Justicia en los rieles

Periódicamente os venimos informando sobre la lucha contra los impactos de la minería y los conflictos socio ambientales en Maranhão (Brasil).

Hoy queremos invitaros a ver este documental que acaban de realizar en colaboración Signis Brasil y donde cuentan están realidad. Cómo la comunidad se mantiene unida por sus derechos y como la Iglesia está sirviendo de apoyo y sostén en este camino. Como sabéis nos encontramos también presentes como Familia Comboniana. En el reportaje podréis escuchar entre otros al P Massimo y P. Dário (MCCJ) y a Xoancar (LMC).

También os dejamos enlazado el artículo publicado en la revista Familia Cristiana para que lo podáis leer.

3er Domingo de Pascua. 10 de abril de 2016

Juan 21, 1-19 
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.»Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.»Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?»Ellos contestaron: «No.»Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.»Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.»Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.Jesús les dice: «Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.» Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Él le dice: «Pastorea mis ovejas.» Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

SIN JESÚS NO ES POSIBLE

El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos junto al lago de Galilea está descrito con clara intención catequética. En el relato subyace el simbolismo central de la pescaen medio de mar. Su mensaje no puede ser más actual para los cristianos: solo la presencia de Jesús resucitado puede dar eficacia al trabajo evangelizador de sus discípulos.

El relato nos describe, en primer lugar, el trabajo que los discípulos llevan a cabo en laoscuridad de la noche. Todo comienza con una decisión de Simón Pedro: «Me voy a pescar». Los demás discípulos se adhieren a él: «También nosotros nos vamos contigo». Están de nuevo juntos, pero falta Jesús. Salen a pescar, pero no se embarcan escuchando su llamada, sino siguiendo la iniciativa de Simón Pedro.

El narrador deja claro que este trabajo se realiza de noche y resulta infructuoso: «aquella noche no cogieron nada». La «noche» significa en el lenguaje del evangelista la ausencia de Jesús que es la Luz. Sin la presencia de Jesús resucitado, sin su aliento y su palabra orientadora, no hay evangelización fecunda.

Con la llegada del amanecer, se hace presente Jesús. Desde la orilla, se comunica con los suyos por medio de su Palabra. Los discípulos no saben que es Jesús, solo lo reconocerán cuando, siguiendo dócilmente sus indicaciones, logren una captura sorprendente. Aquello solo se puede deber a Jesús, el Profeta que un día los llamó a ser «pescadores de hombres».

La situación de no pocas parroquias y comunidades cristianas es crítica. Las fuerzas disminuyen. Los cristianos más comprometidos se multiplican para abarcar toda clase de tareas: siempre los mismos y los mismos para todo. ¿Hemos de seguir intensificando nuestros esfuerzos y buscando el rendimiento a cualquier precio, o hemos de detenernos a cuidar mejor la presencia viva del Resucitado en nuestro trabajo?

Para difundir la Buena Noticia de Jesús y colaborar eficazmente en su proyecto, lo más importante no es «hacer muchas cosas», sino cuidar mejor la calidad humana y evangélica de lo que hacemos. Lo decisivo no es el activismo sino el testimonio de vida que podamos irradiar los cristianos.

No podemos quedarnos en la «epidermis de la fe». Son momentos de cuidar, antes que nada, lo esencial. Llenamos nuestras comunidades de palabras, textos y escritos, pero lo decisivo es que, entre nosotros, se escuche a Jesús. Hacemos muchas reuniones, pero la más importante es la que nos congrega cada domingo para celebrar la Cena del Señor. Solo en él se alimenta nuestra fuerza evangelizadora.

J,A. Pagola

ECOS DE LA PASCUA (2)

«Yo llegaba a la Pascua con falta de energías y más cansada que de costumbre, y he vuelto con fuerzas renovadas y  con ganas de afrontar el próximo trimestre; y todo ello gracias, yo creo, a este parón que hacemos en la vida cotidiana, en el ajetreo del mundo, para encontrarnos con los hermanos, rezar juntos, reflexionar, achucharnos…Me ha gustado especialmente cómo hemos reflexionado el tema del «sufrimiento», y la noche de la «oración ante la Cruz». También ha sido muy bueno todos los ratos que hemos compartido con los niños. Ellos han disfrutado mucho y están deseando volverse a encontrar».

Mercedes Navarro LMC

ECOS DE LA PASCUA

 DSC03234Nuestra vida está plagada de momentos. Unos los consideramos más importantes y otros no. Aunque puede que todos sean necesarios. Tal vez esos de los que no nos damos cuenta de que existen en nuestra vida, sean de los más importantes. Solo que los hacemos mecánicamente, sin darnos cuenta. Nuestro corazón palpita desde mucho antes de nacer. Es mecánico. Nunca lo oímos, pero si en algún momento deja de hacerlo, ah! Entonces si que tendríamos problemas… En un segundo, en un momento. Otros momentos muy importantes -para nuestra consciencia- son todas las celebraciones puntuales a lo largo de nuestra vida como protagonistas o invitados. Y otros que pueden ser importantes o no: los momentos de celebrar nuestra fe.

Todos los años -desde que tengo memoria- celebramos la Pascua. Varios días que antaño eran de tristeza, o, al menos, se aparentaba. Un poco de miedo cuanto más chico eras, por los nazarenos y las imágenes que veíamos pasar, sangrantes los Cristos o dolientes las vírgenes. Y si reías o cantabas ese Cristo sufría más por tu culpa. O por tus pecados. Los niños nos acongojaba pensar que nuestros terribles pecados habían llevado a «ese hombre» a tan terrible muerte… ¡Con siete años!

 Y el tren de la vida ha seguido recorriendo su camino. Y en cada estación se ha ido bajando y subiendo gente. Y muchos de los que aun continuamos el viaje seguimos celebrando la Pascua cada año. Gracias a nuestro Padre-Abba ya no es triste ni nos da miedo. Al contrario. A algunos pocos nos ha concedido la Gracia de celebrar a lo grande el misterio de nuestra salvación. Celebrar el triduo más impresionante que una persona pueda encontrar en su vida. Cada año. En Collado Mediano nos encontramos todas las primaveras una pequeña familia, un pequeño cenáculo. Con ese Jesús Hermano sufriente al centro de nuestras vidas. Pero sin mantos ni potencias doradas, sin pasos, profusión de flores o cirios. Nos encontramos con Cristo en el hermano, el que tenemos al lado y, sobre todo, el que sufre en nuestro hoy: los refugiados que mueren de frío a la intemperie bajo la lluvia en Grecia y Turquía. Los inmigrantes que pasaron su vía crucis entre África y Europa, vía que para miles terminó en las aguas de los muchos mares que nos separan, por no tener un travesaño de Cruz a la que agarrarse. Cristo que mal vive y mal muere en el continente más rico del mundo; continente que hemos vendido por treinta monedas de plata, por barriles de petróleo, por minas de coltán donde trabajan niños, por piedras brillantes que adornen manos de personas que, tal vez y solo tal vez, van a misa. Cristo -Nuestro Señor- que camina descalzo en Sudamérica, doblado bajo el peso de otras maderas que calienten su frío y su soledad. Cristo. Este es el Cristo de nuestra Pascua, de nuestra vida. Siempre Resucitado. Inyectando Vida, con mayúsculas, a unos pobres laicos misioneros Combonianos que seguimos creyendo en la utopía del Evangelio porque la realidad de nuestro mundo es ya increíble. Que seguimos celebrando, cada año, la Buena Noticia de la vida a la que nos invita la misma Vida. Que reconocemos nuestros pecados, ahora sí que son pecados, nuestra debilidad. Y el Viernes Santo noche no procesionamos, nos tiramos al suelo, al «humus», mostrándome humilde, débil, para acompañar de la misma forma a nuestros Cristos sangrantes, a sus Madres dolorosas y doloridas como otro Cristo más sufriente aún por el solo hecho de ser mujer. Tirados por los suelos «como esclavos a los pies de sus señores». Pero ricos, muy ricos, por el tesoro de mi hermana que comparte conmigo su experiencia de Vida. Por mi hermano que me remueve el alma con su experiencia de injusta muerte. Riquísimos porque Cristo está en medio de nuestra pequeña familia, con nuestros niños dormidos sobre las alfombras y cojines, como fue en aquel cenáculo hace tantos siglos.

12439092_10153628153534702_1449991055822212245_n Mucho más ricos nos sentimos el sábado Santo. «No tengáis miedo, soy Yo». Yo Resucitado. Y para que creáis no miréis mis manos traspasadas, o miréis mi costado ni mis pies. Mirad mi frio de patera, mi llanto de niño en descampados de refugiados, mi angustia de inmigrante bajo un puente de la M-30, mi soledad de anciano olvidado. Mi dolor y mi llanto en todo el mundo. Yo os envío a curar mis heridas. Mis manos, costado y pies. Os envío a Mozambique, Os envío a Uganda y a Etiopía. A Madrid, a la Mancha y Castilla, Andalucía y Extremadura. No tengáis miedo. Yo he resucitado pero sigo sufriendo en esos lugares y en todo el mundo. Vosotros sois la cura a tanto sufrimiento. No llevéis alforja, ni ningún equipaje. Cargad con la escucha, la compañía, la sonrisa y el abrazo. Estad alegres, estad alegres porque si Yo estoy Vivo, vosotros sois enviados a dar mi Vida.

  No tengáis miedo. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo

 ¡Que paso! ¡Que Pascua! Gracias Señor por tanta Gracia.

Juan Eugenio de las Heras. LMC