Flávio Schmidt, LMC de Contagem (Minas Gerais)-Brasil
Del 16 al 29 de junio tuve la oportunidad de compartir experiencias y aprender con los LMC de otros países que están aquí en la provincia Comboniana de Brasil Nordeste, además de los padres y hermanos Combonianos de esta provincia que están actualmente en Açailandia (estado de Maranhão).
Estos días me alojé inicialmente en la casa de Ilária y Federico, una pareja italiana que llevan poco más de un año en Brasil y han venido por un periodo de tres años.
En este tiempo he conocido un poco las comunidades que pertenecen a la parroquia de San Juan Bautista, que están a cargo de los Misioneros Combonianos, con su realidad de frontera y de lucha, relacionada con los impactos medioambientales de las siderúrgicas que existen alrededor, a las zonas cercanas al río con peligro de desprendimientos, donde las casas están moviéndose y en algunas hasta cedió una parte, la organización de las comunidades, los desafíos y las victorias….

Visitamos también dos comunidades en municipios próximos de “Quebradoras de coco babaçu”, mujeres que se dedican a la recolección y tratamiento de este fruto típico de esa región de selva preamazónica. Estas comunidades están ubicadas en diferentes poblados y tienen realidades muy distintas. En la primera, una cooperativa organizada, con un área de RESEX (Reserva extractiva), regularizada por el Estado y donde los habitantes tienen autorización para la extracción sostenible. En la cooperativa se fabrica la harina del mesocarpo (parte blanca del coco babaçu que queda entre la cáscara exterior y el centro donde están las semillas) que sirve para hacer pasteles, gachas… Y el aceite de babaçu, extraido de las semillas del coco. La cascara que sobra se convierte en carbón. Del coco se aprovecha todo. Una de las dificultades que están encontrando es que hay gente que quema el coco entero para hacer carbón y venderlo a las siderúrgicas. Esta práctica rompe todo el ciclo del babaçu, impidiendo la extracción de los productos mencionados arriba.
En el otro poblado también existe una cooperativa compuesta por un grupo de unas 40 familias, pero no tienen una zona de reserva RESEX delimitada. La única zona donde pueden recolectar el coco es una pequeña franja de selva rodeada de monocultivo de eucalipto, que pertenece a una empresa de celulosa. Es una situación incierta pues esas tierras también pertenecen a la empresa celulosa. Además de esto a la máquina que utilizan para extraer el mesocarpo se le quemó el motor hace más de tres meses. El arreglo costaba alrededor de 300 reales, pero no tenían ese dinero. Tenían la promesa por parte de las empresas de dotarles de una estructura para la extracción del aceite pero hasta el momento no lo habían cumplido.
Ver todas aquellas cosas de las que hasta entonces sólo había leído, me provocó un gran cuestionamiento sobre el sentido del porqué vamos allá, conocemos la realidad de estas personas, vemos sus necesidades, nos rebelamos con la situación y al final entramos en los coches y nos volvemos para casa, indignados. Pero ellas continuan en la misma situación, con las mismas dificultades, en la misma espera. Incluso podríamos ayudar con alguna cosa, pero sólo conseguiríamos cambiar un poco la situación actual. Sería un asistencialismo puntual, que después sería ineficaz para realmente resolver las necesidades de este pueblo. Pero después, haciendo una relectura de la visita, percibí con que satisfacción, e incluso un aparente alivio, aquellas mujeres, debajo de la choza donde pasaban el día partiendo el coco, demostraban al hablar de sus problemas y dificultades, de su condición y necesidades, que estaban agradecidas por poder compartir y hablar de sus luchas con otras personas dispu estas a escuchar, que aunque no pudiesen hacer nada, estaban allí, con ellas, sentados juntos, presentes, interesados en lo que decían. La escucha y el “estar con”. Aunque pensaba que no estábamos haciendo nada, para ellas eso marcaba la diferencia.
Estos días también participé del I Seminario “Comunicar para rescatar nuestra cultura”, evento organizado como conclusión de los cursos de formación profesional en el área de comunicación para jóvenes promovidos por el “Punto de cultura”, coordinado por los Hermanos Combonianos y los LMCs.

Otro día, en compañía del P. Pedro, pude visitar la cárcel de Açailandia y conocer la pastoral penitenciaria de allí. Una realidad totalmente diferente a la que conocía de la Pastoral penitenciaria en Contagem (Minas Gerais) de donde vengo. Encontré celdas abarrotadas y una situación precaria (realidad que ya conocía en las cárceles de nuestro sistema penitenciario brasileño), con muchos jóvenes encarcelados. También, en la misma cárcel una celda femenina. Pasamos de celda en celda, conversamos, rezamos con ellos. Ante esta realidad de sombras también existen luces: fue bonito conocer un grupo de mujeres que, voluntariamente, organizan una vez al mes una colecta, preparan y llevan a los presos una comida especial. Un gesto sencillo, gratuito, pero que tiene un gran significado para aquellos que lo reciben, pues desafía al imaginario, cuestiona sobre el porqué de esta acción, y ayuda a reflexionar, a encontrar esperanza donde todo parece perdido.
Un sentimiento parecido pude sentir en la visita al municipio de Buriticupu, concretamente a los poblados que sufren impactos medio-ambientales por las actuaciones de la compañía minera Vale, por la proximidad a las vías del tren y, sobre todo, por el reciente proyecto de duplicación de las vía, lo que conlleva la necesidad de expropiar algunas propiedades. Es motivador ver la actuación del CDDH (Centro de Defensa de los Derechos Humanos, fundado por la LMC española Carmen Bascarán) junto a estas comunidades a través de la campaña “Justicia en los Vías del tren” (www.justicanostrilhos.org), concienciándolos sobre sus derechos, incentivándolos a organizarse como comunidad, dándoles apoyo jurídico para no ser engañados por quienes quieren sacar provecho.
La semana siguiente me alojé con la pareja formada por Dida, brasileña, y Xoan Carlos, LMC español que reside hace varios años en el Brasil. Ellos cuidan la Casa Familiar Rural (CFR) de Açailandia. una escuela de enseñanza media técnica agrícola, destinada a alumnos venidos de familias que viven de la agricultura familiar en Açailandia y alrededores. Un trabajo muy rico e importante, que educa a estos jóvenes para que aprendan técnicas que tornen sus propiedades más productivas, garantizando así el sustento de la familia y disminuyendo la emigración del medio rural debido a la falta de condiciones de vida dignas. En la escuela cuentan con una serie de actividades prá cticas a través de grupos productivos, acompañados por un monitor que da las orientaciones para las actividades, siempre relacionadas con algo que puedan aplicar en su propiedad familiar.
La última semana en Açailandia tuve la oportunidad de presentar el Proyecto LMC en un programa de radio local llamado Kairós, organizado por un grupo en colaboración con los misioneros Combonianos.
En definitiva, ha sido un periodo repleto de aprendizaje y de compartir vida y esperanza, a favor de la misión Ad-Gentes y de la construcción del Reino de Dios. Agradezco a Dios por esta oportunidad y a todos los que me acogier on durante estos días