El pasado domingo celebramos nuestro día los Laicos Misioneros Combonianos.
Este año y debido a la pandemia las celebraciones presenciales han sido bastante difíciles y reducidas.
Pero desde Europa surgió la iniciativa de festejar todos juntos vía internet nuestro día. Y así lo hicimos.
Nos reunimos más de 100 LMC de todas las partes del mundo para compartir juntos nuestra fiesta y celebrar nuestra vocación. Es verdad que nuestros compañeros de África tuvieron más dificultad para unirse debido a los problemas de Internet.
Comenzamos con un saludo en varias lenguas a cargo de Carmen Aranda (coordinadora del comité europeo) y pudimos recordar en un pequeño video realizado en Brasil el instante en el que el papa Francisco nos saludó durante nuestra asamblea internacional celebrada en Roma. Fue un momento emotivo.
Después pudimos rezar un rato juntos usando cada uno la lengua propia y así hacer presentes nuestras diferentes realidades personales, familiares y de servicio misionero que están y han estado presentes durante este año. Pedimos al Señor por las dificultades que está atravesando todo el planeta y las situaciones más difíciles de algunos países, así como también agradecer por todo lo aprendido en este tiempo y por los momentos de solidaridad vividos durante el año.
Tuvimos muy presentes también al resto de la Familia Comboniana, que se unió para felicitarnos en este día.
Seguidamente continuamos compartiendo los videos de presentación que los diferentes países habían enviado para este día especial. En ellos pudimos saludar a los hermanos y hermanas de los diferentes países y ver parte de su labor misionera así como alguna música y cosas propias del país de cada uno.
A medida que se acerca el Día de los Laicos Misioneros Combonianos (LMC) –el tercer domingo de Adviento, este año el 13 de diciembre– nos gustaría compartir un poco más sobre lo que significa ser LMC. Cada uno de nosotros viene de diferentes países, de tres continentes diferentes, de diferentes culturas, idiomas, lo que hace que tengamos una gran variedad de experiencias. Pero también hay muchas cosas que tenemos en común. Como decía Comboni “la Obra debe ser católica, no ya española, francesa, alemana o italiana. Todos los católicos deben ayudar a los pobres negros, porque una nación sola no puede socorrer a toda la estirpe negra.” (San Daniel Comboni, E. 944).
La principal experiencia es el amor a la misión. Todos encontramos este deseo de difundir el Evangelio en el mundo y de servir a los demás, especialmente a los más pobres. Realizamos esta vocación de diferentes maneras: sirviendo en el campo de la salud, la educación o el trabajo social y también en el trabajo pastoral. Tratamos de “reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite” (Papa Francisco, Fratelli Tutti, n. 1). Como nuestra vocación es para toda la vida no la desarrollamos sólo cuando estamos en el extranjero, lejos de casa, sino también tratando de ser misioneros después de regresar a nuestros países, en nuestros propios ambientes.
Somos un movimiento internacional, en la misión creamos comunidades internacionales, lo cual es una gran riqueza para nosotros, pero también un hermoso signo para la gente de que como cristianos podemos vivir juntos pacíficamente, incluso si venimos de culturas o con idiomas diferentes. Pero también usando todas las herramientas de Internet intentamos encontrarnos online, compartir experiencias. Ahora, durante la pandemia, cuando el encuentro por Internet se ha popularizado tanto, también nosotros aprovechamos la oportunidad de reunirnos con los LMC de otros continentes o nos invitamos unos a otros a participar en reuniones de formación online. También celebraremos nuestra fiesta online. Por un lado, lamentamos no poder reunirnos en persona con los miembros de nuestros grupos en cada país, pero por otro lado nos alegramos de que al reunirnos online la distancia no sea un problema y podamos reunirnos con los LMC de otros países.
Nos gustaría invitarlos a todos a trabajar en nuestra misión. Tal vez algunos de ustedes tengan este deseo de ir a la misión ad gentes.Siéntanse libres de escribirnos un correo electrónico y les guiaremos para que se unan al grupo LMC más cercano. Pero si no pueden ir, porque no es la vocación de todos, entonces pueden hacer un gran servicio con su oración. Rezar por los misioneros y por la gente a la que son enviados. La oración es lo que nos da inspiración, fuerza para servir, para superar las dificultades y problemas, nos da esperanza, fe y amor por la gente. Y también les ayuda a estar abiertos al Espíritu Santo y a la palabra de Dios que escuchan. También les animamos a rezar por nuevas vocaciones, porque “la mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. (Mateo 9, 37-38).
También damos gracias a Dios por todas las personas que nos apoyan de cualquier manera y rezamos pidiendo a Dios que les bendiga.
El encuentro organizado por el comité europeo para todos los LMC de los diferentes países tuvo como tema central “Los desafíos de vivir nuestra vocación misionera como Laicos en Europa”
Tuvimos la oportunidad de exponer cada país su realidad. Muchas de las aportaciones nos ayudaron a entrar en la realidad de la Iglesia en Europa, las dificultades que vamos encontrando al compartir nuestra fe, el retroceso de la religiosidad y de la cultura religiosa entre los jóvenes y la falta de vocaciones.
El componente geográfico de la misión es algo que poco a poco vamos superando y entre todos descubrimos las necesidades misioneras que encontramos en Europa. El viejo continente necesita de nuestra presencia misionera, de la esperanza del evangelio y de la solidaridad, que es expresión de nuestra fe, entre los grupos más vulnerables.
Tuvimos la oportunidad de compartir cómo estamos realizando nuestro servicio misionero en Europa y también compartimos los difíciles momentos que hemos atravesado con la pandemia del coronavirus y cómo ésta nos ha animado a ser creativos.
Las experiencias de cada uno de los cinco grupos nos dan nuevas ideas para estar presentes en estos momentos donde la gente necesita de una presencia esperanzadora.
Redescubrir las video llamadas como manera de permanecer unidos, de rezar juntos, de continuar nuestra formación y de realizar acciones solidarias. Hemos redescubierto la Iglesia doméstica, responsable y protagonista de su fe.
El confinamiento que en un primer momento nos desconcertó fue dando paso a numerosas iniciativas que nos permitían permanecer unidos y en oración y a la vez iniciativas que íbamos abriendo a otros que también buscaban compartir y seguir creciendo en esos momentos.
También compartimos las dificultades de movilidad de estos momentos y de cómo esto ha afectado a nuestras compañeras y compañeros que ya estaban prontos para salir del país a servir en América o África.
Son momentos donde ser solidarios con todos aquellos que lo están pasando mal. Las dificultades se agudizan para muchos, en especial para aquellos que ya estaban en el escalón más bajo como la población inmigrante y otros sectores precarizados. Por otro lado, debemos permanecer atentos a las necesidades de los demás hermanos de otros continentes. La pandemia está azotando a casi todos los países e incluso aquellos que no sufren un gran número de casos se están viendo castigados económicamente por la necesidad de recluir a su población. Ahora más que nunca entendemos lo pequeña y necesitada que es nuestra casa común y la necesidad de solidaridad entre todos.
Debemos ser partícipes de un cambio de prioridades en el mundo de hoy, seguir comprometidos con la educación de los más jóvenes para que crezcan conociendo esta necesidad, pero a la vez continuar luchando por un mundo más justo desde donde estemos.
Europa es lugar de presencia misionera, de una presencia misionera que se hace cercana y signo de esperanza entre los más necesitados del continente (material y espiritualmente pues no podemos olvidar que alimentar este espíritu y los valores que hacen posible una sociedad más solidaria es fundamental). Pero a la vez una presencia misionera que continúe abriendo Europa al mundo, motivando hacia la responsabilidad por un mundo mejor, más humano, más fraterno. Que acabe con las desigualdades que el sistema económico impone en tantos países, colocando a la persona en el centro y donde la economía y las estructuras se pongan al servicio de la sociedad.
La misión sigue siendo más necesaria que nunca. Anunciar que todos somos hermanos y hermanas, que debemos solidarizarnos los unos con los otros, construyendo un mundo mejor para todos, cuidando la naturaleza que es un préstamo de las generaciones venideras y permitiendo una vida digna para todos los pueblos de la tierra.
Nuestro encuentro terminó con una oración donde cada uno, en su propia lengua, puedo compartir esperanzas, peticiones y dar las gracias poniendo todo en las manos del Padre que nos cuida y acompaña.
Comboni dijo que si tuviera mil vidas las daría todas por la misión. Nosotros queremos ofrecer la nuestra y queremos animar a todos los que compartáis estas inquietudes para que os unáis en esta gran labor tan necesaria.
Entre las novedades que nos ha traído esta tristemente famosa pandemia del Covid-19 es que no da demasiado margen a la acción caritativa ni al heroísmo en favor de los demás. En viejas épocas de peste, quien optara por ello se podía dedicar totalmente a los apestados aun a riesgo de sus vidas. Así lo hicieron personas que más tarde fueron declarados santos, como Luis Gonzaga, el rey Luis de Francia o Daniel Comboni. Pero eso ahora está prohibido. Estamos en una sociedad superorganizada que actúa por criterios de higiene científica, y lo que se nos dice es que la mejor manera de ayudar al prójimo es estarse quietecitos en casa para disminuir los riesgos de contagio. Con todo, siempre hay espacios para la generosidad, aun en tiempos del coronavirus.
Digo todo esto desde un rincón de África donde, a Dios gracias, ni ha llegado “todavía” en coronavirus y donde las medidas gubernativas de aislamiento no son tan draconianas como lo han sido en Europa. Pero igualmente estamos condicionados de muchas maneras por el virus, el cual es como una espada de Damocles que pende amenazadora sobre nuestras cabezas.
Vivo en la misión de Gilgel Beles, en Etiopía, con dos jóvenes laicos misioneros combonianos, uno español y el otro portugués, que han llegado aquí hace un año. Del coronavirus nada se sabía entonces y venían llenos de ilusión por hacer muchas cosas en favor de los demás. Se dieron sin medida en servicios como la enseñanza de todo aquello que eran capaces de enseñar, las visita as los poblados, llevar al centro de salud a los enfermos que caían en su camino…Trabajaban como a destajo para disfrutar al máximo el breve período de dos años de su permanencia.
Luego, inesperadamente, en mitad de la faena, por así decirlo, llegó el coronavirus. Muchas organizaciones llamaron a sus miembros a volver a la nación de origen. También ellos fueron llamados. Si se quedaban, era bajo su responsabilidad. Y ellos no dudaron en la elección: se quedaban “bajo su propia responsabilidad”, incluso cuando la madre de uno de ellos está pendiente de una delicada operación de cáncer e incluso cuando ellos mismos están aquejados de continuos ataques de tifus y fiebre tifoidea, que los debilitan..
Y aquí siguen. Como ya dije, no es que las medidas de confinamiento sean particularmente duras. El margen de movimiento es todavía bastante amplio, al menos mientras no asomen por nuestra zona los primeros contagios. Sin embargo, todo el rimo de las actividades se ha resentido. Al paralizarse totalmente la vida académica y al estar prohibidas las reuniones, ya no pueden enseñar .a grupos y la biblioteca que habían abierto ya no tiene clientes.
A pesar de todas estas limitaciones, intentan resistir hasta el límite. Se han encariñado con esta gente y, aunque no puedan hacer muchas cosas “por ellos”, pueden sí estar “con ellos”. Y ellos sienten que la simple presencia en estos momentos de tribulación es un valor que de por sí ya justifica tanto el haber venido como el quedarse el mayor tiempo posible.
Me siento uno de los herederos de la Visión profética de San Daniel Comboni de «Salvar a África a través de África», cuya visión se ha intensificado hoy en día con un África que salva al mundo.El Señor nos dice: «Como el Padre me envió, así os envío yo» (Jn 20,21).
Era una mañana de domingo que prometía uno de esos hermosos días del 15 de marzo, cuando llegué con mi equipaje a esta tierra de misión, las tierras de la República Centroafricana, no tendría palabras adecuadas para expresar lo que sentía en lo más profundo de mi ser en esos momentos. Llegué a Bangui, después de un largo período de formación incluyendo la experiencia comunitaria en Kinshasa. Fue para mí un momento de emoción en el corazón, por un lado la alegría de la misión, por otro el dolor de la separación porque detrás de mí dejé el país que me vio nacer, la tierra de mis antepasados, mi familia, mi trabajo, mi comunidad, mis amigos, etc… Todavía podía recordar el último cara a cara con mi padre en la víspera de mi viaje y esa mañana en el aeropuerto con mi madre que me acompañó junto con el capellán de los LMC en Congo, el Padre Celestine Ngore y nuestro coordinador LMC de Kinshasa el Sr. Gerald Kambaji.
Ahora sabía que pertenecía a una nueva familia, una nueva tierra me había adoptado y estaba feliz de saber que el Señor me esperaba, aquí en la RCA, y que tendría nuevos hermanos y hermanas.
Inicio de la aventura
Tan pronto como llegué a Bangui, fui bien recibido por el Padre Claude-Bernard mccj, que había venido a recogerme y llevarme a la comunidad donde iba a vivir. Al llegar a la comunidad me presentó el lugar y me informó que tenía que pasar 14 días en cuarentena para observar si tenía signos del coronavirus. Fue entonces cuando me di cuenta de que había llegado a Bangui en un momento marcado por la pandemia de covid-19. Ha sido un momento especialmente difícil para la delegación comboniana de la RCA porque el primer caso de covid-19 en el país fue el de un padre misionero comboniano que dio positivo tras su regreso de Italia y todos los cohermanos que estuvieron en contacto físico con él cuando regresó a Bangui fueron puestos en cuarentena durante 15 días para ver si también ellos habían sido infectados.
En este contexto, el Estado había adoptado medidas preventivas para limitar los riesgos de contagio en un país en el que existen pocas estructuras sanitarias equipadas capaces de gestionar esta pandemia a gran escala. Así que cada persona que llega a la República Centroafricana, tiene que pasar dos semanas en cuarentena como tiempo de observación. Fue en este contexto que pasé mis primeros 15 días en cuarentena. Al principio fueron tiempos difíciles para mí, momentos de soledad en una habitación que apenas conocía. Aunque estaba físicamente solo, me sentía junto a miles de personas confinadas en el mundo, presos detenidos injustamente en sus celdas, enfermos sin apoyo, marginados obligados a vivir en soledad, y recibía mensajes de apoyo y aliento a través de las redes sociales de todas partes. Me sentí fortalecido por las palabras de nuestro patrón «las obras de Dios nacen y crecen al pie de la Cruz» y, como esto fue durante Cuaresma, aproveché la oportunidad para entrar en la profundidad de este misterio y presentar mi misión al Señor y pasar un tiempo escuchándolo, y finalmente, como Comboni, di gracias a Jesús por las cruces.
El descubrimiento de Centroáfrica
Después de mi cuarentena no mostré ningún signo de covid-19, finalmente pude salir y entrar en contacto con otros, pero de acuerdo con las reglas de un distanciamiento apropiado. Así que junto con los padres comenzamos los pasos legales para estar en orden con los papeles. Por fin pude descubrir la ciudad de Bangui, pude ver los monumentos en cada rotonda de la ciudad, como el monumento de los Mártires, de la paz, de Bartolomé Boganda y el de Oumar Bongo Odima, por nombrar sólo algunos. Una ciudad rica en cultura. Los árboles estaban cubiertos de polvo porque aquí es la estación seca que dura seis meses. Pude ver y escuchar a los centroafricanos, lo hermoso que fue escuchar este nuevo idioma, hablar con suavidad y belleza un idioma del que también se usan algunas palabras en lingala que hablamos en Kinshasa en casa. A pesar de estas pocas palabras que también se utilizan aquí, me resultó complicado porque no entendía nada de esta lengua que en mi país se llama sango, sango significa sacerdote religioso, mientras que aquí es el nombre de un idioma, así que entendí que tengo que aprenderlo todo, ya que pensé que las cosas iban a ser similares porque la RDC y la RCA son países vecinos y compartimos otras tribus. Llegué a la conclusión de que debía aprender todo sin excepción y que África es una sola, pero que difiere según la cultura de cada país.
En un momento en que el mundo entero está afectado por el coronavirus, las autoridades centroafricanas han decretado una emergencia sanitaria y han invitado a la población a confinarse y han prohibido estrictamente la reunión de más de 15 personas, por lo tanto, han cerrado escuelas, iglesias, bares y cualquier reunión deportiva o de otro tipo. Pero aquí la mayoría de la población no respeta el confinamiento decretado por las autoridades, me doy cuenta de que es difícil para una mayoría de población pobre que vive en la madrugada como decimos aquí. Así que se ven obligados a salir a vender y buscar algo para alimentar a sus familias. Es aquí donde me di cuenta de la gracia del Señor y la protección divina.
En este momento todavía estoy en Bangui para seguir aprendiendo el idioma y cosas útiles para mi misión en Mongoumba. Nuestro Fundador, San Daniel Comboni, pide la formación de personas santas y capaces. En este período de aprendizaje, sigo siendo paciente, abierto y con escucha atenta adopto la actitud de un niño. Les pido que recen por mí, no me olvidaré de hacer lo mismo.