El Cuerpo de Cristo Ultrajado

Este domingo la Iglesia celebra la fiesta de Corpus Christi, aunque en algunas ciudades se ha mantenido el jueves, uno de esos que brillan más que el sol. Reconozco que me costó explicar a una persona que no comparte la fe -ni la cultura católica- esta tradición de sacar en procesión el pan consagrado. Y más difícil puede resultar cuando, para darle solemnidad y con sincera devoción, se va adornando con oros, platas, campanillas, monaguillos… hasta el punto de que la forma consagrada resulta difícil de encontrar. Pues a pesar de la secularización en muchas ciudades y pueblos, familias enteras visten sus mejores galas para ver el cortejo sacramental.

Hace ya 17 siglos Juan Crisóstomo escribió algo que desde que lo leí por primera vez cambió mi mirada sobre la eucaristía: “¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez.”

Hace unos días veíamos las fotos de una barcaza volcando y el cuerpo de Cristo hundiéndose en el Mediterráneo. Murieron siete. Hoy nos enteramos que las fuerzas de seguridad en Melilla han devuelto en caliente el Cuerpo de Cristo. Treinta migrantes fueron devueltos en una práctica que la Convención Europea de Derechos Humanos considera ilegal. Hace unos días llegaba una chica africana a un centro de religiosas pidiendo que le ayuden a salir de una red de trata. El cuerpo de Cristo violado y esclavizado. Quedan miles de mujeres en esa situación, muchas menores.

Ya seamos curas, ministros, estudiantes o personas en desempleo no podemos recibir el cuerpo de Cristo si no nos duelen las entrañas al saber que se está ahogando, que lo están expulsando y que lo están violando. Tampoco podemos ir a la procesión del Corpus si no hacemos lo que está en nuestra mano para reparar estos sacrilegios.

Javier Montes SJ

fuente: http://www.pastoralsj.org

Festividad del Cuerpo de Cristo. 29 de mayo de 2016

Lucas 9, 11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

HACER MEMORIA DE JESÚS

Al narrar la última Cena de Jesús con sus discípulos, las primeras generaciones cristianas recordaban el deseo expresado de manera solemne por su Maestro: «Haced esto en memoria mía». Así lo recogen el evangelista Lucas y Pablo, el evangelizador de los gentiles. Desde su origen, la Cena del Señor ha sido celebrada por los cristianos para hacer memoria de Jesús, actualizar su presencia viva en medio de nosotros y alimentar nuestra fe en él, en su mensaje y en su vida entregada por nosotros hasta la muerte. Recordemos cuatro momentos significativos en la estructura actual de la misa. Los hemos de vivir desde dentro y en comunidad.

La escucha del Evangelio

Hacemos memoria de Jesús cuando escuchamos en los evangelios el relato de su vida y su mensaje. Los evangelios han sido escritos, precisamente, para guardar el recuerdo de Jesús alimentando así la fe y el seguimiento de sus discípulos. Del relato evangélico no aprendemos doctrina sino, sobre todo, la manera de ser y de actuar de Jesús, que ha de inspirar y modelar nuestra vida. Por eso, lo hemos de escuchar en actitud de discípulos que quieren aprender a pensar, sentir, amar y vivir como él.

La memoria de la Cena

Hacemos memoria de la acción salvadora de Jesús escuchando con fe sus palabras: «Esto es mi cuerpo. Vedme en estos trozos de pan entregándome por vosotros hasta la muerte… Este es el cáliz de mi sangre. La he derramado para el perdón de vuestros pecados. Así me recordaréis siempre. Os he amado hasta el extremo». En este momento confesamos nuestra fe en Jesucristo haciendo una síntesis del misterio de nuestra salvación: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús». Nos sentimos salvados por Cristo, nuestro Señor.

La oración de Jesús

Antes de comulgar, pronunciamos la oración que nos enseñó Jesús. Primero, nos identificamos con los tres grandes deseos que llevaba en su corazón: el respeto absoluto a Dios, la venida de su reino de justicia y el cumplimiento de su voluntad de Padre. Luego, con sus cuatro peticiones al Padre: pan para todos, perdón y misericordia, superación de la tentación y liberación de todo mal.
La comunión con Jesús

Nos acercamos como pobres, con la mano tendida; tomamos el Pan de la vida; comulgamos haciendo un acto de fe; acogemos en silencio a Jesús en nuestro corazón y en nuestra vida: «Señor, quiero comulgar contigo, seguir tus pasos, vivir animado con tu espíritu y colaborar en tu proyecto de hacer un mundo más humano».

José Antonio Pagola

La diócesis de Oviedo ofrece una jornada para promover los misioneros laicos

Eloína Bermejo -a la izquierda- y Teresa Monzón.

  La Delegación de Misiones de la diócesis de Oviedo ofrecerá este sábado una jornada de información y reflexión sobre «una figura poco conocida, que es la del misionero laico, una persona que tiene su vida y su profesión, pero que también quiere explorar su inquietud misionera y desarrollarla en los países de misión de África, Asia o América». Lo explica Eloína Bermejo, de OCASHA-Cristianos por el Sur, una organización que lleva trabajando casi 60 años y que ha enviado a misiones a unos 400 seglares voluntarios.

Junto a Bermejo, también forma parte de la Delegación de Misiones Teresa Monzón (a la derecha de la foto), que pertenece a Laicos Misioneros Combonianos (LMC), la organización que colabora con los miembros religiosos de la congregación fundada en el siglo XIX por Daniel Comboni en África Central. Dicha entidad envía misioneros seglares a «la República Centroafricana, Mozambique, Uganda, Brasil o Perú, donde tenemos comunidades internacionales de laicos», señala Teresa Monzón.

La jornada del sábado, día 28, para la que están abiertas las inscripciones, se desarrollará durante todo el día en la Casa Santa María del Aramo (Latores), de las Esclavas el Sagrado Corazón. Por la mañana «se expondrán tres experiencias de laicado misionero»,  y la jornada tendrá un enfoque propiciado por la encíclica del Papa Francisco «Laudato Si», sobre el cuidado de la casa común de la Tierra, es decir, «la atención tanto de sus habitantes como del espacio en el que habitan». Ya en la tarde, «propondremos una reflexión personal y finalizaremos, si es posible, con un compromiso para seguir explorando en esta experiencia misionera». Aunque es preferible una cualificación profesional en el laico que acuda a misiones, «son tantas las carencias allí que, además de cierta preparación, la inquietud, el interés o la disponibilidad hacen muchísimo para que se pueda realizar un buen trabajo».

Día de África

Día de África 2016En el Día de África os queremos dejar unas palabras de nuestro fundador, San Daniel Comboni. Para él, África sólo podía ser salvada por África (algo que ya es una idea común, pero que en el s.XIX era toda una provocación…sobre todo porque muchos aún dudaban incluso de que los africanos fueran personas), pero para que eso se hiciera realidad era necesaria la participación de todos.
Sabemos que el lenguaje teológico de Comboni nos puede chirriar hoy un poco, pero lo que late por debajo es una convicción a prueba de obstáculos: la Buena Noticia de Jesús debe ser anunciada en toda África. ¡Celebremos la grandeza de ÁFRICA y todo lo que recibimos de ella!
 
«La obra de la regeneración de África es una tarea difícil y urgente en grado sumo, y enorme. Para realizar en líneas generales el proyecto como lo tengo concebido, y para darle una base duradera, se necesitaría la participación masiva de todos los católicos del mundo, unidos en un mismo esfuerzo: así se liberaría a estos pobres pueblos negros de la noche del paganismo y se haría resplandecer sobre ellos la luz vivificadora de la fe en Jesucristo. ¡Debemos pensar siempre que son la décima parte de todo el género humano!»  (San Daniel Comboni)
fuente: http://combojoven.blogspot.com.es/

Fiesta de la Santísima Trinidad (C). 22 de mayo de 2016

Juan 16, 12-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.»

ABRIRNOS AL MISTERIO DE DIOS

A lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con diferentes construcciones conceptuales las relaciones que vinculan y diferencian a las personas divinas en el seno de la Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el deseo de Dios.

Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. Desde su propia experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el Espíritu Santo. Nos enseña así a abrirnos al misterio santo de Dios.

Antes que nada, Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinita. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.

Jesús nos descubre que este Padre tiene un proyecto nacido de su corazón: construir con todos sus hijos e hijas un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama «reino de Dios» e invita a todos a entrar en ese proyecto del Padre buscando una vida más justa y digna para todos empezando por sus hijos más pobres, indefensos y necesitados.

Al mismo tiempo, Jesús invita a sus seguidores a que confíen también en él: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí». Él es el Hijo de Dios, imagen viva de su Padre. Sus palabras y sus gestos nos descubren cómo nos quiere el Padre de todos. Por eso, invita a todos a seguirlo. Él nos enseñará a vivir con confianza y docilidad al servicio del proyecto del Padre.

Con su grupo de seguidores, Jesús quiere formar una familia nueva donde todos busquen «cumplir la voluntad del Padre». Ésta es la herencia que quiere dejar en la tierra: un movimiento de hermanos y hermanas al servicio de los más pequeños y desvalidos. Esa familia será símbolo y germen del nuevo mundo querido por el Padre.

Para esto necesitan acoger al Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús: «Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y así seréis mis testigos». Éste Espíritu es el amor de Dios, el aliento que comparten el Padre y su Hijo Jesús, la fuerza, el impulso y la energía vital que hará de los seguidores de Jesús sus testigos y colaboradores al servicio del gran proyecto de la Trinidad santa.»

José Antonio Pagola

 

 

En nuestro tiempo ordinario, necesitamos ser conscientes de la cantidad de personas atrevidas, con nuevas ideas, inspiradoras… que hay alrededor nuestro. Personas que le ponen ganas y pasión. Así es Dios, esa fuente inagotable de Vida.