«Quien viene a África durante un mes no tiene derecho a abrir la boca»



P. Carlos Collantes, misionero javeriano en Camerún
El P. Carlos Collantes, misionero javeriano, llegó a Camerún en 1986. Tras diez años en la Parroquia Jesús, el Buen Pastor, de Yaundé, y otro año en la comunidad de Bafoussan, se vio obligado a regresar a España por su situación familiar. Ahora, cumplidos los 70 años, ha regresado a su primera misión con la ilusión de los inicios.

¿Por qué javeriano?

Mi vocación misionera se forjó siendo estudiante de Teología en el Seminario de Burgos. Como era uno de los responsables de Jóvenes sin Fronteras en aquella ciudad, pude conocer al responsable de la asociación en Madrid, que era javeriano. Por ahí vino la ­conexión.


Se ordenó sacerdote en mayo de 1979 y siete años después llegó a Camerún.

Los Javerianos habían abierto en 1982 nuestra presencia en Camerún con dos misiones. En 1986 abrimos una tercera en Oyom-Abang, un barrio de la zona oeste de la capital. Llegamos con mucha ilusión invitados por el arzobispo de Yaundé, Mons. Jean Zoa, un hombre muy lúcido que vio que la capital ofrecía una buena oportunidad a la misión. La ciudad entonces era receptora de una fuerte inmigración procedente de otras regiones del país.



¿Quiénes fueron los pioneros de la apertura de la misión?

Llegamos dos sacerdotes y tres estudiantes de Teología porque, desde su fundación, la comunidad de Oyom-Abang ha sido siempre una casa de formación javeriana. Al principio vivimos en una casa del barrio y todo era nuevo para nosotros. Entras en un mundo culturalmente muy distinto y la primera sensación que experimentas es una inseguridad enorme. Había estudiado un año de francés en París, pero el que se habla en Camerún tiene sus peculiaridades, su tonalidad y debes adaptarte. Además, los primeros meses los pasé mal porque cogí un tifus que desarmó mi ­organismo.

La procesión de las ofrendas durante una celebración eucarística en la Parroquia de Jesús, el Buen Pastor, en Yaundé (Camerún). En la página superior, El P. Carlos Collantes impone las manos a una feligresa durante una celebración eucarística en su parroquia, situada en la barriada de Oyom-Abang, en la capital camerunesa. Fotografías: Enrique Bayo
¿Cómo afrontó el nuevo desafío misionero?

Hice un gran esfuerzo por aprender el ewondo, que es la lengua de los grupos autóctonos y la que se usa en la liturgia, aunque la mayoría en el barrio habla francés. Es difícil, con varios tonos, pero afronté su estudio consciente de que aprender una nueva lengua es mucho más que memorizar palabras. Detrás de la lengua hay una cultura, una manera de estar en el mundo y de interpretar la realidad. Descubres, por ejemplo, la importancia de la dimensión religiosa de la gente por la presencia de continuas referencias a Dios. También intenté comprender la sabiduría que encierran los proverbios locales, que son para mí una auténtica mina de antropología cultural. Otro aspecto importante fue visitar los barrios acompañado por algún catequista para encontrarme y hablar con la gente, no solo con los católicos, sino con todo el mundo.


¿Qué ha aprendido en este proceso de inculturación?

Infinidad de cosas, todas muy ricas, pero, además, cuando profundizas en la cultura que vehicula la lengua y los proverbios, te acercas a la compleja y omnipresente cuestión de la explicación causal del sufrimiento y el mal. Aunque no niegan las motivaciones naturales, como la enfermedad o los accidentes, la gente hace referencia casi siempre a causas ocultas que es necesario identificar. Es una explicación causal que, como ellos dicen, «el ojo del blanco no ve».


¿Este tipo de creencias persiste entre los católicos?

Sí. También entre los cristianos y los musulmanes se percibe este mundo de las causas ­ocultas, porque tiene un trasfondo cultural muy arraigado. Es interesante adentrarse en él y descubrir que, sea o no verdad, genera un miedo real en las personas cuando el sufrimiento o la muerte les tocan de cerca. Esto genera sospechas y desconfianzas, y es ahí donde te das cuenta del poder liberador de la fe cristiana. A veces hay personas con un doctorado y muy bien formadas que cuando viven experiencias de sufrimiento consultan a un vidente y, por otro lado, te encuentras a gente muy sencilla, que apenas sabe leer, pero que posee una fe sólida en Jesús, y cuando atraviesan por circunstancias parecidas se abandonan en total confianza a Jesús y viven la situación dolorosa de una manera mucho más serena.

Dos feligresas. Fotografía: Enrique Bayo


¿La elección del nombre de la parroquia tuvo que ver con esta cuestión?

En efecto. La parroquia fue erigida oficialmente el 26 de diciembre de 1984, festividad de san Esteban. Nosotros llegamos en agosto de 1986 y la parroquia no tenía nombre todavía. Mons. Jean Zoa vino en la solemnidad de la Epifanía de 1988 a ordenar a dos compañeros como diáconos. Durante la homilía, él mismo sugirió dos nombres: la Epifanía, fiesta misionera muy vinculada con nuestro carisma, o la Sagrada Familia, que coincidía con una de nuestras prioridades pastorales. Poco después tuvimos una reunión del Consejo Pastoral para dar un nombre a la parroquia. Teníamos ya tres posibilidades: San Esteban, la Santa Epifanía y la Sagrada Familia. Alguien propuso en la reunión: «¿Y por qué no Jesús, el Buen Pastor?», y fue el elegido. El nombre tenía una finalidad claramente liberadora para nosotros, porque evoca el Salmo 23: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan». La denominación, desde el principio, quiso ser una invitación, una interpelación dirigida a nuestros cristianos para decirles: «No tengáis miedo de ese mundo oculto y, si lo tenéis, sabed que hay alguien que os protege, libera y acompaña». Jesús, el Buen Pastor ofrece una visión de fe esperanzada frente a todas esas angustias tan reales.


¿Usted ha visto ese miedo?

En mis últimos años en la parroquia dediqué muchas horas al ministerio de la escucha y vi reflejado ese miedo en el corazón de mucha gente. Las personas venían a pedirme ayuda y, aunque sus interpretaciones me pueden parecer extrañas, porque pertenecen a un mundo cultural distinto al mío, necesito conocerlas para saber cómo situarme y no despachar a las personas diciendo que se trata solo de supersticiones. Lo importante para mí es saber que tengo delante a una persona de carne y hueso que está viviendo una angustia real que debo tomarme muy en serio.


¿Cómo actúa ante estas personas?

Siempre a partir de la fe en Jesucristo. Yo sé que esta persona ha venido a mí no por mi cara bonita, sino porque soy sacerdote y sabe que, en razón de nuestra ordenación, tenemos un poder y quiere que hagamos fructificar ese poder en beneficio suyo. Lo primero que hago es escuchar para que se sienta respetada. Lo hago con mucha atención, porque con frecuencia usan un lenguaje codificado debajo del cual se esconden otros conflictos subterráneos y reales. Después, siempre hay que hacer algún signo para que se vayan tranquilos. Puedes dar un consejo, pero si no haces un signo, aunque te digan «Merci, mon père», en el fondo se podrían ir pensando: «Es un blanco, no ha entendido». Suelo orar con ellos, con frecuencia algún salmo, e imponerles las manos.

Carlos Collantes con un miembro de la comunidad parroquial de Jesús, el Buen Pastor, en Yaundé. Fotografía: Enrique Bayo

¿Ha vivido experiencias de transformación, de liberación o de conversión?

Muchas. Recuerdo el caso de Bahel, un vidente y curandero tradicional ya anciano que me llamó para que le ayudara a expulsar los malos espíritus que se habían instalado en el tejadillo de su casa. Nos hicimos amigos y hablaba con él muchas veces, así que le propuse que se hiciera cristiano. Le pedí a un catequista, Germán, que le ayudara en la preparación al bautismo, pero me dijo que no podía porque con anterioridad había despreciado a Bahel. En efecto, este le había dicho que iba a tener un accidente de moto y que él le podía proteger, o «blindar», como se dice técnicamente en este mundo. El catequista le dijo: «No, yo creo en Jesús y me basta. Él me protege». Cuando escuché la historia, le dije a Germán: «Nadie mejor que tú para acompañar a ­Bahel, porque tú le has mostrado tu fe en Jesús y no en sus ritos y amuletos». Bahel se bautizó y ahora una hija suya es religiosa de las Hijas de la Caridad.


¿Qué piensa de las oenegés, cooperantes y asociaciones que llegan a África desde Occidente proponiendo sus valores y su manera de entender la vida?

No tengo experiencia directa de trabajar con oenegés, excepto con Manos Unidas, que nos ha ayudado en algunos proyectos, pero en principio pienso que quien viene aquí durante un mes no tiene derecho a abrir la boca. Hay un proverbio que dice: «El que está de paso, el extranjero, no se da cuenta de cuándo un pastel de cacahuete está podrido». Es decir, se queda solo en la superficie, por eso hay que ser muy cauto antes de querer imponer otros valores. Yo mismo me lo he planteado durante mis años más frenéticos de actividad pastoral y tuve que pararme para meditar y rezar más. La propuesta cristiana implica valores humanos y evangélicos que merece la pena compartir con la gente.


Pero también los otros vehiculan valores positivos, aunque no tengan el apellido de evangélicos.

Seguro que sí, pero insisto: no es aceptable que alguien venga de fuera sin conocer la realidad y quiera decir a la gente lo que tienen que hacer. Incluso cuando llegan enfermeros y médicos, pueden curar la parte visible de la enfermedad, pero hay una parte invisible para cuya sanación necesitas conocer mucho su mundo cultural y andar con pies de plomo para encontrar una palabra de consuelo. Hay personas que hablan de reducir la natalidad, y pueden tener razón cuando se trata de hacer frente a la paternidad irresponsable, pero hay que saber que aquí se considera una riqueza tener un gran número de hijos. Bueno, al menos en la sociedad tradicional, porque ahora con la modernidad todo está cambiando. Creo que la poligamia disminuye por la propuesta cristiana, pero también por los condicionantes económicos y por la conciencia de la propia dignidad de muchas mujeres.


Después de dejar Camerún vivió en España más de 24 años. ¿Qué servicio misionero prestó?

Regresé a España para acompañar a mi hermano en el hospital. Su muerte fue un duro golpe para mis padres –también para mí- y pasé una temporada con ellos animándolos a sobreponerse. Después he trabajado en la capellanía africana de Madrid, un trabajo muy humano y muy pastoral ayudando a migrantes africanos a integrarse en la vida eclesial española. También trabajé en el Servicio Conjunto de Animación Misionera (SCAM) y en CONFER como responsable del área de Misión y Cooperación. Los últimos diez años fui el Delegado de los Misioneros Javerianos en España. Durante ese tiempo he acompañado el proceso de apertura de nuestra comunidad en Fnideq (Castillejos), en Marruecos.

Dos niños encienden unas velas en la catedral de la capital camerunesa. Fotografía: Enrique Bayo
Hace unos meses regresó a la Parroquia Jesús, el Buen Pastor. ¿Qué cambios ha encontrado?

El barrio ha crecido muchísimo y de nuestra parroquia han nacido otras cuatro. Ves signos claros de progreso y de mejora, pero persisten situaciones de precariedad. Hay casitas en medio de zonas muy insalubres rodeadas de basura junto a mansiones de un cierto lujo. Intento abrir los ojos y me siento tranquilo, porque manejo las claves culturales de la gente.


¿Y la comunidad?

Somos cuatro padres: Richard, camerunés, que es el párroco; Gilbert, congoleño, rector y formador de los estudiantes; Gianni, italiano de 80 años que, desde su experiencia de vida, es el acompañante espiritual,  y yo, que estoy presente en la parroquia como vicario y en la formación como vicerrector. Con nosotros viven y se forman diez religiosos jóvenes: cuatro de la RDC, tres burundeses y tres indonesios. Todos colaboran en la pastoral y, al mismo tiempo, estudian Teología en el Centro Ngoya, cerca de nuestro barrio. Después de tantos años, constatamos que la experiencia de este centro de formación insertado en una parroquia está resultando muy positiva.


Supongo que es un peligro regresar después de tantos años y querer repetir lo mismo que hacía antes.

Ni quiero ni puedo repetir nada. Mis compañeros han trabajado muy bien. Hay 13 grupos de adultos y una coordinadora; otros tantos grupos de jóvenes y niños con su coordinadora. También están las comunidades eclesiales de base. Así que intento aportar siguiendo lo ya realizado. Es verdad que constato un cristianismo devocional, centrado en la religiosidad popular, y siento cierta resistencia interior, porque a mí me gustaría un cristianismo más implicado en la transformación social. Pero hay que comprender que es su manera de agarrarse a Dios ante tantas dificultades. Hay que ser pacientes y acompañar sus itinerarios progresivos. Siempre te alegras de encontrar a tantas personas que viven en Jesús una liberación interior frente a sus miedos.  

Fuente: Edit. Mundo Negro. Agosto 2025

Jubileo de los jóvenes de la familia comboniana

Unos 270 jóvenes procedentes de África, Europa, América y Timor Oriental se dieron cita en la sede de la Curia comboniana en Roma para celebrar como familia comboniana el Jubileo de los Jóvenes. Antes del encuentro con el Papa en Roma, los grupos participantes, realizaron una experiencia previa en comunidades combonianas de Milán, Verona y Florencia donde tuvieron la oportunidad de reflexionar sobre la justicia social, la ecología integral y la dignidad de cada persona, valores que están en el centro de la misión comboniana.

Congreso de Vocaciones. Y yo, ¿Para quien soy? Testimonio misionero de Lucía Fonts, Misionera comboniana

Durante este fin de semana se está celebrando en Madrid el Congreso de vocaciones. Procedentes de diferentes realidades: diócesis, vida consagrada y movimientos, más de 3000 personas se han dado cita en el pabellón «Madrid-Arena», en el que tendrán lugar diferentes itinerarios y trabajo en grupos, que incluyen talleres, experiencias y testimonios.

En este contexto vocacional, compartimos el testimonio de Lucía Fonts, misionera comboniana en República Centroafricana que está compartiendo su vida y su fe con los pigmeos. Como estudiante de enfermería, inicialmente su deseo era ser cooperante, pero el Señor quería más, le pedía la vida entera, y ella se dejó llevar.

Puedes conocer más de cerca su experiencia vocacional y misionera en la siguiente entrevista que le hicieron en el programa «Eclesia al día»

Las casualidades de Dios

el P. José Luis Román con un grupo de chicos en Acornhoek.

Compartimos el testimonio del P. José Luis Román, misionero comboniano que hasta hace pocos meses vivía en la comunidad de Granada y que hace unos meses fue destinado a Sudáfrica. Gracias, Pepelu por tu entusiasmo misionero y por tu entrega generosa a la misión. Que Dios te acompañe en esta nueva etapa de tu vida.

Después de mucho tiempo de ausencia, hace algunos meses dejé España para regresar a Sudáfrica con la misma ilusión y entusiasmo que cuando vine la primera vez. Sudáfrica, su gente y su cultura me cautivaron desde el inicio. Otra vez vuelvo a ver las estrellas en la oscuridad, las jirafas y los elefantes buscando comida en esta estación de sequía, los tambores de los hechiceros que llaman a los antepasados para consultarles algún agravio o desventura.

Regreso a mi primer amor, como solemos decir los misioneros cuando volvemos a la misión en la que empezamos nuestro andar evangélico. Estoy en la ciudad de Acornhoek, en la región de Mpumalanga, que significa ‘el lugar donde sale el sol’. Aunque no debería, porque corro el peligro de caer en la tentación de pensar que todo sigue igual, esperaba encontrar muchas cosas igual que las dejé. Pero me he dado cuenta de que no es así.

A medida que pasa el tiempo y voy yendo de un lugar a otro, me voy encontrando a gente conocida, a jóvenes que ya no lo son tanto y que entonces formaban parte del grupo parroquial. Unos están casados y tienen hijos, algunos se fueron a buscar trabajo y comenzar sus vidas en familia en Johannesburgo, Pretoria o Ciudad del Cabo, otros abandonaron la Iglesia y se convirtieron en pastores de Iglesias independientes, y otros ya no están con nosotros, se fueron a la casa del Padre.

Es bonito ver que en esta zona donde estoy la gente ha mejorado su nivel de vida. En mi primera etapa se construía con paja y barro, la típica choza redonda que todos asociamos a África. Gracias a Dios, las cosas han cambiando y ahora encontramos casi todas las casas construidas con cemento y ladrillo, con algún que otro jardín y algún que otro letrero en la pared que advierte de la presencia de un perro guardián. Por lo visto, el negocio de la construcción está en auge. 

Lo que aún tiene que mejorar son los caminos, las calles y las carreteras. Aún tenemos muchos kilómetros de tierra y en las pocas carreteras alquitranadas de mi zona hay que conducir con mucho cuidado. La lluvia y los camiones las han estropeado de tal manera que, si vas despistado, pierdes las ruedas. Aunque el Gobierno se esfuerza por solucionar este problema, las vías de comunicación están en muy mal estado.

En otros tiempos, la parroquia gozaba de la presencia de niños, jóvenes, adultos y ancianos de los que brotaban la alegría y el entusiasmo cuando nos reuníamos. Las celebraciones litúrgicas eran vivas, había espontaneidad, cantos y danzas. En la misión había movimiento. Sin embargo, la corrupción, la violencia y el coronavirus han causado bastante daño a la comunidad parroquial. A la misión, que ahora está rodeada de vallas y puertas automáticas, viene muy poca gente. Si alguien quiere visitarnos tiene que llamarnos por teléfono para que abramos el portón. Algunas comunidades han desaparecido y en otras se nota cierto desánimo. Apenas hay niños y jóvenes, e incluso algunas de nuestras iglesias están vacías. 

Pero en otras comunidades del interior hay vida y ganas de compartir la fe. Hay ganas de recuperar el espíritu de creatividad y empezar a hacer cosas nuevas. Creo que este va a ser nuestro  principal trabajo misionero en la parroquia: la animación evangélica. Es verdad que en talleres, encuentros y conferencias a nivel arciprestal y diocesano se reúne un gran número de jóvenes y de confraternidades, sin embargo, a nivel parroquial se nota la disminución de fieles.

Y aquí estoy, intentando integrarme en esta nueva realidad y recuperar la lengua tsonga para poder comunicarme bien con esta gente querida. Me he embarcado en la aventura de aprender sepedi porque en nuestra parroquia se hablan tsonga, sepedi e inglés y quiero conocer las tres. Para animarme me acuerdo de María Dolores Ballesteros Morales, una señora mexicana que vi en Internet que se licenció en Derecho con 80 años. ¿Qué es aprender un idioma comparado con el mérito de esta señora? Así que, adelante, ¡a estudiar se ha dicho!

Estoy muy agradecido al Señor por hacerme volver a mi primera misión. Quizá esto sea un regalo y una manera de decirme: «Pepelu, estás abriendo un nuevo capítulo de tu vida misionera». Así que me pongo en sus manos y le digo: «Aquí estoy, Señor, con mis buenas intenciones y mi condición pecadora para hacer tu voluntad». Tomo la Biblia, me pongo la cruz, meto el rosario en el bolsillo y me preparo para llevar la comunión a los enfermos. Cuando regreso cojo a un joven que está haciendo autoestop y que se alegra de hablar con un mulungu, con una persona blanca. Está tan emocionado que quiere que le acompañe hasta su casa y salude a su familia. Una familia humilde que se sorprende al ver que un blanco hable su idioma. Sin buscarlo, puse un toque de alegría en aquel hogar. Me preguntaron quién era, de dónde venía y qué hacía aquí. Bromeamos, nos reímos y al final me pidieron la bendición. Esto también es una forma de evangelizar. Posiblemente el Señor quiso que fuera allí por alguna razón, ya que para Dios no hay casualidades.

P. José Luis Román, MCCJ

Lucía Fonts, misionera entre los pigmeos

Compartimos el testimonio de Lucía Fonts, misionera comboniana española que está compartiendo su vida entre los pigmeos de la República Centroafricana. Ella nos cuenta cómo es evangelizar en medio de conflictos, sus alegrías y dolores y sobre todo las enseñanzas que recibe de los pigmeos.

Gracias Lucía por tu entrega y generosidad y por seguir haciendo realidad el sueño de Comboni de «Salvar África con África».

Os dejamos con la temática de la entrevista y el minuto exacto donde comienza cada tema.

00:00 Introducción

02:15 El horno de la vocación

24:28 La misión en Centroáfrica

26:05 Enfermera de los pigmeos

35:16 Acompañándolos en la muerte

38:00 Niños, educación y promoción de la mujer

44:51 Lo que ellos me dan es mucho más

49:15 Ser misionera en medio de una guerra

53:07 Si hay que dar la vida, la damos

Extra: 47:40 ¿Cómo se saluda en Centroáfrica?