MENSAJE DEL PAPA PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES “Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos”

A lo largo de las próximas semanas iremos compartiendo algunos de los materiales que las OMP han elaborado para la campaña del DOMUND de este año con el fin de prepararnos para celebrar esta jornada misionera.

Comenzamos en esta entrada con el mensaje del papa Francisco para el DOMUND 2018  en el que nos inivta a unirnos a los jóvenes para llevar el Evangelio a todos.

MENSAJE DEL PAPA PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES

“Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos”

Queridos jóvenes, deseo reflexionar con vosotros sobre la misión que Jesús nos ha confiado. Dirigiéndome a vosotros lo hago también a todos los cristianos que viven en la Iglesia la aventura de su existencia como hijos de Dios. Lo que me impulsa a hablar a todos, dialogando con vosotros, es la certeza de que la fe cristiana permanece siempre joven cuando se abre a la misión que Cristo nos confía. «La misión refuerza la fe», escribía san Juan Pablo II (Carta enc. Redemptoris missio, 2), un Papa que tanto amaba a los jóvenes y que se dedicó mucho a ellos.

El Sínodo que celebraremos en Roma el próximo mes de octubre, mes misionero, nos ofrece la oportunidad de comprender mejor, a la luz de la fe, lo que el Señor Jesús os quiere decir a los jóvenes y, a través de vosotros, a las comunidades cristianas.

La vida es una misión

Cada hombre y mujer es una misión, y esta es la razón por la que se encuentra viviendo en la tierra. Ser atraídos y ser enviados son los dos movimientos que nuestro corazón, sobre todo cuando es joven en edad, siente como fuerzas interiores del amor que prometen un futuro e impulsan hacia adelante nuestra existencia. Nadie mejor que los jóvenes percibe cómo la vida sorprende y atrae. Vivir con alegría la propia responsabilidad ante el mundo es un gran desafío. Conozco bien las luces y sombras del ser joven, y, si pienso en mi juventud y en mi familia, recuerdo lo intensa que era la esperanza en un futuro mejor. El hecho de que estemos en este mundo sin una previa decisión nuestra, nos hace intuir que hay una iniciativa que nos precede y nos llama a la existencia. Cada uno de nosotros está llamado a reflexionar sobre esta realidad: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 273).

 Os anunciamos a Jesucristo

La Iglesia, anunciando lo que ha recibido gratuitamente (cf. Mt 10,8; Hch 3,6), comparte con vosotros, jóvenes, el camino y la verdad que conducen al sentido de la existencia en esta tierra. Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, se ofrece a nuestra libertad y la mueve a buscar, descubrir y anunciar este sentido pleno y verdadero. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de Cristo y de su Iglesia. En ellos se encuentra el tesoro que llena de alegría la vida. Os lo digo por experiencia: gracias a la fe he encontrado el fundamento de mis anhelos y la fuerza para realizarlos. He visto mucho sufrimiento, mucha pobreza, desfigurar el rostro de tantos hermanos y hermanas. Sin embargo, para quien está con Jesús, el mal es un estímulo para amar cada vez más. Por amor al Evangelio, muchos hombres y mujeres, y muchos jóvenes, se han entregado generosamente a sí mismos, a veces hasta el martirio, al servicio de los hermanos. De la cruz de Jesús aprendemos la lógica divina del ofrecimiento de nosotros mismos (cf. 1 Co 1,17-25), como anuncio del Evangelio para la vida del mundo (cf. Jn 3,16). Estar inflamados por el amor de Cristo consume a quien arde y hace crecer, ilumina y vivifica a quien se ama (cf. 2 Co 5,14). Siguiendo el ejemplo de los santos, que nos descubren los amplios horizontes de Dios, os invito a preguntaros en todo momento: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?».

 

 Transmitir la fe hasta los confines de la tierra

También vosotros, jóvenes, por el Bautismo sois miembros vivos de la Iglesia, y juntos tenemos la misión de llevar a todos el Evangelio. Vosotros estáis abriéndoos a la vida. Crecer en la gracia de la fe, que se nos transmite en los sacramentos de la Iglesia, nos sumerge en una corriente de multitud de generaciones de testigos, donde la sabiduría del que tiene experiencia se convierte en testimonio y aliento para quien se abre al futuro. Y la novedad de los jóvenes se convierte, a su vez, en apoyo y esperanza para quien está cerca de la meta de su camino. En la convivencia entre los hombres de distintas edades, la misión de la Iglesia construye puentes inter-generacionales, en los cuales la fe en Dios y el amor al prójimo constituyen factores de unión profunda.

Esta transmisión de la fe, corazón de la misión de la Iglesia, se realiza por el “contagio” del amor, en el que la alegría y el entusiasmo expresan el descubrimiento del sentido y la plenitud de la vida. La propagación de la fe por atracción exige corazones abiertos, dilatados por el amor. No se puede poner límites al amor: fuerte como la muerte es el amor (cf. Ct 8,6). Y esa expansión crea el encuentro, el testimonio, el anuncio; produce la participación en la caridad con todos los que están alejados de la fe y se muestran ante ella indiferentes, a veces opuestos y contrarios. Ambientes humanos, culturales y religiosos todavía ajenos al Evangelio de Jesús y a la presencia sacramental de la Iglesia representan las extremas periferias, “los confines de la tierra”, hacia donde sus discípulos misioneros son enviados, desde la Pascua de Jesús, con la certeza de tener siempre con ellos a su Señor (cf. Mt 28,20; Hch 1,8). En esto consiste lo que llamamos missio ad gentes. La periferia más desolada de la humanidad necesitada de Cristo es la indiferencia hacia la fe o incluso el odio contra la plenitud divina de la vida. Cualquier pobreza material y espiritual, cualquier discriminación de hermanos y hermanas es siempre consecuencia del rechazo a Dios y a su amor.

Los confines de la tierra, queridos jóvenes, son para vosotros hoy muy relativos y siempre fácilmente “navegables”. El mundo digital, las redes sociales que nos invaden y traspasan, difuminan fronteras, borran límites y distancias, reducen las diferencias. Parece todo al alcance de la mano, todo tan cercano e inmediato. Sin embargo, sin el don comprometido de nuestras vidas, podremos tener miles de contactos pero no estaremos nunca inmersos en una verdadera comunión de vida. La misión hasta los confines de la tierra exige el don de sí en la vocación que nos ha dado quien nos ha puesto en esta tierra (cf. Lc9,23-25). Me atrevería a decir que, para un joven que quiere seguir a Cristo, lo esencial es la búsqueda y la adhesión a la propia vocación.

 Testimoniar el amor

Agradezco a todas las realidades eclesiales que os permiten encontrar personalmente a Cristo vivo en su Iglesia: las parroquias, asociaciones, movimientos, las comunidades religiosas, las distintas expresiones de servicio misionero. Muchos jóvenes encuentran en el voluntariado misionero una forma para servir a los “más pequeños” (cf. Mt 25,40), promoviendo la dignidad humana y testimoniando la alegría de amar y de ser cristianos. Estas experiencias eclesiales hacen que la formación de cada uno no sea solo una preparación para el propio éxito profesional, sino el desarrollo y el cuidado de un don del Señor para servir mejor a los demás. Estas formas loables de servicio misionero temporal son un comienzo fecundo y, en el discernimiento vocacional, pueden ayudaros a decidir el don total de vosotros mismos como misioneros.

Las Obras Misionales Pontificias nacieron de corazones jóvenes, con la finalidad de animar el anuncio del Evangelio a todas las gentes, contribuyendo al crecimiento cultural y humano de tanta gente sedienta de Verdad. La oración y la ayuda material, que generosamente son dadas y distribuidas por las OMP, sirven a la Santa Sede para procurar que quienes las reciben para su propia necesidad puedan, a su vez, ser capaces de dar testimonio en su entorno. Nadie es tan pobre que no pueda dar lo que tiene, y antes incluso lo que es. Me gusta repetir la exhortación que dirigí a los jóvenes chilenos: «Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie: Le haces falta a mucha gente y esto piénsalo. Cada uno de vosotros piénselo en su corazón: Yo le hago falta a mucha gente» (Encuentro con los jóvenes, Santuario de Maipú, 17 de enero de 2018).

Queridos jóvenes: el próximo octubre misionero, en el que se desarrollará el Sínodo que está dedicado a vosotros, será una nueva oportunidad para hacernos discípulos misioneros, cada vez más apasionados por Jesús y su misión, hasta los confines de la tierra. A María, Reina de los Apóstoles, a los santos Francisco Javier y Teresa del Niño Jesús, al beato Pablo Manna, les pido que intercedan por todos nosotros y nos acompañen siempre.

Francisco
Vaticano, 20 de mayo de 2018,
Solemnidad de Pentecostés

Los jóvenes de África

África es un continente rico, pero la riqueza más grande, más valiosa de África, son los jóvenes.
Ellos deben poder elegir entre dejarse vencer por la dificultad o transformar la dificultad en una oportunidad.
El camino más eficaz para ayudarlos en esta elección es invertir en su educación.
Si un joven no tiene posibilidades de educación, ¿qué podrá hacer en el futuro?
Recemos para que los jóvenes del continente africano tengan acceso a la educación y al trabajo en sus propios países.

Papa Francisco

DOMUND 2018: «Cambia el Mundo»

El Domund, la Jornada Mundial de las Misiones, es el día en que, de un modo especial, la Iglesia universal reza por los misioneros y colabora con las misiones.

Este año el #Domund2018 te invita: Cambia el mundo

En nuestro mundo podemos ver fácilmente cambios superficiales, que dejan las cosas como estaban, y otros que son “a peor”, porque derivan de acciones injustas y que atentan contra la dignidad del ser humano. Eso, si no suponemos, desde la indiferencia, que las cosas no pueden ser más que como son.
Frente a esto, los misioneros nos muestran que es posible un cambio “a mejor”, profundo y real. Ellos pueden ser para todos, y en especial para los jóvenes, un referente de compromiso y esperanza; sus vidas constituyen la prueba palpable de que un corazón en el que ha entrado Dios, con toda su novedad y creatividad, puede cambiar el mundo.
Para más información, puedes visitar  el siguiente enlace:  http://www.domund.es

Monseñor Aguirre: «Bangassou vive recibiendo puñetazos en la nariz por todos lados»

Centroáfrica se desangra en una guerra civil abyecta. El estado fallido que la gobierna es como un náufrago agarrado a un madero en el mar que otea el horizonte esperando un Aquarius que lo saque del abismo. Curiosamente, los navíos que vienen al rescate son muchos y poderosos. Porque el olor de los diamantes y del oro les atrae como el aroma embriagante del hachís.

La diócesis de Bangassou, como la mitad de las diócesis en éste país desnortado, vive recibiendo puñetazos en la nariz por todos lados. Queremos ser nosotros mismos pero la guerra nos mete el pánico en el cuerpo y toda prestancia se desvanece. Nos sumerge de lleno en el Cristo del Calvario, abatido y torturado. Hay Comisiones para el diálogo, grupos de encuentro, mujeres por la paz, Justicia y Paz y tantos otros grupos. Hay gestos de reconciliación en cada barrio. Pero si los agresores no salen del país, estos roerán desde dentro todo esfuerzo por la paz. Y, al día de hoy, todos siguen aquí, protegidos y amparados por países fuera de Centroáfrica. Las comunidades rezan con fe pero se avanza a paso de tortuga.

Ahora Bangassou es una diócesis ocupada por extranjeros, muchos de ellos con cabellos de trenzas, gafas de sol, armados de kalashnikovs. Una ráfaga de arma pesada te paraliza como la picadura de un escorpión. Nosotros y nuestra gente sencilla somos polvo y arena para ellos.

Violentos y chiflados ocupan barrios enteros, escupen cuando pasas. Tenemos aún 1500 musulmanes, repescados en mayo del 2017 de una muerte segura por degollamiento, acogidos en el Seminario Menor San Luis, a 50 metros de la catedral. Entonces les salvamos la vida pero hoy nos dan muchas tribulaciones a causa de un grupo de radicales armados que paralizan el campamento de refugiados y tienen a todo aquel que no es musulmán como un enemigo.

Yo también pierdo el norte de vez en cuando. Llegamos a convicción de que nos han llegado a robar todo menos la fe. Y para ello no hay más que mirar al Jesús del Calvario, el inocente sacrificado, el que pierde todo perdonando, el que nos enseña el camino de trascender lo vivido y mirar la realidad con fe y esperanza.

Desde 2017, inmerso en la vorágine, se pierde la calma y el sosiego. Recogiendo cadáveres para hacer una fosa común, se bloquea la mente. Quedándose en silencio abrazando niños hasta que las ráfagas paren, la sangre se hiela y la adrenalina puede contigo. Pero después de la tempestad llega la calma, y con ella la confianza y el sosiego en Dios. Sin Él no eres nada y nada puedes. Te hundes en profundidades, en inmersión como la rana, para coger fuerzas y cargar las pilas. Si luego vuelves a la cruda realidad, ya vas de otro talante. Es la fuerza de la oración.

Miles de personas en Bangassou, en uno de los 4 campos de desplazados internos, están heridas en el alma. Mujeres violadas, familias perdidas, gente desubicada, niños de las milicias antibalakas (atbk) con sangre en las manos, perdida la inocencia y sin saber distinguir entre la vida y la muerte. Jóvenes criminales no musulmanes en estado de shock… Miles de catecúmenos a relocalizar, matrimonios divididos por la guerra… Y también sacerdotes noqueados por las amenazas de muerte, por las intimidaciones, por la guerra en estado puro y la violencia ciega de los criminales, monjas huidas, que han sido atacadas y profanadas, que intentan reconcentrar sus miradas en la mirada de Cristo crucificado, monjas sin comunidad, monjas divididas entre la caridad y la apatía. Sacerdotes con la mirada perdida, a los que la oración alimenta poco… Personas con las pasar página y volver a reconstruir la esperanza y el futuro.

Las noticias en España hablan de inmigrantes recogidos en el mar, de quién se los queda, de quién paga a Marruecos para que los devuelva al desierto para que se mueran de sed… Leo que tienen que pasar 9 barreras de negreros y mafias de otros africanos criminales con Rolex en las muñecas, antes de llegar a la patera de la playa o a la balsa con motor para los más pudientes, en las playas de Tánger… El obispo Mgr Agrelo no para de denunciar cómo se pisotean sus derechos fundamentales. Un problema grave mientras Europa quiera que sus fronteras sean infranqueables, pues detrás de las vallas de Ceuta hacen cola muchos miles de otros «intocables» dispuestos a llegar o a morir.

Entre los que llegaron a Valencia en el barco de Médicos sin Fronteras, por una vez, que será la última, con fanfarrias y ministros, había una mujer centroafricana con un bebé. Dijo a la tele que escapaba de la «guerra de Centroáfrica». Es una madre. Una de entre el 1.100.000 refugiados centroafricanos: 650.000 en el Chad o el Camerún y 550.000 desplazados internos que luchan por sobrevivir, como estos 1500 que tenemos en el Seminario de Bangassou. Fijaos que no son 100, o los 600 que llegaron a Algeciras, o los 18.000 que han llegado en pateras a nuestras costas rozando por chiripa ser uno más en la fosa común del Mediterráneo. Os hablo de 1.100.000 solo en Centroáfrica. Uganda ha acogido ya a 1.200.000 sudaneses del Sur que huyen de la guerra civil en su país sin un dólar en el bolsillo que les incite a pensar en el temible desierto del Sahara y en las playas de Ceuta. Y así podríamos hablar de los 53 países del continente africano.

Porque, aunque parezca mentira, inmigrantes o traficantes, aprovechados o simplemente depredadores extranjeros, están llegando a Centroáfrica de todo calibre y nacionalidad. Es nuestra propia ración de inmigrantes. Y no solo inmigrantes o refugiados que huyen del Congo o del Sudan y encuentran en Centroáfrica un mísero país de acogida.

Hemos visto llegar en 2013 miles de mercenarios armados hasta los dientes (musulmanes radicales Seleka) que han reventado el país. Ahora, 18 señores de la guerra extranjeros con olor de pólvora en las manos y de diamantes en las narices, han despedazado el país en una guerra civil sin cuartel y lo quieren dividir en dos, con una parte mirando a la Meca para gloria del Islam y las materias primas de minerales dispuestas para viajar a Arabia Saudita y sus países acólitos. Robo de diamantes y oro sin pasar aduana, simplemente, dicen, porque Dios es misericordioso con los suyos. Ladrones de gente pobre a los que el gobierno español pone alfombra roja cuando vienen de visita o de recreo.

Desde entonces hemos visto llegar a miles de chinos que han construido un puente y un hospital y han recibido por ello concesiones de minas de oro en el sur del país y que ya explotan con maquinaria moderna y miles de trabajadores chinos (inmigrantes de guante blanco) que llegan con los papeles firmados desde Pekín, sonrisa ancha y manos libres de cámaras de fotos. Porque estos no vienen a hacer turismo.

En 2014 llegaron 12.000 soldados de la Onu que hacen y deshacen a su antojo. Un día se arriesgan por salvar a civiles y otro se arrugan de una manera vergonzosa. Muchos tienen experiencia y buena voluntad, pero en lo alto de la pirámide tienen salarios de 10.000 € mensuales y lo suyo, en un país tan pobre como el nuestro, es una maquinaria faraminosa de hacer dinero, con una logística de alto standing, sin deseo de terminar lo que están haciendo porque más que una misión, todo tiene pinta de un gran «business» que nadie quiere que concluya.

Hace unos meses se colaron sin hacer ruido la gente de Putin, mercenarios rusos para poner de pie la armada centroafricana. Soldados españoles de EUTIN los están también formando desde hace varios años pero sin armas, debido a un embargo que Naciones Unidas impuso a Centroáfrica. Putin se las ha arreglado con rodear el embargo y los forma con armas. Aterrizan sus Antonovs cargados de armas, municiones y camiones, en un aeropuerto privado a 80 km de Bangui porque los soldados franceses que vigilan en aeropuerto Bangui M’Poko no quieren verlos aterrizar allí. Ahora han formados ya a 500 Faca (Fuerzas armadas centroafricanas). Allí donde llegan, soldados armados centroafricanos encuadrados por mercenarios rusos, la gente los aclama ridiculizando a los cascos azules de la Onu. En Bangassou hace dos meses fue el delirio y un gran berrinche para el señor de la guerra nigeriano que controla la región.

Ahora, además de familias enteras de funcionarios sirios huidos de su país, que esperaban, o aún esperan en la isla de Lesbos que Alemania se los lleve como refugiados, están llegando a Centroáfrica cientos de jóvenes pirados y brutales huidos de Raqa, último bastión del ISIS en Siria. Escapados por la frontera del Líbano y a través de Libia y Chad, están desembarcando en el p.k. 5, barrio musulmán de Bangui. Sencillos comerciantes musulmanes tienen ahora que convivir (o ser rehenes) de radicales fundamentalistas. Viven sentados sobre una bomba. Son los nuevos «inmigrantes» que llegan a Centroáfrica sin papeles, de la peor calaña, escondidos en camiones de ganado. Llegan sin pasar aduana con el único deseo de meter fuego en Bangui apenas los radicales wahabitas del Golfo Pérsico chasqueen los dedos dando el o.k. para buscar kamikazes que se inmolen en la puerta de un hospital infantil para gloria del Islam.

Como dice la canción: «Oh Dios no durmáis, ¡no durmáis! Pues que no hay paz en la tierra».

Mg Juan José Aguirre
Bangassou 23 agosto 2018

«El paradigma de lo humano no es ser blanco, varón y occidental» (Pepa Torres)

Compartimos la entrevista de Mundo Negro a Pepa Torres (ACJ)  en la que nos acercamos al trabajo diario de una mujer comprometida con la causa de los migrantes y los derechos humanos, y es que, como ella misma dice, su fe y sus creencias la comprometen con el cambio social.

 

Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

Pertenece a las Apostólicas del Corazón de Jesús, es profesora de Teología y vive en comunidad  con una dominica y una laica en un piso de Lavapiés (Madrid). Desde allí han creado una red en la que se encuentran personas de diferentes orígenes comprometidas con los derechos humanos y sociales.

¿Qué es la Red Interlavapiés?

Desde esta pequeña célula de mujeres que vivimos aquí juntas hemos ido tejiendo un espacio donde estamos gente cristiana, musulmana, no creyente, manteros, empleadas de hogar, investigadores… una red muy diversa donde  lo más importante es compartir la vida, generar casa y ser una comunidad desde diferentes espiritualidades. Somos además una comunidad política, porque nuestra fe y nuestras creencias nos comprometen con el cambio social.

Llevas más de 10 años en Lavapiés. ¿Cómo es tu experiencia?

Es apasionante. Y a veces difícil. Vamos aprendiendo colectivamente cómo vivir y qué hacer en cada situación, desde las diferentes culturas de las que venimos. Es un lugar de creatividad, de fuerza, de solidaridad y también del sufrimiento que tiene que ver con la violencia y con la injusticia que lleva a que muchas personas no sean reconocidas como tales: xenofobia, racismo, islamofobia… Pero junto a eso encontramos la alegría y la esperanza. Hemos llegado a un nivel de confianza mutua en el que nos encontramos desde nuestras diferentes espiritualidades y religiones. Nos juntamos a rezar musulmanes, cristianos y gente no creyente que está en búsqueda. Compartimos los acontecimientos de nuestra vida, preocupaciones como un juicio por manta o alegrías como el nacimiento de un nieto, que una hija se casa, que finalmente alguien consigue papeles o reagrupar a su mujer. Eso nos da una complicidad y una fuerza muy poderosa a la hora de vivir en lo cotidiano y afrontar las dificultades.

Dices que crees en un mundo donde caben muchos mundos. ¿Lavapiés podría ser una muestra de ese sueño?

Hay todavía un Lavapiés que existe y resiste. Un Lavapiés rebelde que tiene que ver con ese sueño. Un mundo donde cabe muchísima diversidad y es posible convivir. Los problemas que ahora tenemos no son de convivencia entre nosotros. Son problemas económicos, detenciones porque la gente no tiene papeles, problemas laborales o de infravivienda.

¿Cómo nace tu vocación religiosa?

Hace 35 años tomé la decisión de que quería vivir haciendo familia de otra manera con la gente. Soy hija de una pastoral juvenil con una apuesta claramente por lo social. Pienso en mi barrio de La Elipa y sobre todo en Tetuán, donde trabajaba como voluntaria. La droga y la pobreza de los jóvenes nos impactó. Cuando conocí la comunidad de las que hoy son mis monjas pensé que eso era lo que yo quería ser.

¿Por qué especial sensibilidad hacia las personas migrantes?

Los migrantes han ido apareciendo en mi vida en los barrios donde he ido viviendo como nuevos vecinos que me abren a otras perspectivas. Entrar en relación con ellos te recuerda que los blancos, los europeos, los occidentales, no somos la medida del mundo. Nos ayudan a superar esta especie de complejo que el colonialismo ha sembrado dentro de nosotros. No somos hijos únicos. El paradigma de lo humano no es ser blanco, varón y occidental. Cuando entras en relación percibes la calidad humana de sus vidas y todas las situaciones tan terribles por las que han pasado. Te recuerdan el pecado social que es muchas veces la gestión de las fronteras. Cuando estamos frente a una persona que ha cruzado tantas para llegar hasta donde estamos lo primero que tenemos que reconocer es que es una persona empoderada y resiliente que trae muchas sabidurías, las propias de su cultura más las que ha tenido que ir aprendiendo por el camino. Trae un proyecto de vida y muchas riquezas.

«Ningún ser humano es ilegal». ¿Cómo se lo explicas a quien no lo entiende?

Lo primero que refuerza esa frase es que todos somos humanos. La Tierra es de todos. Las fronteras las hemos inventado las personas, sobre todo los gobiernos y los políticos. Y eso es algo absolutamente arbitrario que no puede estar por encima de la dignidad y del derecho a la vida de las personas y los pueblos. Los derechos humanos deben estar por encima de las políticas de las fronteras.

Desde tu experiencia, ¿cómo se acoge al migrante?

La hospitalidad es un deber ético y también es un derecho para las personas o los pueblos a los que se les niega. Acoger tiene una dimensión personal de respeto, de ponernos en el lugar del otro, cuidando lo más posible ese intento de reciprocidad, superando los arribas y los abajos, las asimetrías que el sistema impone. Pero al mismo tiempo tiene una dimensión política. Tiene que haber leyes que favorezcan la acogida o que al menos no la impidan. En ese sentido la acogida en este país está absolutamente en crisis. Los colectivos de Lavapiés acogemos intentando que las personas sientan que este es su espacio. Es muy importante que aprendan español y potenciamos que participen en espacios donde conozcan la nueva cultura y se sientan seguros, espacios donde nosotros también aprendamos de ellos. Estamos tremendamente indignados con lo que ha hecho el Gobierno incumpliendo la política de asilo y con los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE). Hay mucho trabajo que hacer y hay que hacerlo mestizamente, los que hemos nacido en este país y los que convivimos en este país aunque no hayamos nacido aquí.

¿Cómo ves la situación de la mujer migrante?

A las mujeres migrantes hay que reconocerlas desde sus potencialidades, sus posibilidades y sus historias de vida. Cuando una mujer migrante cruza una frontera no es una víctima, es una mujer empoderada porque se atreve a hacer algo que es dificilísimo. Es una mujer con una historia, muchas veces con una formación cualificada en su país de origen, aunque luego aquí no se reconozca. Tienen mucho que aportar a la convivencia y a la vida ciudadana. Es necesario mirarlas de forma que no estigmatice, reconociendo todas sus capacidades, sus protagonismos y sus liderazgos. Tienen una situación muy precarizada económicamente, porque el nicho laboral que encuentran es el empleo doméstico, un trabajo que sigue siendo invisible, que está muy mal pagado y poco reconocido. Pero al mismo tiempo hay que reconocer y hacer visible que todas las mejoras que se han conseguido en estos últimos años en el empleo doméstico en nuestro país han sido gracias a las luchas de las mujeres migrantes, su capacidad de liderazgo y de cambio social. Otro tema terrible de las mujeres migradas es el tema de la trata. Hay que abordarlo, hay que educar, sensibilizar y denunciar. No criminalizarlas a ellas sino penalizar la trata y los intereses económicos que hay detrás.

Javier Sánchez Salcedo. Mundo Negro