Filmoteca Misionera: «Elefante Blanco»

“Elefante Blanco”, dirigida por Pablo Trapero (2012), es la historia de un grupo de personas, principalmente sacerdotes, que realiza trabajo comunitario en un villa de la ciudad de Buenos Aires. Está inspirada en la vida y la muerte del padre Carlos Mugica. Mugica fue un sacerdote argentino, que realizó trabajo comunitario en la villa de Retiro.
“Elefante Blanco” narra las vicisitudes de este grupo de curas villeros, o curas que realizan su labor en barrios carenciados, como Mugica, y de una asistente social que colabora con ellos.
El asunto que narra la película es ese trabajo comunitario que realiza la iglesia. Los problemas individuales, los momentos en que sienten que las fuerzas los abandonan y quieren dejarlo todo, su relación con la gente de allí y con los poderes de adentro y de afuera de la villa, sus rezos…. todo está marcado por un gran realismo.

LA ALEGRÍA DE SER MUJER Y MISIONERA

En el marco de la celebración del día internacional de la mujer, queremos hacemos eco como Familia Comboniana del trabajo y labor que están realizando miles de misioneras en primera linea de la misión. Con su trabajo de promoción y evangelización son ejemplo de una Iglesia viva y entregada al servicio de los y las más pobres.

Compartirnos el último boletín  «Más lejos» de las hermanas Combonianas en el que  nos comparten parte del trabajo misionero que están desarrollando en diferentes lugares del mundo. Gracias hermanas por tanta vida regalada y entregada a la misión.

Boletin mas lejos marzo21 no 67 -1

Domingo 3º Cuaresma (B). 07 de marzo de 2021

Juan 2,13-25
Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

EL AMOR NO SE COMPRA

Cuando Jesús entra en el Templo de Jerusalén no encuentra gentes que buscan a Dios, sino comercio religioso. Su actuación violenta frente a «vendedores y cambistas» no es sino la reacción del Profeta que se encuentra con la religión convertida en mercado.

Aquel Templo, llamado a ser el lugar en que se había de manifestar la gloria de Dios y su amor fiel, se ha convertido en lugar de engaños y abusos, donde reina el afán de dinero y el comercio interesado.

Quien conozca a Jesús no se extrañará de su indignación. Si algo aparece constantemente en el núcleo mismo de su mensaje es la gratuidad de Dios, que ama a sus hijos e hijas sin límites y solo quiere ver entre ellos amor fraterno y solidario.

Por eso, una vida convertida en mercado, donde todo se compra y se vende -incluso la relación con el misterio de Dios-, es la perversión más destructora de lo que Jesús quiere promover. Es cierto que nuestra vida solo es posible desde el intercambio y el mutuo servicio. Todos vivimos dando y recibiendo. El riesgo está en reducir nuestras relaciones a comercio interesado, pensando que en la vida todo consiste en vender y comprar, sacando el máximo provecho a los demás.

Casi sin darnos cuenta nos podemos convertir en «vendedores y cambistas» que no saben hacer otra cosa sino negociar. Hombres y mujeres incapacitados para amar, que han eliminado de su vida todo lo que sea dar.

Es fácil entonces la tentación de negociar incluso con Dios. Se le obsequia con algún culto para quedar bien con él, se pagan misas o se hacen promesas para obtener de él algún beneficio, se cumplen ritos para tenerlo a nuestro favor. Lo grave es olvidar que Dios es amor, y el amor no se compra. Por algo decía Jesús que Dios «quiere amor y no sacrificios».

Tal vez, lo primero que necesitamos escuchar hoy en la Iglesia es el anuncio de la gratuidad de Dios. En un mundo convertido en mercado, donde todo es exigido, comprado o ganado, solo lo gratuito puede seguir fascinando y sorprendiendo, pues es el signo más auténtico del amor.

Los creyentes hemos de estar más atentos a no desfigurar a un Dios que es amor gratuito, haciéndolo a nuestra medida: tan triste, egoísta y pequeño como nuestras vidas mercantilizadas.

Quien conoce «la sensación de la gracia» y ha experimentado alguna vez el amor sorprendente de Dios, se siente invitado a irradiar su gratuidad y, probablemente, es quien mejor puede introducir algo bueno y nuevo en esta sociedad donde tantas personas mueren de soledad, aburrimiento y falta de amor.

José Antonio Pagola

Premio Mujeres de Coraje 2021 a la Comboniana Alicia Vacas

La comboniana Alicia Vacas Moro es una de las ganadoras del Premio Internacional «Mujeres de Coraje» que entrega la Secretaria de Estado de EE.UU. Este premio homenajea «a las mujeres que han demostrado una valentía, fuerza y liderazgo excepcionales al actuar para mejorar la vida de los demás, desde las familias hasta las comunidades y los países. Es una oportunidad extraordinaria para atraer la atención y el apoyo internacional hacia las mujeres que han puesto en riesgo su vida y/o su seguridad personal para mejorar las sociedades e inspirar a sus conciudadanos».
Alicia Vacas Moro ha gestionado como enfermera durante ocho años una clínica médica en Egipto, ayudando a unos 150 pacientes cada día a tratar sus enfermedades. Luego se trasladó a la ciudad bíblica de Betania para ayudar a la comunidad beduina, especialmente mujeres y niños. Creó programas de formación para mujeres que les proporcionaron oportunidades económicas anteriormente no disponibles y estableció guarderías en los campos beduinos, proporcionando una base educativa para los niños. En un entorno plasmado por el conflicto israelí-palestino, la hermana Alicia también asistió refugiados y solicitantes de asilo traumados, un trabajo que continúa desempeñando a mayor escala en su actual papel como superiora provincial de las Hermanas Combonianas en Oriente Medio.