Siriri

Nuestra compañera Tere Monzón, en España desde hace 2 meses, ha participado en el coloquio de presentación del documental Siriri en Madrid. Esta pieza fue oficialmente presentada en el festival de Cine y DDHH de Berlín en 2021 y narra el esfuerzo de Mons. Nzapalainga, Cardenal de Bangui y el purpurado más joven, y su amigo el Imán Layama para reconstruir la paz en el país devorado por los intereses globales.

La proyección es parte de las actividades de la Semana de África en Madrid, organizada por más de 10 asociaciones, entre las que se encuentra REDES (de la que Amani-LMC es miembro) y la revista Mundo Negro. Quique Bayo, director de Mundo Negro, participó también en la presentación, que tuvo lugar en los locales del Servicio Capuchino para el Desarrollo-Sercade. La mayoría del público estaba compuesto por los jóvenes subsaharianos usuarios de este servicio, por lo que los diálogos transcurrieron mayoritariamente en francés.

El documental impresiona al constatar la dificultad de reconstruir el tejido social cuando se ha sembrado previamente la desconfianza entre unos y otros, sea por el motivo que sea, en este caso con la excusa de diferencias de religión. Tere comentaba en su intervención que esa herida es la que más le dolía a ella en primera persona, ya que cuando llegó al país encontró una hermosa convivencia en la diversidad de religiones. Mons. Nzapalainga y el Imán Layama denunciaban en el documental cómo los intereses extractivos multinacionales han sembrado la división y creado un escenario de desgobierno en el que sus intereses prevalecen.

Es llamativo que el público de esta proyección fueran esos jóvenes, recién llegados de África, queriendo entrar en una sociedad diferente. A ellos se les anunció este testimonio de siembra de la cultura de paz y encuentro. Ellos van a ser, están siendo, protagonistas de ese encuentro entre culturas, que debe enriquecernos a todas las personas que participamos en él. Es una necesidad de nuestro tiempo.

Sostener la Esperanza en Etiopía

Compartimos el testimonio misionero del P. Marco, desde Etiopía, enviado hace dos semanas. Nuestro compañero David ha participado en la misión de Gilgel Beles, pero ha retornado a España por la situación de violencia abierta, que se describe en el texto.

Queridos amigos, familiares y benefactores todos. Pido disculpas por esta larga ausencia debido, en primer lugar, a la pandemia, que bloqueó las comunicaciones postales entre Etiopía e Italia, y, después, a la guerra civil que se desarrolla desde hace un año, no sólo en la región norte, sino también en gran parte del país, que está siendo desgarrado por diversos grupos étnicos de liberación, o supuestos grupos de liberación. También en nuestra zona Gumuz, las consecuencias del odio étnico hacia la población negra e indígena, que tratamos de atender particularmente han dado lugar a la formación de una guerrilla de rebeldes gumuz que están sembrando el terror y la muerte en el campo. Mientras que hace unos años estaban equipados con los «infames arcos y flechas» para defender sus tierras, ahora disponen de municiones y armas más potentes. ¿Armas suministradas por quién? Fácil de imaginar, en esta compleja batalla por conseguir el poder en Etiopía o el control de nuestra zona, muy rica en recursos minerales y donde fluye toda el agua de la cuenca del Nilo.

Como saben, nuestra segunda misión entre los Gemer, Gublak, fue evacuada hace un año, y ahora el ejército federal también ha abandonado la ciudad. También estamos asediados en la misión de Gilgel Beles. Sin posibilidad de poder visitar los 27 pueblos donde teníamos escuelas, capillas y otros atractivos sociales. Los propios habitantes, por miedo a los rebeldes, han abandonado estos pueblos y se han refugiado en el bosque. Para salir de Gilgel y llegar a las tierras altas de Amara, necesitamos una escolta armada de soldados. Las hermanas combonianas también han estado refugiadas con nosotros durante dos meses, pero ahora han regresado a su misión en Mandura, a 10 km de nosotros, porque algunas personas han vuelto al pueblo. Probablemente no podrán reabrir la escuela y la clínica este año porque los profesores y las enfermeras no son gumuz y arriesgarían sus vidas, al igual que los gumuz que se aventuran en las ciudades vecinas.

En cambio, en Gilgel Beles, al estar protegida por soldados, hemos reabierto la escuela y este año tenemos muchos más niños gumuz que de costumbre, porque se han desplazado en los ataques desde sus aldeas destruidas por el conflicto étnico. Otro pueblo, en el que teníamos una escuela, fue arrasado hace unos meses. Los supervivientes se han instalado en casas a las afueras de nuestra misión.

Cuando regresé de Italia, en marzo, me centré en proporcionar asistencia inmediata a los innumerables refugiados gumuz que huyeron de sus pueblos destruidos por las incursiones de las milicias de las tierras altas. Alimentamos a miles de personas, mujeres, niños, jóvenes, distribuyendo también ropa y jabón a los que no tenían, especialmente a los menores y a los más débiles

Hemos abierto una clase especial para niños con dificultades auditivas en nuestra escuela. También atendemos a personas gravemente enfermas que llegan a la misión sin ningún tipo de apoyo y que proceden de zonas de la guerrilla donde no hay asistencia médica y escasea la comida. Hemos puesto en marcha una especie de albergue para estudiantes refugiados a los que pagamos el alquiler de la casa, la comida y la escuela, sin apoyo de sus familias, que también se encuentran en situaciones difíciles.

No hay agua y a menudo no hay electricidad en la ciudad. Suministramos agua de nuestro pozo, bombeada con nuestro generador a todo aquel que la necesite, sin importar la raza o la religión.  Al principio, venían las mujeres gumuz, porque nos conocían. Ahora, incluso los no gumuz, ortodoxos y musulmanes, se han animado a venir por agua. El ecumenismo del agua. La Iglesia católica se muestra como la única institución no étnica, sino verdaderamente universal, abierta a las necesidades de todos. Son pequeños gestos, esenciales para la supervivencia de las personas.

¡Cuántos muertos incluso entre nuestros jóvenes católicos! Algunos de ellos son gumuz que creyeron correcto defender su tierra o sus derechos con las armas, enviados al frente sin ninguna experiencia, asesinados por rebeldes de su propia raza, o por rebeldes del Frente de Liberación Oromo. Seguimos llorando nuestras a todos los muertos de esta guerra insensata y fratricida.

A pesar de este clima de tensión, hemos continuado nuestras actividades pastorales y sociales en la ciudad, en Gilgel Beles, junto a las Hermanas Combonianas. Preparación de matrimonios, sacramentos… A pesar del luto, la vida sigue, porque nadie debe perder la esperanza en un futuro mejor, cuando los gumuz puedan vivir en paz en su tierra, cuando todos los pueblos de Etiopía puedan abandonar los rencores del pasado, finalmente como verdaderos hermanos.

¡Y esta es la esperanza de la Navidad! La esperanza que el niño de Belén nos regala cada año, para recordarnos que el Amor de Dios triunfa al final.

Pequeños milagros

SELAM (paz, en Amhárico) desde Etiopía, un precioso país que realmente necesita de paz hoy día . 

Entre tanto conflicto, sinrazón y enfrentamiento hay siempre noticias que son reflejo de que el Espíritu nunca deja de soplar, y de que Dios nunca abandona, sobre todo a los más débiles. 

Creo que todos conocéis el trabajo que realizamos con algunos niños de la calle, buscándoles familia con los que alojarlos. Creo que también conocéis el caso de Fasika y Wadem, dos hermanos que desde que el menor tenía un año vivían en la calle, robando y mendigando, sin que nadie pudiera acogerlos (ya que la madre de ellos murió en el parto del segundo, y ese hecho estigmatizó a los propios niños). De cómo el pequeño tenía una enfermedad en los riñones que hacía que se hinchara todo el cuerpo cada cierto tiempo, y se le llenara de heridas. 

De cómo intentamos con varios parientes, incluso ayudándoles económicamente, pero más que cuidarlos los maltrataban. 

Y de cómo durante el peor momento de la guerra los niños desaparecieron con otros familiares que huyeron al bosque, y los encontramos a los meses completamente desnutridos. 

Pues bien, nuestro trabajo y nuestra oración han dado sus frutos, cuando tenían que darlos. 

Ambos han sido acogidos por una familia de parroquianos muy comprometida, oficialmente por uno de los hijos de dicha familia, que está recién casado y con un bebé (digo por la familia entera porque aquí se vive en clan, y toda la familia debe aceptarlo, y así ha sido; Bewa, la matriarca, reunió a todos, expuso el problema y aceptaron acogerlos de por vida). El gobierno local ha firmado ya los papeles. 

Antes de venir a Addis fui a visitarlos. Viven en una casa sencilla pero muy limpia, se duchan a diario y se cambian de ropa. Van calzados. Comen varias veces al día (y pican otras tantas 😄). Han engordado (aquí eso es salud).

Viven rodeados de otros niños y niñas, con los que juegan, cantan y disfrutan; el mayor va a la escuela (a lo que aquí sería Educación Infantil). 

Os adjunto una foto mía con ellos (para que podáis apreciar su sonrisa despreocupada, al fin), y un video del más pequeño cantando una canción tradicional (hasta que fue acogido sólo lloraba y lloraba).

Está claro que nosotros trabajamos hasta donde humanamente podemos. Y Dios hace todo el resto, valiéndose de nosotros para que seamos sus manos aquí, y Él pueda obrar el milagro a través de nosotros. 

David Aguilera, LMC en la zona Gumuz de Etiopía.

ECOGRAFÍA DEL CORAZÓN DE ÁFRICA

03 - copia

Me llamo Lucía y me encuentro trabajando de enfermera en un Centro de Salud en Bagandou, una zona rural del norte de RCA. Aquí en la República Centroafricana, que como bien dice el nombre del país se encuentra justo en la parte central del continente africano, el virus del Covid-19 no se ha expandido, así que de momento estamos salvados… al menos de este mal, pero tenemos otros peores.

Desde diciembre el país ha sufrido el asedio de grupos rebeldes, anteriormente enfrentados, que se unieron en esta ocasión bajo el mando del antiguo presidente Bozizé para boicotear las elecciones. Por suerte no lograron impedir que se nombrara el presidente electo Touaderà, a pesar de toda la violencia y miedo sembrado en todas las regiones.

En nuestra región sólo estuvieron de paso, pero la gente huyó de pánico al bosque para esconderse cuando supieron de su llegada. Nosotras también nos asustamos y esos días nos refugiamos en la casa de los sacerdotes de la misión, junto con otras familias.
 Actualmente estamos sufriendo el bloqueo de la frontera con Camerún, donde los rebeldes se han instalado desde enero, para evitar el paso de mercancías. Esto está preocupando mucho a la población, que ve los precios aumentar y los alimentos básicos agotarse sin piedad. Se trata de una lenta agonía, pues el país, que ha sufrido innumerables guerras consecutivas, es dependiente completamente de las ayudas y mercancías importadas del extranjero. ¡Hasta las cebollas nos llegan del país vecino!

Aquí las hermanas estamos todas bien y con salud, y trabajando con pasión cada día por el Reino de Dios a través de nuestros ministerios respectivos. Yo personalmente estoy empezando a entender el sango, la lengua local y a practicarlo torpemente con las personas.

 Particularmente este año he disfrutado mucho con un trabajo que hemos hecho de educación sanitaria y de higiene en los campamentos de pigmeos, la población indígena del lugar. Ha sido una experiencia muy fuerte para mí la amistad con este pueblo marginado y excluido completamente de la sociedad centroafricana… ¡Pero a la vez tan rico en valores y cualidades!

Me gustaría mucho poder aprender algo de su humildad, sencillez y ternura. Este pueblo ya forma parte de mi corazón. Que el Señor nos indique los caminos para ayudarles a llegar a una mayor independencia y realización como personas, caminos para llevarles a disfrutar de su plena dignidad y libertad.

Pues la liberación que Cristo trajo, también es para ellos, uno de los pueblos más vulnerables de la tierra.
Quisiera compartir una reflexión que el Papa Francisco hace en su encíclica Fratelli Tutti :
“El amor al otro por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Sólo en el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos.” 
Un abrazo en la paz de Cristo

Lucía Fonts
Misionera Comboniana

Colegio Esperanza

La etapa escolar, sobre todo la infantil y la primaria, suele marcar nuestras vidas de una manera u otra. Grandes recuerdos se amontonan: amigos y amigas que son una gran parte de lo que fuimos, maestros y maestras que tocaron nuestros corazones y abrieron caminos que hasta entonces ni imaginábamos… En general, vida compartida que nos apasionó, nos lleno de alegría y que casi siempre consideraremos como la mejor etapa.

Sin embargo, en Etiopía, el colegio puede tener un sentido más completo.

En la región en la que vivo, Gumuz, la familia Comboniana tiene 5 guarderías (3 los padres Combonianos, 2 las hermanas Combonianas) y un colegio de primaria (de las hermanas Combonianas). Todos estos centros fueron petición del propio gobierno local, hace ya más de 20 años, que entendió que esta región escasamente desarrollada precisaba de espacios educativos que cumplieran dos objetivos: por un lado, potenciar la educación con el fin de poder garantizar un futuro autónomo y digno; por otro lado, crear espacios donde puedan convivir niños y niñas de todas las etnias presentes en la zona, en igualdad y compañerismo, de manera que la división (tan presente y tan profunda en la región) vaya desapareciendo desde los pilares de la vida (la infancia y la adolescencia) y se fomente la idea de la fraternidad completa.

Ese ha sido el objetivo de la familia Comboniana todos estos años, desde los planes educativos generales hasta el quehacer diario: crear un lugar en el que la convivencia sea tan importante como la adquisición de conocimientos y competencias.

Sin embargo, la realidad social ha cambiado mucho en los últimos dos años. Cuando llegué a Etiopía, esta región estaba sumida en un conflicto étnico de unas etnias contra otras (con asesinatos, desplazados, quema de viviendas, etc.). Cuando la situación estaba normalizándose, el Covid-19 apareció para volver a romper la normalidad, cerrar todo y sembrar el pánico (que ya se había convertido en “visitante” asiduo por esta zona). Y, sin haber conseguido frenar este problema, un nuevo conflicto étnico, aún más grave que el anterior, azotó la vida de los habitantes de la región. Los problemas que encontrábamos en el primer conflicto se multiplicaron, se expandieron y no conocían de religión, edad o sexo para tener un poco de piedad. El día a día quedó dominado por un pánico ya conocido, pero que alcanzó límites insospechados. TODO volvió a cerrarse con la llave del miedo, la violencia y el desánimo.

La situación exigía una respuesta, y el colegio de las hermanas Combonianas, que es sobre el que escribo, se convirtió en algo más que un centro de convivencia, se convirtió en el “Colegio Esperanza”.

Ante la realidad de violencia, muchas personas, principalmente mujeres, niños/as y ancianos/as optaron por abandonar sus casas. Muchos marcharon a esconderse al bosque, pero la gran mayoría de los que vivían alrededor del colegio, de manera casi instintiva, y por una confianza enorme en las hermanas, optó por refugiarse en masa en dicho colegio. Fue sorprendente ver cómo entraban por decenas, o cientos, con lo principal que pudieron coger antes de huir, en una diáspora improvisada, cargando enseres, niños, bebés, grano, animales, etc. El colegio abrió sus puertas, y se convirtió, más que en su casa, en su refugio, puesto que, más que comodidad, buscaban seguridad. Las clases fueron vaciadas y transformadas en lugares donde dormir, cocinar, comer y recibir cuidados; así como otros espacios y zonas comunes, hasta los patios y las fuentes.

Con el paso de las semanas, la situación dio alguna tregua; las personas volvieron a sus casas, pero no a la normalidad. Ante el miedo de que pudieran saquear sus pertenencias, temían principalmente por el grano recolectado durante todo el año. Volvieron a depositar la esperanza en el colegio, que abrió de nuevo sus puertas para que llevaran ese grano, en sacos de cien kilos, para ser almacenado en el único lugar en el que entonces confiaban.

Esta situación fue especialmente grave para los niños y las niñas, que vivían instalados en el miedo y el sentimiento de desprotección. Las hermanas, conscientes de ello, volvieron a poner el colegio al servicio de la infancia, creando un espacio de confianza. A pesar de que oficialmente todos los centros educativos de la zona estaban cerrados, las puertas de nuestro centro protagonista se abrían casi a diario para dar clases de apoyo y repaso, para acoger a todo el que viniese y permitirle pintar, dibujar, leer o escribir; y, lo que más éxito tenía, para organizar (o más bien, improvisar) juegos y actividades deportivas. En ese momento, lo más importante no era que los niños/as y jóvenes aprendieran o fueran evaluados, sino que pudieran entrar en un lugar en el que se sintieran seguros, ilusionados, con la alegría que debería reinar en esta etapa de la vida. Que pudieran jugar, relacionarse en paz y tranquilidad y que se sintieran abrazados y consolados fue la prioridad; en definitiva, que pudieran ser lo que son, niños y niñas, forzados a crecer por una realidad más dura de la que deberían haber conocido.

En todo este proceso, mi compañero de misión (Pedro) y yo nos quisimos implicar al máximo (aunque algunas veces nos fuera imposible desplazarnos por la peligrosidad de los diez kilómetros de camino que separaban nuestra casa del colegio, debido a ataques, redadas, disparos, etc.). Nuestro hacer diario, nuestra ilusión y nuestras fuerzas se volcaron principalmente en acompañar y ayudar a sacar adelante las actividades diarias para niños y niñas; como improvisados profesores, entrenadores deportivos, monitores, acompañantes, y todo lo que podamos

imaginar, procurábamos ofrecer un espacio de acogida y esperanza a todo el que cruzaba las puertas de la calle.

Mañana, veintitrés de febrero, y tras haberse estabilizado bastante la situación, el colegio abre sus puertas al nuevo curso de manera oficial (habiéndose perdido casi medio año). Los alumnos y las alumnas, desde los 3 años hasta el fin de la primaria, volverán a sus clases. En este retornar, la pesadilla quedará atrás; y dudo que alguno llore a las puertas del mismo. Todo lo contrario, estarán deseosos de volver al lugar del que nunca se sintieron apartados; el lugar que supuso para ellos el único espacio de tranquilidad y despreocupación. Los padres y las madres, por su lado, se sentirán más aliviados que nunca, puesto que, si en los momentos de mayor tormento confiaron ciegamente para proteger a sus hijos e hijas (el regalo más preciado que tienen), el que vuelvan a dar clase les llenará de renovada ilusión.

Es por eso que, a pesar de que tiene otro nombre, yo he preferido bautizarlo como el “Colegio Esperanza”.

David Aguilera Pérez, laico misionero comboniano en Etiopía