EVANGELIO DEL DOMINGO (12 DIC)

Según san Lucas (3,10-18): Un cierto día, la gente preguntaba a Juan:
«¿Entonces, qué debemos hacer?»
Él contestaba:
«El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
«Maestro, ¿qué debemos hacemos nosotros?»
Él les contestó:
«No exijáis más de lo establecido».
Unos soldados igualmente le preguntaban:
«Y nosotros, ¿qué debemos hacer nosotros?»
Él les contestó:
«No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».
Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:
«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».
Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.

¿NOS ATREVEREMOS A COMPARTIR?

Los medios de comunicación nos informan cada vez con más rapidez de lo que acontece en el mundo. Conocemos cada vez mejor las injusticias, miserias y abusos que se cometen diariamente en todos los países.

Esta información crea fácilmente en nosotros un cierto sentimiento de solidaridad con tantos hombres y mujeres, víctimas de un mundo egoísta e injusto. Incluso puede despertar un sentimiento de vaga culpabilidad. Pero, al mismo tiempo, acrecienta nuestra sensación de impotencia.

Nuestras posibilidades de actuación son muy exiguas. Todos conocemos más miseria e injusticia que la que podemos remediar con nuestras fuerzas. Por eso es difícil evitar una pregunta en el fondo de nuestra conciencia ante una sociedad tan deshumanizada: «¿Qué podemos hacer?».

Juan Bautista nos ofrece una respuesta terrible en medio de su simplicidad. Una respuesta decisiva, que nos pone a cada uno frente a nuestra propia verdad. «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo».

No es fácil escuchar estas palabras sin sentir cierto malestar. Se necesita valor para acogerlas. Se necesita tiempo para dejarnos interpelar. Son palabras que hacen sufrir. Aquí termina nuestra falsa «buena voluntad». Aquí se revela la verdad de nuestra solidaridad. Aquí se diluye nuestro sentimentalismo religioso. ¿Qué podemos hacer? Sencillamente compartir lo que tenemos con los que lo necesitan.

Muchas de nuestras discusiones sociales y políticas, muchas de nuestras protestas y gritos, que con frecuencia nos dispensan de una actuación más responsable, quedan reducidas de pronto a una pregunta muy sencilla. ¿Nos atreveremos a compartir lo nuestro con los necesitados?

De manera ingenua creemos casi siempre que nuestra sociedad será más justa y humana cuando cambien los demás, y cuando se transformen las estructuras sociales y políticas que nos impiden ser más humanos.

Y, sin embargo, las sencillas palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias está también en nosotros. Las estructuras reflejan demasiado bien el espíritu que nos anima a casi todos. Reproducen con fidelidad la ambición, el egoísmo y la sed de poseer que hay en cada uno de nosotros.

José Antonio Pagola

ENCUENTRO NACIONAL DE LAICOS MISIONEROS

Los días del puente de la Inmaculada fueron estupendos para los laicos misioneros combonianos reunidos en la casa Emaús (Torremocha de Jarama, Madrid). Nos sentimos profundamente agradecidos a Dios por la experiencia: un entorno precioso, en medio de la naturaleza, con una gente fabulosa que nos acogió de brazos abiertos (#encuentroysolidaridad). Somos dos grupos de iglesia que buscan muchas cosas en común, sobre todo la principal: seguir a Jesús.

Agradecemos profundamente a Dios por este regalo, no hay mejor manera de pasar unos días de vacaciones que entre personas apasionadas por Jesús. Ser misionero es una suerte y seguir los pasos de Jesús, todavía mejor. ¡Anímate a conocernos!

Pequeños milagros

SELAM (paz, en Amhárico) desde Etiopía, un precioso país que realmente necesita de paz hoy día . 

Entre tanto conflicto, sinrazón y enfrentamiento hay siempre noticias que son reflejo de que el Espíritu nunca deja de soplar, y de que Dios nunca abandona, sobre todo a los más débiles. 

Creo que todos conocéis el trabajo que realizamos con algunos niños de la calle, buscándoles familia con los que alojarlos. Creo que también conocéis el caso de Fasika y Wadem, dos hermanos que desde que el menor tenía un año vivían en la calle, robando y mendigando, sin que nadie pudiera acogerlos (ya que la madre de ellos murió en el parto del segundo, y ese hecho estigmatizó a los propios niños). De cómo el pequeño tenía una enfermedad en los riñones que hacía que se hinchara todo el cuerpo cada cierto tiempo, y se le llenara de heridas. 

De cómo intentamos con varios parientes, incluso ayudándoles económicamente, pero más que cuidarlos los maltrataban. 

Y de cómo durante el peor momento de la guerra los niños desaparecieron con otros familiares que huyeron al bosque, y los encontramos a los meses completamente desnutridos. 

Pues bien, nuestro trabajo y nuestra oración han dado sus frutos, cuando tenían que darlos. 

Ambos han sido acogidos por una familia de parroquianos muy comprometida, oficialmente por uno de los hijos de dicha familia, que está recién casado y con un bebé (digo por la familia entera porque aquí se vive en clan, y toda la familia debe aceptarlo, y así ha sido; Bewa, la matriarca, reunió a todos, expuso el problema y aceptaron acogerlos de por vida). El gobierno local ha firmado ya los papeles. 

Antes de venir a Addis fui a visitarlos. Viven en una casa sencilla pero muy limpia, se duchan a diario y se cambian de ropa. Van calzados. Comen varias veces al día (y pican otras tantas 😄). Han engordado (aquí eso es salud).

Viven rodeados de otros niños y niñas, con los que juegan, cantan y disfrutan; el mayor va a la escuela (a lo que aquí sería Educación Infantil). 

Os adjunto una foto mía con ellos (para que podáis apreciar su sonrisa despreocupada, al fin), y un video del más pequeño cantando una canción tradicional (hasta que fue acogido sólo lloraba y lloraba).

Está claro que nosotros trabajamos hasta donde humanamente podemos. Y Dios hace todo el resto, valiéndose de nosotros para que seamos sus manos aquí, y Él pueda obrar el milagro a través de nosotros. 

David Aguilera, LMC en la zona Gumuz de Etiopía.

EVANGELIO DEL DOMINGO 5 DE DICIEMBRE

Lucas (3,1-6): En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tretarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
«Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos;
los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajador;
lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano.
Y toda carne verá la salvación de Dios».

DE OÍDAS (2ª SEMANA DE ADVIENTO)

Hay personas que más que creer en Dios creen en aquellos que hablan de él. Solo conocen a Dios «de oídas». Les falta experiencia personal. Asisten tal vez a celebraciones religiosas, pero nunca abren su corazón a Dios. Jamás se detienen a percibir su presencia en el interior de su ser.

Es un fenómeno frecuente: vivimos girando en torno a nosotros mismos, pero fuera de nosotros; trabajamos y disfrutamos, amamos y sufrimos, vivimos y envejecemos, pero nuestra vida transcurre sin misterio y sin horizonte último.

Incluso los que nos decimos creyentes no sabemos muchas veces «estar ante Dios». Se nos hace difícil reconocernos como seres frágiles, pero amados infinitamente por él. No sabemos admirar su grandeza insondable ni gustar su presencia cercana. No sabemos invocar ni alabar.

Qué pena da ver cómo se discute de Dios en ciertos programas de televisión. Se habla «de oídas». Se debate lo que no se conoce. Los invitados se acaloran hablando del papa, pero a nadie se le oye hablar con un poco de hondura de ese Misterio que los creyentes llamamos «Dios».

Para descubrir a Dios no sirven las discusiones sobre religión ni los argumentos de otros. Cada uno ha de hacer su propio recorrido y vivir su propia experiencia. No basta criticar la religión en sus aspectos más deformados. Es necesario buscar personalmente el rostro de Dios. Abrirle caminos en nuestra propia vida.

Cuando durante años se ha vivido la religión como un deber o como un peso, solo esta experiencia personal puede desbloquear el camino hacia Dios: poder comprobar, aunque solo sea de forma germinal y humilde, que es bueno creer, que Dios hace bien.

Este encuentro con Dios no siempre es fácil. Lo importante es buscar. No cerrar ninguna puerta; no desechar ninguna llamada. Seguir buscando, tal vez con el último resto de nuestras fuerzas. Muchas veces, lo único que podemos ofrecer a Dios es nuestro deseo de encontrarnos con él.

Dios no se esconde de quienes lo buscan y preguntan por él. Tarde o temprano recibimos su «visita» inconfundible. Entonces todo cambia. Lo creíamos lejano, y está cerca. Lo sentíamos amenazador, y es el mejor amigo. Podemos decir las mismas palabras que Job: «Hasta ahora hablaba de ti de oídas; ahora te han visto mis ojos».

José Antonio Pagola