La ONU aprueba un nuevo mapa del mundo

Durante generaciones hemos aprendido a mirar el mundo a través de unos mapas que no siempre representan fielmente su realidad. Y quizá uno de los ejemplos más llamativos sea África.

El pasado viernes 4 de septiembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, por 164 votos a favor, 1 en contra y 6 abstenciones, una resolución que anima a utilizar representaciones cartográficas más fieles a las proporciones reales de los territorios.

Una decisión que abre también una nueva oportunidad para cambiar nuestra mirada sobre África.

La conocida proyección de Mercator, creada en 1569 y diseñada para facilitar la navegación, aumenta visualmente el tamaño de las regiones alejadas del ecuador. El resultado es una imagen en la que Groenlandia, Canadá o Rusia parecen descomunales, mientras que África aparece mucho más pequeña de lo que realmente es.

Pero la realidad es muy diferente: África es aproximadamente catorce veces más grande que Groenlandia. Es el segundo continente más extenso del planeta y alberga una enorme diversidad de países, paisajes, culturas, pueblos y realidades que a menudo quedan minimizadas también por la forma en que lo representamos.

Dar a África el espacio y el tamaño que realmente tiene no significa simplemente hacer un mapa más preciso. Significa darle visibilidad, reconocer su dimensión y contribuir a que las nuevas generaciones conozcan el mundo con una perspectiva más equilibrada.

Porque África siempre ha tenido ese tamaño. Lo que está cambiando es nuestra forma de verla.

Mensaje del Papa para el Día Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación

«Convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en podaderas.»
(Isaías 2:4)

Queridos hermanos y hermanas,
nuestro Señor Jesucristo vino al mundo para que tuviéramos vida, y vida en abundancia (cf.  Jn  10,10). Este don es la esencia misma de nuestra misión como discípulos y de nuestra vocación común de construir una civilización del amor. Al celebrar esta  Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación , se nos invita una vez más a contemplar el don de la vida y a cuidar la tierra que la sustenta, dando así una alabanza concreta a nuestro Creador.

Hoy presenciamos diversas crisis y un inmenso sufrimiento humano. Al mismo tiempo, la destrucción del equilibrio armonioso de la creación parece acelerarse. Estos fenómenos no están aislados; constituyen un clamor unificado por sanación y paz que surge de un mundo herido.

El Dios de la vida, que se reveló en Jesucristo, ofrece una paz que el mundo no puede dar: «La paz os dejo; mi paz os doy» ( Jn 14:27). No es superficial ni efímera; brota del amor y el cuidado constantes de Cristo por cada ser humano.

Sin embargo, esta promesa de paz contrasta fuertemente con la realidad que observamos en diversas partes del mundo. El profeta Isaías habló de un tiempo en que las naciones «convertirían sus espadas en arados» ( Isaías 2:4), transformando lo que destruye la vida en algo que la sustenta. Hoy, sin embargo, vemos con demasiada frecuencia que ocurre exactamente lo contrario, ya que los esfuerzos siguen encaminados hacia la violencia y la guerra.

La guerra inflige heridas que trascienden el campo de batalla. Cobra víctimas, destroza familias y obliga a millones a huir de sus hogares, alimentando el miedo, la injusticia y la división (cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Pastoral  Gaudium et Spes , 77-82); deja tras de sí una destrucción social y ecológica que perdura por generaciones. Además, la interacción entre el conflicto armado y la degradación ambiental suele crear un círculo vicioso que destruye los ecosistemas, contamina recursos esenciales como el aire y el agua, y socava la seguridad alimentaria. Esto alimenta la pobreza, la desigualdad y nuevas tensiones sociales, que a su vez pueden contribuir al surgimiento de nuevos conflictos.

Además, la guerra inflige heridas que dañan la esencia misma de la vida, afectando no solo a individuos y comunidades, sino también a su red de relaciones con toda la humanidad y a su armonía con la creación. Revela una profunda falta de respeto a la vida y al cuidado de la tierra que se nos ha confiado, a la imagen y semejanza de Dios. No se trata solo de un fracaso político, sino también moral y espiritual. Enraizada en deseos perversos y en el abuso de la libertad y el poder humanos, la guerra se erige como un testimonio contrario al Evangelio de la paz.

Las crisis mencionadas requieren, además de responsabilidad, una conversión del corazón, que dé fruto en una fidelidad más profunda a Dios, en el amor mutuo y en el respeto por el don de la creación. En efecto, las desarmonías que observamos en el mundo, como la violencia, la injusticia y la degradación ecológica, no son simplemente el resultado de sistemas o estructuras imperfectas; están «conectadas a ese desequilibrio más profundo arraigado en el corazón humano» ( ibíd . , 10). De hecho, el corazón humano es el lugar donde se despliegan las luchas más profundas y donde se revela nuestra condición caída. No es solo la sede de las emociones, sino también el centro de la persona, donde convergen la razón, el deseo, la voluntad y la conciencia. Es allí donde luchamos con los deseos contradictorios que habitan en nosotros: amor e indiferencia, verdad e ilusión, justicia e injusticia (cf.  Santiago  1:14-15). Las heridas de la guerra y la degradación de la tierra, por lo tanto, están profundamente ligadas a la condición del corazón humano. Los conflictos que atormentan a la humanidad son, en muchos sentidos, la expresión externa de conflictos y divisiones internas. Cuando el corazón se desorienta, las relaciones se resienten y las estructuras que construimos comienzan a reflejar este desorden.

El Papa Benedicto XVI  nos recordó que «los desiertos externos se multiplican en el mundo porque los desiertos internos se han vuelto inmensos» ( Homilía para la inauguración del Ministerio Petrino , 24 de abril de 2005). Esto nos invita a reconocer que, de alguna manera, lo que está roto a nuestro alrededor también está roto en nuestro interior. Por lo tanto, para construir una sociedad pacífica, no solo debemos reformar las estructuras, sino también renovar nuestros corazones. Las causas más radicales del conflicto y la explotación de la creación son consecuencia de una crisis ética y cultural que incluye la pérdida del sentido de los límites, el deseo de dominación, la búsqueda del beneficio inmediato y la incapacidad de reconocer la dignidad que Dios ha otorgado a cada persona.

El llamado profético a «convertir las espadas en arados» (cf.  Is  2,4) no es, por tanto, solo un sueño para las naciones, sino un llamado a cada persona. Nos invita a transformar el mal en vida. Sin embargo, esta transformación no se logra únicamente mediante cambios externos. Requiere, en cooperación con la gracia de Dios, una conversión más profunda, tanto personal como colectiva: un retorno al Señor, quien restaurará el orden en nuestros deseos, sanará nuestras heridas y nos ayudará a crecer en virtud.

Sin esta transformación interior, la paz sigue siendo frágil y efímera. Pero donde los corazones se renuevan, se abren nuevas posibilidades. Lo que se ha usado para la destrucción puede redirigirse hacia la vida, para cuidar a los pobres, alimentar a los hambrientos y proteger la creación. Este es el camino de una auténtica conversión ecológica, en la que los efectos del encuentro con Jesucristo se manifiestan claramente en nuestra relación con el mundo que nos rodea (cf. Francisco, Carta Encíclica  Laudato Si’ , 217). La paz, por lo tanto, comienza en el corazón y se refleja externamente en nuestras relaciones, en nuestras comunidades y, en un sentido más amplio, en el mundo.

Aunque los desafíos que nos aguardan son enormes, el Señor no nos deja sin los medios para sanar y transformar. En lugar de armas de guerra, el Dios de paz nos da la fuerza para sanar, reconciliar y construir una civilización de amor. De esta manera, estamos llamados a proteger los numerosos ecosistemas que se nos han confiado: la creación, las relaciones humanas y la esencia misma de la humanidad.

Imaginemos un mundo donde las energías que actualmente se invierten en la guerra se dirijan hacia el desarrollo humano integral, la superación de la pobreza, la defensa de la dignidad humana y la reconciliación entre pueblos divididos. Esta visión refleja la fe en la llegada del Reino de Dios.

Las verdaderas herramientas para construir la paz no son las armas de destrucción, sino la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor. Estas cualidades brotan de corazones transformados por el Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios. Solo estas cualidades tienen el poder de transformar a las personas, renovar las comunidades y sanar las heridas de nuestro mundo.

Queridos hermanos y hermanas, el camino que tenemos por delante es claro, aunque no fácil. Estamos llamados a renovar nuestros corazones para que podamos buscar la paz y cuidar de la creación. La Escritura nos recomienda que cuidemos nuestros corazones, pues de ellos mana la vida (cf.  Proverbios  4:23).

Si emprendemos esta tarea con humildad y fe, nos convertiremos en colaboradores de la obra de renovación de Dios. Avanzaremos, lenta pero inexorablemente, del desierto al jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz.

Que el Señor nos dé el valor para seguir este camino, para que en nuestro tiempo las “espadas” sean verdaderamente “convertidas en arados”, la promesa del Evangelio eche raíces más profundas en nuestro mundo y la paz de Cristo reine sobre toda la creación.

Desinversión en minería

La Casa General MCCJ en Roma acogió el 10 de septiembre un encuentro de reflexión sobre la campaña de desinversión en la industria minera llevada a cabo por el movimiento ecuménico latinoamericano Iglesias y Minería.

A la izquierda, P. Fernando Galarza, Secretario de la Misión, a la derecha, Guilherme Cavalli.

Esta reflexión tuvo lugar al inicio del Tiempo de la Creación, en el que las iglesias cristianas se unen para celebrar la Creación y para actuar en la defensa de la Casa Común. La comunidad de Piquiá de Baixo, acompañada por LMC de Brasil, Portugal y España, es un claro ejemplo de comunidad víctima de los abusos de la mega minería.

El moderador de este encuentro fue Guilherme Cavalli, delegado de esta campaña en Europa. La red Iglesias y Minería está compuesta por comunidades cristianas, equipos pastorales, institutos religiosos, grupos de reflexión teológica, laicos, obispos y pastores que tratan de responder a los desafíos del impacto ambiental y a las violaciones de los derechos sociales  y medioambientales provocados por la actividad minera.

Esta campaña es una llamada a todas las instituciones eclesiásticas a revisar sus inversiones financieras en relación con las multinacionales que participan en la minería y que causan enormes daños ambientales, poniendo en peligro la vida de las poblaciones locales. Al encuentro participó también Carlos Ferrada, SVD, que compartió la experiencia de la familia del Verbo Divino y de cómo está revisando sus inversiones, abandonando los títulos vinculados a la industria minera.

Guilherme Cavalli mostró la metodología de trabajo de la campaña, fundada sobre cuatro pilares:

*Dar a conocer la realidad a partir de experiencias concretas de comunidades que han sufrido los efectos nefastos de la minería.

*Cuestionar la narrativa, desmontando mitos y falsas promesas de desarrollo por parte de estas compañías.

*Crear alianzas entre los que comparten la investigación y objetivos comunes.

*Desinvertir en las compañías que llevan a cabo actividades mineras nocivas.

«Es necesario buscar modelos económicos alternativos, más sostenibles, más amigables con la naturaleza, con un sólido apoyo espiritual», afirma el Documento final del Sínodo sobre la Amazonia (2019). El Papa Francisco, en Laudato Si’ nos recuerda que la crisis ecológica y la social están profundamente unidas. Este principio es particularmente válido para las actividades de extracción minera, debido a las cuales muchas poblaciones viven en lugares contaminados o se ven obligadas a buscar otros lugares para vivir, como ocurrió con Piquiá. Las grandes corporaciones se enriquecen a expensas de los sufrimientos de los más débiles que ven el deterioro de sus tierras y de su vida bajo la pesada huella de la contaminación.

FUENTE: MCCJ