Biblioteca Misionera: «Daniel Comboni, misionero y profeta»

Comenzamos una nueva sección en nuestro blog. Se trata de lo que hemos llamado «Biblioteca misionera». Cada mes haremos una reseña de algún libro de interés  para nuestra formación misionera.

Para empezar nos acercaremos a la figura de S. Daniel Comboni a través del libro: «Daniel Comboni, misionero y profeta» de Juan Manuel Lozano de la Editorial Mundo Negro.

el libro nos acerca a la biografía de Daniel Comboni, primer obispo de África Central y fundador de las Misioneras y de los Misioneros Combonianos; escrita desde la admiración y el rigor histórico. Es la historia de una pasión, vivida hasta las últimas consecuencias: dar a conocer el mensaje de Cristo a los pueblos africanos.

Comboni intuyó y trazó un “Plan para la regeneración de África”, cuyo objetivo era la evangelización de África para los mismos africanos.

Esta obra nos ofrece el perfil de un hombre de una fe profunda y de una espiritualidad fraguada en el horno de la humillación y la duda. Con una fe ciega en el valor redentor de la Cruz, nada ni nadie hizo retroceder a Comboni ante el clamor del pueblo africano.

«PASIÓN CON ÁFRICA». Via Crucis Misionero

Compartimos con todos vosotros este Viacrucis misionero preparado por Monseñor Jesús Ruiz, mccj. Obispo Auxiliar de Bangassou (Republica Centroafricana) que nos ayudará a rezar esta Cuaresma con África y desde África.

África subsahariana vive su particular Viacrucis donde el Señor Jesús continúa a sufrir su pasión en la carne de tantos africanos…

Nigeria, Mali, Burkina Faso, Níger, Chad, Camerún, Mozambique, RDCongo, Centroáfrica…, vivimos realidades comunes como la alta mortandad infantil y el bajo índice de vida…; las continuas pandemias como el sarampión, el SIDA, la tuberculosis o el paludismo…; los conflictos bélicos orquestados desde la ambición de potencias extranjeras…; el bajo índice de desarrollo provocando pobreza y miseria, fruto de un sistema económico injusto que no hace sino endeudar cada vez más al continente africano…; la corrupción de gobiernos locales, muchas veces incapaces de mirar a su pueblo…; los fundamentalismos de toda índole…; la crisis ecológica y los desastres medio ambientales…; las prácticas ancestrales como la brujería, la escisión de las mujeres…

Es desde estas realidades comunes, que me acerco a la pasión de nuestro Salvador Jesús viendo en Centroáfrica la actualización de su pasión y muerte… “Nadie me qui-ta la vida, soy yo quien la entrego libremente”.

Pasión sí, pero una pasión preñada de Vida. Lo que más sorprende de África son los raudales de vida que corren por doquier en situaciones de muerte, y destrucción tan inéditas… Sí, África es vida…; África está llamada a renacer, África lleva en sus raí-ces los gérmenes de inmortalidad, pues el Señor Jesús, “la amó y se entregó… para que tengan vida y una vida en abundancia”…; África vive y sufre… África vivirá.

Desde mi realidad de europeo -viviendo ya 33 años en África-, comparto esta humilde contribución en signo de agradecimiento a esta África que me ha dado tanto y que me abre cada día al don de la vida en Dios.

P. Jesús Ruiz Molina, MCCJ
Obispo auxiliar de Bangassou
(República de Centroáfrica)

Viacrucis Pasion con AfricaF

Reunión grupo discernimiento LMC

El grupo de discernimiento LMC  sigue caminando y nos comparte algo de lo que han trabajado en su última reunión.
«Esta vez en la reunión del grupo de discernimiento  hemos trabajado el tema de ser persona como un proceso. El crecimiento no solo se da en la fe sino que también hemos de crecer y no poco como personas, solo desde este crecimiento podremos llegar a amar realmente y acceder a la fe. Os dejo con lo que nos ha compartido Rosa, que forma parte del grupo.
Ser persona…
Tarde intensa de profundizar en lo que somos, donde estamos y sobre todo lo que nos queda por avanzar, descubrir y transformar…buscando un equilibrio simultáneo entre el camino de fe y humano e intentando ofrecer siempre la mejor persona que podemos ser en cualquier situación.
Todo ello iluminado con la oración, guiado por la sabiduría de Raúl y compartiendo entre tod@s nuestras vivencias. Regalo de tarde en cuaresma…
Seguimos caminando juntos…»
Gracias!
Rosa

Colegio Esperanza

La etapa escolar, sobre todo la infantil y la primaria, suele marcar nuestras vidas de una manera u otra. Grandes recuerdos se amontonan: amigos y amigas que son una gran parte de lo que fuimos, maestros y maestras que tocaron nuestros corazones y abrieron caminos que hasta entonces ni imaginábamos… En general, vida compartida que nos apasionó, nos lleno de alegría y que casi siempre consideraremos como la mejor etapa.

Sin embargo, en Etiopía, el colegio puede tener un sentido más completo.

En la región en la que vivo, Gumuz, la familia Comboniana tiene 5 guarderías (3 los padres Combonianos, 2 las hermanas Combonianas) y un colegio de primaria (de las hermanas Combonianas). Todos estos centros fueron petición del propio gobierno local, hace ya más de 20 años, que entendió que esta región escasamente desarrollada precisaba de espacios educativos que cumplieran dos objetivos: por un lado, potenciar la educación con el fin de poder garantizar un futuro autónomo y digno; por otro lado, crear espacios donde puedan convivir niños y niñas de todas las etnias presentes en la zona, en igualdad y compañerismo, de manera que la división (tan presente y tan profunda en la región) vaya desapareciendo desde los pilares de la vida (la infancia y la adolescencia) y se fomente la idea de la fraternidad completa.

Ese ha sido el objetivo de la familia Comboniana todos estos años, desde los planes educativos generales hasta el quehacer diario: crear un lugar en el que la convivencia sea tan importante como la adquisición de conocimientos y competencias.

Sin embargo, la realidad social ha cambiado mucho en los últimos dos años. Cuando llegué a Etiopía, esta región estaba sumida en un conflicto étnico de unas etnias contra otras (con asesinatos, desplazados, quema de viviendas, etc.). Cuando la situación estaba normalizándose, el Covid-19 apareció para volver a romper la normalidad, cerrar todo y sembrar el pánico (que ya se había convertido en “visitante” asiduo por esta zona). Y, sin haber conseguido frenar este problema, un nuevo conflicto étnico, aún más grave que el anterior, azotó la vida de los habitantes de la región. Los problemas que encontrábamos en el primer conflicto se multiplicaron, se expandieron y no conocían de religión, edad o sexo para tener un poco de piedad. El día a día quedó dominado por un pánico ya conocido, pero que alcanzó límites insospechados. TODO volvió a cerrarse con la llave del miedo, la violencia y el desánimo.

La situación exigía una respuesta, y el colegio de las hermanas Combonianas, que es sobre el que escribo, se convirtió en algo más que un centro de convivencia, se convirtió en el “Colegio Esperanza”.

Ante la realidad de violencia, muchas personas, principalmente mujeres, niños/as y ancianos/as optaron por abandonar sus casas. Muchos marcharon a esconderse al bosque, pero la gran mayoría de los que vivían alrededor del colegio, de manera casi instintiva, y por una confianza enorme en las hermanas, optó por refugiarse en masa en dicho colegio. Fue sorprendente ver cómo entraban por decenas, o cientos, con lo principal que pudieron coger antes de huir, en una diáspora improvisada, cargando enseres, niños, bebés, grano, animales, etc. El colegio abrió sus puertas, y se convirtió, más que en su casa, en su refugio, puesto que, más que comodidad, buscaban seguridad. Las clases fueron vaciadas y transformadas en lugares donde dormir, cocinar, comer y recibir cuidados; así como otros espacios y zonas comunes, hasta los patios y las fuentes.

Con el paso de las semanas, la situación dio alguna tregua; las personas volvieron a sus casas, pero no a la normalidad. Ante el miedo de que pudieran saquear sus pertenencias, temían principalmente por el grano recolectado durante todo el año. Volvieron a depositar la esperanza en el colegio, que abrió de nuevo sus puertas para que llevaran ese grano, en sacos de cien kilos, para ser almacenado en el único lugar en el que entonces confiaban.

Esta situación fue especialmente grave para los niños y las niñas, que vivían instalados en el miedo y el sentimiento de desprotección. Las hermanas, conscientes de ello, volvieron a poner el colegio al servicio de la infancia, creando un espacio de confianza. A pesar de que oficialmente todos los centros educativos de la zona estaban cerrados, las puertas de nuestro centro protagonista se abrían casi a diario para dar clases de apoyo y repaso, para acoger a todo el que viniese y permitirle pintar, dibujar, leer o escribir; y, lo que más éxito tenía, para organizar (o más bien, improvisar) juegos y actividades deportivas. En ese momento, lo más importante no era que los niños/as y jóvenes aprendieran o fueran evaluados, sino que pudieran entrar en un lugar en el que se sintieran seguros, ilusionados, con la alegría que debería reinar en esta etapa de la vida. Que pudieran jugar, relacionarse en paz y tranquilidad y que se sintieran abrazados y consolados fue la prioridad; en definitiva, que pudieran ser lo que son, niños y niñas, forzados a crecer por una realidad más dura de la que deberían haber conocido.

En todo este proceso, mi compañero de misión (Pedro) y yo nos quisimos implicar al máximo (aunque algunas veces nos fuera imposible desplazarnos por la peligrosidad de los diez kilómetros de camino que separaban nuestra casa del colegio, debido a ataques, redadas, disparos, etc.). Nuestro hacer diario, nuestra ilusión y nuestras fuerzas se volcaron principalmente en acompañar y ayudar a sacar adelante las actividades diarias para niños y niñas; como improvisados profesores, entrenadores deportivos, monitores, acompañantes, y todo lo que podamos

imaginar, procurábamos ofrecer un espacio de acogida y esperanza a todo el que cruzaba las puertas de la calle.

Mañana, veintitrés de febrero, y tras haberse estabilizado bastante la situación, el colegio abre sus puertas al nuevo curso de manera oficial (habiéndose perdido casi medio año). Los alumnos y las alumnas, desde los 3 años hasta el fin de la primaria, volverán a sus clases. En este retornar, la pesadilla quedará atrás; y dudo que alguno llore a las puertas del mismo. Todo lo contrario, estarán deseosos de volver al lugar del que nunca se sintieron apartados; el lugar que supuso para ellos el único espacio de tranquilidad y despreocupación. Los padres y las madres, por su lado, se sentirán más aliviados que nunca, puesto que, si en los momentos de mayor tormento confiaron ciegamente para proteger a sus hijos e hijas (el regalo más preciado que tienen), el que vuelvan a dar clase les llenará de renovada ilusión.

Es por eso que, a pesar de que tiene otro nombre, yo he preferido bautizarlo como el “Colegio Esperanza”.

David Aguilera Pérez, laico misionero comboniano en Etiopía

 

Reunión grupo discernimiento LMC

Compartimos el testimonio de Alfonso, que se encuentran en la etapa de discernimiento para ser LMC. Cada mes, el grupo de candidatos para ser LMC se reúne virtualmente para reflexionar y trabajar juntos un tema formativo en torno a la misión.
«En el encuentro del mes de enero, los hermanos con más experiencia en misiones nos explicaron con claridad y dureza hechos y vivencias misioneras.
La verdad fue clarificador, en mi caso desmontó esa imagen infantil y romántica que podía tener de la misión. En nada acorde a la realidad expuesta. También los discernientes tenemos muchas carencias en materia de fe. Creo que sin un neocatecumenado serio fácilmente podemos caer en el desaliento y en contradicciones. En cualquier caso a la luz de los testimonios de misión y con la ayuda del Espíritu Santo seguimos caminando en nuestra formación y discernimiento. Paz y bien!!»
Alfonso.