La alegría de la misión

El fin de semana del 13 y 14 de febrero, tuvo lugar en la Casa de las Misioneras Combonianas, un nuevo encuentro de la PJV. El tema central fue la alegría y el taller de la mañana del sábado, dinamizado por los LMC, tuvo como elemento de trabajo la exhortación del Papa Francisco sobre «La Alegría del Evangelio». En el trabajo realizado pusimos en común nuestras ideas a partir del compartir las debilidades y fortalezas de nuestro caminar, así como las oportunidades y amenazas que encontramos en nuestra sociedad e Iglesia que pueden afectar, en positivo y en negativo, al compromiso con los demás.
La tarde estuvo dedicada al testimonio misionero de la Hermana Magdalena en Chad y a la experiencia vocacional de Magda, postulante polaca que vino desde Granada para compartir su proceso vocacional.
Con un video-forum sobre la película «La Ciudad de la Alegría» terminamos nuestra jornada del sábado.
La reflexión sobre la Exhortación se prolongó en la mañana del domingo para terminar el encuentro con la celebración de la Eucaristía. La siguiente parada en Granada para celebrar la Pascua.

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Infacia Misionera en Sevilla

Como en años anteriores el pasado domingo, día 24 de enero, nos reunimos con más de 700 chicas y chicos entre 10 y 12 años en el polideportivo del colegio Claret de Sevilla. Todos ellos miembros de grupos parroquiales y colegios católicos para celebrar juntos la Infancia Misionera.

En este 2016 el lema de dicho encuentro era GRACIAS, y en torno a él han girado todas las actividades (la oración inicial, los testimonios misioneros, el Festival de la canción, los juegos y la acción de gracias). Desde la delegación de misiones preparamos este encuentro con ilusión, pues es una alegría, y un motivo para dar Gracias, que año tras año la jornada de la Infancia misionera no sólo no pierda fuerza, sino que sea un motivo de encuentro, de testimonio, de sensibilización, …

Me encanta ver la cara de los chicos y chicas mientras escuchan los testimonios de los misioneros, acercándoles una realidad tan distinta de la que viven la mayoría de ellos, ver cómo entre ellos, y debido a la inmigración, hay niños procedentes de esos países de los que les están hablando y poder charlar entre ellos de esas otras costumbres, de otras formas de entender la vida, de expresar su fe, …

Siempre se me escapa una sonrisa cuando nuestro delegado de misiones pregunta si alguno quiere ser misionero de mayor y siempre hay algún valiente que da un paso al frente. La mies es mucha y los trabajadores son pocos… hace falta animar a los niños y jóvenes a abrir su corazón para que sientan la llamada del Padre a compartir su día a día con tantos hermanos que no conocen a Jesús, y a trabajar por un mundo más justo, dónde la salud y la educación sean un derecho de todos, como hermanos que somos e hijos del mismo Padre.

M. Carmen Tomás – LMC

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JORNADA INFANCIA MISIONERA 2016

cartelLa imagen del grano de mostaza propuesta por Jesucristo al referirse a la Iglesia bien puede aplicarse a Infancia Misionera. Nació como una iniciativa humilde, integrada por un grupo de niños a quienes se pedía sencillamente una avemaría al día y una pequeña limosna al mes. Después de muchos años, ha crecido y se ha desarrollado hasta el punto de cobijar bajo sus ramas a millones de niños, procedentes de más de 130 países. Su finalidad es ofrecerles a ellos, los predilectos del Señor, algunos recursos para crecer y madurar como personas y como cristianos, a través de la labor educadora de sus padres, maestros y catequistas. Infancia Misionera no es un “verso suelto” en el contexto de la formación integral de los más pequeños, ni una “acción buena” para algunos grupos de niños. Va mucho más allá, porque se inserta armónicamente en el paulatino desarrollo de la iniciación de los niños a la fe y a la vida cristiana.

Fruto de esta convicción es desarrollar, desde la perspectiva misionera, las dimensiones de la iniciación cristiana, como se ha propuesto hacer el Secretariado de Infancia Misionera de 2015 a 2018. En este segundo año, el objetivo es ayudar a los niños a descubrir el origen de lo que son y de lo que tienen. Con la mirada puesta en la fe, se les va a invitar a contemplar a Dios como creador del universo y Padre providente, que cuida de las personas y las cosas para que toda la creación alcance la felicidad. Así, la acción de gracias nace como respuesta por el favor recibido. Ambos dinamismos, gratitud y donación, son siempre fuente de alegría. Muchas veces, ni siquiera es necesario usar palabras. Basta una acción que exprese el movimiento de todo el ser. Así es la actitud de las personas “agradecidas” que conocemos.

“Sed constantes en orar; dad gracias en toda ocasión” (1 Tes 5,17-18)

Jesús, con sus gestos y palabras, inicia a sus discípulos en el reconocimiento de que todo lo recibido es pura gratuidad de Dios. De esta certeza brota la oración de acción de gracias. Cuando aquellos le insisten en que les ayude a alcanzar una familiaridad con el Padre, como lo ven en su vida, no les enseña solo la oración del padrenuestro, sino que les indica que esta relación oracional debe ser humilde, como la del publicano que reconoce que todo lo que tiene le viene de Dios; constante, como la de la mujer cananea; y agradecida, como Él mismo hace en múltiples ocasiones.

Antes de resucitar a su amigo Lázaro, Jesús se dirige al Padre para darle gracias porque siempre le escucha (cf. Jn 11,41-42). Cuando experimenta ternura y misericordia con aquella gente que lleva tiempo sin comer, después de bendecir los siete panes, da gracias a Dios por el don de la comida (cf. Mc 8,6). También da gracias al Padre porque es a los sencillos y los pequeños a quienes les ha revelado las cosas importantes (cf. Mt 11,25). Y en la última cena, pronuncia ante sus discípulos la oración de “acción de gracias” antes de instituir la eucaristía (cf. 1 Cor 11,24). Los cristianos de los primeros siglos reconocían con ese nombre de “acción de gracias” la celebración litúrgica del memorial del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. No podían elegir una expresión mejor, porque la eucaristía es la más grande de todas las acciones de gracias.

El niño de Infancia Misionera siempre dice: “Gracias”

La finalidad de esta Jornada misionera, por tanto, es suscitar en los niños la acción de gracias por:

El don de la creación. Al contemplar la naturaleza, conviene promover entre los niños una corriente de gratitud y respeto por la belleza de tantas cosas que proceden de la bondad de Dios.

El don de la vida. Los bienes disponibles para la subsistencia, como la comida, la vivienda, la salud, el vestido, la convivencia, etc., son regalos concedidos por Dios a través de la bondad y generosidad de los demás.

El don de la fe. Entre los dones recibidos destaca este, el cual nace de que alguien nos ha traído la buena noticia de que Dios es nuestro Padre. Al reconocer los fieles de Colosas el don del Evangelio, Pablo les anima a dar “gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados” (Col 3,16).

El don de ser “pequeños misioneros”. Los niños de Infancia Misionera descubren cada día que también ellos son protagonistas de esta corriente anunciadora de la bondad de Dios. Con su estilo de vida, su oración y generosidad, y sobre todo con su servicio a los demás, son como los misioneros que un día salieron de su tierra para estar muy cerca de los que más lo necesitan.

Para el niño de Infancia Misionera, la palabra “gracias” no es una simple respuesta de educación o convencional: es la expresión de lo que realmente siente en su corazón.

Anastasio Gil Director de OMP en España.-

Recursos:   Tríptico       Oración       Proyecto

Coordinadora de Asociaciones de Laicos Misioneros

LJunta directivaa CALM somos la Coordinadora de Asociaciones de Laicos Misioneros de España.

Es de ámbito nacional y la formamos asociaciones apostólicas y grupos diocesanos de laicos católicos comprometidos, que tenemos entre nuestros objetivos la misión Ad Gentes de los laicos en los territorios y ámbitos de misión.

Nuestras asociaciones trabajamos con estilos y carismas diferentes pero entendemos que la misión es responsabilidad de toda la Iglesia. Desde la CALM apostamos por un trabajo en red que cree sinergias en el trabajo misionero y donde compartir nuestras necesidades e ilusiones comunes. De esta manera, entre todos y todas, colaboramos para darles respuesta.

La CALM formamos parte de la Junta patrocinadora y equipo directivo de la escuela de formación misionera San Pio X, de la PUM (Pontificia Unión Misional) y de la OMP (Obra Misional Pontificia) a través del Consejo Nacional de Misiones. Estamos reconocidos dentro de la Comisión Episcopal de Misiones.Fue fundada en mayo del año 2003 y actualmente la constituimos nueve entidades.

Los fines de la Coordinadora de Asociaciones de Laicos Misioneros son:

  • Ser lugar de comunicación, encuentro, diálogo y de conocimiento mutuo, respetando la autonomía y carisma de cada asociación.
  • Coordinar esfuerzos y compromisos para favorecer la presencia del laicado misionero en la Iglesia universal, como testigos de fe y caridad.
  • Participar en la Comisión Episcopal de Misiones, en la Pontificia Unión Misional y en el Consejo Nacional de Misiones, con voz y voto.
  • Canalizar y articular la representación de las Asociaciones laicas misioneras ante organismos oficiales de carácter civil y/o eclesiástico

 

Más información: http://www.laicosmisioneros.org/

 

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Pacto de las catacumbas: la urgencia de volver a la Iglesia de los pobres

 

 Con motivo de la celebración de los 50 años del Pacto de las Catacumbas, se realizó un seminario en Roma para tratar la actualidad de la propuesta firmada por 42 padres conciliares, en las Catacumbas de Domitilla, en 1965. El Pacto, firmado en los últimos días del Concilio Vaticano II (1962-1965), instó a la Iglesia Católica a renovarse y a asumir el compromiso con los pobres y excluidos. En el seminario, el teólogo español Jon Sobrino disertó sobre el impacto de este acuerdo en la Iglesia de hoy y sobre la urgencia de volver a la “Iglesia de los pobres”. El lunes 16 de noviembre, dia del aniversario, fue celebrada una Eucaristía en las Catacumbas. Con motivo del seminario, Jon Sobrino fue recibido por Francisco en la Casa Santa Marta, quien le recomendó: “continúe escribiendo”. Presentamos el texto completo de la homilía de Sobrino, así como una reseña del Pacto de las Catacumbas, y los 13 compromisos que se asumieron.

Celebración en Santa Domitila y presencia de Jon Sobrino

El Encuentro tuvo su momento culmen con una celebración en la misma catacumba de Santa Domitila (discípula de Pedro, allá en el cristianismo primitivo), presidida por el obispo italiano Luigi Betazzi (uno de los obispos firmantes de pacto) y Jon Sobrino, quien en su predicación hizo un breve balance de los frutos de este pacto diciendo que en estos años posteriores al ecuménico Concilio Vaticano II, ha habido padres y madres de la iglesia, ha habido comunidades de base y comunidades indígenas, seminarios y universidades que enseñaron y practicaron la liberación, y con ellos y ellas la iglesia católica se ha parecido un poco más a Jesús.

El también sacerdote Jesuita, dictó el pasado sábado 14 de noviembre una conferencia en la Universidad Urbaniana de Roma (también como parte de las actividades del Encuentro Resistencia y Esperanza), rompiendo con ello largas décadas de censura Vaticana, desde que la nada Sacra Congregación para la Doctrina de la Fe (presidida en ese entonces por Joseph Ratzinger) prohibió a Jon Sobrino dictar cátedra en cualquier universidad católica de América Latina y el mundo.

Con todo, el sobreviviente de la dictadura militar salvadoreña dijo no sentirse resentido por haber sido perseguido por la iglesia, antes bien enfatizó que la opción por los pobres implica correr riesgos y celebró que las primeras palabras firmado aquella mañana de noviembre de 1965 no fueran ni religiosas ni bíblicas, sino palabras sobre la realidad de este mundo: sobre el clamor de la injusticia, que tres años después proclamará el documento de Medellín al decir que: llegan hasta nosotros las quejas de que los obispos y sacerdotes en AL son ricos y aliados a los ricos, han construido una imagen de iglesia rica.

En su predicación recordó a Monseñor Romero y a sus hermanos jesuitas asesinados en el Salvador justo un 16 de noviembre, junto con 2 mujeres más. Dijo que ellos, como Jesús, también expulsaron demonios: el gobierno, la oligarquía, el ejército. Y como Jesús, murieron e inspiraron a muchos porque actuaron sin dubitar ni poder dubitar, frente a la encrucijada de salir o no salir de El Salvador ante las constantes amenazas.

No se fueron, porque los pobres no se podían ir, decidieron Ignacio Ellacuría y los otros cuando Romero, 9 sacerdotes y 5 religiosas ya habían sido asesinados por la dictadura.

Finalmente habló del papa Francisco, con quien se encontró también en días anteriores en Santa Martha: se esta moviendo de nuevo en las catacumbas, dijo, a su modo… quiere reformar la iglesia, ayudémoslo. Confesó que nunca había estado con un papa y que al despedirse, Francisco le dijo en un abrazo: escriba, escriba… lo que no precisamente me han pedido los papas.

Terminó su intervención invitando a todas y todos los presentes en la catacumba a que el recuerdo de los mártires no nos deje descansar en paz.

Vigencia y futuro del Pacto de las Catacumbas

Al final del encuentro, el ambiente fue de esperanza, de crítica y de necesidad de mirar con valentía hacia el horizonte, y renovar el Pacto de las Catacumbas. Hace 50 años, fue decisivo para el pacto las palabras de uno de sus ideólogos principales, Dom Hélder Cámara, quién encaró al Concilio Vaticano II diciendo: ¿Qué es lo que deberíamos hacer, ocuparnos solo de los problemas internos de la iglesia mientras dos tercios de la humanidad muere de hambre?

Hoy, que nuevos y mas agudos rostros de la pobreza y la injusticia azotan el mundo, se plantea la necesidad de que ese nuevo pacto no sea más secreto, ni cerrado, ni patriarcal. Ciertamente, poco de lo que se comprometió en ese pacto permeará a la iglesia pos-conciliar, y por ello es necesario que el nuevo pacto asumido ahora por este Encuentro en Roma y por muchas otras gentes y comunidades en el mundo, debe salir del gueto católico y ser de Iglesia en salida, ha de ser un pacto público, laical y universal de todos los habitantes en los Areópagos del mundo (Paulo Suess)

Sólo de esta forma nos será posible asumir con energía las banderas de lucha de diferentes actores sociales y en contextos diversos y plurales, para construir espiritualidades más encarnadas, humanas, no exclusivamente confesionales, ecuménicas y abiertas a diversas sensibilidades y subjetividades. Al grado de construir modelos, estilos, maneras eclesiales más sencillas y humildes, sin perder la perspectiva de los pobres, la profundidad compasiva, ni la crítica profética.


“Una Iglesia pobre y para los pobres”. 50 años del Pacto de las Catacumbas

“Para los países subdesarrollados la Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres”. Con estas palabras proféticas el Papa Juan XXIII invitaba a los cristianos y sobre todo a sus “hermanos Obispos” a llevar una vida de pobreza y a ser una “Iglesia sierva y pobre”. En su Radiomensaje del 11 de septiembre de 1962, un mes antes del inicio del Concilio Vaticano II, el “Papa Bueno” – como afectuosamente lo llamaban – trazaba el camino que la Iglesia debería seguir guiados por sus pastores y asistidos por la acción del Espíritu Santo.

Tres años después y en pleno Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI visitó las Catacumbas romanas de Santa Domitila, el 12 de septiembre de 1965. En su homilía, Papa Montini señalaba que las “Catacumbas son el lugar de una larga historia de persecución y martirio, a la cual la Iglesia de los primeros siglos fue sometida”. Pero también, dijo el Pontífice, “son el lugar donde se vivía la fe en Cristo, con la convicción de que Él, es la verdad, la salvación, la esperanza y la victoria definitiva”. “Aquí el cristianismo – afirmó el Papa – fundó sus raíces en la pobreza, en el sufrimiento de las injusticias y persecuciones; aquí la Iglesia, se despojó de todo poder humano, fue pobre, fue humilde, fue pía, fue opresa, fue heroica. Aquí el primado del Espíritu, del cual habla el Evangelio, subrayó el Obispo de Roma, tuvo su oscura, casi misteriosa, pero a la vez firme afirmación, de un testimonio incomparable, su martirio”.

Pocos días antes de la clausura del Concilio Vaticano II, el 16 de noviembre de 1965, 42 Obispos de 15 países diferentes, firmaron en las Catacumbas de Santa Domitila, el llamado “Pacto de las catacumbas”, con el cual se comprometían a llevar una vida de pobreza y a ser una Iglesia sierva y pobre, como los había inspirado el Papa Juan XXIII. Este Pacto fue una expresión pública del camino y del compromiso de la llamada “Iglesia de los Pobres” que se había formado desde la primera sesión del evento conciliar.

“Como quisiera una Iglesia pobre y para los pobres”, era el deseo del Papa Francisco a pocos días de su elección a la Cátedra de Pedro, el 16 de marzo de 2013. De este modo, hablando a los representantes de los medios de comunicación, re-proponía el tema antiguo y actual en la Iglesia cercana a los sectores sociales más emarginados, a los desterrados, a los indigentes y a quienes sufren la injusticia y la violencia.


Texto del Pacto de las Catacumbas

Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros, en una iniciativa en que cada uno de nosotros quisiera evitar la excepcionalidad y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos de episcopado; contando sobre todo con la gracia y la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo siguiente:

1) Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.

2) Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata.

3) No poseeremos inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas.

4) Siempre que sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, en la perspectiva de ser menos administradores que pastores y apóstoles.

5) Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.

6) En nuestro comportamiento y en nuestras relaciones sociales evitaremos todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos (ej: banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos).

7) Del mismo modo, evitaremos incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social.

8) Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.

9) Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.

10) Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.

11) Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en estado de miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos a:

-participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
-pedir juntos a nivel de los organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio como lo hizo el Papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen más naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria.

12) Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así:

-nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
-buscaremos colaboradores que sean más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
-procuraremos hacernos lo más humanamente presentes y ser acogedores;
-nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.

13) Cuando volvamos a nuestras diócesis, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra resolución, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles.


Homilía de Jon Sobrino en el encuentro: Celebrando los 50 años del Pacto de las Catacumbas

Estos días hemos reflexionado sobre “el pacto de las catacumbas” que hace cincuenta años firmaron en este lugar alrededor de cuarenta obipos. Se comprometían personalmente a construir “una Iglesia pobre y servidora”. Asi estaban recogiendo el gran deseo de Juan XXIII: que la Iglesia sea “una Iglesia de los pobres”. En el aula conciliar no prosperó la idea, pero el pacto de las catumbas se convirtió en el legado “secreto” del Vaticano II.

Hoy, en esta eucaristía, ante Dios y reunidos como su pueblo, quisiéramos comprometernos en la construcion de esa Iglesia, que es la unica Iglesia de Jesus. Es la mejor manera, y en definitiva la única manera, de recordar el pacto de las catacumbas como es debido. Y de renovarlo con la urgencia necesaria.

Tras el pacto ha habido epocas de florecimiento eclesial, y es bueno recordarlo para tener aliento en épocas difíciles: si la gracia fue real, es que hoy tambien es posible. Y sigue habiendo un gran pecado, que nos urge a seguir siendo responsables de erradicarlo y a estar dispuestos a correr riesgos. Pecado es en nuestros dias Lampedusa, los refugiados que buscan sobrevivir ante la eficaz indiferencia de Europa. Y pecado es la pederastia de sacerdotes y el carrerismo de altos eclesiásticos. Todo ello lo recuerda con vigor y rigor el papa Francisco.

Pero es mas fructífero recordar la gracia. Es mas dificil porque nos exige mucho. Y es mas gozoso, porque, lo que ha ocurrido en estos cincuenta años sigue siendo una buena noticia. Ha ocurrido en muchos lugares, pero me comprenderán si me centro en el continente latinoamericano.

Ha habido obispos padres de la Iglesia, algunos de ellos mártires, Don Helder Camara, Angelelli, don Samuel Ruiz, Leonidas Proaño, Juan Gerardi. Ha habido, menos conocidas, madres de la Iglesia, laicas y religiosas, algunas de ellas mártires. En El Salvador María Julia Hernández, Marianella García Villa, Rufina Amaya, Silvia Arriola. Ha habido comunidades de base, así llamadas porque están a la base de la sociedad de un mundo pobre, y comunidades indígenas que luchan por sus culturas. Ha habido seminarios y universidades que enseñan y promueven la liberación de los oprimidos. Ha habido teología de la liberación y cercanía de iglesias hermanas.Ha habido muchos mártires, mucho amor y mucha entrega. Y la Iglesia se ha parecido un poco más a Jesús.

Al firmar el pacto de las catacumbas los obispos tuvieron sencillez, lucidez y decisión. Quisiera decir ahora lo que, en lo personal, mas me ha impactado de lo que ayudaron a generar una corriente episcopal.

1. El nosotros del pacto fue recogido en Medellín.

En el pacto de las catacumbas los obispos hablaron muy personalmente. No hablaron para enseñar a los fieles, sino para hablar unos a otros. Llegaron a formar un “nosotros” existencial. Y generaron una importante corriente eclesial.

Tres años despues en Medellin los obispos dijeron. “Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores –pidiéndonos- una liberación que no les llega de ninguna parte (n. 2). Y añaden lo que no se suele decir: “Llega también hasta nosotros las quejas de que la Jerarquía, el clero, los religiosos, son ricos y aliados de los ricos” (n. 2). Aclaran que a veces se confunde la apariencia con la realidad, pero reconocen que hay cosas que han contribuido a crear la imagen de una Iglesia institucional rica: los grandes edificios, las casas de párrocos y religiosos, cuando son superiores a las del barrio en que viven; los vehículos propios, a veces lujosos; la manera de vestir heredada de otras épocas…

Esclarecidas las exageraciones, y hablando en primera persona los obispos reconocen lo que de verdad hay en las quejas. “En el contexto de pobreza y aun miseria en que vive la gran mayoría del pueblo latinoamericano, los obispos, sacerdotes y religiosos tenemos lo necesario para la vida y una cierta seguridad, mientras los pobres carecen de lo indispensable y se debaten entre la angustia y la incertidumbre” (n. 3).

Reconocen el distanciamiento y desinterés que los pobres resienten. “No faltan casos en que los pobres sienten que sus obispos, o sus párrocos y religiosos, no se identifican realmente con ellos, con sus problemas y angustias, que no siempre apoyan a los que trabajan con ellos o abogan por su suerte” (n. 3). Resuena el papa Francisco.

Estas palabras pensadas y detalladas muestran que los obispos tomaron en serio existencialmente, como personas y como grupo, el clamor de los pobres.

Y tambien lo presupone las palabras iniciales de Medellin. “Existen muchos estudios sobre la situación del hombre latinoamericano. En todos ellos se describe la miseria que margina a grandes grupos humanos. Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo” (n.1).

El texto es de suma importancia. Al ponerlo al comienzo de todo el documento los obispos confiesan lo que está en su mente y en su corazón. Y llama poderosamente la atención que, siendo un texto escrito por obispos, creyentes en Dios, amantes de Jesucristo y servidores en la Iglesia, sus primeras palabras no sean palabras religiosas, ni bíblicas, ni dogmáticas. Son palabras sobre la realidad de este mundo; más en directo, sobre su pecado. Mencionan a quienes lo sufren, y, por implicación, a quienes lo cometen. El pecado mayor es la “injusticia”. Las palabras “clama al cielo” pueden ser el equivalente al término español “desorbitante”, pero también se pueden entender como en Éxodo 3, 9: “El clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí”, dice Jahvé.

2. Mons. Romero fue fiel a los pobres hasta el martirio

El cambio de Monseñor se debió sustancialmente al asesinato de Rutilio Gande el 12 de marzo de 1977 en Aguilares. Es bien conocido. Ahora quiero recordar su total cercanía a pobres, empobrecidos y víctimas.

El 19 de junio de 1977 Monseñor volvió a Aguilares, cuando el ejército salió del pueblo tras un mes de haberlo ocupado y haber asesinado alrededor de cien campesinos. Recuerdo perfectamente como comenzó su homilía: “A mí me toca ir recogiendo cadáveres”.

Fue duro con los criminales y les recordó las palabras de la Escritura: “Quien a hierro mata, a hierro muere”. En el ofertorio presentó a Dios a las cuatro religiosas que se había ofrecido a sustituir a los sacerdotes expulsados de Aguilares. Y a los campesinos que, atemorizados, no habían ido al templo, pero que podían escuchar sus palabras a traves de altavoces les dijo: “Ustedes son la imagen del Divino Traspasado… [Este pueblo] es la imagen de todos los pueblos que, como Aguilares, serán atravesados, serán ultrajados”(1) .

Monseñor preparaba sus homilías pensando en el pueblo sufriente. Así lo dijo en su última homilía dominical, la víspera de ser asesinado:”Le pido al Señor durante la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y, aunque siga siendo una voz que clama en el desierto, sé que la iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir su misión” (2) .

Y con ese pueblo se comprometió hasta el final. “Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio me exige” (3) .

Monseñor tomó en serio la construcción de una iglesia, la relacionó con el pueblo crucificado. La Iglesia de Jesús es una Iglesia perseguida. En un arrebato evangélico dijo: “Me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida, precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres”(4) . Y en un arrebato mayor confesó: “Sería triste que, en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente, no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas de su pueblo” (5) .

Monseñor fue un hombre feliz. En 1979 le dijo al comienzo de la homilia al director de una delegación de Iglesias hermanas de Estados Unidos: “Quiero que a su regreso exprese simplemente lo que ha visto y oído, y lleve el testimonio de que con este pueblo no cuesta ser buen pastor; es un pueblo que empuja a su servicio… Más que un servicio… significa para mí un deber que me llena de satisfacción” (6) .

En el funeral que celebramos en la UCA un poco despues del asesinato Ellacuria dijo en su homilia: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”.

3. Otro 16 de noviembre, en 1989, en El Salvador fueron asesinados seis jesuitas y dos trabajadoras de la UCA.

Después de Medellín no solo Monseñor Romero fue asesinado. Ya he mencionado al principio los nombres de hombres y mujeres mártires. También hubo niños y ancianos. Permìtaseme recordar ahora a mis compañeros asesinados hace 26 años. Me han hecho pensar sobre lo que es el cristianismo, la Iglesia y la universidad. Por ser jesuitas su recuerdo puede ayudar a los religiosos y religiosas. Y por trabajar en una universidad puede ayudar a laicos y laicas.

Iluminan el cristianismo porque reprodujeron en forma real, no intencional o devocional, la vida de Jesús. Su mirada se dirigió a los pobres reales, los que no dan la vida por supuesto y viven y mueren sometidos a la opresión del hambre, la injusticia, el desprecio, y a la represión de torturas, desaparecimientos, asesinatos, muchas veces con gran crueldad. Se movieron a compasión e “hicieron milagros”, poniendo ciencia, talentos, tiempo y descanso, al servicio de la verdad y de la justicia. Y “expulsaron demonios”.

Ciertamente lucharon contra los demonios de fuera, los opresores, oligarcas, gobiernos, fuerzas armadas, y de esos defendieron a los pobres. No les faltaron modelos, Rutilio Grande y Monseñor Romero. Y fueron fieles hasta el final, en medio de bombas y amenazas, con misericordia consecuente. Murieron como Jesús, y han engrosado una nube de testigos, cristianos, sacerdotes, religiosos, también agnósticos, que han dado su vida por la justicia. Estos son los “mártires jesuánicos”, referente esencial para los cristianos y para cualquiera que quiera vivir humana y decentemente en nuestro mundo.

Fueron fieles a su vocación, y actualizaron a San Ignacio. Su tarea fue bajar de la cruz al pueblo crucificado, la liberación de la opresión, especialmente la producida por causas estructurales, y elegir el camino de la civilización de la pobreza en contra de la civilización de la riqueza, acumuladora y deshumanizante.

En este contexto me parece oportuno recordar un hecho singular: los mártires de la UCA nunca discernieron si era voluntad de Dios quedarse en el país, con riesgos, amenazas y persecuciones, o salir del país. Creo que ni se les ocurrió. Actuaron “sin dubitar ni poder dubitar” (Ejercicios de San Ignacio n. 175).

Si nos preguntamos “que movía y atraía la voluntad”, podemos decir que era “Dios nuestro Señor” comunicándose al alma. Pero creo que conocemos las realidades históricas que no les ataban al pais: “el sufrimiento del pueblo”, “la vergüenza que daba abandonar al pueblo”, “la fuerza cohesionante de la comunidad”, “el recuerdo enriquecedor de Monseñor Romero, de nueve sacerdotes y cinco religiosas asesinadas”, incluso el “haberse acostumbrado a la persecución”. Pienso que todo ello movía la voluntad e iluminaba las decisiones y el camino a seguir. Dios no actuaba a través de cualquier cosa, sino a traves de las que hemos mencionado.

El Padre Arrupe dijo de ellos que “éstos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres impulsados por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de raza o de clase. Hombres que sepan identificarse con los que sufren, vivir con ellos hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender los derechos humanos, hasta el sacrificio de la vida, si fuera necesario” (19 de marzo, 1977, una semana despues del asesinato de Rutilio Grande).

Con los jesuitas murieron asesinadas dos mujeres: Julia Elba Ramos, 42 años, cocinera de una comunidad de jóvenes jesuitas, pobre, alegre e intuitiva, y trabajadora toda su vida. Y su hija Celina, 15 años, activa, estudiante y catequista; con su novio habían pensado comprometerse en diciembre de 1989. Se quedaron a dormir en la residencia de los jesuitas, pues allí se sentían más seguras. Pero la orden fue “no dejar testigos”. En las fotos se nota el intento de Julia Elba de defender a su hija con su propio cuerpo. Son el símbolo del pueblo crucificado, inocente e indefenso.

Una última reflexión creyente. De los mártires de la UCA, unos fueron más parecidos a Monseñor Romero, los jesuitas. Otros fueron más parecidos al pueblo crucificado, las dos mujeres. Mirándolos a todos ellos y ellas en su conjunto, podemos decir que con ellos y ellas Jesús y su Dios pasaron por este mundo cargando con la cruz. Pero también hay que decir que, contra toda apariencia, en ellos y ellas pasó el Dios de la salvación. Así lo escribió el P. Ellacuría con rigor científico. Por mi parte escrito: “fuera de los pobres -y de las víctimas- no hay salvación”.

4. Los mártires traen salvación

Hemos recordado a mártires. Su vida y su muerte son de gran dureza, y por eso mis palabras pueden sonar fuertes. Pero también es verdad que a ellos se dirigen las bienaventuranzas de Jesús. Y que para nosotros son -pueden ser- una bendición: nos animan a entregarnos a los demás y a tener esperanza, ánimo que no se encuentra, con esa fuerza, en ninguna otra parte, ni en la liturgia ni en la actividad de la academia.

Los seis jesuitas de la UCA cargan con nosotros y nos llevan en su fe, Julia Elba y Celina nos llevan en la suya, pero de manera distinta. Yo al menos, no puedo entrar en su misterio. Pero Dios sí lo conoce y ellas -Dios sabe cómo- nos llevan a Dios.

Y contra toda ciencia y prudencia, los mártires generan esperanza. Miles de campesinos pobres, con familiares muertos, se juntan la víspera del 16 de noviembre en la UCA para celebrar unos con otros, rezar y cantar. Jürgen Moltmann lo teorizo muy bien hace unos años: “no toda vida es ocasión de esperanza, pero sí lo es la vida de Jesús, quien, por amor, tomó sobre sí la cruz”.

Para terminar quiero agradecer al Papa Francisco que se ha estado moviendo de nuevo en las catacumbas. A su modo, con humor y sencillez, con dureza y con cariño. Quiere reformar la Iglesia. Ayudémosle, no solo aplaudamos.

A Monsenor Luigi Bettazzi un gran abrazo. Y el agradecimiento de los salvadoreños a quienes nos ayudo en los años dificiles.

Y a los mártires, que descansen en paz. Que su paz nos transmita a los vivos la esperanza, y que su recuerdo no nos deje descansar en paz.

Más información en: pacto de las catacumbas

 

 

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