Misión al Sur

Os dejamos un nuevo vídeo del programa Pueblo de Dios. En él se cuenta el trabajo de tres  misioneros combonianos españoles destinados en ese país y en diferentes puestos de misión: Rafael Armada, Mariano Pérez y Vicente Reig.

¡Gracias por vuestro testimonio y entrega!

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Retiro sobre “la misión de los Laicos Misioneros Combonianos: desafíos, sueños, esperanzas”

Durante el sábado 16 y domingo 17 de junio nos encontramos en la Osservanza en Bolonia para un tiempo de convivencia, rezar juntos y reflexionar sobre la “Misión de los Laicos Misioneros Combonianos: desafíos, sueños, esperanzas”, dirigido por el Padre João Munari.

El sábado por la tarde estuvieron presentes del grupo de Bolonia: Micaela, Emma, ​​Chiara, Eileen, Agostino, Giuliana, Annalisa y Michele y del grupo de Padova: Fabrizio, Francesca, Dorella y Roberto.

Comenzamos a partir del significado del término “Misión” y de la Palabra.

Para empezar, el padre Juan nos recordó que el Evangelio es una propuesta para todos, tanto para los laicos como para los sacerdotes, hermanas, etc. Las bienaventuranzas son un ideal de vida para todos, no sólo para los religiosos.

El bautismo recibido da pleno derecho (y deber) a cada uno para sentirse parte integrante de la Iglesia, anunciar el Evangelio, trabajar por la Iglesia, es un “derecho de ciudadanía” dentro de la Iglesia para todos los bautizados. Y si queremos construir algo, debemos hacerlo desde la Palabra, no desde documentos.

Nos hicimos algunas preguntas: ¿Qué significa hacer del Evangelio el ideal de nuestra vida? ¿La iglesia se perdió hoy? ¿Qué es lo que el Espíritu nos pide? ¿Por qué el Papa Francisco habla tanto sobre la necesidad de renovar la liturgia? ¿También sentimos esta necesidad? ¿Sentimos fe y vida en las liturgias de nuestras iglesias?

Partiendo de quiénes somos y recordando que el fundamento de nuestra fe es la Palabra, que celebramos en la liturgia, nos concentramos en nuestra relación con el mundo como Iglesia.

La gran revolución es entender que la Iglesia no es el centro del mundo, sino que es la Iglesia la que gira en torno al mundo, así como ocurrió en la revolución copernicana.

Y la renovación de la Iglesia también pasa por la liturgia.

Más adelante dimos tiempo para hablar de los dos grupos: como grupos de Bolonia y Padua hablamos sobre los compromisos asumidos en el territorio durante este año. Hemos enfatizado la riqueza que cada uno de nuestros grupos tras años de camino y que se corre el riesgo de perderlo, disipándolo y no reconociéndolo, por falta de una memoria común.

Después de reflexionar, en torno a la Palabra, cada uno de nosotros presentó una señal del camino de este año: el folleto de los “aperitivo de los Pueblos” organizados en Padua, el folleto de reuniones en las parroquias sobre los “nuevos estilos de vida” organizados en Bolonia, algunos libros significativos (incluyendo Ave María de la escritora Murgia), Wipala, un lápiz 80% reciclado que no rompe y hasta escribe sin punta, la tarjeta con nuestro nombre, el aceite de Nardo.

Después de la cena nos reunimos para escuchar los testimonios de vida misionera de las Hermanas Elisabetta y Federica, Misioneras Combonianas, respectivamente, en Chad y en Centroáfrica. Fue bueno sentir como la alegría y la pasión guían sus pasos, incluso en las dificultades que encuentran diariamente en sus trabajos entre esas poblaciones. Elisabetta, una médica que trabaja diariamente con heridos muy graves debido a las armas de fuego a causa de la guerra interna en Chad; la hermana Federica, una enfermera que trabaja entre los pigmeos en el bosque.

El domingo por la mañana partimos del Evangelio de Juan (6.1-14): Jesús pide a los discípulos, después de la multiplicación de los panes, que recojan las sobras: “Recoger los pedazos que quedan para que no se pierda nada”.

¿Qué hicieron? “Recogieron los pedazos y llenaron doce cestos con las sobras de los cinco panes, dejados por los que habían comido. ¿Cuál será el motivo de tanta riqueza?

Debemos tener cuidado para que nada se pierda. Pensando en nuestros grupos este Evangelio nos invita a redescubrir la riqueza de nuestros grupos en toda Italia.

A continuación, leímos algunas partes de la carta de 1994: Carta del Superior General y su Consejo a todos los cohermanos sobre el Laicado Misionero Comboniano. Aconsejamos a todos para releerla, nos sorprendió leer algunas definiciones, negro en el blanco, afirmando la importancia de la identidad del laico misionero comboniano (“tocado, inspirado y contagiado por el carisma de Comboni”) “Los LMC constituyen un hecho nuevo que nos obliga como religiosos a confiar, tener disponibilidad y creatividad…”, escribe el padre general y muchas otras cosas bonitas que fortalecen la fuerte relación entre religiosos y laicos dentro de la familia Comboniana. En primer lugar, sin embargo, este documento nos recuerda que ser LMC es una vocación. Y aquí todos debemos reflexionar sobre nuestra vocación.

En septiembre, comenzaremos nuevamente a dar forma y contenido a nuestra caminata para el próximo año, preparándonos para enfrentar con fe y coraje los desafíos que nos serán presentados, ¡seguros de que no estamos solos en este camino!

Tú, yo y el nosotros que Dios nos llama a ser

Fuiste la comunidad que nunca escogí pero con la que siempre deseé hacer camino. Tal vez porque en la diferencia encuentro un poco más de mí y en el conjunto revelamos un poco más de nosotros.

Contigo aprendí que la misión no se hace sola, y lo que necesito de ti. Te cruzaste en mi camino y aunque incomprendidamente abriste el corazón y me aceptaste como compañera de camino, sí, en el fondo es un camino lo que hacemos todos los días en este pedazo de tierra del otro lado de la realidad que ambas conocíamos.

Tuviste la mano extendida cuando pensé que nada tenía sentido. Me di cuenta, aquella noche cuando orábamos juntas y todo en mí parecía desmoronarse que, no hay errores en los planes de Dios para cada uno de nosotros. Fuiste y eres el sostén cuando todo parece duro y difícil. Eres una palabra que no se esconde, ojos que hablan, eres tú.

Contigo aprendí las dimensiones del compartir y de la donación, en este triángulo del amor, en una dinámica entre el yo, el tú y el nosotros.

Eres muchas veces los ojos que ven más allá de lo que yo consigo ver. El corazón que me escucha, cuando necesito hablar. Los abrazos que apoyan y sostienen. La mano que siempre se hace presente cuando en el camino aparecen los obstáculos. Dios sabe porque te ha puesto en mi camino y ahora yo también lo sé. Que Dios me ayude a cuidarte y a saber descifrar tu presencia en mi vida y en nuestro caminar.

Lo que juntas conseguimos ser es lo que mueve a esta comunidad en busca de la misión que Jesús tiene para el mundo. Somos silencio, somos risas, somos críticas y exigencia, somos límites e infinito, somos también desde la terquedad de nuestras vidas pasadas y aprendizajes, somos lágrimas muchas veces compartidas entre mis lágrimas y tu hombro o abrazo. Somos oración muchas veces cuando en silencio miramos la misma realidad donde vivimos ahora.

Venga quien venga y diga lo que digan, no importa más. Lo que verdaderamente importa es lo que en nuestras imperfecciones logramos ser de Dios.

Somos testigos de quienes aceptan crecer juntas. Somos Andrea y Paola (Paula en su tierra natal), vidas que Dios unió para caminar en la dirección de un amor que se aprende diariamente, un amor fruto de errores, hecho de oración, hecho de silencios y muchas veces miradas que dicen todo, hecho, de manos extendidas y de tareas compartidas, de mal humor y terquedad, de perspectivas diferentes y de dos maneras que se completan al hacer las cosas.

Somos lo que cada una tiene de sí para dar. Somos en lo que eres y en lo que me enseñas a ser. Somos en lo que aprendemos mutuamente. Somos desde donde sabemos que somos. Amor.

Cuando me reconocí llamada a la misión me supe llamada a ser comunidad. En ese camino supe que Dios me llamaba a ser comunidad con Andrea (como humildemente llaman a la Neuza en Perú). Llegar al Perú fue comprender que era un tiempo de travesía del desierto. Aun así cuando llegué al Perú me sentí feliz, irremediablemente feliz y reconocí que Andrea formaba parte de esa felicidad. Una felicidad repleta de obstáculos, dificultades, alegrías y carcajadas y por eso una felicidad completa. Cuando fui llamada a caminar con Andrea supe que Dios tenía y tiene algo que enseñarme a través de ella. Encontramos a la gente en nuestra vida para hacernos crecer, para hacernos más santas, para enseñarnos a caminar y acercarnos a Dios. Caminar con Andrea exige aceptar que van a haber momentos complicados, difíciles, pero que incluso en el silencio ella está siempre allí. Ella sabe cuándo te despiertas a llorar y viene a abrazarte y sólo se vuelve a acostar cuando está segura que te quedas bien. Ella está ahí mirándote cuando parece que el mundo te cayó encima e inevitablemente va a llorar contigo uniéndose a tu dolor. Vivir con Andrea es subir y bajar montañas con dolor en la barriga de tanto reír. Con Andrea me siento capaz de enfrentarme a las mayores dificultades que aparezcan en nuestro camino. Con Andrea no hay viajes o espera en autobús aburridos. Con Andrea hay alegría en cada paso en la misión. Andrea soporta el cansancio, dolor, sufrimiento y me acompaña calle arriba y calle abajo. Con Andrea encuentro a Jesús en cada esquina. Vivir con ella es un aprendizaje continuo y un camino que me propongo recorrer todos los días. Soy feliz y confío que somos felices incluso en los días en que estoy frágil y todo parece gris, tú estás ahí siempre a mi lado para amarme tal como soy. Tal como el amor de Dios, ser comunidad con Andrea no es fácil, pero simplemente basta con saber amar y ser amada. Ser comunidad con Andrea me recuerda continuamente la frase del Papa Juan Pablo II “Amar es un acto de voluntad” porque quiero amarla todos los días en cada paso de nuestro camino.

No es fácil vivir en comunidad y compartir todo en nuestra vida. Pero cuando queremos y lo hacemos con amor y por amor, cuando lo hacemossabiendo que es Dios quien nos une, quien está en medio de nosotros, en todo momento y a todas las horas, todo está bien. Ser comunidad es estar disponible a caminar no en mí ni en ti, sino en nosotros. Ser comunidad es permanecer unidos en las alegrías y compartir las cruces. Ser comunidad es saber dar espacio y abrazos de oso. En comunidad compartimos el mayor don que Dios nos ha dado, nuestra vida. Juntas, en comunidad, alegramos cualquiera casa que podamos visitar, rezamos allá donde sea, cantamos allá donde sea y vivimos en Vila Ecología en nuestra hermosa casa a la que llamamos hogar.

Somos yo y tú, somos nosotros.

Comunidad Ayllu, Neuza (Andrea) y Paula (Paola)

La otra cara del mundo. La misma cara humana

Queridos amigos y familia, me llamo Carmen y soy laica misionera comboniana.

Hace menos de un año estaba todavía por tierras africanas, viviendo con el pueblo Acholi (en Uganda), lo que ha sido, sin duda, un periodo muy especial de mi vida. He estado en Gulu tres años, en un orfanato, trabajando con los niños en actividades creativas en un pequeño taller que hicimos entre todos. También trabajaba con las mamás en la gestión del almacén y el granero, donde teníamos que secar y almacenar el maíz, arroz y otras legumbres que recogíamos en el campo, y que después repartíamos para comer.
Mirando hacia atrás pienso en cómo los pasos que das (a veces sin entenderlos) hacen el camino, un camino que Dios ha diseñado en alguna parte y que sueña con mostrarnos a cada momento. Tu camino, que a veces necesita de alguien que te empuje porque estás paralizado, de alguien que te acompañe, incluso que te lleve en brazos porque estás demasiado cansado. Pero, ¿qué me decís cuando en el camino corres y saltas llena de entusiasmo porque sabes que tu ruta esta vez la sientes en el corazón al 100 %? Para mi esa es la vocación, cuando caminas de la mano de Dios y llena de paz, aunque los problemas no hayan disminuido, ni las dudas, ni siquiera los miedos, pero la balanza se descuelga irremediablemente por el platillo que dice alto y fuerte “esto es lo que Dios quiere para mí, y por eso me siento tan plena”.
Con esas dudas llegué al grupo joven de las Misioneras Combonianas (como había ido a tantos otros sitios), pero al instante sentí que allí había algo que me atrapó, por su fuerza y por resultarme tan familiar. Cosa inexplicable, me sentía en casa, sin conocer el sitio ni a las hermanas. Estoy muy agradecida al cariño y a la paciencia que tuvieron, ya que fue de su mano como pude discernir que mi vocación estaba en la familia Comboniana. Así conocí a los laicos, que viven también el carisma de Comboni y con los que comparto camino ya seis años. Con los Combonianos abrí las puertas de África…. Continente que había estado durmiendo en mi corazón no sé desde cuándo, ni por qué. Sólo sé que quería estar, quería vivir, sentir y compartir la experiencia de Dios con el pueblo que tuviera la generosidad de acogerme, de acompañarme y de enseñarme otra cara del mundo. Cara que al final es la misma, humana.
No hay sorpresas, porque el hombre sueña igual en todas partes, sonríe, llora, piensa, siente. Las relaciones son también las mismas, pero ¡qué determinantes son los envoltorios!, ¡qué determinante la pobreza que te ata y no te da opción a elegir!, ¡qué cruel la vida “de mínimos” que mata por una simple infección…..”
Así que la experiencia se hace carne, precisamente cuando te desarmas y ya no hay marcha atrás. Ese mundo que intuías está y es duro, muy duro para mucha gente, gente que nació como tú, pero en otra parte, sólo eso.
Aquí Dios se vuelve más centro, porque sin el eje de la fe, todo se desmorona. Es fácil dejarte acariciar por lo “bonito” de la experiencia misionera, que en mi caso fueron muchísimas cosas, como la suerte de vivir en comunidad con tres laicas polacas con las que he disfrutado y compartido, el pueblo acholi de carácter abierto y acogedor, los niños que siempre lo hacen todo más fácil y divertido, la vida más despacio y sin tanto ruido, más de relacionarse y crecer…..Pero si no llevas cuidado, por otro lado te va invadiendo lentamente una tristeza fruto de esa injusticia crónica que está en las entrañas de estemundo y que lo divide en los que abusan de los demás y en los que no pueden defenderse.
En Gulu construimos un precioso taller “Art Studio”, donde hacíamos muchas manualidades que después vendíamos a los voluntarios que se acercaban a visitarnos. Pero lo fundamental era que pudimos hacer un espacio para divertirnos y hablar con los niños, mientras ellos se daban cuenta de que eran capaces de hacer cosas preciosas. Todos estaban muy orgullosos cuando terminaban una libreta, un lapicero o un monedero. Ellos me enseñaron a mí, a hacer coches con botellas de plástico y guirnaldas de flores para ponerse en el pelo.
Tres años son pocos para entender profundamente tantas cosas, pero sirven para intuir, para acercarte a personas de una cultura tan lejana y tan cercana a la vez, porque eres capaz de sentir cosas muy fuertes, como la gratitud auténtica de corazón, la sensación de fraternidad, la esperanza y la alegría. En Uganda he sido muy feliz.
Y ahora estoy aquí, en Murcia, intentando reconstruir todo lo que ha quedado debilitado por esa dura realidad, de la que creo que es imposible escapar una vez que la miras a los ojos. Intentando que Dios, que fue el que me llevó hasta allí, me ayude aquí a no olvidar, y a no dejar que la tristeza me invada, que me ayude a aceptar y a aprender a vivir con una fe nueva, fe que se ensució con la tierra del camino, pero que se tiene que levantar, sacudir y volver a caminar con fuerza.
Confiando en que el amor tiene la última palabra, y no otros ruidos que intentan imponerse. Para eso cuento con mi familia, amigos, y hermanos laicos combonianos, que me acompañan y ayudan en este periodo a recuperar la esperanza para vivir con plenitud y alegría, y quién sabe si en un futuro poder volver a África con la misma ilusión, sino mayor, con la que llegué a la aldea de Gulu un mes de agosto de 2014.
Carmen Aranda,
Laica Misionera Comboniana

Actividad para jóvenes en Daye

El sábado pasado con algunos miembros de nuestro grupo de Amigos de Comboni, fuimos a Daye, una de las misiones combonianas entre los Sidamo. Nos reunimos allí con líderes juveniles de diferentes comunidades de la parroquia, llegaron más de 50 de ellos. El tema se basó en el evangelio de Mateo y la parábola sobre los talentos. Hubo una pequeña catequesis sobre el tema, el testimonio de Adela sobre sus talentos y cómo los usa para servir a los demás, y luego tiempo para trabajar en pequeños grupos para descubrir y compartir qué dones nos dio Dios y cómo podemos usarlos.

Los jóvenes tenían muchas ideas sobre los talentos que pueden usar en la iglesia (dirigir grupos, enseñar, cantar o tocar el teclado en el coro, ayudar a los que dejaron la iglesia a regresar, cuidar a las viudas y los huérfanos…).

Después de esta parte más seria, hubo algo de diversión, que llamamos “¡Daye tiene talento!”.

Los jóvenes en grupos prepararon pequeñas representaciones basadas ​​en diferentes parábolas. ¡Realmente se involucraron mucho! ¡Y demostraron que también tienen talentos para la actuación! 🙂
Esperamos que esta reunión los inspire a descubrir sus dones y usarlos. También para nosotros, fue un momento muy alegre y enriquecedor.

Magda Plekan. LMC Etiopía