a trabajar en Villa Ecológica. Yo entré en la cuna San Daniel por primera vez el 7 de julio, después de una noche en la que hubo un fuerte temblor. Luego, el 17 tuve un día horrible, en cama con gastroenteritis, sin parar de pensar en mis cosas de España, mi familia, sintiendo que no sería capaz de hacer nada acá.
Han pasado tres años. Han pasado muchas cosas, muchas personas. La primera fue la señora Y., la mamá del niño que se parecía a tío Paco. Fue la primera que me invitó a su casa, cuando me contó de los veinte años de infidelidad conyugal y maltrato que llevaba sufriendo, empezando con el brutal maltrato que le daba su papá. El día que me invitó di gracias a Dios porque intuía que el Señor me estaba abriendo un camino en el desierto. Para mí era algo sagrado entrar en la casa de una de estas mujeres, tan cercanas al Dios de los pobres. Ella se avergonzaba de mostrar su único cuarto cocina-dormitorio-salón. Yo me sentía agradecido porque esta mujer confiara en mí y me invitara a su casa, sabiendo que yo soy gringo y diferente, pero no distante.
Han pasado tres años, acompañándola en su vida, en su dolor, en su lucha diaria con sus seis hijos. Hemos llorado juntos. Me ha contado como le reza al Señor en los cerros. Cómo el suicidio se le ha pasado por la cabeza varias veces. Hemos pasado fases de más o menos distancia. Hay épocas en que su vida parecía tranquila, siempre con la insatisfacción de una vida conyugal enferma. Yo me he alejado un poco, pensando que no me necesitaba tanto. Pero siempre me he mantenido a tiro, visitándola de vez en cuando. Varias veces le he recordado mi número. Ha llegado a llorar tanto conmigo que en cierto modo me he insensibilizado, escuchando de nuevo una historia tan manida que parecía no tener remedio. Un día me confesaba que ya no era ni la sombra de lo que fue de joven, que ya apenas se reía, apenas tenía ilusión por nada, salvo sacar adelante a los chicos. Yo recordé el texto de la homorroísa, que padeció 18 años de enfermedad frente a la que nadie le dio respuesta. Y lo rezamos juntos. Sólo Jesús nos puede sanar totalmente.
Su esposo es un hombre tranquilo, respetuoso. Pero piensa que ser hombre es trabajar exclusivamente fuera de casa y que eso le da derecho a ser llamado padre por sus hijos y a disponer de su esposa. No puede ni siquiera entender que su esposa espere otra cosa de él. Se siente vejado cuando ella le pide que colabore en el cuidado de los hijos, vaya a las reuniones del cole o traiga agua desde la pileta. Y la actitud cada vez más intransigente de Y. le ha ido enfadando cada vez más.
La última vez que ha intentado tener sexo forzándola, Y. le ha denunciado a la policía. Ha sido la tercera denuncia. Las dos anteriores, hace años, terminaron con él arrodillado ante el juez y ella echándose atrás y firmando la conciliación. Y. ha tenido que pasar por todos los calvarios que conocemos, como escuchar de los policías o doctores que dentro del matrimonio no se puede hablar de violación, o sentir remordimiento ante Dios porque quiere separarse del esposo al que juró amar y respetar.
Ahora Y. afirma con fuerza que no va a ser igual, que no va a ceder, que ya no más. Ha encontrado un padrecito que le ha dicho que no tenía que haber aguantado más que la primera infidelidad. Encontró hace años un psicólogo que la viene escuchado una y otra vez narrando su historia de dolor y la ha trazado la ruta de la denuncia, empezando con la policía, la fiscalía, etc. Y me ha encontrado a mí, otro varón que la escucha y la trata con respeto y cariño. Hacen falta muchos años para pasar de la esclavitud a la libertad. Yo la insisto que cuando consiga separarse de su maltratador su vida no estará resuelta, pues entonces se abrirá un nuevo horizonte de lucha cotidiana con sus hijos, pero una lucha libre, con la cabeza alta, adulta y sin miedo. El pueblo libre de Israel tuvo que madurar en el desierto para conseguir el agua y el pan que antes venía de los opresores.
El pasado 18 de julio Y. me llamó a casa en la noche. Era la primera vez. Me pidió que la acompañara a la policía para saber el estado de la denuncia que presentó el día 6. Para mí ha sido muy emocionante contar con la confianza de esta mujer en estos momentos. Su llamada es el sentido de mi presencia acá, en mitad de tantas dudas y miedos. Ella me agradece haberla acompañado y yo la agradezco haber confiado en mí.
Hemos ido juntos a la policía, al servicio de atención a víctimas y testigos de la fiscalía y al doctor para tratarse de las lesiones sufridas esta última vez. Necesita todo el apoyo que podamos darle. No está sola, no puede afrontar sola esta lucha tan dolorosa, expuesta a funcionarios que la gritan cuando no entiende algo o les pide que la indiquen la siguiente puerta a la que debe acudir, contando su drama y abriendo sus entrañas una y otra vez. Queda mucho por delante y no sé cómo acabará todo. La fe en Jesús me hace soñar con una Y. liberada caminando hacia adelante cada vez con menos miedo. Pero falta mucho y hay muchos obstáculos por salvar. A primeros de agosto el caso debería ser asignado a un fiscal. Mientras, debe seguir durmiendo con el maltratador cada noche.
La semilla crece y madura debajo de la tierra, y cuando encuentra la humedad adecuada empieza a levantarse con decisión. Supongo que Y. ha necesitado muchos refuerzos, sentirse muy arropada, para atreverse a emprender de nuevo el camino legal de la denuncia. Había que estar ahí, acompañándola mes tras mes incluso pensando que no había futuro. Las últimas veces la animé a que visitara al padre y se confesara, para estar fuerte interiormente ante el combate que le había deparado la vida. Y cuando por fin fue a conversar con el padre, éste la invitó a que siguiera apoyándose en mí y en el psicólogo. Todos hemos remado en el mismo sentido.
Mi fe en Jesús no es irracional. La Biblia nos cuenta que los procesos de liberación son arduos, largos, a veces parecen sin sentido. Siempre puede surgir la duda «¿Está o no Dios en medio de nosotros?». A Y. también le han aconsejado a veces que aguante no más, tratando de que sus hijos sean mayores y puedan hacerse cargo de ella. Pero ella tiene muy dentro de si una rebeldía profética, siente que Dios no la ha creado para sufrir, que no hay derecho a  mantener su sufrimiento. No le basta volver a las ollas de Egipto. Tiene que dar los pasos, pequeños, dolorosos, hacia su liberación.
Y. es una de las protagonistas de la Historia de la Salvación que Dios me ha dado el regalo de conocer. Su vida es una catequesis de cómo Dios escucha, acompaña y libera a su pueblo.

Gonzalo

Dinero como deuda

A sugerencia de Rosa colgamos aquí la primera parte del documental «Dinero como deuda». En este documental se nos explica de qué manera fraudulenta funciona el sistema bancario en connivencia con los gobiernos de la tierra.

Llamamiento comboniano en favor de África

Roma, miércoles 3 de agosto 2011
Los obispos combonianos, el Padre General y la Madre General de los dos institutos combonianos, reunidos en Jerusalén del 21 al 30 de julio, movidos por la situación dramática en que vive la mayor parte de la población africana, decidieron al concluir su reunión preparar un comunicado a favor del continente africano flagelado y debilitado por carestías, guerras, violencias, pobreza, enfermedades, prepotencias y otras injusticias. A continuación publicamos la exhortación de los misioneros.

 

Madre Premoli Luzia (Superiora General de las Hermanas Misioneras Combonianas)
y P. Enrique Sánchez González (Superior General de los Misioneros Combonianos)

LLAMAMIENTO EN FAVOR DE ÁFRICA 

V Encuentro de los obispos combonianos – Jerusalén 31-07-2011 

Con África en el corazón

 Con ocasión del encuentro en Jerusalén de nosotros obispos misioneros combonianos, procedentes de América Latina (3) y de África (9), presentes también el Padre General y la Madre General de los dos institutos combonianos, advertimos fuertemente la exigencia de lanzar un llamamiento en favor de África. Nos parece que África, por encima de sus posibilidades y de la inmensidad de sus riquezas naturales, sigue siendo el continente donde guerras, violencias, prepotencias, pobreza y enfermedades están al orden del día y se siguen creando situaciones crecientes de injusticias y de miseria cada vez más dramáticas si se les compara con el resto del mundo.

Numerosos problemas internos de subdesarrollo se han vuelto en gran parte el destino siniestro exclusivo de África: mal gobierno, ausencia del estado de derecho, conflictos y violencias bajo todas sus formas, bajo nivel de escolaridad, fuerte mortalidad infantil, enfermedades endémicas como la malaria y el sida, dilapidación de los recursos, pobreza en la que vive la mayor parte de la población y la dramática situación de los refugiados y desplazados.

No obstante, África se ha vuelto nuevamente un continente ambicionado y disputado por las grandes potencias mundiales, incluidas las transnacionales. Uno solo es el objetivo: saquear sistemáticamente los recursos naturales de sus florestas, de su subsuelo, tan rico en petróleo, diamantes, uranio, oro, coltan, etc., adueñándose de toda la gama de las materias primas con la complicidad de las autoridades locales, dispuestas de malbaratar sus países a cambio de intereses personales, étnicos o de partido.

Constatamos últimamente, con pena, un equívoco creado ad hoc: que la implementación de los llamados “proyectos modelo”, publicitados como medios para utilizar los nuevos recursos descubiertos para poner en marcha un renovado desarrollo, en lugar de contribuir al beneficio de la población, aumentan la pobreza material, ética y social.

Nadie puede cerrar los ojos ante lo que allá está sucediendo. Todo se funda en la mentira. Sistemática es la falta de informaciones de lo que sucede en el sector extractivo y del abastecimiento de los recursos. Desconcertante es el desprecio por las condiciones de vida cada vez peores de las poblaciones ahí presentes. Arrogantes y violentas son las expropiaciones salvajes de tierras en detrimento de los más pobres, como es el caso de los campesinos. Numerosos son también los conflictos inmobiliarios y sociales con frecuentes pérdidas de vidas humanas. Gradual, la desaparición de los valores de la solidaridad en beneficio de una ganancia individual, desenfrenada y sin reglas. Impresionante el aumento de la corrupción a todos los niveles, a tal punto que hace mella y tergiversa la mentalidad de la gente. La degradación no es sólo social; es también ética y moral: aumenta en modo preocupante la prostitución, sobre todo entre los jóvenes; se dan situaciones de extrema debilidad de la familia afectada por casos de infidelidad cada vez más frecuente en detrimento de la mujer que es dejada sola; se da asimismo conflictos de competencia entre los padres y la dimisión de sus compromisos familiares y educativos, etc.

Las nuevas riquezas entonces, en lugar de contribuir en la lucha contra la pobreza, han servido y sirven abiertamente al degrado, al desequilibrio y a la compra de armas, alimentando así conflictos interminables. Éstas, desgraciadamente, en lugar de ser una bendición se han vuelto una maldición para la mayor parte de la población.

África necesita pues ser ayudada para que comience finalmente, después de tantos años de injusticias y explotación, a utilizar todas estas riquezas que le pertenecen para sí misma y para sus hijos e hijas. Con energía profética hay que volver a encontrar y proponer a los grandes de la tierra el camino del hombre y de una economía en favor del hombre; que respete su dignidad y su libertad de autodeterminación.

En semejante situación, como obispos misioneros combonianos, herederos de la sensibilidad de Comboni “por los más pobres y abandonados”, sentimos que la Iglesia no puede callar; que debe hablar. En nombre de Jesús de Nazaret, que en esta tierra de Palestina ha predicado el amor por los últimos, también a ella le compete el derecho de preguntarse y preguntar: “¿A quién pertenecen las riquezas naturales de África?” Para nosotros los obispos no hay duda de que pertenecen a las poblaciones africanas en su conjunto. Es necesaria pues una intervención de la Iglesia: “África se ha puesto ya en camino y la Iglesia se mueve con ella ofreciéndole la luz del Evangelio. Las aguas pueden ser borrascosas, pero con la mirada puesta en Cristo Señor llegaremos al puerto seguro de la justicia y de la paz” (Mensaje conclusivo del II Sínodo Africano, no. 42).

Mientras esperamos con confianza el mensaje de nuestro pastor, el papa Benedicto XVI, a África y al mundo, hacemos nuestro el llamamiento de los obispos, reunidos en el Sínodo para África de octubre del 2009: “A los grandes poderes de este mundo les dirigimos una súplica: Traten a África con respeto y dignidad” (id., no. 32)

Mons. Aguirre Muñoz Juan José
Obispo de Bangassou (Rép. Centrafrique)

Mons. Arellano Fernández Eugenio
Vicario Apostólico de Esmeraldas (Ecuador)

Mons. Ballin Camillo
Vicario Apostólico del Nord Arabia (Kwait)

Mons. Filippi Giuseppe
Obispo de Kotido (Uganda)

Mons. Franzelli Giuseppe
Obispo de Lira (Uganda)

Mons. Girardi Vittorino
Obispo de Tilarán (Costa Rica)

Mons. Migliorati Giovanni
Vicario Apostólico de Awasa (Ethiopia)

Mons. Perin Guerrino
Obispo de M’baïki (Rép. Centrafricaine)

Mons. Rodríguez Salazar Jaime
Obispo de Huánuco (Perú)

Mons. Russo Michele
Obispo de Doba (Tchad)

Mons. Sandri Giuseppe
Obispo de Witbank (South Africa)

Mons. Sebastián Martínez Miguel Angel
Obispo de Laï (Tchad)

P. Enrique Sánchez González
Superior General de los Misioneros Combonianos

Madre Premoli Luzia
Superiora General de las Hermanas Misioneras Combonianas

(Enlace a la página original)

Desde Perú…extranjeros

«Ya tenemos los tres nuestros carnés de extranjeros. Nunca nos habíamos dado cuenta de lo mal que suena esta palabra. La verdad es que a pesar de sentirnos muy queridos por la gente de aquí, no podemos dejar de sentirnos extranjeros en muchas ocasiones: cuando piensan que somos turistas y en algunos sitios quieren cobrarnos un precio superior, cuando no entiendes lo que te dicen o no nos entienden demasiado bien, cuando te das cuenta que tienes oportunidades con las que otros no cuentan… Y también cuando sentimos que estamos lejos, que echamos de menos a la familia y a los amigos, cuando nos perdemos momentos importantes y especiales de gente a la que queremos mucho…

Esta condición de “extranjeros” nos hace pensar en cuante gente vive en nuestro país sin ser de allí, en lo incomprendidos que son por muchos, en el trabajo que les cuesta tener su documentación por leyes injustas e inhumanas, en lo mucho que deben echar de menos a su gente…»

De nuestros compañeros Jose y Carmen. Podéis leer la entrada completa aquí