Mensaje del papa para la 89ª Jornada Mundial de las Misiones

«La misión no es proselitismo o mera estrategia«, sino pasión por Cristo, por la gente y el Evangelio.

Lo escribe el Papa Francisco en su mensaje para la 89ª Jornada Mundial de las Misiones que este año se celebrará el domingo 18 de octubre, en el contexto del Año dedicado a la Vida Consagrada y que se ha hecho público  hoy en la Solemnidad de Pentecostés.

En este amplio documento el Papa Bergoglio subraya el «fuerte vínculo» existente entre la vida consagrada y la misión, a la vez que anima a los jóvenes y a los laicos a comprometerse cada vez más en la obra misionera de la Iglesia.

Francisco recuerda en su Mensaje que «la dimensión misionera, al pertenecer a la naturaleza misma de la Iglesia, es también intrínseca a toda forma de vida consagrada«, por lo que no puede ser descuidada sin que deje un vacío que desfigure su carisma. La misión – escribe el Papa – es parte de la «gramática» de la fe, es algo imprescindible para los que escuchan la voz del Espíritu que susurra «ven» y «ve».

De modo que quien sigue a Cristo «se convierte necesariamente en misionero», y sabe que Jesús «camina con él, habla con él, respira con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera», tal como el mismo Santo Padre afirma en su Exhortación apostólica Evangelii gaudium.

El Santo Padre también destaca que para muchas congregaciones religiosas de vida activa el anhelo misionero que surgió del Concilio Vaticano II se puso en marcha con una apertura extraordinaria a la misión ad gentes, a menudo acompañada por la acogida de hermanos y hermanas procedentes de tierras y culturas encontradas durante la evangelización, por lo que hoy en día se puede hablar de una interculturalidad generalizada en la vida consagrada.

Precisamente por esta razón, es urgente volver a proponer el ideal de la misión en su centro: Jesucristo, y en su exigencia: la entrega total de sí mismo a la proclamación del Evangelio. Por esta razón – escribe el Papa – no puede haber ninguna concesión sobre esto: «Quien, por la gracia de Dios, recibe la misión, está llamado a vivir la misión».

Dirigiéndose especialmente a los jóvenes, el Papa también recuerda que en los Institutos misioneros los formadores están llamados tanto a indicar clara y honestamente esta perspectiva de vida y de acción como a actuar con autoridad en el discernimiento de las vocaciones misioneras auténticas. De ahí que pida a la juventud que no se dejen robar el sueño de una misión auténtica, de un seguimiento de Jesús que implique la entrega total de sí mismo.

E invita a los jóvenes a preguntarse, en el secreto de su conciencia, cuál es la razón por la que han elegido la vida religiosa misionera y a evaluar la disposición a aceptarla por lo que es: un don de amor al servicio del anuncio del Evangelio, recordando que, antes de ser una necesidad para los que no lo conocen, el anuncio del Evangelio es una necesidad para los que aman al Maestro.

Dentro de esta compleja dinámica, el Santo Padre también invita a preguntarse: «¿Quiénes son los destinatarios privilegiados del anuncio evangélico?». Y responde que la respuesta es clara y la encontramos en el mismo Evangelio: los pobres, los pequeños, los enfermos, los que a menudo son despreciados y olvidados, los que no tienen como pagarte (cf. Lc 14,13-14). La evangelización, dirigida preferentemente a ellos, es signo del Reino que Jesús ha venido a traer.

Por esta razón escribe que «existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres». Y pide, tal como lo hace en su Exhortación apostólica, que «nunca los dejemos solos». Lo que debe estar claro especialmente para las personas que abrazan la vida consagrada misionera; puesto que «con el voto de pobreza se escoge seguir a Cristo en esta preferencia suya, no ideológicamente, sino como Él, identificándose con los pobres, viviendo como ellos en la precariedad de la vida cotidiana y en la renuncia de todo poder para convertirse en hermanos y hermanas de los últimos, llevándoles el testimonio de la alegría del Evangelio y la expresión de la caridad de Dios».

Francisco también escribe que «para vivir el testimonio cristiano y los signos del amor del Padre entre los pequeños y los pobres, las personas consagradas están llamadas a promover, en el servicio de la misión, la presencia de los fieles laicos».

Y recuerda que las Instituciones y Obras misioneras de la Iglesia están totalmente al servicio de los que no conocen el Evangelio de Jesús. Además, en el inmenso campo de la acción misionera de la Iglesia, el Papa reafirma que «todo bautizado está llamado a vivir lo mejor posible su compromiso, según su situación personal». Y antes de impartir su Bendición Apostólica, el Papa concluye su Mensaje encomendando a María, Madre de la Iglesia y modelo misionero, a todos los que, ad gentes o en su propio territorio, en todos los estados de vida cooperan en el anuncio del Evangelio.

 

San Romero de América: obispo de los pobres y orpimidos

El próximo sábado será beatificado Monseñor Óscar Romero, el mártir por excelencia de los últimos tiempo en América Latina, el obispo de los pobres y oprimidos de el Salvador…

Que el pastor – mártir nos ayude a crecer en la fidelidad a Jesucristo y en el compromiso junto a los pobres y olvidados.

«Monseñor Romero fue un hombre extraordinario, preocupado por su rebaño y es un ejemplo claro al mundo de un pastor que vivió y que sufrió junto a los más pobres».

Voz profética en la Conferencia Episcopal

En 1994 salió el documento «La Iglesia y los pobres». Ahí la Conferencia Episcopal, con una frescura evangélica y con un lenguaje que todos entendían animó a la comunidad cristiana en la construcción de una sociedad más justa optando por la causa justa de los excluidos y socialmente insignificantes.

Veinte años después, por fin la Conferencia de obispos retoma la causa de los pobres, denunciando la injusticia social en nuestra economía, y apuntado desde el evangelio los principios para superarla. La Instrucción «La Iglesia servidora de los pobres» que salió de la Conferencia Episcopal celebrada en abril, es novedosa no sólo como signo de renovación en la Conferencia sino también por su contenido de ardiente brío profético.

Los obispos «intentan mirar a los pobres con la mirada de Dios que se nos ha manifestado en Jesús«. «No a la economía de exclusión; a esta economía que olvida a tantas personas, que no se interesa por los que menos tienen, que los descarta convirtiéndolos en sobrantes, en desechos». Nuestra iglesia local entra en sintonía con la preocupación y orientaciones de los dos últimos papas

Precisamente por la novedad y talante profético de la Instrucción, extraña más la irrelevancia de la misma en los medios de comunicación y me temo que en la misma comunidad cristiana ¿Qué factores pueden estar influyendo en este fenómeno?

1. Ya en la segunda etapa postconciliar salieron documentos importantes sobre la cuestión social. Pensemos por ejemplo en las encíclicas “Sollicitudo rei socialis”(1987). “Centesimus Annus”(1991) y más reciente, “Caritas in veritate” (2005). Pero da la impresión de que estos documentos no han tenido la debida recepción en la comunidad católica española de las dos últimas décadas. Se ha dado prioridad a movimientos y grupos que fomentan una espiritualidad donde los problemas sociales entran sólo tangencialmente. Poco a poco se fue apagando aquel fervor por la justicia social que respiraban por los años 70 del siglo pasado comunidades cristianas en las periferias de las grandes ciudades y en las publicaciones católicas de aquellos años. La ideología del neoliberalismo económico fue narcotizando también al profetismo de la comunidad cristiana en el terreno social.

2. A raíz de Concilio, la Conferencia Episcopal Española publicó documentos muy oportunos orientando sobre la conducta de los cristianos en cuestiones candentes para la organización social. Valgan como ejemplo “Actitudes cristianas ante la situación económica de España”, 1974 (Comisión Permante). Con la misma preocupación social y en ese mismo año fue bien significativa la Conferencia Episcopal Tarraconense: “Misterio Pascual y acción liberadora”. En 1984 salió el documento “Constructores de la Paz”; y en l992 “La Iglesia y los pobres”. Pero en los últimos veinte años se ha notado una cierta ausencia de la Conferencia Episcopal en la orientación sobre los problemas sociales. Ausencia más lamentable cuando venimos sufriendo la dura crisis económica que agranda las diferencias entre los pocos ricos y los muchos pobres. Tal vez los obispos se refiera a ese silencio cuando ahora declaran en la Instrucción : “Pedimos perdón por los momentos en que no hemos sabido responder con prontitud a los clamores de los más frágiles y necesitados”.

3. Debemos felicitarnos por esta voz profética de la Conferencia. Es urgente que los cristianos escuchemos esta voz y tratemos de responder con nuestra práctica de vida. Pero hay una cuestión de fondo: durante las últimas décadas en la sociedad española cada vez más plural se viene generalizando la indiferencia religiosa y hay una creciente agresividad contra la Iglesia que no es percibida por muchos como mediación creíble del evangelio. ¿Cómo corregir esa visión deformada sobre la Iglesia? En la Instrucción los obispos reconocen: “Nos están reclamando a gritos el beneficio de una nueva evangelización”. Pero la dificultad para evangelizar hoy en esta sociedad no está sólo en la complejidad cultural con el eclipse de Dios. La mayor dificultad para evangelizar hoy está dentro de la misma comunidad católica. La mayoría de los bautizados apenas conocen las orientaciones del Vaticano II, hay gran confusión sobre artículos fundamentales del credo, y en la misma celebración litúrgica se aprecia la desorientación existente. Seguimos en el dualismo de lo sagrado y lo profano, del alma y del cuerpo, la espiritualidad evasiva y las elaciones sociales sin espiritualidad. Ese dualismo no es compatible con la encarnación donde lo divino y lo humano van inseparablemente unidos. Donde la experiencia de filiación se prueba en la fraternidad. Y Donde la fraternidad se construye cada día en las relaciones sociales.

 
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El Vaticano da luz verde al proceso para beatificar a don Hélder Câmara

Helder Camara

 El 6 de abril, la Arquidiócesis de Olinda y Recife, en Brasil, recibió el parecer favorable de la Congregación para las Causas de los Santos, al autorizar el inicio del proceso de beatificación y canonización de quien fuera su obispo durante más de dos décadas (1964-1985) y, probablemente, el más emblemático pastor brasileño «con olor a oveja»: dom Hélder Pessoa Câmara. Fue uno de los grandes defensores de las causas de los pobres, especialmente en la época de la dictadura, que asoló el país en el mismo periodo en que fue arzobispo de Olinda y Recife.

La notificación se produjo a menos de dos meses de la misiva que el prefecto del dicasterio romano, el cardenal salesiano Angelo Amato, escribiera al actual arzobispo metropolitano, António Fernando Saburido, el pasado 16 de febrero, confirmándole la recepción de su solicitud de nihil obstat para iniciar el proceso de beatificación del Siervo de Dios, a nivel diocesano. En su carta, Amato expresaba que aguardaba el parecer de otros dicasterios para poder emprender el proceso de beatificación. Ahora, la Curia romana ha dado vía libre para iniciar el camino que conducirá al obispo brasileño a los altares.

El siguiente paso es reconocer sus «virtudes heroicas». Para ello, una comisión jurídica se reunirá para estudiar los textos publicados en la vida y analizar los testimonios de personas que conocieron al «don de la paz», como es conocido Mons. Helder.

A continuación, el ponente del caso, nombrado por la Congregación, preparará un documento llamado Positio, que recogerá los informes y estudios. Una vez aprobado, el Papa concede el título de Venerable Siervo de Dios. El siguiente paso es la beatificación. Ser beato, o beatificado, significa presentar un modelo de vida a la comunidad y, también, el actuar como intermediario entre los fieles y Dios. Finalmente, para ser proclamado santo es imprescindible un milagro, que debe tener lugar tras la beatificación.

Antes de su muerte en Recife a los 90 años de edad, el 27 de agosto de 1999, el «olor de santidad» de dom Hélder se extendía por todo el país. Maurício Jardim, párroco de São Vicente Pai dos pobres, en la Arquidiócesis de Porto Alegre, recuerda que, aunque no lo conoció personalmente, «desde que entré en el seminario en 1991, oigo hablar de su santidad como hombre de Dios y pastor incansable, comprometido con los más pobres». También destaca que «en el Concilio Vaticano II fue uno de los promotores del ‘pacto de las Catacumbas’, que en 1965 afirmó el compromiso de una ‘Iglesia pobre para los pobres’; además, a nivel de la Iglesia de Brasil, impulsó la fundación de la Conferencia Nacional de los Obispos (CNBB)».


Precursor de la CNBB

En efecto, en 1936, cuando era sacerdote, tuvo a su cargo la creación del Secretariado Nacional de Acción Católica Brasileña, instancia precursora de la CNBB. En 1952, a los 43 años, recibió la ordenación episcopal y Pío XII le nombró obispo auxiliar de Río de Janeiro, por entonces capital del país. Ese mismo año participó activamente en la organización de la CNBB, tras recibir la aprobación del proyecto que había presentado a finales de 1950 ante uno de los integrantes de la Secretaría de Estado del Vaticano, el obispo Giovanni Battista Montini –futuro papa Pablo VI–, con quien entabló una profunda amistad.

El encuentro con los pobres de Río le llevó a fundar la Cruzada San Sebastián (1955) y el Banco de la Providencia (1959), a fin de interceder a favor de los pobres y de los favelados, para que vivieran en condiciones humanas y dignas.

Incansable en su compromiso con los marginados, muy pronto su nombre se asoció a la promoción humana, la opción preferencial por los pobres, la pastoral de las favelas y la defensa de los derechos humanos. La mexicana Socorro Martínez Maqueo, religiosa del Sagrado Corazón y coordinadora continental de las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), dice que «dom Hélder es uno de los grandes padres de la Iglesia de América Latina y es referencia en el caminar del pueblo de Dios. Como obispo, puso en práctica el Vaticano II y creyó e impulsó la Iglesia desde la base, desde las CEB; es un profeta que abrió caminos para el compromiso radical con los pobres y por los derechos humanos».


Celam y Concilio Vaticano II

Desde la primera conferencia en Río en 1955 hasta 1992, fue el delegado del episcopado brasileño en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). Como tal estuvo presente en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín, 1968), la tercera en Puebla (1979) y la cuarta en Santo Domingo (1992). Fue presidente y vicepresidente del CELAM.

Participó activamente en el Concilio Vaticano II, siendo elegido padre conciliar en las cuatro sesiones del concilio. Fue uno de los proponentes y signatarios del Pacto de las Catacumbas, un documento firmado por cerca de 40 padres conciliares, el 16 de noviembre de 1965, en las Catacumbas de Domitila, en Roma, durante el Concílio Vaticano II, después de celebrar juntos la Eucaristía. El pacto fue un compromiso a adoptar una vida de sencillez y despojada de posesiones, con una nueva actitud pastoral orientada a los pobres y los trabajadores.

El 15 de agosto de 1967 fue uno de los redactores y firmantes del Manifiesto de los 18 Obispos, que apoyando el llamado de Pablo VI en la éncíclica Populorum Progressio, toma posición contra los «opresores del mundo de los pobres», llama a sustituir el capitalismo y a promover un verdadero socialismo, sin colectivismo totalitario ni persecución religiosa. Tanto el pacto como el manifiesto tuvieron fuerte influencia en el surgimiento de la Teología de la Liberación.


Arzobispo en medio de la dictadura

Su llegada a Olinda y Recife como arzobispo coincidió con el inicio de la dictadura militar. Indeclinable en su defensa de los derechos humanos y de la justicia social, alzó su voz profética para denunciar toda clase de atropellos, represalias, torturas, desapariciones y muertes. En 1969, fue acusado de demagogo y comunista. «Si doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo; pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre, me dicen que soy comunista», solía decir. Ni las amenazas contra su vida ni la censura de sus palabras lograron amedrentarlo. Su voz y sus escritos trascendieron fronteras y en cuatro ocasiones fue nominado al Nobel de la Paz.

Saburido, su actual sucesor, ha manifestado que «fue un hombre de mucha oración y acción, un profeta con coraje que enfrentó muchas dificultades, especialmente con la represión militar». Dom Hélder fue «una persona muy humana y especialmente disponible a los más pobres. Todo esto contribuye a que tengamos interés en encaminar este proceso», concluye el obispo. Como en el caso del arzobispo salvadoreño Óscar Romero, próximo beato, es posible que en el corazón del pueblo brasileño ya sea santo.


Un tiempo para escribir

De entre su muy voluminosa obra escrita cabe mencionar:

– El Evangelio con Dom Helder
– El desierto es fértil
– Mil razones para vivir
– Las conversiones de un obispo
– Cristianismo, socialismo, capitalismo
– Espiral de violencia
– La rebelión de los economistas
– Revolución de los no violentos: una iniciativa
– La Iglesia y el desarrollo de América Latina
– Pobreza, abundancia y solidaridad

Jueves Santo: a su Mesa en su pecho

Podría haber sido de otra manera. Podría haber dicho otras tantas cosas. Podría haberse derramado en otros tantos gestos. Y sin embargo, fue en una cena. Fue grabado a fuego en el corazón su testamento. Fue derramado en la mesa, en el Pan y en el Vino.
Y desde entonces, para siempre.
Para ti.
Para nosotros.
Para que vivas.

   

JUEVES SANTO
Todo tu hacer me tiene pensativa;
pensándote me paso el llanto entero.

Para pasar el hambre, toma el pecho,
el mío, que te doy para que vivas.

Blanco mantel he puesto almidonado
por el llanto tardío de mi culpa
para la cena mística del dueño.

Dame el pan de tu cuerpo en una carta,
bébete mis palabras con el mío,
junta ahora tus palmas con mis palmas,
que ellas quieren rezar de cuatro en cuatro.

Gloria Fuertes